Tenemos, frente a nosotros, Fruta verde, la novela más reciente de Enrique Serna, y no dejo de preguntarme cuántas decisiones contiene. Miles, sin duda (cien, doscientas por página), pero, por encima de todas, una que destaca de las demás: ha llegado el momento de ser autobiográfico. ¿Y eso qué significa? Invocar a los genios tutelares, rendirle homenaje a la arcilla que ha moldeado el espíritu, arrojar la piedra que se interpone a la mala, despertarse un día cualquiera por la mañana y decir: éste soy yo.
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