{{Algunas muñecas en la literatura y el arte}}

Cuenta la leyenda de la hija de un alfarero de Corinto que, ante la inminente partida
de su amado, delineó su sombra proyectada por una lámpara en la pared de una
cueva, para preservar de algún modo su imagen fugitiva. Después encargó a su padre que
rellenara con arcilla la silueta, creando así el primer simulacro sustitutivo del deseo del
que se tiene noticia en Occidente. Desde entonces la creación de sucedáneos humanizados
ha estado asociada a la restitución de un placer original que busca en la sustitución
una satisfacción compensatoria. En la misma línea puede ubicarse el arte escultórico de
Pigmalión, enamorado de la mujer esculpida por sus propias manos; la autómata Olimpia
de los {Cuentos de Hoffmann}, recreados en la ópera de Offenbach; el maniquí de cera de
Buñuel en {Ensayo de un crimen} (1955), cinta inspirada en la novela homónima de Rodolfo
Usigli; la muñeca de goma castigada por su dueño, Michel Piccoli, a raíz de sus supuestas
infidelidades con otros hombres en la película {Tamaño natural} (1973), del español Luis
García Berlanga; en tiempos más recientes, el cortometraje A{ una mujer decente} de Carlos
Sariñana, incluido en {Sexo, amor y otras perversiones} (2006), introduce la presencia de
una muñeca inflable como la prometida oficial de un solterón gris y reprimido.

Este proceso de sustitución, estudiado por Freud y Lacan en sus ensayos de teoría
psicoanalítica, puede cifrarse en compensar el {fallus}, ese significante que encarna aquello
que siempre nos hace falta. Y precisamente uno de los caminos de la compensación
se da a través del “fetichismo”, término que Oskar Kokoschka puso de moda hacia 1924, fecha en que tras su separación de
Alma Mahler mandó fabricar una muñeca
sustituta, de tamaño natural y de increíble
parecido con su amada, a la que hizo concurrir
a reuniones sociales como su dama
y compañera, antes del desafortunado ultraje
de un contertulio que se vio tentado
a quitarle “la vida”.

Los estudiosos de la vida del artista
Hans Bellmer han rastreado en la presencia
de una prima adolescente, Ursula, buena
parte del proceso de deseos no consumados
que lo llevó a la fabricación de sus
{Poupées} (1935). Toda la serie de muñecas
desmembradas y articuladas en un nuevo
anagrama visual, abre las puertas a una
poética insospechada del deseo con imágenes
desfloradas de un inconsciente que
pocas veces había encontrado esta manera
de salir a la luz. El carácter sucedáneo y
compensatorio de tales trabajos es patente
en el deseo de Bellmer, expresado pocos
años antes morir, de ser enterrado con su
primera Poupée.

En {Las Hortensias} (1949) del uruguayo
Felisberto Hernández, escritor secreto
aplaudido por Supervielle, Calvino y Cortázar,
la sustitución del placer se anticipa
a la pérdida: el protagonista Horacio teme
perder a su esposa y por ello manda fabricar
una muñeca a su imagen y semejanza.
Lo que Horacio no sabe es que muy
pronto esa Hortensia sustituta y las que le
siguen, conseguirán sumirlo en un complejo
y bizarro mundo donde la fantasía
fetichista es mucho más poderosa que su
referente de realidad.

Juan José Arreola imagina en “Anuncio”
(1961) una modalidad de muñecas
sexuadas (Plastisex©), cuyo himen plástico
es un verdadero sello de garantía.
“Tan fiel al original, que al ser destruido
se contrae sobre sí mismo y reproduce las
excrecencias coralinas llamadas carúnculas
mirtiformes”.

“Muñeca reina” (1964), relato del
mexicano Carlos Fuentes, también roza
el carácter compensatorio de pérdida de
toda muñeca fetiche en el momento en
que los padres del ausente personaje central
permiten que el narrador contemple
su réplica sublimada: la muñeca angelical
que suple al monstruo en el que una
degeneración congénita ha convertido al
modelo original.

