La revista {nexos} nació movida por dos resortes. El año axial de 1968 sacó a la luz el rostro negro del partido en el poder e inició el largo ejercicio de crítica del sistema político, una reflexión que dio paso a la irrevocable propuesta de apertura del horizonte democrático. La generación que creció y maduró en esa crisis fue la fundadora de los medios independientes que defendieron las libertades democráticas y demandaron los cambios políticos necesarios para hacerlas efectivas: la editorial Siglo Veintiuno (1966), las revistas {Proceso} (1976) y {Vuelta} (1976), y el periódico {unomásuno} (1977). En esa senda liberal se inscribió {nexos} en el mes de enero de 1978.
Los fundadores de {nexos} procedían del sector universitario y las clases medias, los principales voceros del movimiento de 1968. Al comenzar la década de 1970 la compulsión de examinar las causas que alentaron la explosión de esa demanda democrática y sus consecuencias se convirtió unas veces en afán explícito y otras en silencioso río subterráneo. Por estos apremios y por la exigencia de entender las derivas desatadas por esa conmoción, hacia 1976-1977 un grupo de historiadores (Héctor Aguilar Camín, Enrique Florescano, Alejandra Moreno Toscano) y antropólogos (Guillermo Bonfil Batalla, Arturo Warman), comenzó a dialogar entre sí y con politólogos (Pablo González Casanova, Lorenzo Meyer, José Luis Reyna), escritores (Antonio Alatorre, José Joaquín Blanco, Adolfo Castañón, Carlos Monsiváis), científicos (Luis Cañedo, Eugenio Filloy, Julio Frenk, Cinna Lomnitz, Daniel López Acuña, José Warman), filósofos (Carlos Pereyra, Luis Villoro) y estudiosos de las artes y el diseño (Yolanda Moreno Rivas, Bernardo Recamier).
En breve tiempo, lo que comenzó como charla ocasional de amigos se transformó en cita semanal imprescindible. Nos reuníamos los sábados por la mañana en una larga y luminosa sala de cristales emplomados del Departamento de Investigaciones Históricas del INAH, un convivio que más tarde se proseguía en comidas efervescentes en el restaurante El Mirador, al lado del bosque de Chapultepec. El compromiso era considerar, cada sábado, uno de los temas de actualidad, presentado por uno de los miembros del grupo, y luego escuchar el parecer de los demás.
La composición heterogénea de esta tribu y el interés de sus miembros por comunicarse con los otros, le impuso su sello a las deliberaciones. De los asuntos políticos se pasaba a considerar, en las semanas siguientes, los económicos, demográficos, urbanos, educativos, culturales, científicos, ecológicos, históricos o antropológicos; y de la capital del país se viajaba a sus regiones, o del espectro nacional al internacional. Esta apertura a la creciente complejidad de la nación y la voluntad de dialogar fueron notas distintivas que afirmaron el compromiso de una generación formada en distintas disciplinas para participar en la discusión de los asuntos públicos.
La regularidad de esas reuniones y el impulso propio que surgió de la discusión colectiva, culminó con la propuesta de fundar una revista dedicada a mediar en el debate sobre las encrucijadas de la nación. En el editorial que anunció su nacimiento {nexos} se presentó como “lugar de cruces y vinculaciones, punto de enlace para experiencias y disciplinas que la especialización tiende a separar”. Sus primeros colaboradores y redactores asumieron la tarea de “volver accesibles los conocimientos y recursos intelectuales de que disponemos para entender los problemas estratégicos de México…”. Y propusieron “sacar de sus respectivos ghettos especializados a la investigación científica y académica y difundirla entre sectores más amplios;… explorar nuestro espacio crítico, cultural y literario, y nuestra realidad educativa; multiplicar las opciones de lectura e información mediante el registro sistemático de libros recientes y publicaciones periódicas; divulgar los temas centrales de la cultura contemporánea”. Es decir, quiso ser “en lo fundamental una publicación de servicio”, regida por los principios de la crítica y la divulgación. “Una divulgación lo más vasta, sencilla y eficaz que sea posible; una crítica abierta, libre, ajena a las verdades absolutas”.
En su primera aparición {nexos} adoptó el formato tabloide, poco frecuente entonces, y un diseño sobrio y elegante, obra de Bernardo Recamier. El cambio sustantivo estaba en los interiores. Los artículos de fondo, las secciones de testimonios, cabos sueltos, reseñas de libros y registro de las novedades bibliográficas, aun cuando escritos por profesores, evitaban la jerga y las rigideces académicas. Privilegiaban la claridad y la soltura, y había secciones, caricaturas y fotografías que invitaban a jugar y sonreír.
En los siguientes números y años cambió el formato, la dirección y los colaboradores. Pero venturosamente se ha mantenido la vocación de contribuir críticamente al análisis de los viejos y nuevos problemas que rodean la circunstancia mexicana, y continúa viva la voluntad de ser una revista de divulgación al servicio del pensamiento y el análisis crítico.
Enhorabuena. {{n}}