{La encuesta que publicamos
en nuestro número 352 sobre
las mejores novelas mexicanas
de los últimos 30 años ha cumplido
su objetivo de motivar un debate
sobre la situación que guarda
la narrativa mexicana. En ese
mismo empeño, ahora incorporamos
las lecturas a nuestro ejercicio y sus
resultados por parte de Ricardo Bada
y Héctor de Mauleón.}

{{
Un mapa con lagunas}}

El día de san Dimas, el buen ladrón, la cartero del pueblo dejó en mi buzón
el número 352 de nexos, y al mirar su portada me encontré con una nueva
confirmación de que no es que el tiempo corra, sino que vuela: ya estaban ahí los
resultados de la votación acerca de las mejores novelas mexicanas de los últimos
30 años, votación que la primera vez que oí hablar de ella me la figuré como en
un futuro remotísimo. Pero no tanto: el futuro se llamaba abril de 2007.

Huelga decir que el pequeño argentino que me habita (un tal Ego) me movió
a mirar, primero que nada, la lista de los electores, en la página 25, y ese
pequeño argentino se me jibarizó ipso fuckto en una miniatura de uruguayo:
mi nombre no figuraba en la relación. ¿Se había perdido,
pues, en el camino, la valiosa papeleta con mi votación…?
¿O la habrían descalificado por algún defecto formal…?
Qué sé yo cuántas explicaciones más se me ocurrieron.

Pero que mi papeleta era valiosa, eso ténganlo por seguro,
porque al analizar la lista de las novelas votadas, me
sentí orgulloso de haber acertado uno de los tres primeros
títulos, y de haber colocado los otros dos entre los 18 primeros.
No es una mala marca. Hay más: con mis votos,
mi segundo título habría subido del puesto seis al cuatro,
y mi tercero del 18 al 14.

En cualquier caso, para que no crean que les invento
a toro pasado, quiero contar aquí lo que conversé a mediados
de febrero de este año —y está fehacientemente
documentado en un blog de aquellas calendas— con
Héctor Abad Faciolince, gran escritor colombiano y
gran amigo mío.

Me llamó Héctor desde Berlín, donde vive ahora por
un año con una beca de creación, y me dijo que por una
de esas encuestas que les encantan a las revistas, tenía que
decir cuáles eran, a su juicio, las cinco mejores novelas en
lengua española de los últimos 25 años. “¿Cuáles serían
las tuyas, caro Ricardo?”, me preguntó, porque él habla italiano mejor que
muchos italianos nativos, y mecha nuestras pláticas con esos “caros” tan de la
península en forma de bota.

Le contesté que a mí acababan de pedirme, para una encuesta de nexos, que
les votase cuáles han sido las tres mejores novelas mexicanas de los últimos 30
años, y que aguardaba con la más risueña de las expectativas a que un diario de
Santo Domingo (esto es: de la República antillana, no del consorcio colombiano)
me pidiese la lista de las cinco mejores novelas dominicanas de los últimos 40
años, y que estaba seguro de que alcanzaría el orgasmo cuando de un suplemento
dominical de Tegucigalpa me pidieran que confeccionase una lista de las 10 mejores
novelas hondureñas desde 1997… en el buen supuesto de que, al menos, se
hubieren publicado 11 (“lo cual, como muy bien comprenderás —le completé a
Héctor—, me crearía un conflicto de conciencia respecto del undécimo autor,
quiero decir, del excluido… bahhh, seamos sinceros: del ninguneado”).

“Resumiendo, caríssimo —continué—, ¿me estás pidiendo en serio que te
diga lo que pienso al respecto, o sólo me lo preguntas para matar el tiempo que ahí, en la provincia donde resides, debe de ser una losa implacable?”.
(Sépase que yo, a Berlín, la considero lisa y llanamente provincia, en el más
prístino sentido del sustantivo, y hasta del substantivo.)

“En cualquier caso —seguí—, siempre puedes responder que, para ti, la
mejor novela en lengua española de los últimos tiempos se publicó hace
26 años, y por lo tanto no la podrías incluir en la lista solicitada por la encuesta,
y en consecuencia la encuesta se puede ir a tomar por culo y sereno,
como decía la abuela de Bada que se llamaba Remedios. Aunque tal vez
estas últimas precisiones proctológicas y onomásticas quizás sería mejor
dejarlas en el tintero” —maticé.

