A sus ochenta años, poco antes de morir en su idílico San Angel, Manuel Payno (1810-1894) escribió desde Francia y España, donde ocupaba cargos consulares, uno de los tabicazos más queridos de toda la novela mexicana, a solicitud de un editor español: Los bandidos de Río Frío (18891891), que originalmente apareció por entregas. Durante mucho tiempo circuló en una edición de cinco tomos.

Es la coronación y el mausoleo mexicanos del género narrativo del folletín, iniciado en Francia por Alexandre Dumas (1802-1870) y Eugène Sue (1804-1857), y que trataba de ganar para la lectura a las masas semiletradas, con relatos de escritura pretendidamente sencilla y tramas sobrecargadas de efectismos para “apasionar y azorar” todo el tiempo, buscando el suspenso y el pasmo en cada episodio.
Novelones como El conde de Montecristo y Los misterios de París encumbraron este género durante medio siglo.

La mayoría de los folletines no lograron sólo ser simples, sino sobre todo pueriles y reiterativos -así como sus derivados electrónicos: radionovelas, telenovelas-. Pero algunos se sostuvieron en el gusto de los lectores, y aun novelistas con ambiciones estéticas e intelectuales admitieron algunos de sus métodos y efectos: Balzac, Dickens, Víctor Hugo, Tolstoi y Dostoyevski. De hecho, casi toda la novela moderna, incluso la más estetizante o intelectual, resiente la herencia del folletín.
Para 1891 casi todos los compañeros de Payno, su época misma, estaban más que muertos, y también el tipo de novela en que creyeron: el folletín romántico, que fue el oportuno reino soberano de Vicente Riva Palacio (y su celebrado “realismo mágico” novohispano de Martín Garatuza, Memorias de un impostor; Monja, casada, virgen y mártir, etcétera), y que Antonio Castro Leal, en
el prólogo de Los bandidos de Río
Frío (Porrúa), declara extinto desde
los años setenta del siglo XIX. Ya
se leía en todo el mundo a Tolstoi
y a Turguenev; a Flaubert, los
Goncourt y Zola; a Stevenson y a
Henry James. Y los nuevos novelistas mexicanos -Delgado, Rabasa-
buscaban un realismo más riguroso,
crítico y atemperado, dirigido por
exigencias estéticas precisas.

{{EL ARTE DE NO CAMBIAR}}

El viejo Payno mostró ante todo una
gran lealtad literaria consigo mismo
y con su generación. No hizo caso
de modas, escuelas ni cronologías. Acaso ni siquiera las entendió
(habla del “naturalismo” como de
un mero realismo truculento). No se
sintió aludido por los flaubertianos
y demás críticos de la novela-fárrago.

Incorregible, prediluviano lector
de “el buen Sterne”, Sue, Dumas y
Dickens, entre otros ídolos, escribió
el tremendo novelón a su antigua
manera, en la línea de sus novelas
previas El fistol del diablo (1859) y
El hombre de la situación (1861)

-treinta años antes de Los bandidos de Río Frío-; es decir, a saltos
y tropezones, con sermones, discursos didácticos y melodramas y
terrores embrolladísimos, “astracanescos” y algo ridículos, reiterativos
y digresivos, como solía hacerse
antes de que los genios europeos
de la novela de la segunda mitad
del siglo XIX hubieran puesto orden
en el género y publicado modelos
inexpugnables.

Un supuesto corresponsal anónimo, que pudiera parecerse a
su amigo Guillermo Prieto (18181897), le dice al final de la novela:
“Todo en ti se reduce a plática, y lo
mismo un discurso en el Congreso, que una novela o que una charla insustancial en un café. No te ofendas por esto, pero de nada te
ha servido leer a los clásicos… de
todo el mundo. Tú has quedado el
mismo, sin aprender de nada y sin
corregirte de tus defectos…”.
En efecto, la locuacidad incontenible de Payno no se arredra
ante las exageraciones burdas y el
trato chusco, casi esperpéntico, de
algunos de sus episodios; ni ante
la prosa sentimental más azucarada y trillada en los pasajes líricos
y melodramáticos. En 1891 sigue
en la situación folletinesca de 1859.

