En cierto sentido, nada hay tan prehistórico como la ciencia-ficción. Toda mitología habla de viajes a otros mundos y a otros tiempos; de héroes y vehículos voladores; de la cruza de dioses, bestias y hombres y su variedad de vástagos híbridos; de superhombres y máquinas desaforadas en combates descomunales; de predicciones y adivinaciones logradas a través de técnicas difíciles y precisas; de elixires y alimentos mágicos; de transformaciones y metamorfosis, de seres de las estrellas o de otros planetas, del fin y del origen del mundo.

Y al revés: no pocos creyentes en ovnis y extraterrestres postulan, con la cara bien dura y desde hace casi un siglo, que a los viajeros-del-espacio debemos las más antiguas civilizaciones; que las pirámides preservan sus elaborados secretos y que retrataron sus rostros de astronauta, con todo y casco, en las cabezas monumentales de La Venta. Muchas literaturas registran tales episodios (incluso como juguetes barrocos o ilustrados en el México virreinal: el Santo Oficio procesó al anciano yucateco fray Manuel Antonio de Rivas, franciscano, por escribir, para entretenerse durante sus acedías del claustro, sobre excursiones a la luna). Ariosto y Voltaire jugaron con extraterrestres y viajes por el universo. Pero fue la explosión científica y positivista de mediados del siglo XIX la que permitió el sistema o la obsesión de una inspiración científica y tecnológica para la literatura.

Cierto criterio cronológico y pintoresco entroniza a Julio Verne como el patriarca del “nuevo” género, aunque sus amenas invenciones resulten con frecuencia meras magnificaciones del asombro de su siglo ante los globos aerostáticos, los ferrocarriles y las máquinas de vapor, sin mayores preocupaciones o consecuencias morales, filosóficas ni políticas, como en La vuelta al mundo en ochenta días (1873). ¿Por qué no a Mary Shelley, la esposa del poeta de Prometeo liberado, intempestiva autora de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818)? Pero quien en realidad dota a la ciencia-ficción de toda su fuerza mítica, de su beligerancia cultural y de su vigencia contemporánea es Herbert George Wells (1866-1946).

La utopía de la ciencia

Desde 1870, el hebraísta e historiador del cristianismo Ernest Renán, imaginó en ciertos Diálogos filosóficos y suntuosos ensayos (El porvenir de la ciencia), que se siguen reeditando, un futuro humano cabalmente modificado y mejorado, mediante una ardua y noble planificación, por una aristocracia de científicos que gobernarían una unificada y reconciliada República del Mundo. Pero tocó a H. G. Wells convertir la ciencia-ficción en filosofía política —en mística, en sociología, en ética social, incluso en programa revolucionario rumbo a un utópico Estado Mundial, encargado de resguardar para el bien y la justicia el nuevo fuego científico—, con una docena de obras narrativas (además de múltiples ensayos), algunos de cuyos títulos no pueden sernos extraños y cuya imaginería y estremecimientos proféticos no han dejado de influir a muchas artes y formas de entretenimiento —especialmente los relatos, los cómics, el cine y la televisión—, a lo largo del siglo XX: La máquina del tiempo, El hombre invisible, La guerra de los mundos, Los primeros hombres en la luna, La isla del doctor Moreau.

Como Cristo o san Francisco de Asís, como Voltaire, Marx o Freud, H. G. Wells es muy conocido por los que no lo han leído, incluso por quienes ni siquiera reconocen su nombre. Su obra permeó no sólo la cultura sino la atmósfera de todo un siglo: sus invasiones de marcianos con armas letales de gases y calor (prácticamente láser); sus hombres en la luna o en Venus, sus viajes al futuro de casi un millón de años, sus hombres modificados mediante alimentos científicamente elaborados para trocarlos en gigantes; sus animales modificados mediante el genio quirúrgico de doctor Moreau para que salten etapas evolutivas y alcancen casi de inmediato las habilidades racionales del hombre; sus sirenas disecadas, sus bestias fantásticas, sus orquídeas draculescas, sus modernísimos dínamos transformados en carniceros dioses prehistóricos, sus aprovechamientos funerarios de la taxidermia, etcétera, han sido el obvio modelo de miles de variaciones, lo mismo en Lovecraft (El color que cayó del cielo), Heinlein (Planeta rojo) y Van Vogt (Slan, El libro de Ptah) que en Orwell (1984), Bradbury (Crónicas marcianas) y Vidal (Kalki)… para no hablar de Supermán o de El Hombre Araña.

