No es fácil hablar de eutanasia, entre otras razones, porque es un tema que nos enfrenta de manera muy directa con la muerte, ese acontecimiento inevitable que nos espera al final de la vida y sobre el cual no queremos pensar; quizá, en gran parte (y de forma equivocada), porque creemos que no podemos hacer mucho al respecto. Lo cierto es que el tema de la eutanasia no sólo nos hace recordar ese destino que tratamos de ignorar, sino que nos enfrenta con la idea de una acción que produce voluntariamente esa tan temida muerte.

Por supuesto, existen otras causas que hacen difícil discutir la eutanasia. Los valores personales, por ejemplo. Cuando éstos se basan en creencias religiosas, muchas personas consideran que la eutanasia representa una afrenta a sus principios y se sienten obligadas a atacarla. Llevan la discusión a un terreno ideológico y piensan en abstracto un tema que se refiere a decisiones tremendamente importantes y personales que se toman en situaciones concretas y reales.

Pero lo que más dificulta mantener un debate sobre la eutanasia es el desconocimiento sobre el tema y los prejuicios que se tienen sobre esta acción, los cuales suelen ser equivocados. Sin embargo, vale la pena superar los diferentes obstáculos y hablar sobre esta opción de terminación de vida que algunas personas han elegido porque, ante la proximidad de una muerte que no pueden evitar, tienen la posibilidad de morir mejor. Otras personas hubieran querido elegirla, pero no pudieron por tratarse de una acción ilegal. Acaso algunos lectores querrán contar con la opción de la eutanasia (o alguna persona cercana a ellos) cuando enfrenten el final de la vida. Tan sólo por esto, es importante abrir la discusión para resolver si la eutanasia es una acción éticamente aceptable y, si lo es, reflexionar sobre los pros y los contras de permitirla legalmente. En este espacio queremos compartir algunas preguntas que sirvan a ese debate que requiere la participación de la sociedad.

¿Qué debemos entender por eutanasia?

El término euthanasia, compuesto por las raíces griegas eu y thanatos, que significan bueno y muerte, se ha utilizado desde el tiempo de la cultura greco-romana para referirse a una muerte tranquila y sin dolor. Sin embargo, en diferentes momentos y contextos, el término eutanasia ha estado asociado a diversos significados: 1) dejar morir a las personas; 2) inducir la muerte a quienes están sufriendo; 3) dar atención a los moribundos; 4) terminar con la vida de quienes son indeseables. Es evidente que entre algunas de estas acepciones existen notables diferencias en términos éticos, razón por la cual es tan importante ser muy precisos al definir una práctica que genera tanta discusión para decidir si es o no aceptable: Eutanasia es el acto o procedimiento, por parte de un médico, para producir la muerte de un paciente, sin dolor, y a petición expresa de éste.

Esta definición se inspira en la utilizada en los Países Bajos, donde ha sido necesario establecer muy claramente los límites de lo permitido legalmente desde que se despenalizó la eutanasia en 1984 (se legalizó en 2002). Con esta fórmula se evita la ambigüedad porque especifica: 1) que la acción, que tiene el propósito de causar la muerte, la realiza un médico; 2) que la persona que muere, padece una enfermedad, puesto que es un paciente y, se sobrentiende, que existe una relación entre el médico y él; 3) que la muerte se produce sin dolor y, 4) aspecto primordial, la terminación de la vida se realiza en respuesta a la petición de la persona que muere.1

De acuerdo a esta definición, resulta inexacto hablar de eutanasia si la persona que provoca la muerte no es un médico, si la persona que muere no padece una enfermedad o una condición médica que le cause sufrimiento, si la acción que causa la muerte va acompañada de dolor y, sobre todo, si la muerte no se produce en respuesta a la solicitud de quien fallece. Para mayor claridad de lo que es esta práctica en los Países Bajos (en donde es poco frecuente, aunque se crea lo contrario), es útil mencionar las condiciones que deben cumplirse para aplicarla: 1) el paciente la solicita de manera voluntaria, explícita, competente y persistente (al médico le corresponde asegurarse que el pedido del paciente resulta de una deliberación y no es una manifestación de depresión o desesperación); 2) la solicitud se basa en el conocimiento completo sobre su situación; 3) el paciente sufre en forma física o psicológica intolerable (es el paciente quien lo determina así, a pesar de la subjetividad que esto implica, pero el médico ha de valorar tal juicio para estar de acuerdo en ayudarlo a morir); 4) se han agotado todas las alternativas posibles de alivio al sufrimiento y, 5) el médico ha consultado a otro colega.

