El blanqueo de capitales representa entre el 2% y el 5% del PIB mundial según el Fondo Monetario Internacional. Sólo la venta de drogas, acaso el negocio más lucrativo del crimen organizado, genera medio billón de dólares en beneficios y compite con el petróleo por el liderazgo del comercio internacional. Así lo atestigua la agencia contra las drogas de las Naciones Unidas. Ambas cifras brotan con frecuencia en periódicos y televisores. La industria mexicana de las drogas ingresa al año 250 mil millones de dólares, la mitad del PIB mexicano. Así lo presume New York Times, “el periódico de referencia para asuntos mafiosos” y premio Pulitzer por una calumniosa cobertura del comercio de drogas en México. [[T. Weiner, “Mexico links drug traffic with police”, New York Times, 30 de enero de 2004; K. Rosenblum, No accuser, nor crime, but you’re guilty, North of Sonora, 2001; y P. Reuter, “The decline of the American Mafia”, The Public Interest, vol. 120, 1995, pp. 89100.]] Si se terminara con la industria de las drogas, la economía mexicana “se desplomaría hasta un 63%”. El periodista Carlos Loret de Mola atribuye ese augurio a un informe no muy confidencial del Centro de Investigación y Seguridad Nacional.[[ C. Loret de Mola, El negocio: la economía de México atrapada por el narcotráfico, Grijalbo, 2001.]]

El anterior es el comienzo convencional de cualquier artículo sobre crimen organizado. Las cifras son increíbles. Pero no sólo porque permitan visualizar un panorama aterrador del crimen organizado. Son increíbles en su significado estricto: no se pueden creer. Pura ficción sin ninguna base de estimación. El segundo dato tiene su origen en dos oraciones de un artículo mal documentado que publicó la revista de negocios Fortune: “El comercio mundial de drogas podría llegar a los 500 mil millones de dólares. El mercado estadunidense, el más grande, produce ingresos anuales por su venta minorista de 100 mil millones de dólares”. [[L. Kraar, “The drug trade”, Fortune, 20 de junio de 1988, cursivas añadidas.]] Un semanario rival, un año después, había reducido la cifra mundial a 300 mil millones, también sin proporcionar fuente. Y de la estimación para Estados Unidos refería: “¿De dónde viene la cifra de los 100 mil millones? (William) Bennett (entonces director de la Oficina Presidencial sobre Política Nacional de Control de Drogas) otorga la responsabilidad a la Cámara de Comercio de Estados Unidos, pero la Cámara admite que tomó ese número de un informe de la Cámara de Representantes,” en el que tampoco se daba sustento al origen de la estimación. [[J. Cook, “The paradox of antidrug enforcement”, Forbes, 13 de noviembre de 1989; y The President’s Commission on Organized Crime, America’s habit: drug abuse, drug trafficking, and organized crime, U.S. Government Printing Office, 1986.]]

Cualquiera con un mínimo conocimiento de los patrones de consumo y de reproducción de precios sabe que ambas cifras son incompatibles. Para el público en general es obvio que el primer dato no tiene fuente ni se especifica el modelo para alcanzar tal conclusión. Aun con esa tara, desde 1991, las Naciones Unidas dieron acogida y autenticidad al invento de los 500 mil millones. [[United Nations, Problems and dangers posed by organized transnational crime in the various regions of the world: background report for the World Ministerial Conference on Organized Transnational Crime, Nápoles, 2123 de noviembre de 1994 (E/CONF.88/2).
]] Y así ha quedado por más de una década, como preámbulo de cientos de artículos académicos, [[M. Castells, End of millenium, Blackwell, 2000; y United Nations Information Service, “UN Ministerial Meeting on Links Between Drug Trafficking and Other Forms of Organized Crime”, 17 de abril de 2003.]] ignorando los profundos cambios que se han producido en la demanda de drogas.

Las mismas deficiencias metodológicas afectan otras de las cifras con que la prensa y la academia tratan de dar sustento empírico a sus artículos. En 2000, según la mejor estimación disponible, los estadunidenses gastaron en drogas 61 mil millones de dólares. [[ABT Associates, What America’s users spends on illegal drugs, 19882000, Office of National Drug Control Policy, 2001.]] Puede asumirse el irreal caso de que la demanda mexicana acaparara toda la distribución minorista en Estados Unidos. Aun con ello, para que New York Times estuviese en lo cierto en su anónima estimación sobre la industria mexicana, cada consumidor mexicano de drogas[[Secretaría de Salud, Encuesta Nacional de Adicciones 2002, Consejo Nacional contra las Adicciones, 2003.]] habría tenido que gastarse la pasmosa cifra de 330 mil dólares anuales en su estimulación artificial.

Las cifras mejor construidas y, lo que es más importante, con una metodología explícita disponible para la crítica, muestran un panorama numérico más modesto. Los ingresos por ventas de drogas en todo el mundo alcanzan los 150 mil millones de dólares. [[P. Reuter y V. Greenfield, “Measuring global drug markets: how good are the numbers and why should we care about them?”, en World Economics, vol. 2, 2002, pp. 15973.]] Los ingresos, como todo contable sabe, son mayores que los beneficios. El margen de ganancia del comercio internacional de drogas no supera los 20 mil millones de dólares: las drogas equivalen al 0.2% del comercio mundial legal. En México, las exportaciones netas de drogas aportan dos mil 500 millones de dólares a la economía local: [[C. Resa, Las exportaciones mexicanas de drogas ilegales, 19612000, Universidad Autónoma de Madrid, 2003.]] el 0.5 del PIB o el 1.5 % de las exportaciones legales.