Pero semejante éxito descomunal implicó una catástrofe igualmente monstruosa: H. G. Wells ha sido imitado, suplantado, precisamente por quienes menos lo han comprendido, y sobre todo por quienes lo han interpretado al revés; ha dado lugar muchas veces a una comodina ciencia-ficción anecdótica, catastrofista, truculenta (cuando no embrutecedora), totalmente opuesta a su optimista evangelio o a su aleccionador apocalipsis científico, que mediante fábulas o parábolas de ciencia-ficción aspiraban a perfeccionar el mundo, gracias a la teoría de la evolución y a los instrumentos tecnológicos del hombre moderno.

Para Wells las fantasías científicas no eran simples pesadillas ni entretenimientos de terror, sino esperanzas de “cambiar al hombre, transformar el mundo” sin violencia ni anarquía. (Frecuentó el socialismo fabiano; abanderó causas en su momento escandalosas como el feminismo, el amor libre, la libertad sexual, el sindicalismo, el antinacionalismo). Profetizaba el asalto al paraíso, a su modo. Pero en su utopía del progreso mediante la ciencia, Wells partía de un humanismo y de una ética amplios, que incluían a toda la especie, a diferencia de ciertos pensadores pragmáticos, como Herbert Spencer, quienes también intentaron aplicar el darwinismo a las llamadas “ciencias sociales” con algunas implicaciones racistas. Le resultaba casi increíble que la humanidad hubiera logrado tan afanosa revolución científica y tecnológica sólo para precipitar y magnificar sus propias desgracias y hasta su autodestrucción.

Y aunque Wells previó, con extraordinaria precisión, algunas catástrofes de la civilización tecnológica (las guerras con gases, aviones y tanques; el uso del bacilo del cólera como arma biológica), lo hacía un poco para advertir de los riesgos del mal uso de la ciencia. La guerra de los mundos quiso sacudir el conformismo triunfal de la Europa industrial de su tiempo: “Es posible, en los amplios designios del universo, que no deje al fin de beneficiarnos la invasión marciana; se nos ha arrancado esa confianza tranquila en el porvenir, que es la fuente más segura de decadencia”, y la arrogancia del imperial Hombre Blanco: así como un pueblo podía atormentar a otros más débiles, o como todo hombre lo hacía con los animales, podía aparecer de repente una civilización o una especie más poderosas, reducir Londres a escombros y calcinar en instantes a los mejores ejércitos del mundo como a enjambres de insectos. (No es aventurado especular que se inspiró en el Poema sobre el desastre de Lisboa, de Voltaire.)

La teoría darwiniana de la evolución hablaba del mejoramiento continuo… o de la extinción de las especies incapaces de mejorar. El soñaba con una humanidad capaz de progresar, incluso mediante una evolución social minuciosamente planificada, confiada a una “aristocracia del talento” (científicos, técnicos, médicos, educadores, inventores, investigadores). En eso coincidía con Renán. La ciencia y los científicos redimirían al mundo moderno. Se juzgó ridícula la pretensión de ambos de configurar un senado mesiánico, con puros apacibles y paternales revolucionarios científicos. Una especie de filantrópico despotismo ilustrado en manos de comités de benéficos supersabios. Pero, ¿no es más ridícula la misma pretensión “democrática” por parte de las clases políticas, que ni siquiera tienen las credenciales de conocimiento y vocación espiritual de aquéllos? ¿Y qué decir de las milenarias pretensiones similares de sacerdotes y guerreros?

Lo que diferencia a Wells de todos sus sucesores y suplantadores de ciencia-ficción es precisamente su tenaz temperamento optimista. Y eso asombra en sus obras precursoras: son algo más que juguetes terroríficos, aspiran a ser juguetes de la esperanza. A este profeta intrépido le parecía tan posible cambiar el mundo y solucionar las injusticias: la ciencia más un poco de sentido común, de buena voluntad, de razonable modestia y de buena fe… precisamente lo más difícil de cultivar en las sociedades. Diría: “Tenemos ya suficientes elementos científicos y técnicos para mejorar muchísimo el mundo, basta con usarlos bien”. Las planificaciones, sin embargo, rara vez funcionan en este planeta, siempre gobernado por las rigurosas leyes del caos: una brizna de hierba puede alterarlo todo. No hay manera de prever todas las contingencias y sus combinaciones. Ya Quevedo recordaba, con los estoicos, que rara vez se cumplen tanto nuestros mayores temores como nuestras mayores esperanzas. Basta una arenilla para desquiciar los más laboriosos y fundados proyectos. Todo resulta casi siempre de otro modo. Uno casi siempre llega a otra parte. De hecho, la manera en que la humanidad se salvó (así fuera provisoriamente) de los marcianos de Wells, menos recordada desde luego que la invasión, fue tan imprevista como natural, casi obvia: una aportación gratuita de la caótica naturaleza terrestre.

