“Me dio gusto enterarme de que Darkness Visible le haya servido a su amiga. Siempre me complace saber que mis palabras sobre la depresión le han llegado a alguien”, me escribió en febrero de 1998 William Styron (1925-2006) en una de las breves cartas que intercambiamos relativas a sus colaboraciones en nexos, colaboraciones sin agencias ni agentes de por medio y posibles por los nexos que Carlos Fuentes nos permitió establecer con él.

Son palabras escritas a mano, con una caligrafía “palmer” o cursiva de una notable claridad y finos rumbo y ejecución lineales, lejos de la “melancolía” o la “brainstorm” —como él habría preferido que la modernidad se refiriera a la depresión—, subrayando en esos trazos manuscritos la certeza con la que Styron mismo me decía ser ya un “ex sufriente” de la enfermedad. (Por desgracia, la enfermedad recayó sobre Styron pocos años después.) A mano y en papel amarillo, el color de papel en el que le gustaba escribir desde sus inicios, como le dijo a The Paris Review en 1954: “Escribo un promedio de dos y media o tres páginas al día, todo a mano y sobre hojas amarillas”.

William Styron fue un colaborador buenísimo en los dos sentidos. Alguna vez José Bianco, para elogiar a Borges como colaborador de Sur, estableció la relación entre la calidad literaria del colaborador que entrega y su trato atento y ausente de remilgos hacia el editor. A menor calidad literaria, comprobaba Bianco, mayor grado de fastidio, quejumbres y agrandamiento de nimiedades por parte del colaborador. Styron no era de éstos sino de los primeros, de los colaboradores borgesianos.

Veo con gusto y renovada naturalidad que los textos de William Styron publicados en nexos fueron todos hijos del género que cultivó con maestría, junto con la novela y el relato largo, y cuyo pico fue quizá y efectivamente Darkness Visible. Me refiero al ensayo. O mejor dicho: a la memoir, al ensayo personal, al ensayo como el género de las verdades esenciales donde el autor se interroga directamente sobre un tema doloroso o de algún modo repleto de intimidad y trae de esa exploración un evocativo texto desnudo que añade a su logro literario, si se me permite, una cualidad “terapéutica” para los lectores. Hubo una excepción: el texto expresamente político de Styron contra las Kenneth Starr Wars, “La picota de Kenneth Starr” (núm. 252, diciembre 1998), una defensa de William Clinton contra los embates de aquel fiscal de la ultraderecha norteamericana en los tiempos del “caso Lewinski”.

Los otros textos de Styron en esta revista fueron todos ensayos personales, desde el primero publicado en marzo de 1993, “La traición del Halción” —una apostilla a Darkness Visible—, hasta (y parecería que no) el último, “Morir sin Dios” (núm. 293, mayo 2002), un texto-prólogo para la edición en inglés de un libro sobre François Mitterrand. Como verá el que lea, “Morir sin Dios” es una reflexión personalísima sobre la vida y la muerte proyectadas en la persona de François Mitterrand. Los textos de Styron en nexos muestran que el ensayo personal, cuando bien hecho, toca de alguna manera todos los géneros literarios: la astucia en y de la conducción narrativa, las subidas escénicas hacia lo dramático o lo cómico, la concisión poética o la poesía escueta y el ensayo tal cual como surtidor de conocimiento: basta leer los ricos y concentrados pasajes sobre las enfermedades de transmisión sexual que escribió Styron en “Un caso venéreo” (núm. 244, abril 1998).

Mencioné la poesía líneas arriba. En efecto, Styron fue un lector notable del género. No habría por eso mejor despedida en su caso que recordar el poema de Emily Dickinson que le gustaba tanto a él como a su personaje Sophie.

Las mejores páginas de Styron ponen también a flotar esta poderosa sencillez:

Tiende amplia esta cama,
Hazla y que te imponga;
Espera en ella a que llegue
El juicio excelente y justo.

Con su colchón firme,
Su almohada redonda;
No haya ruido de rayo solar
Que raje este sitio. n