Pero la hilera de disparates numéricos no acaba en las cifras globales. En 1989 el Departamento de Estado de Estados Unidos estimó que la producción de marihuana en México era de 47 mil toneladas. Al cabo de los años y sin explicación, redujo la estimación a 30 mil toneladas. Incluyendo las expropiaciones, el consumo interno y las exportaciones a otros mercados, de ser cierta incluso el cálculo más bajo, el efecto sobre la sociedad estadunidense hubiese sido devastador: habría sido necesario que la mitad de los estadunidenses de entre 15 y 35 años, 35 millones en total, fumaran tres cigarrillos de marihuana diarios durante todo el año. [[Bureau for International Narcotics and Law Enforcement Affairs, United States Department of State, International Narcotics Control Strategy Report, U.S. Government Printing Office, 1990; y P. Reuter, “The mismeasurement of illegal drug markets”, en Exploring the underground economy: studies of illegal and unreported activity, editado por S. Pozo, W.E. Upjohn Institute for Employment Research, 1996.]]

{{CRIMEN Y FOLCLORE}}

Las cifras míticas no bailan solas en esta danza de la exageración hasta conformar una perspectiva del crimen organizado más legendaria que real. Ya en los años sesenta se advertía de esta tendencia implacable: “Estados Unidos tiene un nuevo folclore. Este folclore ha crecido entre nosotros. Tras la guerra y el sexo, (el crimen organizado) es con toda probabilidad la fuente principal de material para programas de televisión, libros, ya sean de ficción o de ensayo, y reportajes periodísticos. Los nombres de Al(phonse) Capone, Frank Nitti, Tony (Joseph Anthony) Accardo, Frank Costello (Francisco Castiglia) y Lucky Luciano (Salvatorie Lucania) se han hecho tan famosos para los estadunidenses como Pocahontas o Jesse James”. [[E. Johnson Jr., “Organized crime: challenge to the American legal system”, en Journal of Criminal Law, Criminology and Police Science, vol. 53, 1962, pp. 399425.]]

Palabras certeras cuando aún estaba por llegar lo peor para mediatizar la visión pública del crimen organizado. Primero, el desfile de supuestos y reales criminales al dictado del senador Estes Kefauver en la Comisión sobre el Crimen InterEstatal. El evento fue televisado a todo el país y despertó más interés que cualquier otro evento político en la historia: las comparecencias fueron seguidas, a modo de realityshow, por 30 millones de personas. [[United States Senate, Hearings before the Special Committee to Investigate Organized Crime in Interstate Commerce, U.S. Government Printing Office, 1951; L. Bernstein, The greatest menace: organised crime in Cold War America, University of Massachusetts Press, 2002; M. Woodiwiss, “Organized crime, USA: changing perceptions from prohibition to the present day”, en British Association for American Studies, vol. 19, 1990, pp. 537.]] Después, la Comisión Presidencial sobre el Crimen Organizado y la enardecida actividad propagandística de Robert Kennedy al frente de la Fiscalía General del Estado. [[The President’s Commission on Law Enforcement and Administration of Justice, Task Force Report: Organized Crime, Government Printing Office, 1967; P. Maas, The Valachi Papers, G.P. Putnam, 1968; y V.S. Navasky, Kennedy Justice, Atheneum, 1971.]]

Todas las revelaciones que deslumbraron al público en esos momentos las produjo un único testigo, un miembro menor de la Mafia neoyorquina. La fiabilidad de sus palabras, nunca comprobadas, era tal que la tesis de uno de sus entrevistadores fue: “sólo dirá lo que crea que quieres oír”. [[J.L. Albini, “Donald Cressey’s contributions to the study of organized crime”, en Understanding organized crime in global perspective, editado por P.J. Ryan y G.E. Bush, Sage, 1997.]] El informante se retractó después de parte de su testimonio, pero la rectificación no apareció en televisión. Quien firmó la parte doctrinal de las conclusiones de la Comisión Presidencial escribiría después que “el conocimiento de la estructura del crimen organizado (que puede extraerse de la Comisión) es comparable al conocimiento de la Standard Oil que pueda extraerse de las entrevistas con los dependientes de las gasolineras”. [[D.R. Cressey, “Methodological problems in the study of organized crime as a social problem”, en The Annals of The American Academy of Political and Social Science, vol. 374, 1967, pp. 10112.]] Con base en la inconsistente información, Mario Puzo añadió mayores dosis de ficción al fenómeno para crear El Padrino, la novela más vendida del mundo si se excluyen los textos sagrados. En estrecha cooperación con sus multitudinarias secuelas cinematográficas, su análisis ha influido más en la perspectiva popular y académica del crimen organizado que cualquier texto analítico.

La vida mexicana tiene más que su justa proporción de este folclore. El crimen organizado moderno engarza con una arraigada tradición. Entre las primeras estrellas del mundo criminal mexicano sobresalen Chucho El Roto, Heraclio Bernal, El Tigre de Santa Julia o Los Rurales, por citar unos pocos. [[R. Pérez Montfort, A. del Castillo y P. Piccato, Hábitos, normas y escándalo: prensa, criminalidad y drogas durante el porfiriato tardío, Plaza y Valdés, 1997.]] (Paradojas de la vida, el atuendo charro de las Fuerzas Rurales de la Federación, cuerpo por demás corrupto y brutal, ha permanecido como el estereotipo del mexicano en el exterior cual si fueran unos Rangers de Texas o la Real Policía Montada de Canadá.) [[J.W. Kitchen, “Some considerations on the Rurales of Porfirian Mexico”, en Journal of InterAmerican Studies, vol. 9, 1967, pp. 44155; y P.J. Vanderwood, Desorden y progreso: bandidos, policías y desarrollo mexicano, Siglo XXI, 1986.]] La renovación de la iconografía delictiva de finales del siglo XX ha creado el Señor de la Cocaína o el Señor de los Cielos. Curioso apelativo éste que no le hace justicia. El difunto Amado Carrillo Fuentes no fue el primero en utilizar aviones de gran tonelaje para el transporte de drogas, ni siquiera en México. Los únicos dos grandes aeroplanos que utilizó para estos menesteres no eran suyos: eran propiedad del colombiano Gilberto José Rodríguez Orejuela.

