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JUÁREZ Y MAXIMILIANO

POR ENRIQUE GONZÁLEZ PEDRERO

Desde la portada, Encuentro de liberalismos, Coordinado por Patricia Galeana y editado por la UNAM, es un acierto. En efecto, el par de retratos en pequeño formato: el del presidente Juárez y doña Margarita Maza y el de los emperadores Maximiliano y Carlota, en su discreto y elegante contraste, lo dice todo.

1. Anotaré a vuela pluma varias ideas que me sugieren la lectura de algunos de los ensayos que componen este importante libro. El de Patricia Galeana es, a mi juicio, uno de los más completos: «En torno al liberalismo se constituyó el Estado nacional en México». Frase certera, si entendemos que el Estado laico y civil que brotó a partir de la revolución de la Reforma fue el precursor del Estado nacional que surge desde el momento en que se pacifica el país y se construyen las vías de comunicación que van a relacionar a los mexicanos entre sí: que van a volver mexicanos a los yucatecos, a los chihuahuenses, a los de Coahuila.

Naturalmente, la nación comenzó a formarse a partir de la Conquista, con la fusión racial, con el mestizaje cultural que, a fin de cuentas, va a engendrar al mexicano. Eso está claro. Pero el Estado nacional no se produjo con el movimiento de Independencia de 1810, que culminó en 1821. A lo más que se llegó entonces fue a la «No dependencia de México respecto de España» (como la llama, con toda razón, don Daniel Cosío Villegas).

En buena medida, la primera mitad del XIX y los acontecimientos que lo caracterizaron hasta concluir la guerra de 1847 con Estados Unidos y la última dictadura de Santa Anna, se explican por la carencia del Estado en México. De manera que el Estado independiente (de la Iglesia y el ejército) va a producirse por la revolución de Ayuda, la Constitución de 1857 y la restauración de la República, que dirigieron Juan Alvarez, Benito Juárez y la generación de la Reforma consecutivamente. Ese Estado que se independiza de la Colonia y de sus estamentos es un Estado, justamente por ello, laico o civil.

Será durante la construcción de las vías de comunicación y la pacificación del país que emprende el Porfiriato a través de su política de centralización y conciliación, juntando en su gobierno a juaristas, iglesistas y lerdistas, y que continúa la Revolución mexicana, cuando irá consolidándose paulatinamente el Estado nacional que, por cierto, nunca llegó a articularse plenamente por la incidencia sucesiva de circunstancias que trascendían nuestras fronteras desde la Segunda Guerra Mundial y acontecimientos posteriores como la Guerra Fría, la desaparición del Estado de bienestar, el derrumbe del muro de Berlín y del imperio soviético y, sobre todo, la globalización: el mundo entró en órbita y nos quedamos a medio camino. Así, aquellos países que habían logrado construir el Estado, tuvieron (y tienen) un formidable instrumento para capear los temporales, y a los que no lograron consolidarlo, ya sabemos lo que les ocurrió. Pero esa es otra historia que sintetizaré diciendo que la búsqueda del Estado civil y laico a que se avocó la primera generación de liberales, y que consiguió la segunda (cuando ya casi no había país), hemos pasado, después, del Estado nacionalista de las mejores etapas de la Revolución mexicana, al «adelgazamiento» del Estado de los últimos regímenes del siglo, hasta llegar a la situación incierta en la que estamos. De ese adelgazamiento llevado hasta sus últimas consecuencias nos hemos deslizado a un Estado cada vez más desvanecido e inexistente. Si los liberales ortodoxos veían en el Estado un «mal necesario», el Estado «apocado» ya no puede enfrentar ni la cuestión de la inseguridad, que es su tarea primordial y justificatoria, en donde incluyo el tema del bienestar.

2. Me parece que el problema de los liberalismos de Maximiliano y de Juárez, siéndolo, no es sólo una cuestión ideológica. En el fondo, no se trata de determinar cuál de los sistemas era el más avanzado, el más progresista —como se decía antes—, el más abarcador, el más respetuoso de las libertades. Tampoco se trata de encontrar en qué forma de gobierno podía desarrollarse mejor, pues en América del Norte (y del Sur) ese problema se zanjó optando por la República. Se trata, me parece, de algo mucho más entrañable, de mayor raigambre. Es algo que, justamente, tiene que ver con las raíces, con «ir al fondo de las cosas». Y en este caso, el fondo de las cosas es México. Quiero decir, el Estado mexicano antes de Juárez y la generación de la Reforma sólo existió formalmente. O como dice Johann Labiensky en su aportación Liberal and monarchistican incopatibility? Liberal viewsold and neo: «Ambos modelos no difieren en cuanto a su compatibilidad o en su buena fe, sino únicamente en su origen histórico». Y después de ese agudo comentario añade: «Es una lástima que no hayan podido trabajar juntos…».

