La democracia no ha llegado al sistema educativo.1 No pretendo usar la palabra “democracia” en su interpretación trivial -y errónea- de que las autoridades de las instituciones deben ser electas por “las bases” o que todas las decisiones sobre el funcionamiento de la escuela, por ejemplo, deban tomarse mediante un sufragio. Me refiero a la democracia en su acepción política densa. El objeto de la democracia en una nación moderna es que los ciudadanos gobiernen, pero ese objetivo debe también incluir el gobierno de la educación. Cuando los ciudadanos gobiernan determinan, entre otros asuntos, cómo se educarán los “ciudadanos del futuro” (Gutmann, 2001).
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