El desaforado optimismo de Wells —quien se autodenominaba “ciudadano del futuro”— lo indujo a alfabetizar personalmente a toda la humanidad. Y en cierta medida lo logró con una sola obra: Esquema de la historia (1920), una especie de compacta enciclopedia individual de toda la historia del mundo, con lo que implica de atroz contradicción de términos: un breviario del infinito, un océano en consomé, un gigante jibarizado o un resumen de proporciones titánicas, a la manera del “manual del gigante” que dijo Borges, acaso pensando en ese sucinto “tratado de todas las cosas” que vendió millones de ejemplares en todos los idiomas. Con uno de sus hijos y con su amigo Julián Huxley escribió otros evangelios científicos: La ciencia de la vida (1929) y El trabajo, la riqueza y la felicidad de la humanidad (1932). De alguna manera fue cómplice y semejante de sus compadres George Bernard Shaw y Bertrand Russell —¡vaya trío!—, con quienes se complacía en estar en sistemático desacuerdo. Alcanzó a vivir la Segunda Guerra Mundial para ver todas sus esperanzas hechas añicos.

El revés de la fábula

El tiempo y las sociedades reescriben las obras, incluso contra el sentido explícito de los autores: díganlo Cristo y san Francisco de Asís; Voltaire, Marx y Freud. Wells se nos ha transformado en su opuesto: el precursor de morbosas pesadillas pueriles, inocuas y desde luego rockeras; de aparatosos apocalipsis portátiles con efectos especiales y musculosos y sonsos mesías de plástico. Un mero antecedente de los cómics y las películas de héroes interplanetarios.

Sin embargo, subyacente a tan irónica y catastrófica victoria, queda el voluntarioso profeta extravagante que se atrevió a ser metódicamente optimista. Y la nobleza de un hombre a quien le parecía poco —casi nada— soñar con marcianos y selenitas, animales humanizados y hombres magnificados, invisibles o voladores, tiempos y planetas remotos. Lo realmente atrevido era soñar con una sociedad que se mejoraba a sí misma paso a paso, sin violencia, mediante el sentido común, la buena fe, el conocimiento y los instrumentos de la ciencia. Pertenece al club de los utopistas radicales que tanto desprecia nuestra desengañada, conformista y rastrera “postmodernidad”.

Como Renán, Wells fue un niño pobre que alcanzó una especie de magisterio mundial gracias a su trabajo y a su talento. El origen y la razón de sus obras se ubican en su íntimo descontento ante el desorden y el absurdo del mundo. Ambos descreyeron de las soluciones violentas o formalmente políticas. A final de cuentas un científico, un mecánico, un médico, un inventor de aparatos, les parecían más nobles que un guerrero, un clérigo o un demagogo. Descubrir un bacilo implicaba mayor mérito que manipular unas elecciones. Sin embargo, la locura de ambos fue el optimismo, incluso se podría decir la arrogancia-de-la-inteligencia, que podría convertir a los hombres casi en dioses, con que sólo se apartaran de la estupidez y la mezquindad, de las pasiones bajas, de la vida mediocre y utilizaran el caudal de conocimientos modernos para mejorar la vida. Toda la obra de Wells apuntaba precisamente a ese mesianismo. Y llegó a ver como desastre, como la más atroz de las soledades, que su numerosísimo público desechara tal mensaje optimista para quedarse con unos cuantos juguetes fantásticos de máquinas para viajar al futuro, o para preverlo; de invasiones de marcianos y hombres en la luna, de toros humanizados mediante procedimientos quirúrgicos y hombres aleccionadoramente veloces (“el Nuevo Acelerador”) o voladores (una especie de paracaídas), invisibles o agigantados gracias a pócimas y dietas inventadas en laboratorios. La cáscara de sus fábulas o parábolas de ciencia-ficción.

Una cáscara prodigiosa, desde luego; una habilidad narrativa pasmosa, rapidísima, casi espontánea, hasta desmañada a ratos, para convencer de inmediato a todo mundo de lo más fantasioso e inverosímil como si se tratara de lo más natural y cotidiano, lo ha erigido en un maestro no sólo de la ciencia-ficción, sino de toda escritura de imaginación. A diferencia de otros productores de ciencia-ficción que requieren de especiosos aparatos, elaboradas teorías y cuantiosos datos científicos para cualquier episodio, él inventa las fábulas más asombrosas con dos o tres recursos sencillos.