Por último, en este repaso preliminar y
perfectible de muñecas en la literatura y el
arte, mencionaré mi novela {Las Violetas son
flores del deseo} (Alfaguara 2007). Ahí las
Violetas, muñecas púberes y virginales en
el sentido más estricto del término, forman
parte del tronco de una suerte de familia
de “muñecas-flores del mal”, en la que el
antecedente de las Hortensias de Felisberto
Hernández es definitivamente punto de
partida. Para el narrador, sus Violetas, muñecas
preadolescentes capaces de ser violadas
y sangrar en su calidad de vírgenes,
son el sucedáneo a su pasión prohibida: la
pulsión de incesto que lo ha llevado a obsesionarse
con su hija Violeta de 11 años.

Resulta evidente que en todas estas
historias la muñeca-fetiche sea una forma
ritualizada de dar cauce a deseos fallidos
que de otro modo naufragarían peligrosamente
en el inconsciente para tal vez
encarnar en psicóticas eclosiones de la
realidad, tal y como los reportes de casos
clínicos y notas policiales nos dan cuenta
tan amargamente.

{{Kokoschka, Bellmer
y Felisberto Hernández}}

Seguramente fue una tarde de primavera
del año 1946, cuando el escritor Felisberto
Hernández (Uruguay 1902-1964),
de viaje en París gracias a una beca del
gobierno francés, conoció la historia de
Oskar Kokoschka y su muñeca-simulacro
de Alma Mahler. Caminaba con un amigo
por el jardín de Luxemburgo cuando se
detuvo frente a los macizos apretados de
blancas hortensias en flor a escuchar sobre
aquel artista de vanguardia que, tras
su rompimiento amoroso con la viuda de
Mahler y ante la imposibilidad de mantener
su presencia en la vida diaria, decidió
encargar a un fabricante de muñecas una
copia en tamaño natural de su amada.
Una vez que la tuvo en sus manos, Kokoschka
cubrió la desnudez de la muñeca con
ropas de la misma casa parisina donde se
abastecía Alma, pidió a sus sirvientes que
la trataran como a la señora de la casa y
llegó a alquilar un palco de la Ópera para
compartirlo con esta mujer sustituta.

Hasta aquí, la relación de la historia de
la muñeca de Kokoschka con el relato de
{Las Hortensias} de Felisberto Hernández
sólo nos ofrece un paralelo de recurrencias
si recordamos que el protagonista de
la historia, Horacio, manda fabricar una
primera muñeca semejante a su esposa
María Hortensia por temor a perderla. El
hecho de que los sirvientes de la casa de
Horacio tengan un trato deferente hacia
la muñeca, considerada como una hermana
gemela de su patrona, bien podría
interpretarse como un elemento de coherencia
narrativa para dar credibilidad a la
historia. Pero hay un dato de la vida de
Kokoschka que permite trazar un entrecruzamiento
mayor: la fiesta que el artista
checo ofrece a sus amigos para presentar
en sociedad a su mujer-muñeca. En esa
fiesta, al calor de las copas, un noble veneciano
llega a preguntarle si duerme con
la muñeca, y un poco más tarde se comete
un crimen: la muñeca es decapitada y
rociada de vino tinto como un simulacro
sacrificial de la sangre derramada.

En {Las Hortensias}, el protagonista también
organiza una fiesta para presentar a
la primera Hortensia (después mandará
confeccionar otras variantes) ante sus
amistades y en esa reunión alguien ataca
en secreto a la muñeca con un cuchillo,
pretexto narrativo para que sea llevada de
nueva cuenta al taller adonde Facundo,
el fabricante, la acondicionará para que
pueda comportarse como una mujer en
toda la extensión de la palabra. “Será una
locura; pero yo sé de escultores que se han
enamorado de sus estatuas”, argumenta
Horacio a la hora de pedirle a Facundo
que haga posible la genitalidad de la muñeca.
La referencia al mito de Pigmalión
y la manera en que el relato magistral y
turbulento de Felisberto Hernández va
encarnando la fantasía de estas muñecas
sexuadas, conocidas por la crítica especializada
como Gynoides, alejará de los
lectores aquel relato de la vida de Oskar
Kokoschka que le fue revelado al autor
uruguayo una tarde de primavera en el
Jardín de Luxemburgo, ante las jardineras
desbordantes de hortensias en flor como
imagen fulgurante de una pureza reconcentrada y en serie, capaz de
despertar deseos innombrados
y esa peculiar fantasía
que se deriva de mancillar
una inocencia lánguida y
dispuesta.

