Mientras Lula se acerca a su segundo año de mandato, la desilusión se apodera de ciertos sectores de la sociedad brasileña y algunos de la izquierda latinoamericana. Comenzó como un susurro, pero ya forma una melodía de lamentos que no escatiman en endilgarle al histórico líder del PT el apelativo de traidor. Porque prometió cambiar la política económica y no lo hizo. Porque “prometió desterrar el neoliberalismo” (sic) y lo que ha hecho es profundizar las reformas estructurales que no logró impulsar su antecesor, Fernando Henrique Cardoso. Porque mientras su gestión es superavitaria en lo fiscal, es deficitaria en lo social. O porque la pobreza no ha disminuido y los banqueros y las elites son cada vez más ricos.
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