Lo primero que vale señalar del texto de Sánchez González es la pretensión, no declarada explícitamente, de poner a prueba un paradigma para explicar la realidad contemporánea de México en un mundo globalizado. Los que hemos tenido la oportunidad de seguir los textos de Manuel Sánchez en las páginas de Reforma conocemos de su profunda convicción: es un liberal, orgulloso de serlo, lo cual es doblemente extraño. Aquí las palabras pueden ser engañosas, el uso político de la expresión neoliberal para descalificar políticas tendientes a la apertura y desestatización de la economía, nos ha llevado a perder de foco, en ocasiones a olvidar, los profundos principios rectores del pensamiento liberal que van mucho más allá de lo emprendido por la señora Thatcher o Ronald Reagan. El liberalismo profundo puede ser una verdadera pasión, como ocurre en el caso de Sánchez González, que parte de una serie de convicciones y principios ético-políticos de gran profundidad y alcance. Con frecuencia se olvida que el primer libro escrito por Adam Smith no fue, contra lo que muchos pudieran pensar, un tratado sobre los alcances de los mercados sino un breve ensayo de ética denominado Teoría de los sentimientos morales. Se olvida que Smith estudió filosofía y fue, antes que nada, profesor de ética en la Universidad de Edimburgo.
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