En su estela surgieron el Señor de los Tráilers, el Señor de las Campanas y hasta el Señor de las Tinieblas. El Min y el Mon, como si fuesen el yin y el yang de la cosmogonía de los han. Hay espacio para la vena proletaria, con El Hombre del Overol, o feminista, por parte de la Reina del Pacífico. Les acompañan, como actores de reparto y por orden alfabético, Barbie, Barney, Batman, Cabeza de Perro, Caracortada, Casablanca, Chacal, Che, Chuck Norris, Chuky, Dandy, Dumbo, El Corcel Sinaloense, Franki, Freddy, Hitler, King Kong, Maradona, Obra Maestra, Pecho de Oro, Pinocho, Popeye, Rambo, Tarzán, Tiburón, Tribilín y Winnie Pooh. Todos nombres prestados de la aguda alegoría periodística del crimen organizado.

Pero no sólo la nomenclatura del crimen organizado cae en lo fatuo. La reconstrucción histórica de la industria de las drogas y su análisis económico se despeña en la fantasía más lacerante. Frente a la creencia expresada por un secretario de la Defensa Nacional, Juan Arévalo Gardoqui; un procurador general de la República, Sergio García Ramírez; un jefe de la Interpol en México, Juan Miguel Ponce Edmonton, y varias docenas de publicaciones académicas, el gobierno estadunidense no introdujo la producción de opio en Sinaloa para cumplir con las necesidades sanitarias de la Segunda Guerra Mundial. [[L.A. Astorga, Drogas sin fronteras: los expedientes de una guerra permanente, Grijalbo, 2003.]] La Mafia estadunidense ha tenido un papel marginal en la industria mexicana de las drogas. Tampoco existen ámbitos monopólicos de actividad llamados plazas que sean causa de regueros de violencia. [[C. Resa, El comercio de drogas y los conceptos míticos: la plaza, Universidad Autónoma de Madrid, 2003.]] En la exportación de drogas, si acaso, se monopolizan clientes, no territorios.

{{LA APROXIMACIÓN ACADÉMICA AL CRIMEN ORGANIZADO}}

Podría parecer que esta visión folclórica del crimen organizado no tendría por qué afectar la perspectiva más sosegada y realista de la academia, por sí lo hace. El análisis académico del crimen organizado es el que más recurre al periodismo en sus citas de entre todas las subcategorías de las ciencias sociales. [[J.R. Galliher y J.A. Cain, “Citation support for the Mafia myth in criminology textbooks”, en American Sociologist, vol. 9, 1974, pp. 6874.]] Sobrepasa incluso a los estudios de ciencias de la comunicación. El libro clásico de la disciplina comparte fuente, en singular, con El Padrino. [[D.R. Cressey, Theft of a nation: the structure and operations of organized crime in America, Harper and Row, 1969.]] El responsable de insertar en un texto de Naciones Unidas la asombrosa cifra de los 500 mil millones fue un investigador universitario. Es uno de los académicos más reputados del tema, Phil Williams.

La Real Academia Española ha decidido incluir una segunda acepción del vocablo cártel. Frente a toda la evidencia disponible, hace equivalente una asociación de productores que se reparten en el mercado, la definición histórica, con una empresa de venta de drogas. Tal equiparación sólo tuvo una vez sentido y fue cuando la cocaína era legal en Europa a principios del siglo XX. Pero si al crimen organizado se le quita el oropel, lo que queda es un fenómeno bastante menos conspirativo de todo lo que puebla el imaginario colectivo y, por extensión acrítica, la academia. Bastante más local que como lo presenta la teoría del crimen organizado transnacional. Y, sobre todo, heterogéneo en extremos tales que cualquier etiqueta unívoca fracasa en obstáculos insalvables para aprehenderlo.

Tan difícil es utilizar un solo término para fenómenos tan disparejos como los que agrupa el crimen organizado que las tipologías recurren a criterios volubles para la definición. Se utilizan normas territoriales, como el Cártel de Medellín, o nacionales, como la Mafia siciliana. Estas comparten lista con grupos definidos por su especialización de producto, como los distribuidores de cocaína, o por su origen geográfico, como las bandas de presos del porte de Aryan Brotherhood o Mexican Mafia. El medio de transporte también sirve como identificación: ahí están las bandas de motociclistas. [[J.F. Quinn, “Angels, Bandidos, Outlaws, and Pagans: the evolution of organized crime among the big four 1% motorcycle clubs”, en Deviant Behavior: An Interdisciplinary Journal, vol. 22, 2001, pp. 379399.]] Tan difícil es interpretarlas en un solo concepto que por crimen organizado se entienden por igual a empresas intensivas en factor trabajo, como la Yakuza, como a otras intensivas en capital. Esta última es la característica de ese conjunto de transportistas y financieros a los que se denomina de manera global como mafias de la migración.