Entrando al fascinante terreno de lo que hubiera podido ocurrir, esa colaboración históricamente (no ideológica ni políticamente) era imposible. Esto es, si Juárez hubiera sido como tantos otros políticos mexicanos, de antes y de ahora, tal vez hubiera podido darse. Pero en ese caso ni México sería México, ni don Benito sería Juárez. El mismo lo dijo, según lo recuerda María Teresa de Borbón en su breve texto Encuentro de dos liberalismos: similitudes y diferencias, cuando las tropas francesas parecían triunfadoras y Maximiliano invitó a Juárez a reconocerlo como emperador: «Hay una cosa, señor, que la perversidad de los hombres no puede modificar… el fallo terrible de la historia» (pp. 80-81).

3. Me explico: la diferencia entre el liberalismo avanzado, social, de Maximiliano y el liberalismo individualista de los hombres de la Reforma, reside en que Juárez y la generación de la Reforma hincan sus raíces en la realidad mexicana, mientras que las ideas del imperio son, tal vez, ideas más acabadas, europeas fundamentalmente, pero que jamás devienen una realidad permanente. Uno es un conjunto de hombres con ideas y, sobre todo, cuyas acciones encarnan, muy imperfectamente si se quiere, en la historia mexicana: pero se vuelven carne y sangre de México. Las otras ideas no dejaron de ser algo ajeno: algo que venía de afuera, que nunca se volvió propio, auténtico, que se quedó en la superficie, que no penetró en el suelo pedregoso de México. Y esto, en un sentido, no deja de ser lamentable pues, como recuerda Patricia Galeana (p. 95), la creación de la Comisión Protectora de las clases menesterosas, así como la abolición del peonaje y la publicación de sus decretos en náhuatl —es excelente el ensayo de Miguel León Portilla: Ordenanzas de tema indígena en náhuatl y castellano de Maximiliano de Habsburgo—, la regulación de la jornada laboral y que los trabajadores contaran con prestaciones como la escuela y con cuidados médicos, fue un acierto de Maximiliano que hace trascender a su liberalismo más allá de la nuez liberal. Todo esto venía de la influencia de los dos Leopoldos, el socialista Leopold von Stein y del influjo del suegro de Maximilano, Leopoldo de Bélgica, que creía que, en México, había que gobernar para los indígenas, «los verdaderos dueños de México». Lamentablemente, insisto, como lo señala Jean François Le Caillon en su bien documentado ensayo Le project indigeniste de L’ Empire et son abandon, el de Maximiliano y Carlota fue un proyecto en el que ellos creyeron auténticamente pero que, no obstante, nunca dejó de ser también una estrategia política para atraerse a la mayoría de la población y que terminó siendo sólo un señuelo.

4. Moisés González Navarro hizo en 1982, en su discurso de ingreso como miembro de número a la Academia Mexicana de la Historia, una «Tipología de liberalismo mexicano» (Historia Mexicana, no. 126) en donde separa el liberalismo individualista del liberalismo social. El individualista coloca a la libertad al servicio de la propiedad, concretamente de la territorial (con Mora, Zavala, Luis de la Rosa, Lafragua); de la industria con Alamán y Antuñano y del comercio con Miguel Lerdo de Tejada. Lo que no impide la protección  a la industria y al comercio como puede observarse en el Plan de la Lola de Tamaulipas que conduce al arancel Avalos y. en suma, «el Plan de Ayuda lo hace bandera permanente del liberalismo» (op. cit., pp. 201-202).

Una de las finalidades de ese liberalismo es la desamortización de las propiedades comunales, que comenzó antes que Lerdo dictara la ley federal contra las comunidades indígenas, donde la rebelión de Sierra Gorda agudizó la presión contra la propiedad indígena: «Culmina así el camino de Mora en 1833 cuando dio una base filosófica a la transformación de la sociedad estamental en clasista, sustituyendo la distinción de los indios por los pobres y ricos, extendiendo a todos los beneficios de la sociedad» (p. 202).

Y, a propósito del tema que nos ocupa, M. González Navarro dice: «El liberalismo individualista se consolida con la Reforma, no el social. Por un camino auténtico, Maximiliano, se registra un nuevo esfuerzo en pro del liberalismo social. La política social del imperio está teñida de paternalismo y aun de oportunismo; por un lado permitió a los sureños de Estados Unidos que se establecieran en México con sus esclavos, pero dos meses después, el 1° de noviembre de 1865, liberó a los peones endeudados, inspirado en un laudo colonial de 80 años atrás, y al mismo tiempo se anticipó a una constitución revolucionaria medio siglo posterior» (p.203).