Folletín y crónica, teatralidad y
realidad se entrelazan: asesinatos
hoooorribles y encendiiiiidos amoríos; coincidencias descabelladas,
crímenes, batallas, asaltos, descuartizamientos, epidemias, naufragios;
maldades inauditas, filantropías prodigiosas; vertiginosas vueltas de la
fortuna de un puñado de personajes
pintorescos, que se extravían y reencuentran a cada paso en sus episodios con cierta artificialidad teatral
que permite todo tipo de avatares a
su elenco de protagonistas.

Toda una variedad de mestizos, criollos y españoles; indios
norteños (comanches) y mesoamericanos, asimilados a la civilización
española o macehuales silvestres
de etnias ignotas; arrieros, capataces o administradores y magnates;
militares, diplomáticos, rebeldes
alborotadores con fines de robo o
contrabando; divas de ópera, catrines adoradores de las divas de la
ópera; tahúres, ministros, gobernadores, políticos logreros, abarroteros, rateros y beatas.

Una frutera bellísima e inteligente, medio cacica; una familia
de rancherillos que pretende descender de Moctezuma II y reclamar
del nuevo gobierno independiente todo el vasto imperio de aquél, sin excluir a los ínclitos volcanes; un conde colérico y un marqués manirroto; muchos puesteros, pepenadores, chaluperos, trajineros, hierberas milagreras, artesanos, atoleros, leguleyos, jueces, rancheros, criadas. Un amorío secreto entre una condesita y un militar, con casi dos décadas de aventuras rocambolescas de su ilegítimo vástago extraviado desde bebé. Un ebanista terriblemente criminal, como para competir con los Endemoniados de Dostoyevski. Criadas enterradas vivas en cofres llenos de onzas de plata y millonarios catalépticos que parecen resucitar cuando cae y revienta su ataúd durante el entierro. Un valiente periódico que sabe corromperse todo el tiempo por todos lados; la soldadesca de la leva y hasta las fieras y alimañas de la naturaleza salvaje.

Es un cronista-titiritero, al mismo tiempo disparatado y convincente, de infernales tiraderos de basura, apestosas acequias, canales y lagos atareados y peligrosos, comilonas folklóricas suculentísimas; tianguis y ferias regionales (San Juan de los Lagos) más elaborados que el propio caos. Motines callejeros, caídas de ministerios, rebeliones; pleitos en cantinas; recauderías, hospicios, pasillos y antesalas gubernamentales, cárceles, tribunales y comisarías; charrerías y balacera. Asesinos devotísimos y curas expertos en escopetazos.
Los bandidos de Río Frío ofrece duelos de oligarcas fanfarrones de capa y espada y plebeyos ladrones con caretas de cartón, como de teatro de la legua; heroínas delirantes de ópera, calcadas de la Lucia de Lammermoor: desmelenadas y aullantes, corriendo hacia ninguna parte entre los bosques en sus
“arias de locura”; redes de espías y
contra-espías desde la esquina del
mendigo hasta el dorado despacho
presidencial de Palacio.

Así ajusticia la tropa a algunos
bandidos:

“Los soldados afanosos, riendo
y contentos, como si se hubiesen
sacado la lotería, pasaron unas
reatas al cuello de aquellos cadáveres con los ojos todavía abiertos y
vidriosos, y brotándoles sangre por
una parte y por otra, los arrastraron hasta el pie de los oyameles,
echaron en los brazos [ramas] más
gruesos las reatas, tiraron del otro
lado de ellos e izaron los cadáveres
flexibles y descoyuntados, que se
balanceaban y movían las piernas
con el chiflón de viento que venía
de cuando en cuando de las cañadas de la montaña” (p. 361).

Un desfile judicial:
“Al indio enmascarado lo sacaron arrastrando por los pies… Al
salir del agujero tropezó la cabeza…
con una piedra y se le rasgó más la
herida profunda que le había hecho
Pantaleona en el cuello. Siguieron
tirándolo de los pies, y la cabeza
monstruosa iba dando saltos al
chocar con las piedras redondas de
la calle. Así llegaron hasta donde
estaban las escaleras [de palo, que
servían de camillas].

Lo amarraron en una de ellas por los pies y por
el pecho y lo recargaron contra la
pared del patio. La cabeza, chorreando sangre todavía, colgaba y
pendía de un pedazo de pellejo.