El crimen organizado incluye empresas especializadas en un solo producto, como la Mafia siciliana, y otras con una producción más diversificada, como las tríadas. Algunas de las actividades que se asocian con el crimen organizado producen valor añadido, como la venta de drogas o la prostitución. Otras, como el robo o el fraude, redistribuyen la riqueza existente. [[R.T. Naylor, “Mafias, myths, and markets: on the theory and practice of enterprise crime”, en Transnational Organized Crime, vol. 3, 1997, pp. 145.]] Se agrupa bajo la misma etiqueta a mercados con altos costos de entrada y una tendencia natural al monopolio, como la venta de protección privada, y otros con bajos costos de entrada y múltiples actores independientes, como la producción y distribución de drogas. Con estas características, lo más que podría decirse del crimen organizado es que no es una industria. Es una categoría transversal que sólo merece un tratamiento desagregado.

{{ORÍGENES Y ROLES DE LAS MAFIAS EN EL MUNDO}}

Colombia ha dado al mundo la nómina más popular de criminales organizados modernos, en su vertiente de exportadores de drogas. Y, a diferencia de México, ha generado un listado de excelentes investigadores académicos sobre un fenómeno multiforme, con jerarquías versátiles y nunca unívoco. Pero la importancia económica de la industria de las drogas en Colombia es más bien modesta. Su contribución al crecimiento económico, en las mejores estimaciones disponibles, no llega al 3% del PIB, y va cayendo. [[R. Rocha, La economía colombiana tras veinticinco años de narcotráfico, Siglo del Hombre, 2000; R. Steiner, “Colombia’s income from the drug trade”, en World Development, vol. 26, 1998, pp. 101331.]] Otros criterios estadísticos de injerencia en la vida cotidiana tampoco ofrecen grandes responsabilidades. En la última década del siglo XX uno de cada 150 colombianos pereció de manera violenta. La contribución directa del comercio de drogas a esta masacre dilatada fue bastante humilde. Incluyendo la financiación de las partes en el conflicto civil, no superó el 20% del total de homicidios. Su cooperación fue más indirecta, pero no por ello menos crucial a la hora de explicar el deterioro del clima social en Colombia. La industria de las drogas saturó el sistema público de resolución de conflictos, lo encareció y puso en evidencia su baja calidad ante los ojos de la población. Mientras se desplomaba la oferta pública de justicia, la demanda del servicio no paraba de crecer. La industria de las drogas no era ajena tampoco a la rampante demanda. Suministró tecnología y capital humano a otras formas delictivas mucho más insidiosas y más intensivas en mano de obra. [[A. Gaviria, “Increasing returns and the evolution of violent crime: the case of Colombia”, en Journal of Development Economics, vol. 61, 2000, pp. 125.]]

Como saben bien los distribuidores de drogas, cualquier demanda genera su propia oferta. La necesidad de un servicio eficaz de resolución de conflictos era atronadora y aparecieron varios actores no públicos solícitos a suministrarla a cambio de un precio. De nuevo la industria de las drogas no fue ajena a esta evolución. La iniciativa paisa, a la que se atribuye sin bases sólidas el antinatural florecimiento de la exportación de drogas en Colombia, estuvo en primera línea. Primero, organizando en exclusividad el movimiento Muerte a los Secuestradores para garantizar seguridad a un grupo de miembros de la industria de drogas y, como derivada, al público en general. Era la respuesta a la manifiesta inoperancia del sector público para cumplir con su cometido legal: impedir las actividades delictivas a los grupos insurgentes de izquierda. Después vino la creación de las Autodefensas Unidas de Colombia, un paraguas financiado y dirigido por el veterano exportador de drogas Carlos Castaño. En él se agruparon iniciativas muy diversas de seguridad privada nacidas al socaire de la creciente violencia y la inactividad pública. Por tanto, el crimen organizado en Colombia profundizó la deslegitimización del sector público y la privatización de la violencia, mas no creó ni la una ni la otra. [[F.E. Thoumi, Economía política y narcotráfico, Tercer Mundo, 1994; F.E. Thoumi, “Illegal Drugs in Colombia: from illegal economic boom to social crisis”, en The Annals of the American Academy of Political and Social Science, vol. 582, 2002, pp. 10216; F. Gaitán y S. Montenegro, Un análisis crítico de estudios sobre la violencia en Colombia, ensayo presentado a la Conferencia Internacional “Crimen y violencia: causas y políticas de prevención”, Bogotá, 2000; y M. Rubio, “Violence, organized crime, and the criminal justice system in Colombia”, en Journal of Economic Issues, vol. 32, 1998, pp. 60510.]]

En cuestiones de crimen organizado mundial la cuna, a todos los niveles, es Sicilia. Los factores que dieron origen a la Mafia aún son discutidos, mas desentrañar el secreto origen de la Mafia, que algunos retrotraen hasta la antigüedad recóndita, no es un asunto trivial, pues explica buena parte de su evolución posterior. Es cierto que la Mafia vio la luz con la caída del régimen feudal en el siglo XVIII. Al desplomarse el sistema, no se encuentra un reemplazo inmediato. Escasea entonces un bien crucial para el funcionamiento económico: la confianza interpersonal. Quienes realizan transacciones comerciales no nacidas al calor de la reciprocidad demandan garantías contra estafas y engaños. En ese momento el triunfante Estado liberal italiano se ve incapaz de proporcionar esas garantías. Para cubrir tal hueco, para suministrar confianza a los agentes económicos, a compradores y vendedores por igual, aparecen unos agentes autónomos: los mafiosi. Ese es su papel y, como tales, se encargan de lubricar el sistema económico. [[D. Gambetta, The Sicilian Mafia: the business of private protection, Harvard University Press, 1993; D. Gambetta, “Mafia: the price of distrust”,en Trust: making and breaking cooperative relations, editado por D. Gambetta, Blackwell, 1998; R. Sciarrone, “Mafia e imprenditori: vittime, complici, zone grigie”, en Italia illegale, editado por S. Scamuzzi, Rosemberg e Sellier, 1996; O. Bandiera, “Land reform, the market for protection and the origins of the Sicilian Mafia: theory and evidence”, en Journal of Law Economics and Organization, vol. 19, 2003, pp. 21844.]] Más o menos como la mayor parte de los aparatos públicos del mundo, aunque sujeto a arbitrariedades.

