Este extravagante desatino fue en vano combatido en 1908 por Luis González Obregón: don Guillén de Lampart (1615-1659) no era ni mexicano ni español, sino irlandés, con apariencia de hidalgo pero sin antecedentes verificables; tampoco mostró capital, profesión, méritos ni obras, antes de ser encarcelado por el Santo Oficio. Su confuso pensamiento sólo aparece en el proceso inquisitorial, que ha de ser leído con múltiples reservas: documentos que escribió bajo desesperación o tortura en la cárcel y testimonios parciales e interesados de los delatores y de los propios inquisidores. Fue totalmente ignorado por la sociedad novohispana donde estaba por nacer sor Juana. Sus pretendidos planes para erigirse en rey de México nunca emprendieron indicio alguno de ponerse en práctica, ni fueron conocidos sino por escasos y peregrinos confidentes, que pudieron mentir.
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