En seguida sacaron al remero [otro
cadáver] con los retazos de cachetes
y de nariz colgándole, y empapado
en agua sangrienta, lo colocaron y
lo amarraron de la misma manera
en la otra escalera y lo arrimaron a la pared junto al otro muerto…

-¡Tápenlos bien donde se debe y
amárrenlos fuerte, no se vayan a
voltear en el camino; tengan cuidado con la cabeza del indio, que ya
se le cae y es necesario que llegue
entero al juzgado!… Delante, un
piquete de soldados; en seguida,
las dos escaleras con los muertos…
Así caminaron por la Santísima,
Santa Inés, la Moneda y costado
de Palacio.

El cadáver del remero
iba dejando un rastro de agua sanguinolenta e infecta que chorreaba,
que atraía a los perros callejeros
que entraban y salían por entre la
gente y las filas de los soldados, y
que iban olfateando y se retiraban
a poco, como con un visible disgusto, haciendo gestos y levantando las
narices para que les entrase el aire
y disipase los miasmas que habían
respirado.

La cabeza [del primero]
tanto colgaba de un lado como
de otro, siguiendo el movimiento
y compás del menudo trote de los
que cargaban la escalera; al fin,
en uno de esos meneos lúgubres
y amenazadores que asustaban y
hacían retirar del balcón a las niñas
curiosas que salían al escuchar el
rumor insólito de la calle, la cabeza se desprendió del último pellejo
que la sostenía y rodó por el suelo
con una especie de violencia y de
rabia, como si todavía tuviera vida
y quisiese vengarse de Pantaleona.

Enfrente al baluarte de Palacio se
detuvo la procesión… La cabeza… fue perseguida en su fuga, agarrada por los cabellos erizos y cerdosos, colocada sobre la barriga del cuerpo con unos cordeles que le arrebataron a uno de los cargadores que estaban en la esquina…”, etcétera (pp.408-409).

Una novela fundamentalmente regionalista (aunque con notas de pie de página para los lectores españoles) y periodística: asienta en el curso del relato que su principal interés no es ella misma, su historia, sino sólo rescatar al filo de la pluma, según buenamente vengan a la mente del autor, a tiempo o a destiempo, cuadros de costumbres que supone casi desaparecidas, propias de principios de ese siglo XIX mexicano, en los que campea el espíritu del periodista raudo y polémico, exagerado y sensacionalista, sentimental y sermoneador, efusivo de opiniones sobre todo tipo de disciplinas y asuntos.

Pero a la vez con la gracia de un conversador probado que termina por ganarse con todo tipo de trucos al auditorio. Su modo de narrar, en opinión de Guillermo Prieto: “zurcía una leyenda fantástica, y llena de sal, de un estornudo, del alarido de un comanche o del suspiro de una monja desesperada”. Desde luego, tal magia no puede operar de manera continuada a lo largo de dos mil cuartillas a vuela pluma y se llena de paja, repeticiones, chistes, comentarios digresivos. Acaso ni el propio autor tuvo siempre claras la extensión ni la arquitectura de su obra, y se limitaba a enviar a su editor buenamente capítulo tras capítulo, a fin de que se fueran publicando y vendiendo por entregas. Temía no vivir lo suficiente para terminarla.

No falta quien lo haya definido como un escritor-archivo
(Alejandro Villaseñor): en sus novelas y relatos siempre encuentra la
manera de ensartar coloridamente
hechos de su tiempo y fragmentos
extensos de sus propias Memorias
(CNCA). Por otra parte, el supuesto
corresponsal tan parecido a Prieto,
así como Luis González Obregón
(en su prólogo de 1928) y José
Lorenzo Cossío trataron de identificar a las personas en que se
inspiraban algunos personajes de
Los bandidos de Río Frío. Aunque
Payno permite todas las libertades
a su imaginación guasona, siempre
de algún modo reportea: de suerte
que tenemos un archivo en parte
real y en parte mágico.

Y tal vez debamos a esa magia,
a esas bromas y exageraciones, a
su tendencia de sobrecargar incluso
lo macabro y lo chusco, el que se
tomen tan de buena gana descripciones del México de su tiempo que
-semejantes en los datos básicos-
hemos olvidado en los libros más
sobrios de otros autores, incluso en
otras obras menos desmesuradas
del propio Payno.

La magia funcionó. A pesar de
que durante el siglo XX predominó
una crítica severa a las facilidades
discursivas e imaginativas del XIX,
y de que tanto los tradicionalistas
como los vanguardistas abominaron
de la “escritura fácil” o charlatana y
de las tramas chuscas, simplonas o
teatrales, muchas generaciones de
lectores, estudiosos e incluso novelistas modernos (Mariano Azuela)
han perdonado de inmediato, casi
ni siquiera las han tomado en cuenta, las múltiples ofensas literarias y
novelísticas del terco autor démodé,
folletinesco a destiempo, de lectura
tan fatigosa y a ratos exasperante.