La Mafia, en esta interpretación, es la agrupación de empresas especializadas en vender un producto en exclusiva. Son técnicos en producción de confianza. Multiplican y venden este activo en un mercado inescrutable al modo de los mercados religiosos. Ni siquiera el vendedor puede conocer a priori la calidad del producto. Si es el sector público el productor monopolista de ese bien se le llama protección pública. Pero no varía ni un ápice las cualidades del producto. Su función es actuar como tercero acordado por las partes para la resolución de conflictos acerca de la propiedad o las cláusulas de los contratos. Por la propia naturaleza del producto, tiende de manera natural al monopolio. Cuando un individuo es el más confiable, el más reputado, acumula en sus manos toda la demanda. No hay segundos puestos ni cuota de mercado. Así lo demuestra la Mafia sobre espacios reducidos. El único margen de cooperación de mafiosi independientes es el mantenimiento de la imagen de marca, que es lo que les proporciona una reputación que intercambian en el mercado.

La Mafia en Estados Unidos comparte, en cierta porción, un origen italiano con sus homónimos sicilianos. Y poco más, no existe entre ambas ningún lazo organizativo y sí innumerables recelos mutuos. Sus balbuceos empresariales son opuestos. La Mafia en Estados Unidos nace para surtir un producto que era ilegal en ese momento: el alcohol. [[H.S. Nelly, The business of crime. Italians and syndicate crime in the United States, University of Chicago Press, 1981.]] A partir de ese primer nicho de mercado y con el capital humano adquirido emprendió una carrera por la diversificación: la usura, la prostitución o el juego ilegal, entre otros productos. En ese entonces la Mafia estadunidense no vende protección ninguna. Por el contrario, la adquiere en cantidades industriales entre las receptivas autoridades públicas. La ilegalidad de su producción les obligaba a ello.

Las mafias de ambos lados del Atlántico cruzarán su camino, pero en sentidos opuestos. En Sicilia, las empresas mafiosas tratan de diversificarse hacia el creciente mercado de las drogas. Pero las drogas mezclan mal con la protección. El beneficio se encuentra en la explotación de los diferenciales de precios entre territorios. Para conseguir este lucro, se producen invasiones territoriales que derivan en conflictos violentos y el debilitamiento recíproco de las empresas mafiosas. La marca registrada sufre de raquitismo severo merced de las luchas intestinas por su propiedad. Se genera, en última instancia, el caldo de cultivo para la paulatina desarticulación de los equilibrios locales que daban cobijo a la venta de protección privada.

Por el contrario, en Estados Unidos, la combinación de New Deal e industrias cartelizadas hizo emerger una demanda empresarial de servicios de protección privada. La pericia anterior en el uso de la violencia proporcionó a la Mafia una base sólida para la metamorfosis. Ya fuese como el elemento auténtico, con el nombre de Cosa Nostra prestado de una confusión mil veces repetida, o bajo el disfraz de sindicalistas, comenzaron a vender servicios de protección a empresas privadas. [[J.B. Jacobs, “The Teamsters, perceptions and reality: an investigative study of organized crime influence in the Union”, en Transnational Organized Crime, vol. 7, 2001, pp. 4107; y D. Witwer, Corruption and reform in the Teamsters Union, 1898 to 1991, Brown University, 2001.]] Hasta el punto de que abandonaron los nichos tradicionales de servicios ilegales y se concentraron en actuar como golpeadores subcontratados, alentados por la fama pública que les proporcionaba la prensa y la literatura. [[J.B. Jacobs y L.P. Gouldin, “Cosa Nostra: the final chapter?”, en Crime and Justice, vol. 25, 1999, pp. 12989; y P. Reuter, “The decline of the American Mafia”, en Public Interest, vol. 120, 1995, pp. 89100.]]

En su diversificación estuvo su ruina final. Las líneas baratas de créditos al consumo acabaron con el mercado financiero ilegal. Los sindicatos, debilitados por acometidas de política conservadora y por la variación de la estructura económica hacia formas menos proclives a la organización del trabajo, perdieron centralidad en la vida industrial. La apertura masiva de casinos por todo el país acrecentó la competencia legal y por la liberalización se hicieron innecesarios los servicios de la Mafia. [[G. Atkinson, M. Nichols y T. Oleson, “The menace of competition and gambling deregulation”, en Journal of Economic Issues, vol. 34, 2000, pp. 62134.]] Y así, uno tras otro, los mercados tradicionales fueron cerrándose por asfixia. [[J.B. Jacobs, C. Friel y R. Radick, Gotham unbound: How New York City was liberated from the grip of organized crime, New York University Press, 1999.]] Cuando llegó la ola del consumo masivo de drogas, una ventana de oportunidad como la que le dio origen, la Mafia estadunidense no tenía resolución ni capital. Los vendedores de drogas fueron capaces de producir protección de modo interno sin necesidad de una subcontratación que brillaba más en las pantallas de cine que en la realidad.