No sabemos si fue una
tarde de primavera cuando
el artista alemán Hans Bellmer
(1902-1975) pidió ser
enterrado con su primera
muñeca, pero sí que en 1935
la revista Minotaure dio a
conocer la serie fotográfica
de sus muñecas desmembradas,
titulada {Poupée:
Variations sur le montage
d’une mineure articulée}. Será
más de veinte años después
que Bellmer hable de su
poética de desarticulación/
desmembramiento en {Anatomy
of the Image} (1957):
“El cuerpo es comparable a
una oración que nos invita a
desarticularla, y así, a través
de una serie de innumerables anagramas,
su verdadero contenido puede ser reelaborado”.
Cuando uno admira desde la
orilla de un horror-fascinación esos abismos
sin piedad que son las fotografías de
las muñecas púberes de Bellmer —torsos
confrontados en una articulación nueva
y delirante de un cuerpo, piernas con
calcetas que se yuxtaponen como brazos
y cabezas inusitados, ojos de vidrio que
nos miran desde lugares insospechados
simulando los pezones de unos pechos
que apenas comienzan a despuntar—, no
podemos sino pensar en una anagramática
visual que en sus deconstrucciones y
rearticulaciones desemboca en el diseño
de una poética del cuerpo como las partes
de una oración trastocada. Sin duda
hay un sentido del humor que subvierte
los límites de una noción convencional
de lo bueno y lo bello para dar cabida a
una dimensión extraña de la pureza —y a
su profanación silenciosa—. No de balde,
Bellmer tituló al libro que recogía en 1949
sus indagaciones fotográficas con muñecas
{Les Jeux de la poupée} (Los juegos de la
muñeca), poniendo en evidencia el papel
predominante del fetiche, su facultad para
invertir la relación de poder en el juego de
las sustituciones.

No es azaroso pues que Bellmer pidiera
ser enterrado con su pequeña Poupée. Sin
embargo, al morir el 24 de febrero de 1975
en París, ninguno de sus escasos biógrafos
y estudiosos ha tenido el decoro de informarnos
si ese deseo, formulado acaso una
tarde de primavera en el mismo jardín donde
Felisberto Hernández se enteraría de la
pasión de Oskar Kokoschka por su mujer
de fantasía, fue piadosamente cumplido.

{{Epílogo de una fantasía
siempre inconclusa}}

“La realidad siempre supera a la fantasía”
es una ley casi universal conocida entre
aquellos que nos dedicamos a la ficción.
Y sí, volvió a suceder. Había yo escrito
{Las Violetas son flores del deseo} (Alfaguara
2007), novela en la que imaginé a las
Violetas, una serie de muñecas púberes,
de tamaño natural, con piel y atributos
para dar la apariencia de niñas preadolescentes,
vírgenes en el sentido más literal
de la palabra, basándome en esas otras muñecas adultas concebidas por Felisberto
Hernández en su relato abismal,
{Las Hortensias}. Entonces creía yo que sólo
existían en la imaginación y en la fantasía,
cuando me topé a las llamadas “muñecas
reales”, hermosas mujeres de silicón que
para nada tienen que ver con las grotescas
muñecas inflables.

La verdad es que, originalmente, todo
había surgido como un ejercicio de imaginación,
un ensayar la voz masculina del
padre narrador para dar cabida a los recónditos
secretos de un deseo fantaseado
y prohibido: el deseo de un hombre por
su hija de 11 años. También el reto: que
mi relato estuviera a la altura, que no desmereciera
frente a la herencia recibida de
Felisberto Hernández.

