El sentido del humor no es frecuente en los escritores
mexicanos (y supongo que en los de ningún
país). Pero las excepciones son notables,
como es el caso de Guillermo Sheridan. Investigador
de la literatura mexicana, autor de una novela, es
más conocido por sus textos cortos donde ironiza
sobre muy diversos temas, el mismo autor incluido.
Entre esos temas destacan una versión muy difundida
de lo políticamente correcto, de nuestras nuevas
buenas conciencias. Muy distintas a las provincianas
y vigesímicas retratadas por Carlos Fuentes, hoy en
afortunado proceso de extinción, las que nos presenta
Sheridan son urbanas, predominantemente capitalinas,
transnacionales, posmodernas, alternativistas
propopulares y anticlericales. Un giro copernicano.
Aunque por supuesto tienen sus raíces históricas, y
llegan a incluir mezclas de Stalin y Mussolini.

Siendo uno de los mejores conocedores de la
cultura mexicana, particularmente de la literatura
(son conocidos sus libros sobre López Velarde, los
Contemporáneos y Octavio Paz), Sheridan enfoca
su ironía hacia los “neonacionalismos de caricatura
sobrepoblados de coatlicues, aztlanes, Marcos y
fridacalos”. Entre las más polémicas páginas de libro
están dedicadas a este nacionalismo caricaturesco,
incluido el “mechicano” (descrito por el autor en
su asistencia a un congreso donde fue criticado por
un grupo de chicanas/chicanos). Tampoco gustará
a todos su crítica del culto mexicano a la muerte,
supuesto rasgo de nuestro ser nacional.

Destaca, en tono menos sarcástico, o en un sarcasmo
más generalizado, lo que el autor plantea como
la {paradoja de Chucho} (por Chucho Monge): “por
un lado existe la arraigada convicción de que México
es el mejor de los lugares posibles, y por el otro se
acepta como un hecho que lo mejor que le puede
ocurrir a un mexicano es irse a vivir a otro lado”. El
autor sabe lo que escribe, pues lo hace justo cuando
deja la ciudad de México para ir a vivir a París.
Destaca también la crítica a las nuevas buenas
conciencias por defender los usos y costumbres indígenas
y populares. En el famoso caso de un pintor que visitado por la “versátil Musa Inepta” pintó la tilma de
Juan Diego con la imagen de Marilyn Monroe. Se desató un
previsible escándalo. Los políticamente correctos toparon, previsible
y torpemente, con la iglesia católica. Y se rasgaron las
vestiduras porque católicos intolerantes atacaron la pintura.
Otra actitud tan condenable como previsible. ¿Qué hubiera
hecho Zapata, lugar común de las buenas conciencias del siglo
XXI, con el pintor? La respuesta dada por Sheridan es fácil de
imaginar. Pero los lugares comunes de lo políticamente correcto
parecen no ver estas contradicciones.

{El encarguito} no respeta iconos
literarios. En clara referencia a una
de las obras paradigmáticas del correctismo
político mexicano, Sheridan
titula “Francia profunda” a su
crónica sobre el cierre de campaña
del ultraderechista francés Jean
Marie Le Pen. Junto a lamentables
neonazis “crecidos como caracoles
en los sótanos húmedos de la taradez
y el desempleo”, que “darían
lástima de no ser tan espantosos”,
el autor encuentra campesinos de
la “Francia profunda” con demandas
que comparten el mismo Chomsky
y “el santón sureño cuya fe mueve
pasamontañas”:1 contra la globalización,
el liberalismo económico,
la mezcla de culturas y a favor del
nacionalismo, la intervención del
Estado y las etnias originarias. No es sólo que los extremos se
toquen. Los vasos comunicantes y coincidencias entre “izquierda”
y “derecha” son múltiples y diversos. Pero…

La crítica no es sólo a lo cultural. Los representantes políticos
de las nuevas buenas conciencias también tienen su lugar
en este libro. Cuauhtémoc Cárdenas un solo pero fulminante
artículo, “Una nueva desgracia”, donde se distingue entre lo
que el pueblo “desea”, según Cárdenas, y lo que el pueblo
“quiere”, según el resultado de la elección presidencial de
2000. Fuera de eso, casi toda la crítica política va contra
Andrés Manuel López Obrador, primero como jefe de gobierno
y luego como candidato.

