Es lugar común señalar que el ataque del 11 de septiembre de 2001 al territorio continental de Estados Unidos significa un punto de inflexión de la historia contemporánea. No obstante, aún es historia por escribir sus implicaciones concretas y su secuela, especialmente para los países vecinos. Ese evento, y lo que le ha seguido, plantea desafíos significativos. El temor de la sociedad norteamericana y el explicable anhelo de seguridad frente a un enemigo difícil de entender, definir, identificar y prever, abren espacio a respuestas impensables a partir de las virtudes cívicas del poderoso país. La amenaza y el consecuente temor no son buenos consejeros para enfrentar el problema. Estados Unidos no sólo ha iniciado un conflicto armado difícil de justificar y hasta de explicar; además, sus ciudadanos han sufrido un deterioro de sus libertades públicas y del compromiso colectivo con la verdad y con el escrutinio al poder público. En sus efectos inmediatos, al ataque terrorista ha seguido el dominio de la lógica de la fuerza para recuperar la tranquilidad perdida. Este proceso ocurre cuando la sociedad norteamericana se encuentra inmersa en un acelerado proceso de transformación a partir de la creciente presencia económica, social y cultural de los latinos -de los que dos terceras partes son de origen mexicano-, aspecto que por sí mismo ha despertado una creciente preocupación de los sectores más conservadores que perciben tal presencia como la amenaza a un absurdo e inexistente sentido de identidad de América del Norte. De manera correlativa -y eso no es reciente- se plantea una solución de fuerza al tema de la inmigración ilegal. En esta circunstancia adquiere singular importancia lo que ocurre en la frontera de encuentro entre Estados Unidos y México, que es mucho más que una línea divisoria de países y regímenes políticos y jurídicos. Se trata de un amplio territorio que ha cobrado identidad propia y que en su riquísima diversidad, en la capacidad de resolver por sí misma sus problemas y anhelos, con frecuencia al margen de la política formal, se instituye como una extraordinaria fábrica de ciudadanía, precisamente por los contrastes y las diferencias que contiene. La frontera sólo se entiende a cabalidad a partir de la imposición social que la caracteriza. Por eso, allí, más que en ninguna otra parte, las soluciones deben construirse a partir de su complejo tejido social. Si algo muestra la frontera es que el anhelo de seguridad -frente al terrorismo o frente al que amenaza la identidad- no puede resolverse a partir de la imposición, justamente lo contrario; la única vía plausible para enfrentar a la inseguridad y la violencia, en cualquiera de sus expresiones, debe partir de la sociedad. La realidad de la frontera alude a dos hechos fundamentales: la memoria histórica sobre el fracaso de la lógica de la fuerza y la inviabilidad de América del Norte al margen de la inclusión étnica y cultural, rasgo que, vale señalar, desde siempre le ha caracterizado. La frontera plantea la oportunidad para recuperar la confianza histórica en una sociedad libre y abierta. Es una confianza que se ofrece no sólo de la sociedad frente al poder público, sino de una sociedad frente a otra sociedad. La viabilidad de América del Norte como sistema de valores fundados en la tolerancia, la inclusión y la coexistencia de la diversidad a partir de personas libres, iguales pero con identidades diferenciadas, se deposita en la frontera, mejor que en ninguna otra parte.
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