Esa tarde caminaba lentamente, buscando una sombra para evitar que el sol de las dos de la tarde se convirtiera en un leve martirio. En una esquina de avenida Constitución un hombre de piel negra con el cráneo surcado de venas tensas conversaba con una joven menuda que lo miraba sin salir de su asombro. El deseaba irse con ella a la cama, pero sus dos metros de estatura sumados a sus manos grandes hacían desconfiar a la joven mexicana que buscaba en los ojos de sus compañeras de calle un mínimo consejo: “Y qué tal si no te gusta, vas a ahorcarme con esas manotas”, bromeaba nerviosa afrontando la mirada del conquistador. Que se busque una de su tamaño, parecían decir las risas maliciosas de sus compañeras de calle para quienes el encuentro no había pasado inadvertido. “Va a tener que juntar dos camas o hacerlo en el suelo”, comentó risueño el viejo encorvado que fumaba su cigarro en la entrada de una peluquería. El negro no hablaba español, pero no requería más que hacer unas cuantas señas o mostrar sus dólares para que fuera ella quien, considerando la situación, tomara las decisiones importantes. Sin imaginarme que dos días más tarde habría de estar en una situación parecida, seguí caminando hasta Coahuila, una calle que cada quien asocia con sus sueños más infames o con sus necesidades urgentes. Allí, una miríada de puertas se abren para engullirse a los peatones, a los clientes acostumbrados a que la diversión debe continuar pese a las inclemencias de un sol que parece no estorbar jamás a la noche: modestos hoteles, vecindades, casas convertidas en burdeles, cabarets de nombres tan comunes como Chabelas, Adelita, La Botana, forman la pasarela de los vicios inmoderados.
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