{A partir de los resultados
de la encuesta sobre las mejores
novelas de los últimos 30 años
y de los comentarios que distintos
críticos y escritores han hecho
sobre la misma en estas páginas,
ahora Anamari Gomís nos ofrece
su propia lectura.}

La encuesta de las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años que
realizó {{nexos}} picó la curiosidad de muchos. En la Facultad de Filosofía y
Letras de la UNAM causó furor entre los alumnos. He comentado los resultados
con ellos, con otros profesores, con escritores y algunos editores. Unos
critican, otros aprueban, pero nadie ha ninguneado la iniciativa, que rompió
con la inercia de la poca especulación sobre nuestra narrativa actual. En primer
lugar, se consideró una novela que ya se tenía como un texto clásico, {Noticias del
Imperio} de Fernando del Paso, que obtuvo 23 votos de 60 escritores y críticos
que participaron en la indagación. Por {Batallas en el desierto} de José Emilio
Pacheco votaron 10 y por {Crónica de la intervención} de Juan García Ponce, ocho.
En total se mencionaron 79 novelas, muchas de ellas editadas hace menos de 10
años como {Porque parece mentira la verdad nunca se sabe} de Daniel Sada y {En
busca de Klingsor} de Jorge Volpi, ambas de 1999, la magnífica Lodo de Guillermo
Fadanelli de 2002 y {El testigo} de Juan Villoro que salió en 2004, entre otras.

El asunto ahora, después de la encuesta, reside en pensar en lo que ocurre
con la narrativa mexicana: si ha cambiado en estos años, si hay una tradición
imperante o si cada escritor toca su flauta, sobre todo cuando el modelo de los
jóvenes escritores ya no se nutre, como todavía pasaba en 1977, en “la onda”
ni en los ya lejanos acontecimientos de 68, vertederos de la punzante temática
novelística de los setenta, por ejemplo (González de Alba, Poniatowska, el propio
Fernando del Paso, Gerardo de la Torre, {La China} Mendoza, Aguilar Mora,
Marco Antonio Campos, et al.). A estas alturas se han trabajado diversas formas
narrativas y abordado toda clase de tópicos. La novelística mexicana, en 30 años,
ha producido mucho y bueno (y malo también). Yo nombraré aquí escritores y tendencias. Yo propondría ahora una encuesta de lectores, y a lo mejor me
paso de optimista, porque no sería raro que la mayor parte de los libros que
se han citado a partir de la encuesta, además de aquellos sobre los que cavilan
Rafael Pérez Gay y José María Espinasa ({{nexos}} 353, mayo de 2007) y los que
yo citaré a continuación, sólo hayan sido leídos por otros escritores y por
los críticos y no por muchos lectores comunes (como diría Virginia Woolf:
{common reader}) de literatura, pero me imagino que conocer otras propuestas
convendría, propuestas al margen de las capillas literarias, de las decisiones
de los editores y del gusto personal de los críticos.

Después de la “onda”, bautizada por Margo Glantz, cosa de lo que reniega
José Agustín, y de los terribles acontecimientos del 68, Luis Zapata ({El
vampiro de la colonia Roma}) y José Joaquín Blanco ({Las púberes canéforas})
iniciaron la novela homosexual, tras el respiro liberador de los movimientos
estudiantiles y su significado: un grito por la democracia. Más adelante lo
haría Luis González de Alba con Agapi Mu, luego de los {Años y los días},
que dio cuenta de la represión y la vida de la cárcel durante el gobierno de
Gustavo Díaz Ordaz. A partir de entonces, los narradores se volcaron sobre
toda clase de universos: novela policiaca, novela de denuncia, novela de las
clases medias, novela erótica, etcétera. Como no pretendo recoger los anales
de la narrativa actual, me dedicaré a nombrar algunas de las novelas que
yo he leído y me han gustado y, por supuesto, me referiré a las 12 novelas
paradigmáticas apuntadas por la encuesta.