Se quedan con el populoso panorama -crónica, fantasía y farsa
a la vez- de la vida popular de
las primeras décadas del México
independiente: de su memorioso
archivo mágico, teatralizado, casi
carnavalesco, con fondo lamentable o macabro pero en un estilo
frecuentemente jocoso.
El mamotreto “ilegible”, “descabellado”, “eterno”, ha recibido una
estimación escolar y popular sin
interrupciones, como ha ocurrido
también con algunas novelas de
Riva Palacio.

Por caduco y desmesurado que resulte el sistema del
folletín, les permitió a ambos un
despliegue de la materia narrativa
y un registro de la realidad social incluso del habla y las costumbres- mayores que otros géneros novelísticos más prudentes y circunspectos.

Se diría que el propio
exceso folletinesco, en su libertinaje
teatral, en su desbocada facilidad
expresiva, en su cúmulo de licencias, protege y preserva de alguna
manera la esencia social e histórica
que estos dos novelistas atraparon
en sus redes artificiosas. Hay que
añadir su célebre habilidad como
conversadores.

Por lo demás, no
es casual que ambos novelistas, y
especialmente el viejo Payno de
Los bandidos del Río Frío, hubiesen
sido protagonistas de sus tiempos
y conociesen su país al detalle: el
folletín les permitió desbordar, pero
a borbotones, su conocimiento
abundante y auténtico de la antigua
sociedad mexicana.

Así, no es fortuito, para señalar uno entre muchos asuntos, que
precisamente el ex ministro de
Hacienda Payno narre tan convincentemente cómo se falsificaba la
moneda, se introducía el contrabando; se fabricaban joyas nuevas con
las piedras preciosas desmontadas
de joyas antiguas robadas; cómo se
lavaba dinero, se defraudaba en los
casinos, se filtraba la información
sobre la circulación o el escondite
de las riquezas. O bien cómo ciertos
hacendados astutos (Escandón, los
Peña) preferían entenderse amistosamente con bandidos “honrados” a
que los protegiera bárbara y catastróficamente el “buen gobierno”.

{{LA TRADICIÓN DE LA NOSTALGIA}}

Sobre el talento propiamente novelístico -la invención de personajes, tramas y episodios; el discurso
narrativo- predomina en Payno el
genio periodístico de la crónica y
la caricatura (de Daumier o Iriarte a
ciertas prefiguraciones de Posada).

Ciertas convenciones del folletín
tuvieron que imponerse: por ahí
aparece un presidente idealizado
(nada menos que Santa Anna, pues
se trata de representar la Autoridad
Suprema de la Nación), o un viejo
Juez Incorruptible y Angélico (Don
Pedro Martín de Olañeta), ya que de
otro modo nadie desataría los nudos
espeluznantes de los Malditos.

Sabemos que Payno no juzgaba
tan maniquea ni tan mesiánicamente los embrollos de sus tiempos,
pero el género folletinesco exigía
tales convenciones de tramoya;
así como la inocente, lírica locuacidad erótica ante ciertas heroínas
(Casilda, Cecilia, Lucecilla).

El folletín se proponía excitar eróticamente al lector mediante la reiteración
infinita y directa de sus exuberancias; acaso el novelista juzgó que
ahorrarse algo de sus encendidos
piropos tan reiterados iría en detrimento de la historia. La economía,
la oportunidad y la perspectiva de
los recursos narrativos serían una
lección de autores posteriores.

Novela “naturalista, humorística, de costumbres, de crímenes y
de horrores”. Así la quería, como
cuarenta años antes; además, sin
“pasar los límites de la moral y de
las conveniencias sociales, y que sin
temor podrá ser leída aun por las
personas más comedidas y timoratas”, asegura a fin de no limitar su
mercado popular, aunque en realidad no se autocensura demasiado:
insinúa socarronamente cuanto le
viene en gana, especialmente en
cuestiones eróticas (incluso alguna
fantasía necrofílica con mención del
Marqués de Sade y todo).

