{Pero cuando ellos se fueron, aquí todo creció de nuevo. De las cuevas comenzaron a reaparecer heráldicas criaturas. Edward James, Mi Suma }

Cuando nos fuimos de ese extravagante paraíso se quedaron en nuestra memoria las imágenes de la cañada con unas pozas y caídas de agua que se integran a un río azul (el Huichihuayán) y con una vegetación lujuriosa, tropical, sabrosa. Es un jardín con plantas elegantes como las palmas, coleos, orquídeas y piñanonas, mezcladas con lo salvaje infinito de la selva subtropical. Está en la Huasteca de San Luis Potosí. A unas cinco horas partiendo de Tequisquiapan, por una carretera primero desértica (cubierta por espectaculares cactus) que atraviesa la Sierra Gorda, y luego verde, muy bella siempre, en el corazón de la Sierra Madre Oriental. Allí fue a dar un Robinson Crusoe con su Viernes al final de la Segunda Guerra Mundial.

En 1945, cuando Europa era un lugar miserable y depauperado, llegó a este paraje un excéntrico inglés de 39 años, de nombre Edward James, descendiente de multimillonarios de origen estadunidense y de la nobleza inglesa. A su madre la visitaba periódicamente Eduardo VII, rey de Inglaterra; las malas lenguas aseguraban que el niño era hijo ilegítimo del monarca. Pero el propio Edward decía que no él, sino su madre, era la hija del rey. En 1929 -crack de la bolsa de valores, cuando casi todos perdieron hasta los zapatos- Edward James resultó heredero de una fortuna infinita, misma que dilapidó y regaló a sus anchas, incluida una impresionante colección de arte surrealista.

Acaso por tener tantos billetes como MacPato y por haber sido huérfano de padre desde niño e hijo de una madre frívola y distante, no tenía una identidad clara. Cuando se observa el retrato que le hizo Magritte en 1937, La reproducción prohibida -el surrealista belga, invitado por él a pintar en su casa de Londres-, lo dibuja como un personaje que aparece mirando un espejo en el que no se ve a sí mismo de frente, sino de espaldas, viendo de manera infinita hacia adelante, sin verse.

Viajero incansable durante toda su vida, nunca supo para dónde hacerse, participó en muchas aventuras artísticas, especialmente con Dalí; durante la segunda gran guerra ayudó a bastantes amigos del campo del arte, pero no se integró a ningún grupo, ni firmó ningún manifiesto ni se definió en ninguno de los campos centrales de la vida; para acabar pronto: ni en el campo sexual. Con las tres mujeres con las que tuvo amores, dos no le correspondieron y la que lo amó murió al poco tiempo de tuberculosis. Conoció a Aldous Huxley en California, tomo parte en los rituales vedanta y zen budistas, de moda entre los intelectuales de cultura occidental en los años treinta, y viajó en hongos. Incluso escribió poemas y un libro con el sugerente título El jardinero que vio a Dios (1937), él mismo costeó su publicación, pero no tuvieron éxito.

En Cuernavaca conoció a Plutarco Gastélum, un joven telegrafista de 29 años, 10 años menor que él. Un tarzán de guapo, parecía yaqui de Sonora -de quienes se supone era descendiente-, contemporáneo de María Félix, moreno, de 1.87 de estatura, con expresión sensible y un cuerpo musculoso y bien cultivado gracias a la práctica del box, era un visitante asiduo de Barbara Hutton en su mansión de Cuernavaca en donde varios personajes del cine le prometieron papeles en películas de artistas famosos.

James se lo llevó a trabajar con él. Primero como su guía en México. Así, en pos de una especie de orquídea salvaje, encontraron y compraron, a nombre de Plutarco -por ser James extranjero-, más de 38 hectáreas en la mera zona cafetalera, a la orilla de un pueblito, Xilitla (en nahuatl, Lugar de Caracoles), que como el de Macondo de García Márquez entonces vivía su existencia al margen de los centros urbanos, con casas hoy esbeltas y sin mayor gracia, rodeadas de una sierra siempre verde, donde nunca falta el agua, que nace de una gruta como un gran chorro a unos cuantos kilómetros.