Hago un salto y nombro ahora a Enrique Serna, cuya novela {El seductor
de la patria} resultó seleccionada con el número 12. Su último libro, {Fruta
verde}, reanudó el asunto gay, mediante una espléndida trama de seducción.
Por cierto, Serna ha generado muchísimos lectores de su obra, ya amplia
y consolidada.

Un tema novelesco que en lo personal me importa como lectora y seguidora
de nuestra literatura, es el político, el cual resurgió con {Morir en el
Golfo} de Héctor Aguilar Camín, escritor que no ha cesado de rumiar sobre el
poder y sus vericuetos. Charras de Hernán Lara Zavala, en su momento, me
entusiasmó. El testigo de Juan Villoro me cautiva por sus muy bien enredadas
tramas y por poner en la mesa un tema apenas abordado: el de los cristeros.

Los años ochenta destaparon a narradoras como Ángeles Mastretta,
Bárbara Jacobs, Aline Petterson y, poco más tarde, Carmen Boullosa, Sara
Sefchovich, Luz Fernández de Alba, lo mismo que la década de los noventa
a Mónica Lavín, Rosa Beltrán, Verónica Murguía, Ana García Bergua.
Más tarde, narradoras como Cristina Rivera Garza, Gabriela Vallejo, Julieta
García, Paloma Villegas, Ana Clavel, que ya había publicado antes, muy
jovencita, fatigan la novela desde muy diferentes perspectivas. Muchas de
ellas me resultan escritoras notables.

Prefiero, sin embargo, no hacer divisiones genéricas. Un texto descuella
por bueno, por malo o por mediocre más allá de si lo escribió un hombre
o una mujer o un habitante del cualquier interregno de las posibles o no
posibles identidades sexuales. Baste apuntar que hay magníficas narradoras,
por lo cual, mucho agradecería que José Joaquín Blanco explicara el
siguiente comentario: “El fenómeno añejo en todo el mundo, y sólo reciente
en México, del {boom} de las mujeres como autoras exitosas, coincide con esta
transformación de la cultura y del gusto digamos populares. (Nuestros encuestados,
por cierto, no favorecieron ahora demasiado a las señoras.)”.1

Tampoco coincido con que la novela, como
género, se haya convertido en “un más-allá-dela-
noliteratura”. 2 ¿Estará agotado el género más
nuevo de todos y el cual es capaz de incluir a los
demás géneros o, simplemente, las novelas, en
general, se han convertido en un producto que se
echa en el carrito del supermercado, como sugiere
Blanco? Supongo que algunas novelas sí son
libros abominables, siempre se han escrito libros
abominables, y otras inquieren sobre el mundo y
sus cosas, o sobre otros mundos y otras cosas, fabrican
narrativas, se vuelven texto y se permiten
incluir discursos ajenos al propio discurso de la
novela y volverlo literatura. Para acabar pronto
con todo lo escrito sobre el género inacabado,
como lo definía el genial teórico soviético Mijail
Bajtin, una novela es una suerte de basurero, como
opina la {señora} Siri Husveldt, una novelista
que me gusta mucho.

Pero más allá del comentario misógino de José
Joaquín Blanco, a quien admiro como escritor
y ensayista, insisto en que mi propósito no reside
en abordar “las mejores novelas” sino en dar
cuenta sobre mis lecturas de la narrativa mexicana
de hoy. Por otro lado, estoy de acuerdo con
todas las distinciones hechas por los críticos y
los escritores en la encuesta realizada por {{nexos}}.
No me refiero nada más a “las tres mejores”, sino
a todas las que obtuvieron más de tres votos.
Por cierto, las tres que yo elegí se encuentran señaladas
entre las 13 más registradas en la lista,
a la cual no le veo visos de ser definitiva. Para
mí, se trata de una evaluación aproximada. A
lo mejor dentro de muy poco tiempo se publica
una novela rotunda, que fungirá como la más
trascendente de nuestra literatura mexicana de
las últimas décadas, aunque no padezcamos la
obsesión de aportar al mundo “la gran novela
mexicana”, como sí ocurre con los estadunidenses
que juzgan que no han logrado escribir {the
great American novel.}