Recuerdo que escribí la noveleta en sólo
cuatro meses. Fue un delirio ininterrumpido:
la fiebre de un goce y un suplicio que
sólo se apartaba de mí para dejarme unas
horas de sueño. Terminé la novela y la metí
al Premio de Radio Francia Internacional.
Ganó. Meses después asistí a una Expo
Erótica en la ciudad de Los Ángeles, California.
Acompañaba al fotógrafo mexicano
Rogelio Cuéllar a recibir un premio
por sus series de desnudo. Y claro, curiosa,
merodeé entre los cientos de stands plagados
de objetos, burdas muñecas inflables,
disfraces, modelos porno, películas XXX,
lencería, aparatos, alimentos, dulces…
Toda esa variedad —en realidad, bastante
reducida— de sucedáneos del placer.

Y de pronto las vi: un {stand} con muñecas
reales. Sentaditas, muy vestidas, casi
fingiendo el aburrimiento de mujeres en
una sala de espera. Una de ellas estaba al
alcance de la mano. La toqué. Su piel ofreció
una suave resistencia a la presión de
mi dedo. Se acercó la encargada con un
gesto amigable. Me animé a preguntar:

—¿Cuánto…?

—Siete mil dólares, más gastos de envío.

Miré por fin el rostro de la muñeca.
Sin duda —y ese era en gran medida su
encanto—, seguía siendo una muñeca pero
también una muñeca tan perfecta que
simulaba ser una hermosa mujer real.

—Gracias —dije a la encargada en medio
del pasmo y un suspiro.

En respuesta ella me ofreció un catálogo.
Once estilos de mujeres se mostraban
en posturas diversas: desde la chica de
minifalda y botas que se recarga en una
columna hasta la joven de corsé y liguero
con piernas abiertas y pubis descubierto.
Entre otras opciones: siete tipos de cuerpo
que incluyen la talla {petite}, el cuerpo atlético
o el voluptuoso, y la supermodelo;
cinco tonos de piel (claro, medio, bronceado,
africano, asiático); siete tonos de
color de cabello (la gama del rubio al negro,
pasando por el castaño y el pelirrojo);
diez estilos de cabellera, etcétera. También
se puede escoger el color del iris, el delineado
de los párpados, el color de las uñas
y de los labios. Y por supuesto, al gusto del
cliente, el pubis rasurado o al natural.

Ninguna de ellas tenía por nombre
Hortensia, pero bien podría haber sucedido.
Menos probable sería que alguna
se llamara Violeta, no porque no exista
un modelo de una adolescente en traje
escolar en el catálogo, sino porque la tecnología
aún no ha hecho posible que las
muñecas puedan ser vírgenes y sangrar.

Desde que supe de su existencia en el
mercado, he platicado de las muñecas reales
con varios amigos y amigas. En general,
las mujeres dicen que son siniestras,
que qué grado de soledad y perversión
debe de padecer el hombre que se anima
a comprar una. “Es como hacer el amor
con un cadáver. Necrofilia pura. Pura
masturbación”. Los hombres admiten que
son hermosas y que el hecho de que sean
calladas, los seduce aún más. Como me
confesó un amigo escritor que había leído
mi novela y revisado después el catálogo:
“Me encantaron tus muñecas, sobre todo
porque no hablan. Saben guardar en secreto
tus perversiones. Puedes hacer con
ellas lo que quieras”. Y estoy segura que de
tener siete mil dólares sobrantes no dudaría
en encargar una muñeca a la medida
de sus sueños. Sin embargo, no dejo de
considerar que probablemente se aburriría
tarde o temprano. Horacio, el protagonista
de {Las Hortensias}, y Julián Mercader,
el personaje de mis {Violetas}, le dirían: Una
muñeca no basta, el deseo siempre quiere
más. Yo creo que no les falta razón. Tal vez
porque la fantasía exige no ser realizada
para acrecentarse y jugar a ser plena. {{n}}