“Los niños se conforman con tan poco. Después crecen y comienzan a dar dentelladas sobre todo lo que se mueve”, sentencia el protagonista de Educar a los topos (Anagrama, 2006), un cuarentón que, tras la muerte de su madre, emprende un ajuste de cuentas con los años que pasó en una siniestra escuela militar. Tras la intensa y obsesiva Lodo, el narrador mexicano Guillermo Fadanelli decidió escribir una novela más sencilla pero no por ello menos emotiva: una memoria familiar y de la adolescencia. La frase seleccionada sirve para ejemplificar el ambiente que impera tras los muros de la secundaria una vez traspasado “el culo de rata” de la puerta: investidos en sus ridículos uniformes, los estudiantes se dedican a abusar unos de otros constituyendo sus propios escalafones sociales (existen los “perros”, por ejemplo), una feroz lucha por la supervivencia donde, por supuesto, los más débiles se llevan la peor parte. Esto puede significar desde recibir patadas en el trasero hasta escupitajos como aderezo en la sopa.
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