Pero como Héctor insistía en querer saber cuáles cinco títulos elegiría
yo, argüí que con prescindencia de todas las anteriores consideraciones, es
evidente que entre las cinco mejores novelas en lengua de Castilla, en los
últimos 25 años, se cuentan la edición del El ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha por Francisco Rico, y la de La Regenta, ambas con motivos
de sendos centenarios, La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa, El olvido
que seremos (si se homologa como novela)… “y bueno, viejo —concluí—, el
quinto título te lo cedo. ¿Vale? Y luego no te me quejes de que no te doy unas
respuestas fundadas y eruditas, pues yo soy los antípodas de ello: irracional
y pied-à-terre, tío”. Al final, sin embargo, supo persuadirme y le envié por
emilio esta lista: El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez
(1985). A sus plantas rendido un león, de Osvaldo Soriano (1988). La
carta, de Raúl Guerra Garrido (1990). La guerra de Galio, de Héctor Aguilar
Camín (1991). La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa (2000).

Y a la redacción de nexos envié la anónima papeleta con el siguiente trío
de ases: Crónica de la intervención (Juan García Ponce). La guerra de Galio
(Héctor Aguilar Camín). Ciudades desiertas (José Agustín).

Séame permitido razonar mi voto.

Crónica de la intervención es uno de esos aerolitos que le caen de vez en
cuando al planeta literario y se quedan clavados en él como piedras miliares.
Uno no sabe a veces bien a bien qué hacer con él, cómo catalogarlo,
cómo encajarlo en el esquema, y nuestra perplejidad está más que justificada:
los aerolitos llegan, no en vano, del espacio exterior, son extraños a
nuestro mundo. Pero en derredor suyo pueden organizarse hasta religiones
universales: pensemos sólo en la Piedra Negra de la Ka’ba, en La Meca,
santuario de los musulmanes. No votar por Crónica de la intervención, en
una encuesta como ésa, sólo podría compararse a que un crítico austriaco
pasara por alto Der Mann ohne Eigenschaften, de Robert Musil, al nombrar
las tres novelas más relevantes de su país en el periodo de entreguerras.

Por lo que se refiere a La guerra de Galio, aquí me permitirán una autocita
de la reseña que hice en 2002 de la novela El vuelo de la reina, de
Tomás Eloy Martínez:

“Todas las comparaciones son odiosas, y sin embargo no debe dejarse de
señalar que el lector avisado tiene constantemente presente, durante la lectura
de esta novela, una magistral de Héctor Aguilar Camín: La guerra de Galio.
Conste que ambas no coinciden sino en algo que TEM degrada más bien a
subtema: la relación del poder político y la prensa. Y asimismo sin embargo
hay que constatar que gran parte de la desilusión que nos produce El vuelo de
la reina procede justamente de ese subtematizar lo que en manos de Tomás
Eloy Martínez hubiera podido ser un gran tema. Él ha preferido centrarse en
una historia de amor y celos, y ésta es tan banal como suelen serlo todas ellas,
incluso aquellas que terminan a tiros. También es verdad que yo no veo por
ahora ni en mucho tiempo el narrador con arrestos para echarse un pulso con
La guerra de Galio y llegar a igualarla, ni qué decir a superarla. Con ella sucede lo mismo que con el mítico salto de longitud de
Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México
de 1968, los previamente bautizados con sangre
juvenil en la matanza todavía impune que Gustavo
Díaz Ordaz y Luis Echeverría organizaron durante
la noche triste de Tlatelolco. El salto de Bob Beamon
(8.90 m. si la memoria no me falla) dejó imposible
la disciplina, para él y sus competidores y
sucesores, durante varias décadas. Así también con
La guerra de Galio, publicada en 1991: este Vuelo
de la reina es un saltito que se queda muy atrás de
la distancia soñada, y donde más que el aleteo de
la soberana se percibe el zumbido de los zánganos.
Dicho sea de paso, La guerra de Galio se inicia con
una advertencia que también podría haber hecho
suya TEM: ‘Todos los personajes de esta novela,
incluyendo los reales, son imaginarios’ ”.

