Durante semanas, la clase pensante del mundo occidental decidió que era políticamente conveniente el triunfo del senador Kerry. En México no escapamos a ese determinismo. La conseja entre analistas, escritores, intelectuales de renombre, consejos editoriales de diarios y revistas señalaban el triunfo demócrata como la panacea para los grandes problemas de la humanidad. Al interior de Estados Unidos, el electorado decidió otra cosa y no escuchó los ruidos internacionales. Su triunfo indiscutible conformó la realidad que enfrentamos “los de afuera” (europeos, asiáticos, latinoamericanos, etcétera) y también “los de dentro”, o sea, los ciudadanos de ese país.
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