Quizá uno de los temas más visitados y debatidos de los años de la larga transición multifrontal mexicana ha sido el de la educación. El gobierno, los partidos, los empresarios, las iglesias, los sindicatos, las organizaciones no gubernamentales, las propias autoridades educativas públicas y privadas, por supuesto, han insistido desde diversas perspectivas sobre la importancia de contar con una buena educación, de que la escuela debe ser el principal instrumento de progreso y civilidad, de que una educación de calidad -lo que ello signifique- es la única forma de superar nuestros problemas económicos, políticos y sociales.
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