Aunque no esté ligada por razones comerciales, el caos que se agrupa bajo la etiqueta de Mafia rusa, o de su derivada plural, se asemeja a la Mafia siciliana. Nace del mismo agujero regulatorio con dos siglos de diferencia. Cuando Míjail Gorbáchov anima a los soviéticos a prosperar en la economía de mercado, olvida proporcionarles el campo de juego apropiado, los instrumentos legales para llevar a cabo esa transformación.

La necesidad se hizo virtud y los pujantes nuevos empresarios optaron por comprar en el mercado lo que no encontraban en la legislación: un soporte para la propiedad privada y las transacciones comerciales. Los miembros de las represivas fuerzas de seguridad y la marginal clase delincuencial de los tiempos soviéticos, con un capital humano previo, llenaron este vacío. Ofrecían, y continúan proporcionando, a sus clientes un rudimentario servicio de garantías personales y resolución de conflictos. [[F. Varese, The Russian Mafia: private protection in a new market economy, Oxford University Press, 2001; V.V. Radaev, “The role of violence in Russian business relations”, en Russian Social Science Review, vol. 41, 2000, pp. 3966; y V. Volkov, Violent entrepreneurs: use of force in the making of Russian capitalism, Cornell University Press, 2002.]]

Entre quienes solicitan sus servicios son mayoría los que proceden de la elite del Partido Comunista. Por su acceso privilegiado a la privatización de recursos públicos, se aclimataron con rapidez y facilidad al nuevo calor del mercado sin acompañarse de garantías legales plenas. [[B. Black, R. Kraakman y A. Tarassova, Russian privatization and corporate governance: what went wrong?, Stanford Law School, 1999; J. Blasi, M. Kroumova y D. Kruse, Kremlin capitalism: privatizing the Russian economy, Cornell University Press, 1997; C. Freeland, Sale of the century: Russia’s wild ride from Communism to Capitalism, Crown, 2000; y S.L. Solnick, Stealing the State. Control and Collapse in Soviet Institutions, Harvard University Press, 1998.]] Pero ambos son dos planos diferentes cosidos para vínculos inestables. En un lado están los más aparatosos, que venden servicios de protección a la propiedad. Y en el otro se sitúan los propietarios reales, que demandan sus oficios. A raíz de este impulso inicial se produce un proceso gradual tantas veces repetido y no exento de sobresaltos: una regularización de derechos difusos que concluye en la nacionalización de los aparatos de seguridad privada. [[V. Sokolov, “From guns to briefcases: the evolution of Russian organized crime”, en World Policy Journal, vol. 21, 2004, pp. 6874.]]

Otras dos organizaciones que figuran en lo alto de las grandes empresas mundiales del crimen organizado, los B_ryokudan japoneses y las tríadas chinas, han transitado un deterioro paulatino y semejante al de las dos mafias de origen italiano. Las dos denominaciones asiáticas agrupan a pequeñas empresas sin ninguna ligazón orgánica y que se dedican a ofrecer servicios diversos. Los B_ryokudan, activos en la oferta de servicios de prostitución, drogas, juego o entretenimiento en general, han sido incapaces de renovarse al ritmo que recomendaba la occidentalización del ocio japonés. El avance social y económico de la mujer margina a unas empresas y servicios sólo para hombres. En los años noventa se les prohibió hacer publicidad, lo que las puso en una posición poco competitiva. De ese modo, han quedado como reducto de ambiente tabernario y trasnochado. [[M. Schilling, “Yakuza films: fading celluloid heroes”, en Japan Quarterly, vol. 43, 1996, pp. 3042.]] Entre 1963 y 1996, los B_ryokudan, que operan bajo coberturas empresariales legales con sedes identificables y logotipos gigantescos sobre las puertas, perdieron dos tercios de sus miembros. [[B. Shigeru, “Yakuza on the defensive”, en Japan Quarterly, vol. 45, 1998, pp. 7986.]]

La decadencia en ingresos se vio reforzada por una mala previsión financiera y una devaluación de sus stocks. La experiencia previa de servicios de violencia a la industria de la construcción y a propietarios de bienes inmuebles les llevó de la mano a la inversión en activos fijos. Con esta decisión los B_ryokudan quedaron atrapados en la explosión de la masiva burbuja inmobiliaria que afectó a Japón en los años noventa. Fueron necesarias las reducciones de plantilla. Entre 1991 y 1996 la fuerza laboral de los B_ryokudan, los hombres violentos, más conocidos en Occidente como Yakuza, cuya tradición literal sería “buenoparanada”, cayó en un 25.7%. Para empeorar la situación, un negocio accesorio, la extorsión a los conglomerados privados, se ha complicado con la transformación del panorama industrial. La incorporación de europeos y estadunidenses a la propiedad de las empresas, junto con la mengua en la intervención pública, la crisis financiera y la llegada de una nueva elite de empresarios, ha clausurado las oportunidades de negocio en este ámbito. [[P. Hill, “Heisei Yakuza: burst bubble and Botaiho”, en Social Science Japan Journal, vol. 6, 2003, pp. 118.]]

