En una de sus últimas novelas —Ensayo sobre la lucidez— José Saramago cuenta la historia de una ciudad en la que, en el día menos pensado, se producen unas elecciones en las que gana el abstencionismo de forma total y abrumadora. Todas y cada una de las boletas han sido utilizadas para ejercer un voto en blanco. Sin una sola palabra o acto premeditado, los individuos deciden expresarse de una manera peculiar. Las elecciones se repiten. Pero el mismo fenómeno vuelve a ocurrir una y otra vez hasta terminar por enloquecer a la clase política y llevar a la quiebra de todo el sistema.
No todo lo que narra Saramago en aquella novela es ficción. Un pedazo de esa historia ocurrió en Argentina, en 1999, cuando más de seis millones de votantes —de un padrón de 24— cumplieron la obligación constitucional de sufragar, para hacerlo en blanco. Fue en unas elecciones intermedias, cuando todavía gobernaba Fernando de la Rúa. Aquella contienda fue una parodia, típica del sentido del humor de los argentinos. En algunas casillas del país los funcionarios tuvieron que utilizar guantes de látex para extraer boletas que habían sido utilizadas de una forma muy peculiar: unas como papel higiénico, otras para guardar preservativos usados, otras para acumular polvos blancos que simulaban ántrax.1
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