En cerca de 300 páginas (atinadamente organizadas por sus hijos),
el lector interesado en la época final del presidencialismo autoritario,
del arribo de la democracia, de las crisis económicas y de
la apertura mexicana al mundo global a través del TLCAN, encontrará
opiniones y juicios, certeros a veces, sumarios otras, siempre sustentados
en la memoria, la experiencia y el análisis, de un hombre que
escogió el servicio público por vocación y terminó sus días sirviendo
al país desde la trinchera del periodismo de opinión, donde desplegó
habilidad retórica y una gana de ser claro
y contundente que pronto le ganó adeptos
y seguidores, interlocutores críticos,
respeto del público y de los poderes y
políticos a quienes solía dirigir mensajes,
ironías, calificaciones y descalificaciones
directas y sin subterfugios.

La claridad de expresión y la búsqueda
de una síntesis eficaz y esclarecedora del
argumento pero sobre todo de la situación,
es una de las características virtuosas
que sobresalen de esta antología.
Nos remiten a la memoria de las primeras
entradas del autor en la prensa escrita,
pero en mi caso también a sus incursiones
en el debate sobre la economía
política mexicana y sus alrededores, en
el Centro Tepoztlán y otros foros donde
encarar sus ironías y dictados era siempre
una aventura arriesgada. Aquí están,
debidamente ubicadas, sus advertencias
sobre la necesidad de reclamar la democracia
a la vez que sostener al gobierno
y admitir la conveniencia de un presidencialismo iluminado, capaz de
encabezar una “revolución desde arriba” para sin perder el paso alejarse
de la prisa que es propia de toda transición que se da al calor de crisis
tan agudas como las del México de fin de siglo.

La actualidad de los artículos seleccionados no deja de ser notable. De
su versión sobre la expropiación de la banca, como él prefiere llamarla, un
año después de ocurrida, al derecho a gobernar que se ganara el presidente
De la Madrid en medio de la tormenta; del cisma del PRI y la convocatoria
de Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, en pugna perenne, a la
izquierda y sus supuestos y reales excesos y limitaciones, al TLCAN o el
petróleo; uno no puede hoy, como ocurrió el día de su publicación, dejar
de coincidir para inmediatamente discrepar, estar a un lado para estar
enfrente, sin dejar de reconocer, en prácticamente todos los casos, la
pertinencia o la legitimidad de la lanzada crítica. De aquí su valor como testimonio y ayuda de memoria, de insumo para un
debate que en muchos casos no se ha dado o lo hemos
emprendido sin ir al detalle y el contexto, soslayando la
perspectiva histórica, donde suele moverse el diablo.

Destaco aquí, aparte de la actualidad del envío
coyuntural, sus visitas a temas de fondo, espinosos
e indispensables: la necesaria legalización de las drogas,
para empezar en Estados Unidos, o su conocida
preocupación por el tema demográfico, “El abuelo de
todos los problemas”, como lo llamara: “tenemos, concluía
entonces, que hacernos menos, no más”.

Mis discrepancias son muchas y rebasan las bienvenidas
convergencias. Pero la invitación a la crítica
y al ejercicio memorioso está por ahora encima de
diferendo.

Quede, sin embargo, constancia de mi sorpresa ante
su juicio del presidente Cárdenas y su gobierno, con
el que discrepo de punta a cabo: a medida que pasa
el tiempo y el nuevo régimen asoma sus oligárquicas
narices, más me afirmo en la convicción de que el
general fue el gran presidente mexicano del siglo XX.
Igualmente, pienso que sus descalificaciones de la izquierda,
del cardenismo y del PRD, fueron por lo menos
extremas y sus vaticinios débiles; lo que no quiere
decir, en este caso, que podamos hablar hoy, en que
ese partido es la segunda fuerza política nacional, de
una izquierda aceptable o presentable. Sus apuntes
sobre la afición de la izquierda a la partenogénesis
son tan actuales como en su momento.

Desde el centro radical, de un liberalismo enraizado
en la defensa del {statu quo} que a la vez propugnaba
un cambio democrático pausado, el licenciado Lajous
advirtió el “fin del romance” entre el sindicalismo oficial
(que muchos llamábamos “charro”), y los gobiernos de la
posrevolución: “todo por servir se acaba”, dijo entonces.
Luego, nos lleva por los laberintos de las fuerzas centrífugas
que cruzan con intensidad un sistema que se las
arreglaba para sobrevivirse, pero sobre lo cual, nos dice,
“no apostaría mi Montecarlo 82; vamos, ni siquiera la
pluma japonesa con la que escribo” (mayo, 1990).