Hay partes de un sarcasmo simple, como la burla de la pronunciación
del tabasqueño ({siudá} en lugar de ciudad), el señalamiento
de su “autismo verbal y moral” o la crítica a su “obra
completa dividida en dos secciones: I. Obra crítica breve y II.
Obra de largo aliento”. Pero muchas van más a fondo, como
el Fuenteovejuna sobre el caso René Bejarano y la crítica a
la palabra “esperanza”. En esto último puede estar una de las
críticas más certeras contra el proyecto de López Obrador. O
más que a su proyecto, habría que decir a la forma y contenido
Guillermo Sheridan,
El encarguito, Editorial Trilce
y Universidad de las Américas,
Puebla, México, 2007, 329 pp.
de su liderazgo político, pues si lo que dice al
respecto Sheridan es cierto, más que un proyecto
hay una ilusión.

La esperanza se define por “su índole transitoria,
su necesidad de desaparecer una vez
cumplidas sus expectativas”. “Dicho de otro
modo: quien tiene esperanza anhela que algo
deje de ser plausible para comenzar a ser
palpable”. Poner la esperanza en el centro de
un proyecto político es postergar los logros y
resultados indefinidamente. Es proponer un no
proyecto, una espera perpetua de resultados.
En otros términos, detrás de la propuesta de
López Obrador había una gran ilusión, una gran
esperanza, pero no fines y medios concretos.
Como siempre, una ilusión es la única antesala
indispensable para la desilusión.

No todo el libro tiene ánimo crítico, en el
sentido de crítica como el señalamiento “las
situaciones contradictorias con la inteligencia
humana” (Martín Solares en el prólogo a
{El encarguito}). Hay textos de ánimo más lúdico,
como su lúcido análisis del vocabulario del
futbol: {botepronto, rifarse el físico, calzoncillos,
estilacho, cancerbero, respetable, nazareno…} y
la caracterización del inolvidable cronista Ángel
Fernández como “endriago de Góngora y merolico”.
O textos de las situaciones que enfrenta
el propio autor, como cuando cumple 50 años
y señala como característica de su nueva edad:
“antes querías ser fiel y no lo eras mientras que
ahora no quieres serlo, pero ya no puedes”. O
en uno de los pocos pies de página de nuestra
literatura citables literalmente: “Esto es cierto.
Hubo quien no me creyó. Yo mismo dejo de
creerlo a veces. En las tiendas de ropa interior
femenina del centro existe un adminículo que
se llama ‘levantaglúteos Sheridan’ ”.2

La lectura de estos 79 textos publicados originalmente
entre 1999 y 2006 y ahora reunido
en {El encarguito} es recomendable no sólo porque
obliga a interrumpirse a sí misma para desahogar
la risa, sino porque señala puntos de nuestra
vida pública y social que requieren atención,
reflexión, crítica. Esté uno o no de acuerdo con
Sheridan, hay que reconocer la relevancia de los
temas políticos que trata y de la forma como
lo hace. En esta politización parece estar una
clara diferencia entre Sheridan y un autor que {El
encarguito} nos recuerda, Jorge Ibargüengoitia,
quien trató el tema político sólo indirectamente.
Otra era su circunstancia. {{n}}

[[1]] También llamado “Subobediente Marcos”, dado que él mismo dice que manda
obedeciendo. Véase la divertida carta “Pequeño comunicado a la nación”,
firmada por la enana Lupita y dirigida al subcomandante Marcos.

[[2]] Hay en otra aparte del libro una apología más seria de
los pies de página, en polémica con Zaid.