Llegaron directo a mi mesa. Entre abrazos y risas, la Colina me platicaba lo bien que le había ido en la gira (estaba representando por todo el país La Vieja Clementina, obra de su autoría). No quise ser mala anfitriona, miré a su amiga y le pregunté ¿cómo te llamas? Soy Flor -me dijo-, Flor Rivera. (Se le adivinaba un acento francés aunque no era muy marcado.) Es Flor, me gritó Leticia, mientras saludaba al hombre del sax. El lugar estaba abarrotado, era un sitio donde iban los artistas y los que querían ver a los artistas. Se tomaba buen vino y las conversaciones se elevaban hasta la mera composición del mundo. En ese ambiente conocí a Flor, me llamó la atención su apellido, Rivera, igual que el mío.
-¿De dónde eres? -le pregunté.
-Soy mexicana, bueno madre francesa y padre mexicano. ¿Y tú, de dónde eres?
-De la Huasteca.
-¿A qué hora empieza tu numerito?
-A las doce.
Yo decía poemas en ese bar, me acompañaba un pianista loco, a la gente le gustaba vernos. Hablamos de muchas cosas, de la vida, del amor, de los hijos. A partir de ese momento las veces que la vi están muy grabadas en mi memoria. Teníamos una buena amiga en común y eso de alguna manera nos daba confianza. Cierta vez tuve un problema personal cuando acababa de terminar mi libro Como las uvas, y entre el poema y el final del libro caí en un avatar donde todo me parecía castaño oscuro. Flor era terapeuta gestal, la busqué.
-Me está llevando la fregada -le dije-, no vuelvo a escribir otro libro. Siento que me hundo en un pozo profundo de desdicha. La poesía no tiene definición, es horrible escribir algo que no tiene definición. Tampoco la hay para la vida ni para la muerte. Cada quien tiene su propia percepción del tema, pero de ningún modo es una definición absoluta. Es sólo un sentimiento de recepción intransferible.
El verbo de la subjetividad emitía un sonido cada vez más agudo. Había que enfocar la mente hacía la realidad, y la instancia real más próxima era, primero el reconocimiento y luego la aceptación de una depresión postparto, postlibro, postamor. Y ahí estaba Flor Rivera, recomendándome a Andrea Seidel, la mejor terapeuta floral que me sacó adelante. Así era ella, siempre se rodeaba de personas mágicas. De sus pupilas emanaba una luz tranquilizadora, tal vez porque tenía el don de escuchar. Una mañana de principios de junio de este año estaba escribiendo mi libro, Transito lunar, que ya se perfilaba hacía el final, y sentí angustia. Voy a ver a Flor, pensé. En el desorden de mi estudio no encontré la agenda donde tenía su teléfono. Le hablé a la amiga con la que estaba la última vez que la vi:
-Nena, pásame el teléfono de Flor.
(Lo que me dijo, todavía no puedo digerirlo, a pesar de que ya casi nada me sorprende.)
-Oye, pues en que mundo vives tú, ¿no sabes lo que pasó?
-No se nada -le dije-, ni siquiera he salido de mi casa porque estoy terminando un libro. Desconecté el teléfono.
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