De hecho, resulta un poco voyeur en ciertos
episodios de baño o cuando quedan
desnudas las damas asaltadas.
El afortunado título no lo escogió Payno. El pretendía algo más
general: las “Cosas de otro tiempo”,
que sugiere el supuesto corresponsal anónimo, un “largo estudio de
las costumbres mexicanas”, como
dice él mismo (p. 544).

Quería ofrecer no una mera sucesión de asaltos
a diligencias, casonas y haciendas,
sino todo un cajón de sastre del
pasado santanista. El editor encontró más comercial la referencia a
los temidos bandidos de Río Frío, a
quienes, de hecho, no vemos entrar
en acción sino ya que ha transcurrido una tercera parte del intimidatorio novelón “inacabable”, como lo
califica el propio autor.

Payno se demora en personajes
de casi dos décadas que de alguna
manera terminarán en bandidos o
tuvieron relación con ellos, obsedido por su gran tema circular: la
persecución y el castigo oficiales
del crimen suelen ser administrados
por los propios criminales.

Cuando parece que la justicia “ahora sí” funciona, sólo se trata de un montaje
de farsa macabra (con ajusticiados
inocentes, azarosos) para disfrazar
con mayor eficacia la delincuencia
organizada desde las cúpulas.

No ha perdido actualidad el argumento central, tomado de la nota roja
más sonada de 1839: la más temida
banda de criminales del país en esa
época, apoderada de los montes
boscosos de Río Frío (y en realidad
de buena parte de la nación), desde
donde cómodamente asaltaba las
diligencias del principal camino
del país (México-Puebla-Veracruz),
estaba astuta y documentadamente dirigida desde el propio Palacio
Nacional por un coronel muy
bien situado en los altos mandos
del régimen de Santa Anna: Juan
Yáñez, a quien Payno hace llamar
Relumbrón -y quien por cierto
aparece de pronto en Panzacola,
por Chimalistac, como recurso
emergente de prestidigitador, hasta
el último tercio de la novela, para
reanimar la trama extenuada.

De hecho, este cripto-bandido
oficial o presidencial obsesionó a
toda la generación de Payno y dio
lugar a una variada bibliografía; ya
cuarenta años antes de Los bandidos
de Río Frío, en 1851, Pantaleón Tovar
lo había trabajado en Ironías de la
vida -título que por cierto Payno
retoma, como un guiño, en uno de
sus capítulos-; según testimonio de
Altamirano, también Tovar buscaba
que la trama sólo fuese un pretexto
para pasearse por el bullicioso laberinto popular de México a la manera
de Los misterios de París.

Estorba un tanto al armatoste
folletinesco, tan populoso y extravagante que le conviene al lector
ir tomando nota, al margen, de los
datos de los principales personajes
y enredos, pues todo se revuelve
a cada capítulo. Pero la perspectiva desoladora de una sociedad entera prácticamente desgarrada y enfangada en la picaresca, la truhanería, la indigencia y el llamado
de las cavernas (v. gr.: sacrificios
humanos de bebés a la Virgen de
Guadalupe) habla mucho del país
real que surgió de las guerras de
Independencia.

Esa sociedad harapienta, pulquera y cuchillera, jalonada por la barbarie y la superstición, el horror y el desmadre, que
trataron de civilizar desde cero los
liberales, así fuesen los liberales
heterodoxos, “tibios” o “traidores”
(como se llegó a acusar a Payno
durante las guerras de la Reforma
y el Imperio): “esa especie de barbarie que todos toleran y a la que
se acostumbran los mismos individuos a quienes daña” (prólogo).
Un México delirante, sanguinario y
cómico, en el fondo inmune a los
cambios históricos o ideológicos,
que anticipa muy claramente los
paisajes y personajes de las revoluciones y revueltas del siglo XX
(Guzmán, Azuela, Rulfo; las películas del Indio Fernández…)
Manuel Payno temía que el
desarrollo porfiriano y los ferrocarriles hubiesen modificado tanto el
panorama, como para ya no reconocerlo: “Tenemos que repetir a
cada momento que México, en un
periodo de diez años [1880-1890],
ha cambiado de una manera tal que
el mismo autor de esta obra, ausente hace años, si regresase creería
que era otra nación distinta”.

En realidad el lector mexicano actual lo
reconoce no pocas veces al detalle,
aun o sobre todo en el melodrama
y el esperpento, y hasta con guiños
familiares y risillas nerviosas -qué
pena pero qué risa-; y hasta se
siente convocado a la nostalgia por
la “patria espeluznante” que dijera
López Velarde. n