Por lo pronto, en los últimos años he leído
a casi todos los narradores del norte de la República,
que llegaron como una avalancha en la
década de los años noventa: Elmer Mendoza,
Eduardo Antonio Parra (quien hasta ahora ha
escrito una sola novela y cuatro libros perfectos
de cuento), Luis Humberto Crosthwaite, Juan José
Rodríguez, David Toscana, Daniel Sada, Julián Hebert y otros más. La realidad de la frontera, el narcotráfico, el {spanglish}, los Estados Unidos se entrometen en las tramas de estos novelistas
o narradores. En el caso de Toscana no ocurre
así, porque él inventa mundos cerrados donde se
mueven sus criaturas y su lenguaje. Algo parecido
ocurre con Sada, quien se aferra a la sonoridad
y la descripción del desierto de Mexicali.

Como sabemos, cada generación de escritores
fomenta lecturas comunes y una visión de la literatura
que atiende a las modas, a las inclinaciones
por ciertos temas y al compromiso con cierto
tipo de escritura, aunque claro cada novelista o
narrador, en particular, posee sus propias preocupaciones
literarias. ¿Cómo, de qué manera
escribir una anécdota determinada se preguntan
todos? A mí me gusta, por ejemplo, que Jorge
Volpi se haya valido de las peroratas científicas,
psicoanalíticas estructuralistas y económicas para
narrar su trilogía conformada por {En busca de
Klingsor, El fin de la locura y No será la tierra.} Me
divierte y me maravilla que Ana Clavel escribiera
{Cuerpo náufrago} (2005) a partir de la silueta de
los mingitorios, que ella torna en forma femenina
y erótica. Me avasalla y me emociona la profusión
de imágenes del corazón que Margo Glantz
registra en El rastro y me deslumbra (palabra que
él siempre utiliza para referirse a los autores que
le gustan) el alma paródica de Sergio Pitol, sus
geografías visitadas por mexicanos, sus tramas
estrambóticas en la trilogía del carnaval {(El desfile
del amor, Domar a la divina garza, La vida
conyugal)}. Recuerdo con fascinación muchas páginas
de Noticias del Imperio. Volveré a ellas pero
no a la novela completa, como tampoco leería de
nuevo {Porque parece mentira la verdad nunca se
sabe}, de discurso extraordinario y original, con
perdón del amigo Daniel Sada. {Elsinore} de Salvador
Elizondo, en cambio, me ha permitido varias
lecturas: me atraen su inclusión del inglés como
parte del texto, su concepto de los mexicanos que
trabajan para la escuela militarizada en California,
a donde asiste el protagonista, y la mirada
del autor sobre el mal como algo irremediable.
Por cierto, ya que {Dos crímenes} de Jorge Ibargüengoitia
quedó entre las 12 mejores novelas,
recuerdo que alguna vez Elizondo me dijo de
los narradores de su generación “que el mejor
de todos era Ibargüengoitia” y que por eso no
lo mencionaban mucho, para que nadie se diera
cuenta. Sin duda, como José Agustín, se trataba
de un narrador nato, además de sumamente paródico
y deleitoso.

Me percato de que en México la raigambre
más firme es la realista, acaso porque la novelística
del siglo XX nació con la saga revolucionaria, pero ha habido escisiones
como la varia invención de Juan José Arreola, lo irreal de Juan Rulfo, el neobarroco
de Sergio Fernández y lo fantástico de Francisco Tario, revalorado
por muchos nuevos escritores. Mauricio Montiel Figueras, Mario González
Suárez, Cristina Rivera Garza y Andrés Acosta, Ana García Bergua y Ana
Clavel deambulan también por ese camino, que tan recorrido estuvo en
la literatura del cono sur en los años veinte y treinta y, desde luego, más
adelante, con Cortázar y Borges.