Una clasificación muy utilizada (fuera de los Países Bajos) es la que distingue entre eutanasia activa en que la finalización deliberada de la vida es resultado de una acción encaminada a procurar la muerte, como es la administración de una droga, y eutanasia pasiva en que la muerte se produce como efecto de la omisión o suspensión de acciones médicas que permitirían preservar la vida.2

En general, la eutanasia pasiva tiene mayor aceptación en diferentes países desde el punto de vista legal, religioso y de la opinión pública. Se podría decir que plantea menos problemas de conciencia porque parecería que implica menor responsabilidad una omisión que una acción. En realidad, pensamos que si ambas formas de eutanasia buscan que sobrevenga la muerte para poner fin a un sufrimiento intolerable, en respuesta al pedido del paciente, no tiene por qué implicar un juicio moral que en una se requiere hacer y en otra dejar de hacer. Que se recurra a una u otra opción depende de la situación física del paciente, de la evolución de su enfermedad y de la respuesta a los tratamientos que haya recibido. Parece una contradicción que se considere válido ayudar a morir, a quien pide dejar de sufrir, cuando esto supone abstenerse de dar tratamiento, y no lo sea cuando no hay nada que quitar o dejar de hacer para que la persona muera.

¿Cómo se justifica la eutanasia?

En primer lugar, se reconoce que un enfermo tiene derecho a decidir poner fin a su vida cuando la enfermedad que padece o la condición médica en que se encuentra le representan un sufrimiento intolerable sin posibilidad de mejoría. Esto significa que se respeta la autonomía del individuo para tomar decisiones sobre su vida porque es dueño de ella. Por supuesto, no todas las personas piensan así, por lo que consideramos igualmente respetable la posición de quienes piensan que su vida no les pertenece, al grado de poder decidir el final de su vida, porque eso le corresponde a Dios. Lo importante es que nadie pretenda imponer a otros su propia creencia ni quiera impedir a otros que actúen de acuerdo a sus propios principios.

En segundo lugar, la eutanasia se justifica porque se entiende como una acción que se da en el contexto de la atención médica cuando se han agotado las alternativas para curar o aliviar a un enfermo. Un paciente que se encuentra en tales condiciones y reflexiona sobre su situación puede llegar a la conclusión de que lo mejor para él es adelantar su muerte y pide ayuda a su médico porque quiere que ésta sea “lo mejor posible”. Algunos de sus motivos podrían ser que quiere estar acompañado al morir; desea un final que no signifique un sufrimiento adicional; quiere que su muerte sea segura y, en algunas ocasiones, pide ayuda porque está físicamente incapacitado para quitarse la vida por sí mismo. La cooperación del médico se entiende como un acto de solidaridad hacia el paciente. La podrá asumir el profesional cuyas creencias y valores -nuevamente- no le impidan realizar una acción que tiene la intención de causar la muerte de otra persona. Por supuesto, los médicos que están dispuestos a aplicar una eutanasia lo hacen porque consideran que es la última forma en que pueden cumplir con su deber de poner fin al sufrimiento del paciente.3

Ahora bien, si la eutanasia se entiende como una acción concertada entre un paciente y un médico, basada en el respeto a la autonomía del paciente y en la solidaridad del médico, es lógico preguntarse cómo es la mejor forma de realizar esta práctica en una sociedad determinada. ¿De manera clandestina o con el respaldo del Estado? Es decir, si se reconoce como una acción éticamente aceptable, ¿se justifica que los médicos que la realicen se arriesguen a ser perseguidos como criminales o que los pacientes que la pidan no cuenten con un médico dispuesto a ayudarlos?4 Desde luego, cada país debe encontrar la mejor manera de responder esta pregunta tomando en cuenta sus características propias y la experiencia de otros países.

¿Qué experiencia tomar de otros países?

Lo primero a resaltar es que en los Países Bajos se legalizó la eutanasia después de años de discutir abiertamente el tema. El debate se abrió en 1971 cuando la doctora Geertruida Postma inyectó a su madre, internada en una clínica, una dosis letal de morfina. Informó al director y éste notificó a la policía.5 A raíz del juicio de esta doctora (se encontró culpable, pero sólo se le dio una semana de suspensión) la opinión pública expresó su aceptación ante tal acción y numerosos médicos manifestaron haber cometido el mismo “crimen”. El gobierno reconoció que la práctica existía y respondía a una necesidad de la sociedad. Lejos de limitarse a prohibirla para que se siguiera realizando de manera clandestina, sin posibilidad de conocerla y regularla, sentó las condiciones para el debate. Esto permitió ir consiguiendo consensos entre los legisladores, los médicos y la sociedad.

