Mi esposo, mi hijo y yo hemos estado de vacaciones en Tokio desde el 23 de diciembre, en la casa de mi hermano, la misma donde antes vivían mis padres. Es una zona que queda un poco afuera del centro de la ciudad, aunque bastante cerca de él, a una media hora en tren y metro. El barrio es una mezcla de partes residenciales y comerciales. Un día salí a comprar regalos para nuestras amistades en Nueva York, donde vivimos, y, de regreso, pasé por una tienda de frutas a comprar fresas. Era una tienda pequeña atendida por un hombre bastante mayor y otro un poco más joven. Supuse que eran padre e hijo. Le señalé al hijo unas fresas bellísimas en una cajita de cartón, de un rojo brillante e intenso —de las que sólo hay en Japón, donde cuidan y experimentan obsesivamente con las frutas y verduras para que salgan perfectas—. Él tomó la caja y se puso a envolverla meticulosamente en un papel con el nombre de la tienda, y luego a amarrar el paquete con una cuerda.
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