Wells es uno de los principales maestros de Borges (quien pudo encontrar en el cuento “El huevo de cristal” una prefiguración muy precisa de “El Aleph”) y de Bioy Casares (quien escribió La invención de Morel en homenaje a La isla del doctor Moreau). Cuando, el 30 de octubre de 1938, Orson Welles transmitió por radio una adaptación de La guerra de los mundos, millones de norteamericanos aterrados creyeron que efectivamente estaban siendo invadidos en ese momento por los marcianos, como si la audaz fantasía fuese un noticiero en vivo; salieron despavoridos de sus casas, atascaron las carreteras en frenética fuga hacia ningún lado, con la radio a todo volumen. “¡Los marcianos llegaron ya!”.

Ningún otro escritor fantástico ha demostrado tal eficacia. Uno de sus trucos: durante la primera parte de La guerra de los mundos no se esfuerza por inventar marcianos complicados: simplemente aterrizan de pronto varios cohetes de los que emerge una especie de torres metálicas de treinta metros culminadas en bóvedas, a manera arañas gigantes, por las que lanzan rayos y gases devastadores. El irónico discurso fisiológico vendrá muy posteriormente, cuando la invasión haya triunfado. Lo elaborado y detallista es el paisaje de la destrucción y la carnicería, el tumultuoso terror, la desesperación, el caos, el hambre, las mezquindades, saqueos y crímenes de los ingleses atacados o fugitivos, hasta entonces confiados y tranquilos en la cima de su imperio inexpugnable, y en realidad semejantes a cualquier país invadido por fuerzas abrumadoramente superiores: v. gr. Francia por los alemanes en 1870. De hecho, algunos maliciosos vecinos británicos sospecharon que tales marcianos podrían ser franceses solapados. A más de cien años de distancia la obra agrega cierto humor y pintoresquismo azarosos, pues vemos que los marcianos no sólo son combatidos por modernos pero ineficientes obuses y ametralladoras, sino por simpáticos jinetes y, ¡ciclistas! (En 1894 la caballería seguía encabezando el arte de la guerra y el ciclismo constituía una novedad llena de promesas estratégicas.) La ulterior descripción anatómica de los viscosos y chaparrillos bichos ojones que habitan y manipulan tales torres gigantes dio lugar a toda la iconografía conocida de los extraterrestres: algo humanos, algo moluscos, algo especie-del-porvenir. Desde luego, durante su memorable estadía terrestre se nutrieron de sangre humana.

Escribió sobre su libro El alimento de los dioses: “El libro comenzaba con una fantasía sobre el cambio de escala producido por la ciencia y concluía con la lucha heroica de los nuevos seres a gran escala contra la vida de los innumerables seres a pequeña escala de la Tierra. Nadie se percató del sentido profundo del libro; algunos de mis lectores se sorprendieron, otros encontraron divertidas mis avispas y ratas gigantes, pero nadie comprendió el fondo de mi libro”. Y en efecto, hemos visto que la manipulación inescrupulosa de la ciencia, así como el desigual acceso a ella, ha introducido cambios de poder, “de escala”, casi mitológicos entre los diversos grupos humanos (milagros genéticos, prosperidad y bienestar insólitos en unos lados; ecocidios y genocidios en otros). Lo que se ha incrementado con la revolución informática: asistimos tranquilamente por la televisión, comiendo palomitas, como frente a una fábula de marcianos, a una “guerra de las galaxias” sobre las tribus silvestres de las cavernas de Afganistán. Aunque se pudiera argüir que nada es necesariamente novedoso: las tropas de Cortés cayeron sobre los aztecas como plenaria invasión marciana.

Los ensayos de H. G. Wells, y especialmente su autobiografía, enriquecidos por su rápido y caudaloso genio verbal y por un humorismo muy personal, siempre sorpresivo, nos muestran la perspectiva de un hombre que sabía caricaturizarse a sí mismo. Admite con total travesura que su obsesión mesiánica de transformar el mundo nació… de un mero resentimiento social. Su madre trabajó como sirvienta de aristócratas ingleses. Ahí conoció a un cultivado y ceremonioso mayordomo que se complacía en anotar secretamente los errores gramaticales o culturales en que incurrían los estirados aristócratas británicos a quienes servía en la mesa. ¡Tal es la vocación, el sitio y el destino de los intelectuales críticos, parece sugerirnos Wells con una sonrisa socarrona! Anotar inútilmente las estupideces de los amos del mundo y tratar, también en vano, de remediarlas en un cuaderno. Sólo para lograr, en caso de éxito, una lectura tergiversada, traidora, simplista, al servicio de los intereses mercenarios o de la fatal inercia de esa sociedad tan estúpidamente dirigida. Ah, el optimismo de la escritura…

 

José Joaquín Blanco