La izquierda mexicana es, en cierto modo, la gran responsable moral de la transición democrática. Paradójicamente, en el año 2000, cuando cristaliza la democracia, la izquierda pierde el paso, queda relativamente marginada y no digiere el triunfo de la derecha en las elecciones presidenciales. Desde 1968, la izquierda había impulsado el lentísimo crecimiento de una cultura democrática; 20 años después encabezó la lucha democrática, y aunque el fraude impidió su triunfo, las elecciones de 1988 iniciaron el tramo final de la transición democrática. Durante los siguientes 12 años la izquierda se mantuvo como el principal motor de la instauración de procesos electorales confiables y vigilados por instancias autónomas. Sin embargo, nuevas fuerzas de derecha moderna, encabezadas por Vicente Fox, lograron ganar las elecciones presidenciales del año 2000. El PRD vivió en forma dramática su fracaso y reaccionó como si injustamente le hubiesen arrebatado, mediante artificios publicitarios, el poder que merecía haber ganado.
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