Las tríadas chinas, por su parte, se han enfrentado a una competencia atroz. En su madre patria, el omnipresente Partido Comunista ya tuvo hace tiempo la autoridad para fagocitar la venta de servicios ilegales y de protección privada. Mucho más cuando quienes los prestaban se asociaron de manera tradicional con las fuerzas nacionalistas. La transición económica ha abierto oportunidades a negocios ilícitos. Pero no ha aminorado el control que comunistas o subarrendados ejercen sobre los mismos. [[X.L. Ding, “The quasicriminalization of a business sector in China: deconstructing the construction sector syndrome”, en Crime, Law and Social Change, vol. 35, 2001, pp. 177201; y T. Gong, “Dangerous collusion: corruption as a collective venture in contemporary China”, en Communist and PostCommunist Studies, vol. 35, 2002, pp. 85103.]] Junto a éstas, ha aparecido un conjunto de pequeñas actividades delictivas extrañas en etapas del totalitarismo. Pero éstas tienen bajos costos de entrada y aversión a la organización, lo cual deja sin mucho espacio a la actividad de las tríadas. [[D.C.K. Chow, “Organized crime, local protectionism, and the trade in counterfeit goods in China”, en China Economic Review, vol. 14, 2003, pp. 47384; y J. Lui, L. Zhang y S.F. Messner, Crime and social control in a changing China, Greenwood, 2001.]] Por el contrario, los feudos de Hong Kong y Macao y sus pujantes mercados se han cerrado tras las respectivas transferencias de soberanía. [[A.V.M. Leong, “Macau casinos and organized crime”, en Journal of Money Laundering Control, vol. 7, 2004, pp. 298307.]] Y las comunidades chinas de ultramar, a medida que se asimilan a las sociedades de acogida, terminan por abandonar la demanda de servicios especializados que ofrecían las tríadas. [[K.L. Chin, Chinatown gangs: extortion, enterprise, and ethnicity, Oxford University Press, 1996; S. Zhang y K.L. Chin, “The declining significance of Triad societies in transnational illegal activities: a structural deficiency perspective”, en British Journal of Criminology, vol. 43, 2003, pp. 46988.]] Cuando optan por quebrar la ley, como por ejemplo para traer familiares de China, prefieren hacerlo en empresas ajenas a las tríadas. [[S. Zhang y K.L. Chin, “Enter the dragon: inside Chinese human smuggling organizations”, en Criminology, vol. 40, 2002, pp. 73767.]] Incluso las más recalcitrantes colonias chinas perciben que es más económico y previsible comprar protección pública.

{{CRIMEN ORGANIZADO Y ESTADO DE DERECHO}}

En conjunto, observar que el crimen organizado tiene una naturaleza cambiante es una obviedad. Es evidente que su relación con el sector público no es la de una confrontación despiadada. Además, el crimen organizado tradicional, en promedio, está a la baja. Tan sólo resucita en la cabeza de aquellos eternos e interesados buscadores de amenazas a la seguridad nacional, bastante huérfanos desde la caída del muro de Berlín hasta el derribo de las Torres Gemelas. [[A. Edwards y P. Gill, “The politics of ‘transnational organized crime’: discourse, reflexivity and the narration of ‘threat’”, en British Journal of Politics and International Relations, vol. 4, 2002, pp. 24570; y R.T. Naylor, “From Cold War to Crime War: the search for a new ‘national security’ threat”, en Transnational Organized Crime, vol. 1, 1995, pp. 3756.]] La mayor parte de los delitos más insidiosos que se suelen asimilar como propios del crimen organizado se alejan de la idea de organización y aún más de la noción que lo hace equivalente de algún tipo de monopolio, pues enfrentan bajos costos de entrada, son intensivos en la utilización de mano de obra no calificada y tienen facilidad para la movilidad de los factores productivos.

Pero el fruto de cualquier análisis sobre el crimen organizado depende de una elección muy personal: dónde se sitúa el límite entre crimen organizado y desorganizado. [[L. Paoli, “The paradoxes of organized crime”, en Crime, Law and Social Change, vol. 37, 2002, pp. 5197.]] Al fin y al cabo todos los delitos, incluso los más sencillos, presentan algún grado de organización. En los años veinte del siglo XX, cuando se acuña el nombre, lo único que daba coherencia a sus componentes era la común pobreza. [[D.C. Smith Jr., “Illicit enterprise: an organized crime paradigm for the nineties”, en Handbook of the organized crime in the United States, editado por R.J. Kelly, R. Schatzberg y K.L. Chin, Greenwood, 1994.]] Después tendió a agrupar actos delictivos cometidos por individuos cuyo origen étnico era diferente al de la mayoría. No se ha avanzado mucho desde entonces. Para superar esta tipología tan básica podría recurrirse a elementos cuantitativos: de ingresos o el número de trabajadores. La realidad lo impide. El crimen organizado, con rarísimas excepciones, no lleva contabilidad ni tampoco ofrece contratos laborales. De esta última insuficiencia surge uno de los mayores errores en el análisis del crimen organizado: confundir la relación de proveedorcliente con un contrato laboral permanente. [[P.A. Adler, Wheeling and dealing: an ethnography of an upperlevel drug dealing and smuggling community, Columbia University Press, 1993.]]

En la práctica, los problemas para definir el umbral provocan que muchas de las legislaciones apenas dejen resquicio para la delincuencia común. Un par de hermanos que roba bicicletas, blanquea sus beneficios en una panadería y presenta demandas por difamación contra los periodistas que les acusan, entrarían dentro del tipo delictivo del crimen organizado. [[M. Levi, “Perspectives on ‘organized crime’: an overview”, en Howard Journal of Criminal Justice, vol. 37, 1998, pp. 34658.]] Por oposición, esta delimitación legal no se aplica a los delincuentes de cuello blanco ni a las organizaciones criminales que sobreviven dentro del Estado. [[A. Edwards y P. Gill, “Crime as enterprise? The case of ‘transnational organized crime’”, en Crime, Law, and Social Change, vol. 37, 2002, pp. 20323; W.R. Geary, “The legislative recreation of RICO: reinforcing the ‘myth’ of organized crime”, en Crime, Law and Social Change, vol. 38, 2000, pp. 31156; y V. Ruggiero, Organised and corporate crime in Europe: offers that can’t be refused, Darthmouth, 1996.]] Y ello a pesar de que cumplen con todos los criterios de todas las definiciones de crimen organizado: jerarquía, organización, división del trabajo, permanencia en el tiempo, búsqueda del beneficio privado, uso de la fuerza y protección de derechos. Internalizan la norma de la corrupción. [[J.S. Albanese, Organized crime in America, Anderson, 1996.]] Sin legislación específica y fuertes subvenciones a la explotación, estos grupos superan en escala a cualquier modelo de crimen organizado.

