Si alguien pasara treinta años en estado de coma y resucitara hoy en Berlín, Bagdad o Santiago de Chile se sentiría como un extraterrestre. La historia y sus efectos especiales han convertido esas locaciones en planetas distintos. En cambio, si resucitara en México se sentiría como un zombi al que le bastan dos tequilas para adaptarse.
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