Allí Robinson Edward, con el apoyo de Viernes Plutarco y de varias decenas de trabajadores de los pueblos cercanos, en especial el carpintero José Aguilar, originario de Pinal de Amoles, Querétaro (un pueblo serrano, ¿lo habrá nombrado así un Chino?), quien dedicó años de su vida a hacer en madera los modelos de las esculturas de James. Con ellos construyó una extraña y misteriosa ciudad fantástica, inspirada en buena medida en Las Torres de Watts, el santuario que legó un inmigrante al sur de California. Se trata de una ciudad de formas abstractas, de arquitecturas inútiles, de torres, pasadizos, puentes, planchas de concreto, contrafuertes y muchas, múltiples escaleras para llegar al cielo, que no llevan a ninguna parte más que al vértigo, a la nada, para detener el tiempo justo para bajar. Es un lugar que se hizo para que lo habitaran las criaturas de la naturaleza y las criaturas de la imaginación. Formas de arte inspiradas en el campo neogótico y surrealista, que compiten con la naturaleza y a la vez están hechas para amalgamarse y confundirse con la selva.

Recorrer el sitio es caminar como Alicia en el País de las Maravillas, evocando la selva maya, entre el bosque tropical de plantas variadas y bellas, escuchando el sonido persistente de caídas de agua y de los cantos de millares de pájaros, y allí están por todos lados esas esculturas fantásticas que parecen hongos, extraterrestres disfrazados con sombreros chinos o hadas del bosque cuya silueta femenina y gran tocado de flores se revelan al visitante y a la vez desaparecen confundidas entre los árboles, o plantas salidas de los sueños. Y muchas, muchísimas columnas de todo tipo, elaboraciones sin fin a partir del modelo de los capiteles corintios, convertidos en palmeras, nidos, canastas, plumas de aves y cuerpo de bambú. La selva se vuelve un continente sobre el que estas formas orgánicas hechas de cemento y metal aparecen como dibujos abstractos que abren y cierran espacios de visión. Un triángulo tiene al fondo una figura elíptica que a su vez conduce a la distancia por otra forma que te lleva por el infinito más allá de los puntos de fuga de la perspectiva. Un extravagante diálogo entre arte y naturaleza. Una labor hercúlea. Una maravilla.

Los surrealistas inmigrantes que llegaron a México, fascinados con esta tierra y la fuerza de su sincretismo, visitaban a Edward en Xilitla. El conocía sus obras y a su dealer Inés Amor, y les compraba, especialmente a Leonora Carrington, quien se convirtió en una de sus mejores amigas después de mandarlo al diablo cuando intentó mal pagarle un primer encargo. El entendimiento que había entre ambos tenía que ver con su educación inglesa común y con el característico sentido del humor británico, como lo expresa la anécdota que relata Kako Gastélum, hijo de Plutarco y heredero de este edén: en una de las ocasiones en que James y Plutarco estuvieron en la ciudad de México hospedados en el viejo hotel Francis, llegó Leonora de visita. Plutarco le informó que James estaba dándose un baño. El tenía manías (igual que otro rico MacPato del siglo, el aviador y cineasta Howard Hughes) como las de lavarse las manos constantemente, aterrado por los gérmenes, y de viajar con un cargamento de Kleenex y papel higiénico para lo que se ofreciera, incluso envolverse completo en ellos. Antes de meterse al baño, le había dicho a Plutarco que pensaba casarse con Leonora. “¡Pero si Leonora es casada!”, exclamó éste. Más tarde, Leonora entró al cuarto y lo mismo, le comentó a Plutarco que aunque ella fuera casada pensaba casarse con Edward. En ese momento ella recibió una llamada telefónica y, mientras hablaba, se sentó sobre la cama de su amigo. Edward salió del baño y cuando la vio ahí sentada se volvió a encerrar de inmediato. Leonora terminó su conversación y como pensó que aquél seguía bajo el agua le aseguró a Plutarco que, después de todo, sería incapaz de casarse con un hombre que tardase tanto en su arreglo personal. Hasta que se fue Leonora salió el hombre del baño y le confesó a Plutarco que no podría casarse con una mujer capaz de sentarse sobre la sábana blanca en la que él recostaba su cara para dormir.