Last but not least, Ciudades desiertas.

Si bien tanto Crónica de la intervención como
La guerra de Galio eran mis dos primeras candidatas
seguras, 100% desde el vamos, con el tercer
título de la papeleta me pasaba que no conseguía
decidirme entre la novela de José Agustín y otras
dos: una de Jorge Ibargüengoitia (que no es ni Dos
crímenes ni Los pasos de López, las que aparecen
votadas en la lista final de nexos) y una ilustremente
desconocida y por lo mismo merecedora
—pues la considero requetebuenísima— de que
al menos se la mencionara para que no siga en
la inopia: Espuma de sol en un verano oscuro, de
Fernando Cobo, editada en 1990 por una editorial
cuasi artesanal de Cuernavaca. De ella, como
botón de muestra, estos párrafos monologantes:

“¿Has ido alguna vez a los baños de la Estación
de Autobuses? Yo no quisiera ser nunca turista
en México, porque ni de nacional cago a gusto.
(…) Tu dirás que la culpa es de Doña Crescencia
por limpiarme tan cachonda y ardorosamente el
orificio con los pañales, pero que me gusta, me
gusta, pero no en los retretes de la Estación de
Autobuses, ahí no”. Y 70 páginas más adelante, el
protagonista hace sus aguas mayores en el campo,
y le cuenta a su amigo, que aspira a ser escritor:

“Es atractivo eso de cagar en libertad con todo el
universo por testigo, y no encerrado entre cuatro
paredes en un retrete, que además cada día los
hacen más pequeños, y en algunos restaurantes
y cafeterías lo tienes que hacer de pie porque ni
sentarse permite el tamaño del cubículo. Hacer
eso es tan importante como hacer el amor. ¿Por
qué para una cosa usamos adminículos y objetos
tan cómodos, y para la otra, que es tan placentera
como coger, nos someten a la tortura de la estrechez
de espacios? Podías hacer un buen libro desde el punto de vista psicoanalítico. Tienes el
best seller del año en tus manos, Pene, y me deberás
pasar a la luminaria de escritores fugaces,
al lado de Harold Robbins o de Octavio Paz”.

Me decidí de últimas por Ciudades desiertas, y
no me arrepiento. Primero: es muy buena y a mí
me cautivó por lo que suponía de mirada etnográfica
sobre quienes suelen venir a etnografiarnos.

Segundo: a Ibargüengoitia lo estimo mucho
como novelista, pero más como cronista, un terreno
en donde no tiene igual. Tercero: de a solas,
mi voto por una novela desconocida no la sacaría
de su anonimato, como sí que la pudiera sacar
mi razonamiento público del mismo. Cuarto y
principal: mi voto debía ser inobjetablemente honesto,
y aunque me daba en la nariz que habría
gente que elegiría Noticias del Imperio y también
Las batallas en el desierto —e incluso alguien que
se atreviese a votar alguno de los kilométricos
bodrios de Carlos Fuentes (y menos mal que se
decantaron por Cristóbal Nonato y no por Terra
Cotta… o Cosa Nostra… ay Juan Rulfo ¿cómo era
que se titulaba?… ¡si me lo dijiste una tarde en
el bar del Schweizer Hof, en Berlín, en mayo de
1982!)—… en fin, aunque me daba en la nariz
que tales nominaciones resultaban más que probables,
mi genuina obligación era votar nada más
que por tres libros que yo sí hubiese leído. Y, no sé
si lamentablemente, uno no lo ha leído todo.

Ahora, tras esta encuesta de nexos, y sacando
tiempo de donde pueda, deberé hincarle el diente
a la novela de Fernando del Paso, mi lejano
amigo y ex colega de tareas radiofónicas (él en
la BBC, yo en la Deutsche Welle), y a la novela
de José Emilio Pacheco, dos lagunas en mi mapa
cultural mexicano. Pero bueno, después de todo,
¿no es la presencia de lagunas lo más propio de
un mapa mexicano que se precie de serlo? n