Con los representantes del {crack} (Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Vicente
Herrasti, Eloy Urroz, Pedro Ángel Palou) los personajes novelescos se volvieron
ciudadanos del mundo y argonautas del tiempo, como lo fue el doctor
Farabeuf de Elizondo, figura que durante un buen rato estuvo aislada
en relación a los caracteres más conocidos de la narrativa contemporánea,
casi todos mexicanos y clasemedieros.

Enrique Serna ha mantenido el realismo y la claridad en sus novelas,
mientras Daniel Sada se ha impuesto crear filigranas textuales, a las que se
someten las historias y los lectores. A cada uno de los dos los leo con diferente
mirada, con diferente intensidad. Mónica Lavín apuesta hábilmente
por la realidad y Rosa Beltrán nada bien entre las dos aguas, por ejemplo.

Dos novelistas {sui géneris} resultan Javier García Galiano, que engendra
atmósferas, y Pablo Soler Frost, se interna, como los integrantes del crack,
en otras latitudes y otros tiempos. Fabrizio Mejía Madrid reproduce literariamente
la ciudad de hoy, mientras que Mario Bellatin realiza experimentos
con cada libro, juega con la verdad y la ficción y atenta contra las sacralizaciones
literarias. {Salón de belleza} me parece una novela asombrosa. Otra
novela que me gustó mucho, en mi paquete de las más recientes publicaciones,
es {Tres lindas cubanas} de Gonzalo Celorio, donde el autor echa mano de
diversas formas de narrar la historia, la de tres hermanas, y la de la isla de
Cuba, vista desde diversos ángulos y diferentes momentos históricos.

Escritores sugestivos como Ignacio Solares han recurrido a la trama
de la historia de México, y a lo extraño para novelar. Sergio González
Rodríguez observa a la ciudad como un personaje y siempre introduce
asuntos oscuros y tenebrosos. Alberto Ruy Sánchez hilvana sobre el deseo
y lo exótico. José María Pérez Gay genera novelas de ideas y de ambientes
poderosos. A Héctor Manjarrez, a Xavier Velasco, a Álvaro Uribe, y a Federico
Campbell, que pertenecen a distintas generaciones y cuyas obras no
se parecen en nada, pero los cito juntos al azar, los he seguido por buenos
narradores. Sin duda el más leído por los jóvenes lectores es Velasco.

Me quedan por leer varias novelas actuales y releer o leer por vez primera
a otros autores que produjeron antes y durante los 30 años especificados
por {{nexos}}. Por ejemplo, hay un escritor al que volveré y que me parece
algo sobrevalorado. Sin embargo, su pasión por la literatura sobrepasa la
de cualquiera: Juan García Ponce. Y sí, quizá {Crónica de la intervención},
una de las 12 novelas ejemplares surgidas de la encuesta, sea lo mejor del
escritor yucateco.

En la lista personal de cada uno ni están todos los que son ni son todos los
que están, como señala Rafael Pérez Gay, ni nadie ha leído todo lo que se ha
producido en estas tres últimas décadas. Las presiones editoriales (que nunca
fue el caso de la maravillosa {Batallas en el desierto} de José Emilio Pacheco) y
las modas determinan mucho del gusto literario. Aun así, en un país como el
nuestro, donde muy pocos leen, es relevante examinar lo que suponemos que
compone nuestra mejor literatura de los últimos años. Buena medida, creo
yo, para invitar a la lectura y, de nuevo, a la necesaria deliberación. {{n}}

[[1]] Blanco, José Joaquín, “La novela mexicana en las décadas del entretenimiento puro”, en nexos, núm. 352, abril de 2007. Justo el número que ofrece los resultados de la encuesta
que José Joaquín ya conocía cuando escribió su artículo.

[[2]] Idem.