La obra de arte en Xilitla es un poema al respeto al derecho ajeno en pos de la paz. He aquí un freak que es capaz de esgrimir, usar y decidir qué hacer con el poder de su dinero -cinco millones de dólares- [[Con los que dio trabajo a más de 68 familias en un periodo de 40 años.]] para impedir que su libertad de ser y hacer algo diferente fuese coartada. Un tipo que entregó hasta su último aliento a vivir dentro de las tribulaciones de hacer lo que quiso, dentro del vértigo de construir una obra inacabada, inacabable como el propio deseo que en su extremo enloquece. Se dedicó con perseverancia a caminar por ese espacio casi imposible entre la genialidad y la locura, entre la creación y la nada, entre la mística y el kitsch.

A las pozas les falta un milímetro para convertirse en espectáculo de Disney, en juego de feria, en una curiosidad y, peor, en un lugar de tragedia. Las estructuras que construyó James no son las de la ingeniería que requieren los espectáculos de masas; con su fama reciente (unos 60 mil visitantes este año), no se sabe cuánta gente puedan sostener si el éxito lo convierte en un lugar turístico de moda. Como sabemos, los santuarios del pasado siguen teniendo una enigmática magia para atraer a los turistas, ansiosos de lo genuino, y por ironía, capaces de confundirlo con tarjetas postales y graffitis de “aquí estuvo Pedro que ama a Ana”.

La obra de James es una ruina arqueológica que fue construida para ser eso (aunque la legislación del INAH considere que para tener calidad de ruina una edificación debe contar con más de 100 años de construida). Esta obra, escribió Ibargüengoitia, “fue concebida originalmente como una inquietante ruina”. [[Jorge Ibargüengoitia, “En primera persona. Travelogue”, en La casa de usted y otros viajes.]] En ese proceso se terminaba de construir una parte, cuando el principio ya había sido presa de la vegetación y nido de animales. Recupera el espíritu de ruinas que amaron los artistas románticos que le antecedieron en el siglo XIX. La sensibilidad de James es ésa, unida a su tradición británica, nacido en un palacio neogótico, rodeado de niñeras, mayordomos y sirvientes, dentro de un muy grande y hermoso English Garden.

La arquitectura del paisaje, generadora del concepto del jardín inglés, promueve una tradición completamente diferente de la que construyó los civilizados jardines de Versalles en Francia. El jardín inglés es romántico. Sus jardineros aman a la naturaleza tal cual es, no desean que su flora y su fauna dejen de ser silvestres. Lo que desean es convivir de manera civilizada con lo salvaje, quizá sembrar unas florecitas, hacer una hortaliza. De tal modo que un buen jardinero británico es alguien que corta el exceso y refina lo existente. Es decir, limita la libertad sin jamás cancelarla. Recorta aquello que impide que los caballeros y las damas puedan dialogar y compartir con su escenografía y refina, cultiva, aquellas plantas y animales que puedan embellecer y mejorar su ámbito cultural. Hay un gusto especial de estos amantes del jardín por hallar restos de culturas pasadas en medio de plantas crecidas. Sorprenderse con resabios humanos que dejaron su huella misteriosa hoy crecida de hierbas, líquenes y musgo. Es enternecedor, por ejemplo, lo que escribe el estadunidense Stevens y dibuja el inglés Catherwood cuando descubren las ruinas mayas de Uxmal debajo de la maleza, en sus viajes inolvidables a fines de la primera mitad del siglo XIX.