Hasta el momento los emporios criminales más organizados, cuyo objetivo es el beneficio privado, viven al cobijo de organismos públicos, aunque estén lejos de monopolizarlos. [[W.J. Chambliss, On the take: from petty crooks to presidents, Indiana University Press, 1988; W.J. Chambliss, “Stateorganized crime: American Society of Criminology, 1988 Presidential Address”, en Criminology, vol. 27, 1989, pp. 183208; M. Levi, Of rule and revenue, University of California Press, 1988; y H. van der Veen, The international drug complex: taxation, protection, warfare, and the nature of rule, European University Institute, 2003.]] Arabia Saudí o Nigeria brindan ejemplos. Tangentopoli fue más poderosa que la Mafia siciliana, aunque igual de desestructurada. [[D. Della Porta y A. Vannucci, Corrupt exchanges: actors, resources, and mechanisms of political corruption, Aldine de Gruyter, 1999; y F. Allum, Mafia and politics, ensayo presentado a la Conferencia “Organised Crime and the Challenge to Democracy”, Grenoble, 2001.]] Así, más que alentar el estudio del crimen organizado en sus formas privadas, sería recomendable para la ciencia política y jurídica “interpretar la mayor parte de gobiernos en la historia de la humanidad como asociaciones de gángsteres. Los gobiernos preocupados por el bienestar de los gobernados y limitados por el Estado de derecho en la aplicación de medidas violentas y arbitrarias son excepcionalísimos en la historia de la humanidad al punto de que quizás deberían analizarse con más realismo como una aberración muy reciente en una parte muy limitada del planeta”. [[W.J. Baumol, “Comments on Skaperdas y Syropoulos”, en The economics of organized crime, editado por G. Fiorentini y S. Peltzman, Cambridge University Press, 1995.]] Frente a este comportamiento generalizado, el sector privado aporta al crimen organizado mercado, competencia, fluidez y grandes dosis de flexibilidad. [[A.G. Anderson, The business of organized crime: a Cosa Nostra family, Hoover Institution Press, 1979; M.H. Haller, “Illegal enterprise: a theoretical and historical interpretation”, en Criminology, vol. 28, 1990, pp. 20735; y T.C. Schelling, “Economic analysis and organized crime”, en The crime establishment: organized crime and American society, compilado por J.E. Conklin, PrenticeHall, 1973.]]

Sin embargo, la pasión popular está de parte del crimen organizado privado. “El crimen individual es sórdido, pero existe una ilimitada fascinación con la idea de grandes conspiraciones criminales que, por una parte, proporcionan muchos de los placeres de la vida y, por otra parte, representan una amenaza siniestra a la constitución del gobierno”. [[P. Reuter, Disorganized crime: the economics of the visible hand, Massachusetts Institute of Technology Press, 1983.]] Esta demanda no cae en saco roto entre quienes continúan interpretando el fenómeno por mera analogía con la saga cinematográfica de El Padrino. Y en este apartado se incluyen a muchos de quienes, desde los organismos de seguridad pública, obtienen réditos burocráticos de alimentar una paranoia colectiva. Es una explotación abusiva del fenómeno sobre el que probablemente más se escriba y del que menos se conozca.

Pero que el crimen organizado sea asunto sobre todo público, en origen y exposición, y que el Estado de derecho sea una anomalía histórica, no hace a este último escenario menos deseable para los ciudadanos. Es el ideal liberal y para conseguirlo es necesario deshacer el equipaje de mitos sin esperar a que una empresa criminal venza a las otras, imponga un monopolio de protección y se avenga de manera voluntaria a ofrecer protección pública. [[C. Tilly, “War making and state making as organized crime”, en Bringing the state back in, editado por P. Evans, D. Rueschemeyer y T. Skocpol, Cambridge University Press, 1985.]] Por una parte es urgente clausurar las demandas de bienes y servicios ilegales que pueden dar lugar a formas organizadas de delincuencia. Existen varias alternativas para este mismo fin. Sólo una, la legalización, que no puede ser infinita por la colusión de derechos que afecta, es dependiente de la normatividad legal. Hacer más punitiva la legislación para atacar el delito consigue el efecto contrario: la organización de un magma delictivo por lo general anárquico. El resto de posibilidades pasa por la adecuación de los comportamientos personales a la regulación y mayores dosis de liberalismo social. Por otra parte, es requisito indispensable aumentar el grado de control efectivo sobre las actividades del sector público. Esta iniciativa no implica per se un aumento presupuestario costeado con impuestos que también conduce a un crecimiento de la organización del delito. En términos ciudadanos, y en sustitución de la fascinación por el crimen organizado y a la manipulación que se vierte desde las agencias de seguridad y los medios de comunicación, es preferible apoyar activa y decididamente todas las conductas que fortalezcan el Estado de derecho. Con ello se estará transitando al unísono hacia la cancelación de todas las formas de crimen organizado: las públicas y las privadas. n