La experiencia de los Países Bajos es una referencia ineludible en el tema de la eutanasia. En primer lugar, por la manera en que este país enfrentó el reto que significaba admitir que, bajo ciertas condiciones, la ayuda médica para morir podía ser aceptable: promovió una discusión transparente para encontrar soluciones y tomó en cuenta a toda la sociedad. En segundo lugar (no en importancia), por el debate que ha documentado a lo largo de todos estos años, el cual incluye las investigaciones encargadas por el gobierno para conocer lo más posible la frecuencia y la forma en que se aplica la eutanasia, así como los casos llevados a juicio. Detrás de cada resolución jurídica y de cada modificación legal, subyacen preguntas éticas sobre el sentido de la vida, el sufrimiento humano, los límites de la atención médica y el poder del médico, por citar algunos temas.

Otra experiencia de gran importancia es la de Oregon, Estados Unidos, por ser un sólido ejemplo de transparencia y buena aplicación de la ayuda para morir. En 1997, mediante una ley, exclusiva para los residentes con enfermedades terminales de ese estado, se permitió el suicidio médicamente asistido.6 Después de varios años y diversas votaciones, los ciudadanos eligieron legalizar esta opción de terminación de vida (60% a favor, 40% en contra). A partir de 1998 en que la ley se hizo efectiva, un médico puede prescribir a su paciente una dosis letal de medicamentos que el enfermo ingerirá en el momento en que éste considere oportuno, pero sin contar con la presencia del médico.7 Cabe mencionar que en ocasiones el paciente no llega a ingerir los medicamentos; le basta la tranquilidad de saber que, llegado el caso, cuenta con ellos. El Departamento de Salud de Oregon recibe toda la información pertinente de los enfermos y de los doctores implicados en actos de suicidio médicamente asistido y tiene la obligación de publicar anualmente todos los datos disponibles.

Entre 1998 y 2004, bajo el amparo de la ley, 208 pacientes residentes de Oregon ingirieron medicamentos para morir con dignidad. Las tres razones principales por las cuales lo hicieron fueron: imposibilidad para gozar la vida, pérdida de la autonomía y pérdida de la dignidad.

Las estadísticas demuestran que, al cabo de los años, el número de personas que optan por el suicidio médicamente asistido se ha incrementado muy poco: uno de cada 800 enfermos ha elegido esta vía. El hecho de que no se haya generalizado la práctica contradice la opinión de los grupos antieutanasia, quienes habían asegurado que la aprobación de este tipo de leyes incrementaría notablemente las solicitudes para morir voluntariamente.

Los requisitos para obtener medicamentos que produzcan la muerte, de acuerdo con el Documento para Morir con Dignidad, son: 1) ser adulto (mayor de 18 años); 2) residir en Oregon; 3) tener la capacidad de entender y comunicar decisiones relativas a la propia salud; 4) contar con el diagnóstico de enfermedad terminal, cuya evolución producirá la muerte en un periodo no mayor a seis meses.

Los enfermos que llenen esos requerimientos deberán solicitar los medicamentos que produzcan la muerte a un médico que resida en Oregon, y para recibir la prescripción deben seguirse los pasos siguientes: 5) el paciente debe solicitarla oralmente a su médico, en dos ocasiones, con un intervalo de 15 días; 6) el paciente debe llenar una solicitud escrita dirigida a su médico y firmada en presencia de dos testigos; 7) el médico que proveerá los fármacos y un segundo médico deben confirmar el diagnóstico y el pronóstico; 8) tanto el médico que prescriba los fármacos como un segundo médico debe determinar si el paciente es intelectualmente capaz; 9) si cualquiera de los dos médicos considera que el enfermo tiene alteraciones psiquiátricas, el enfermo debe ser referido para que un especialista lo valore; 10) el médico responsable debe informar al paciente de las alternativas posibles al suicidio asistido, como son los hospicios y las técnicas para control del dolor; 11) el médico que prescriba puede solicitar que el paciente notifique a su pariente más cercano su decisión.

¿Qué sucede con los otros pacientes?