En el fondo, como dice técnicamente María Teresa de Borbón, se trata de proyectos ideológicos distintos: uno, el mexicano, es un «nominalismo democrático endógeno»; el otro, el de Maximiliano y Carlota, es un «nominalismo democrático exógeno».

5. El liberalismo mexicano fue, primero, una adaptación de las ideas francesas, inglesas, españolas a la realidad mexicana. Y luego, captada la esencia liberal, el método, una interpretación pragmática, por así decir, de nuestras circunstancias. Pero ese proceso no se detuvo ahí: pronto derivó en palanca para mover aquellas circunstancias, para transformarlas. De las ideas en abstracto se pasó, en México, a la creación de una forma política mexicana (o a la mexicana). En México se optó por un liberalismo heterodoxo según Reyes Heroles, sui géneris diría yo: «El liberalismo… se componía de instituciones políticas republicanas, valores sociales democráticos, principios económicos de libre empresa y laissez-faire y un fuerte elemento de anticlericalismo» (Laurens Ballard Perry, «El modelo liberal y la política práctica en la República restaurada, 1867-1876», en Historia Mexicana, no.92, p. 648). Por tanto, el liberalismo se funde en México con la patria —no ideal sino realmente— y esto ocurre, como sostuvo Rabasa, después de la Guerra de Tres Años y, justamente, contra la intervención francesa.

El liberalismo avanzado de Maximiliano es, y lo parece (y en política lo que parece es), el producto de la intervención. Por tanto, para «la gente de a pie» —como dicen en España—, para la gente común y corriente —como decimos en México—, no para los ideólogos, una cosa (lejana) son las ideas y algo (muy cercano) eran los soldados de Francia que apoyaban aquellas ideas y que sostenían al emperador y a Carlota. Por eso cuando se fueron los franceses se acabó el sueño imperial.

6.  El artículo de Laurens Ballard Perry, citado antes, es de un realismo despiadado que, no obstante, hay que tomar en consideración, no sólo porque señala los obstáculos con que tropezó el liberalismo para realizarse, sino porque son, además, obstáculos que hasta que fueron domeñados por derrota o por negociación, más por ésta que por aquélla, pudo comenzar a construirse el Estado nacional. Los obstáculos que señala el autor citado y que sólo enumero, son los siguientes: el republicanismo minoritario., en virtud del analfabetismo devastador; la inercia política sometida a las autoridades locales, la pobreza abrumadora y la impreparación para asumir las instituciones republicanas; la contradicción entre el liberalismo económico y fiscal y la pobreza oceánica que volverían nugatorio cualquier esfuerzo de aplicar aquella doctrina; la empleomanía; el caudillismo que estorbaba la relación entre el federalismo y el regionalismo; el centralismo ejecutivo a pesar de lo ordenado por la Constitución; las facultades extraordinarias; las elecciones (manejadas «desde arriba») y las insurrecciones, son algunos de los elementos a tomar en consideración, no sólo para entender la realidad política de la segunda mitad del XIX sino, aun, para entender la realidad actual, a pesar del tiempo transcurrido.

7. Por último, hay algo conmovedor que quiero traer a colación pues es un documento que dice mucho sobre la personalidad de doña Margarita Maza de Juárez y que puede leerse en el texto de José Arturo Aguilar Ochoa: La promoción de los ideales republicanos y la familia Juárez en los Estados Unidos. Me refiero a la austeridad que caracterizó tanto al presidente como a su mujer, que contrastaba con la posición de otra pareja que, evidentemente, no podía actuar jugando las mismas cartas:

«Antes de anoche me llevó (Matías) Romero a la recepción del Presidente —dice doña Margarita, en carta al presidente Juárez relatándole la recepción en la que fue recibida en la Casa Blanca—. Y como verás en el Herald dicen que estuve yo elegantemente vestida y con muchos brillantes. Eso no es cierto, toda mi elegancia consistió en un vestido que me compraste en Monterrey poco antes de salir y que con tantos cuidados y pesares no me había puesto, es el único vestido que tengo regular y lo guardo para cuando tenga que hacer alguna visita de etiqueta no más…, ¡respecto de brillantes no tenía más que mis aretes que tú me regalaste un día de mi santo, porque mis demás cositas las tengo en Nueva York. Te digo todo esto porque no vayan a decir, estando tú en El Paso (del Norte) con tantas miserias que yo esté aquí gastando lujo; todo esto lo ha hecho la novedad y que a ti te quieren y tienen simpatía por ti!» (p.226).

¿Aquí la forma política impulso el estilo? La respuesta es sí y no. Es cierto que la forma imperial requiere una «pompa y circunstancia» que no va de acuerdo con los modos republicanos, pero también lo es que la personalidad de los actores tiene mucho que decir. Y en el caso de Benito Juárez y de su familia, los zapatos austeros que calzaron les vinieron siempre a la medida. n