James realizó en la selva huasteca una versión tropical de ese modelo idealizado del jardín inglés. Con seguridad su padre y su parentela de aventureros y cazadores hubiesen estado orgullosos de que el continuador del linaje de pioneros libertarios del norte de Estados Unidos, de nombre James, se hiciera de un terreno edénico americano como ése, aunque quizá no hubieran comprendido la obra de arte del paisaje que creó.

James realizó esta obra entre los 45 y los 77 años, edad a la que murió. No construyó un paraíso de reproducción juvenil ni un espacio de sensualidad sexual ni de comodidad para el cuerpo. Estaba más preocupado por ser; allí pudo ser y hacer, invirtió lo mejor de sí mismo en sus esfuerzos por convertirse en lo que escribió: El jardinero que vio a Dios. Se trata de un viaje místico en el que el cuerpo -y su decrepitud, a los 70 él parecía tener 90- no es el lugar ni la métrica ideales para ver el alma. En cambio, hacer ruinas es el termómetro para sentirla, para rediseñarla, y para dedicarle el tiempo a lo inesperado, a disfrutar y jugar con el misterio sin fin de la no respuesta.

Se trata de una obra de arte que dialoga con la naturaleza al tiempo que se convierte en ruina, que se transforma con el clima, en el tiempo, que se destruye y, sin embargo, no se renueva como la naturaleza, al menos que sea restaurada, amada, recuperado su espíritu de jardín inglés.

En las Pozas encontramos a los Gastélum, hijos de Plutarco. Una familia a la que no le fue fácil darle gusto al excéntrico que originó el proyecto (y que no los nombró herederos de su fortuna con la que se constituyó la Fundación Edward James en Inglaterra), ni a sus padres que lo atendieron e hicieron posible la realización de su sueño, y que hoy se encarga de que el diálogo entre la obra natural y la de arte no se interrumpa y, también, a que no sea más un jardín privado, sino un espacio público. Diversas fundaciones, como la propia Edward James y el Getty Conservation Institute, han tenido interés en hacerse cargo del lugar, pero para Kako restaurar y mantener la obra de James implica recuperar el propio sentido con que fue construida y hacerlo con sus propios medios (generados por el turismo). El balance original sigue en pie, los trabajadores se pasan de una a otra construcción y la van restaurando mientras lo demás va siendo tomado por la naturaleza.

James mismo no vivía en la selva, durante los meses que cada año pasaba en México en las noches regresaba a una casa dentro del pueblo que le compró a Plutarco y a su mujer Marina Llamazares, originaria de ese pueblo, cuando éstos se casaron en 1956 y procrearon cuatro hijos que se refieren al inglés como su tío -difícil sin duda debió ser la confusión que Plutarco vivió como empleado y familiar-. En esa casa, conocida como El Castillo, originalmente hogar de un coronel de la zona, que Plutarco arregló con cierta fantasía en espejo con las pozas, James comía a sus horas, dormía envuelto por sábanas blancas y mullidos almohadones y recuperaba el ritmo cotidiano al son de las campanadas del viejo reloj de la iglesia agustina del siglo XVI. Hoy, esta casa es un hotelito encantador que una de las hijas de Plutarco, Gabriela, organiza con el apoyo de su marido médico y de gente del pueblo, con el mismo espíritu hospitalario y alegre que heredó de su madre.

Ojalá este lugar continúe por el rumbo que le ofreció James: “Si me preguntara a mí mismo, en mi corazón y conciencia, sobre el incentivo detrás de la construcción de una torre, tendría que admitir que se trata de pura megalomanía”, [[Edward James entrevistado. Documental (DVD) realizado por Avery Danziger.]] pues “…aquí, en la calidez de la lluvia, lo que pudo haber sido/ se resuelve en la ternura de una elevada sentencia:/ Diste lo mejor de ti, descansa -y después de ti/ el florecer de lo que amaste y plantaste/ aún murmurará tus intenciones”. [[Edward James Ultimo Soneto.]] n