Como se ha visto, las leyes que permiten la eutanasia y el suicidio médicamente asistido establecen con toda claridad los límites dentro de los cuales pueden aplicarse. Las leyes reconocen la autonomía de las personas para decidir el final de su vida y, por tanto, excluyen la muerte asistida para los pacientes que no puedan ejercer su autonomía. En esta categoría se incluyen los pacientes conscientes pero mentalmente incompetentes (dentro de los que hay una variedad de trastornos, entre ellos depresión, psicosis, demencia) y pacientes inconscientes, como es el caso de las personas en estado vegetativo persistente.8

En el caso de la ley de Oregon, hay otro límite que impide a muchos pacientes poner fin a su vida, aun cuando tengan la competencia mental para decidirlo: estar físicamente incapacitado para tomar por sí mismo la dosis letal de medicamentos. Es el caso de pacientes muy graves, paralizados por su enfermedad,9 que hubieran podido suicidarse en una fase anterior del padecimiento, pero entonces no hubieran cumplido el requisito de tener una enfermedad terminal con una expectativa de vida no mayor a seis meses.

¿Qué hacer con los individuos que se beneficiarían con la muerte asistida aunque no cumplan los requisitos legales? Creemos que las leyes deben revisarse y adecuarse a las nuevas exigencias que plantea la realidad. En Oregon la ley se ha mantenido inalterada. Puede ser que más adelante se modifique para incluir a los pacientes que necesitan, por su incapacidad física, la ayuda de un médico para morir. Pero quizá esto no suceda, porque en Oregon es esencial que la misma persona que fallece sea quien realice la acción última responsable de la muerte.

En los Países Bajos, con muchos más años de experiencia y con una perspectiva que considera esencial la participación del médico, sí se han ampliado los criterios: los menores con capacidad de discernimiento pueden solicitar la eutanasia, lo mismo pacientes que padecen un sufrimiento exclusivamente psicológico, mientras conserven la competencia mental. Si bien se trata de casos muy excepcionales, se ha aplicado la eutanasia, de acuerdo a la ley, en pacientes con enfermedad psiquiátrica; también en pacientes con enfermedad de Alzheimer, todavía competentes, cuyo sufrimiento intolerable consistía en anticipar, en un futuro próximo, la pérdida de su personalidad y dignidad.

En los últimos años se ha dado una importante discusión para resolver el problema que plantean los neonatos y bebés con enfermedades o discapacidades muy graves. Cuando no existen tratamientos, ni de curación ni de alivio a su dolor y la calidad de su vida será muy limitada, los padres y médicos coinciden en que lo mejor para esos niños es morir. Aunque no se ha modificado la ley, se han establecido claramente los criterios que debe seguir un médico para tener la seguridad de que no será investigado penalmente por esa acción.

Sin embargo, hay otros grupos de personas que querrían contar con la opción de la eutanasia y no está claro que deban quedar incluidos en la ley. Es lo que sucede a personas de edad avanzada que no padecen una enfermedad grave, pero están “cansados de vivir” y consideran que ha llegado el momento de morir. “¿Cómo se justifica orillar a estas personas a que busquen una muerte violenta, tirándose de un edificio, por ejemplo, sólo porque no están enfermos?”.10

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El debate sobre la eutanasia es necesario en nuestro país porque también en México hay pacientes que piden a sus médicos que los ayuden a morir y éstos se ven obligados a responder de alguna manera. Algunos dan la ayuda que les piden y aplican la eutanasia, pero saben que asumen riesgos enormes porque actúan fuera de la ley. Muchos otros no responden al pedido de sus enfermos, quienes se ven privados de la única ayuda que quieren recibir.

Que los Países Bajos sigan buscando soluciones para que la muerte médicamente asistida sea la más adecuada desde el punto de vista ético y legal, nos puede dar una idea de todas las preguntas que nosotros debemos responder. La primera, si decidimos, como sociedad, que la eutanasia es una opción de terminación de vida éticamente aceptable para quienes la elijan (no sobra recordarlo, tampoco, que ningún médico estaría obligado a aplicarla si esto fuera en contra de sus principios).

Después habría que decidir qué criterios deben cubrirse para permitir su aplicación, bajo qué modalidad (con la ayuda del médico, como suicidio médicamente asistido o ambas), qué pacientes podrán recibirla, qué procedimientos establecer antes y después de su aplicación, qué necesitamos hacer para garantizar una práctica que busca respaldar la libertad de todas las personas hasta el final de su vida… Queda mucho por decidir, ¡no posterguemos más el debate! n