En 1994, don Adrián Lajous se pregunta para dónde
va México. Le preocupaban las “crecientes fuerzas centrífugas”,
la “violencia física y verbal”, “la disolución
de los lazos que han unido a norte, centro y sur”.

Han pasado los años y el conflicto social se desenvuelve
sin que el sistema político encuentre una
forma eficiente de modularlo y ofrecerle los anillos
necesarios para restablecerle esa cohesión.

Una de las claves que Lajous ponía sobre la mesa era la que se refería
a “la nueva clase gobernante”, constituida por los cuadros egresados de
las universidades privadas, “divorciada del pueblo”. Y añadía: “Algunos
de los nuevos superricos se han dedicado al consumo conspicuo. Sus
hijos entre 14 y 18 años están empeñados en demostrar la riqueza
familiar. Desprecian a los ‘nacos’ y a los pelados. La actitud de algunos
de ellos se revela en frases como: ‘los pobres, que se pudran’ ”.

Su reseña de 1985 sobre las distancias entre los sueldos de los
funcionarios y los salarios mínimos arrojaba ya alguna luz al respecto.
Documentaba cómo los secretarios de Estado ganaban 59 veces el
salario mínimo; dichas desigualdades resultaban más espectaculares
que en Estados Unidos.

Don Adrián Lajous Martínez fue un funcionario público respetado. En
1982 obtuvo celebridad y reconocimiento de muchos por su oposición
directa e inmediata a la nacionalización de la banca, decidida por el
presidente López Portillo al calor de la primera de las grandes crisis que
asolarían al país a partir de entonces. Su postura la adoptó con la sobriedad
y el valor cívico a que lo obligó su congruencia moral e intelectual.
A partir de ese año, “renunciado o renunciante”, dejó de ser funcionario
y encontró otra manera, quizás más estimulante, de servir a su país.

Lo de la banca es historia abierta, a pesar de los curiosos empeños
recientes por cerrarla con una nueva jornada maniquea de amigos, enemigos,
santos y herejes. Su decisión aquel día, por el contrario, ya forma
parte de la historia y de su historia, y lo honra. Sus opiniones y juicios,
por lo demás, están a la vista de todos y encabezan este volumen.

Por esto, para valorar su congruencia valiente no tiene caso simplificar
la historia de lo ocurrido; calificar la nacionalización de “farsa”,
como lo hace en su prólogo el doctor Luis Rubio, o generalizar sin base
al decir que en aquel tiempo nadie se atrevía a criticar al presidente y
el presidencialismo o a hablar de la relación con Estados Unidos “por
fuera” de la línea oficial no lleva a ningún lado. Esto se hacía y se hizo
con antelación desde trincheras y miradores variados: Cosío Villegas;
Martínez de la Vega; Rafael Galván; Luis Villoro, Carlos Fuentes y el
resto de {El Espectador} desde fines de los años cincuenta; Monsiváis
y otros desde {La Cultura en México}; desde luego Octavio Paz. Don
Adrián se unió venturosamente a este parnaso y sin duda contribuyó
a que la pluralidad intelectual que emergía para enriquecer el reclamo
democrático se volviera más vigorosa y diversa.

El 26 de junio de 1992, el polemista Adrián Lajous da cuenta pública
de su estado de salud y nos deja un testimonio entrañable y memorable.
“Actividad y vigencia: mientras el cuerpo aguante el espíritu estará
en pie” se intituló su artículo. El recuento de su actividad abruma al
más pintado: un artículo semanal en {Reforma}; un cuento al mes en {El
Ciudadano}; actividades en torno a la planeación familiar en México y el
extranjero; viajes, viajes, viajes. Al terminar su texto, don Adrián nos
hace un legado: “Ya reconozco plenamente mi edad y acepto mis males,
pero no me entrego ni a aquélla ni a éstos. Estoy decidido a mantenerme
activo y vigente. Mientras el cuerpo aguante”. Como fue. {{n}}