En nuestros días, una nueva economía viene a transformar el trabajo y, al mismo tiempo, la comprensión que los trabajadores tienen de la historia de su vida. Sin lugar a dudas se ha abusado de la noción de “nueva” economía, pero el hecho es que, hace todavía una generación, las grandes burocracias del mundo de los negocios y las jerarquías oficiales parecían haberse establecido firmemente al cabo de varios siglos de desarrollo económico y de construcción nacional. Algunos observadores hablaron entonces de “capitalismo tardío” (late capitalism), de “madurez del capitalismo”, como si hubiera sonado la hora final para los viejos motores del crecimiento. Pero una nueva partida ha comenzado: las burocracias tentaculares, tanto públicas como privadas, se transforman en instituciones más flexibles, menos estables; al tiempo que echan mano de las nuevas tecnologías para conectarse con el mundo entero, en su interior se desembarazan poco a poco de varios estratos sucesivos de cuadros y trabajadores calificados. La naturaleza del trabajo se transforma otro tanto, mientras abandona las atribuciones fijas y las carreras trazadas hasta el mínimo detalle, en provecho de tareas más restringidas y variables.
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