El libro tiene 886 páginas. Es un tabique de 23 centímetros de largo, con un peso que supera los tres kilos -y es apenas el “primer” volumen de La autobiografía de Fidel Castro-. Así las cosas, la pregunta resulta ineludible: ¿tiene sentido publicar un libro con esas características sobre la vida del comandante Fidel Castro, uno de los personajes más biografiados de Occidente? La respuesta es sí, por dos razones de peso.

En primer lugar, Norberto Fuentes cumple sin duda con el requisito más alto que se impuso al escribir el libro, redactado en primera persona por el propio Fidel Castro: que la voz de su personaje sea auténtica, que sea creíble para el lector el tono con el que cuenta su vida el Comandante. ¿Cómo es esa voz? Es cínica y egocéntrica, a veces cruel, pero también simpática y dicharachera, bastante desideologizada y totalmente segura de sí misma. Es una voz combativa, la voz de un revolucionario, pero en ella, curiosamente, no hay odio. No lo hay, incluso, con respecto a los enemigos de la Revolución, los esbirros de Batista. “Aunque la mayoría de todos ellos llegaron a ser enemigos encarnizados de la Revolución, es decir, enemigos míos”, explica en sus “memorias” Fidel Castro, “lo cierto es que ahora me cuesta mucho trabajo recordarlos con rencor. Debe ser porque ellos son los perdedores y yo el vencedor. Y no es que el rencor -según yo veo las cosas- se alimente de la derrota, sino que se alimenta de la continuidad de esa derrota”.

En segundo lugar, el libro ofrece la oportunidad de conocer la intimidad de Fidel Castro. Son muchas, tal vez demasiadas, las biografías escritas sobre el Comandante en Jefe de la Revolución cubana. En todas ellas, sin embargo, la historia del personaje acaba mezclada con la historia de la Revolución. El hombre desaparece bajo el peso de su obra. Así ocurre en las biografías de Herbert Matthews, Tad Zsulc, Anne Geyer y, sobre todo, Claudia Furiati, y así también ocurre, aunque menos, en los libros de testimonio escritos por personas que lo conocieron, como Carlos Franqui. La aportación más importante del libro de Norberto Fuentes, con recursos como la anécdota y la introspección, es iluminar ese aspecto de la vida del Comandante. Así aprendemos que Raúl Castro, a los seis años, luego de ganar un concurso en su escuela, fue captado por los fotógrafos sentado sobre las piernas del dictador Fulgencio Batista. Que su madre, Lina Ruz, era santera, devota de Aggayú. Que Fidel, de chico, estuvo a punto de matar a golpes a un muchacho llamado Johnny Suárez y que luego, un 7 de diciembre de 1942, se rompió la nariz “en la estúpida competencia de chocar con bicicletas contra los muros del Colegio Belém”. Aprendemos también muchas cosas sobre su vida sexual. Que la primera mujer que lo inició, a los siete años, era una muchacha que trabajaba en la finca de sus padres en Birán, una india llamada Nereida. Que frecuentaba de joven un prostíbulo de la calle Maloja 853 en La Habana, la Casa de Juanita, donde tenía debilidad por “una trigueña, bella ella, de ojos verdes, que se llamaba Berta”. Que su luna de miel con Mirta DíazBalart, hermana de quien habría de ser su enemigo más encarnizado, prolongó su duración por más de tres meses entre Miami y Nueva York, gracias a los 10 mil pesos que le regaló su padre, don Angel. Que Naty Revuelta (“con su aire de princesa insatisfecha pero dispuesta a matar”) fue la mujer que amó al salir de su prisión en la Isla de Pinos.

Norberto Fuentes era la persona idónea para llevar a cabo un proyecto como éste. Había escrito ya varios libros basados también en la historia, entre ellos Condenados de condado, que narra la historia de la lucha contra “bandidos”, como llamaban en Cuba a los guerrilleros del Escambray, y Dulces guerreros cubanos, que recrea la guerra de los cubanos en Angola. Ahí, por cierto, Norberto hizo amistad con el general Arnaldo Ochoa. Era también amigo del coronel Tony de la Guardia, con quien compartía el gusto por el arte, la buena vida y las mujeres. Su situación fue, de hecho, muy comprometedora luego del fusilamiento de sus compañeros en el verano trágico de 1989. Intentó salir de Cuba, pero fue apresado y detenido, aunque se le permitió dejar el país con la intermediación de García Márquez. La solapa del libro dice que “fue amigo íntimo de Fidel Castro”. Es una exageración. Fue más bien amigo de Raúl.

Su libro no es una novela histórica sino una novela sin ficción. Es la clave de su valor: que sus datos -es decir, sus nombres, sus fechas y sus números, y basado en todo esto, sus interpretaciones- están rigurosamente documentados. El libro, en efecto, está precedido por esta afirmación: El autor ha eludido cualquier hecho cuya verificación, aparte de su propio testimonio, sea inaccesible. A menudo desliza con sutilidad el origen de sus fuentes. En esta frase por ejemplo: “Tad Szulc, uno de mis acuciosos biógrafos, describe primorosamente esa escena de Lidia lavando y planchando mi guayabera noche por noche”. O también en esta otra: “Esto sí no lo he dicho nunca, aunque creo que después en una tarde de borrachera en febrero de 1987 se le fue la lengua a Raúl, que le dijo a Norberto Fuentes el cuento completo”. Son frases que le dan autoridad a un texto que dice cosas a veces sorprendentes, como lo son muchas de las opiniones de Fidel. Su opinión, por ejemplo, de quien fue su protector en el Partido Ortodoxo, el senador Eddy Chibás (“No me tragaba. Se agarraba por el gaznate con su mano y decía: No lo trago”). O su opinión de quien fue su compañero en la expedición del Granma, Ñico López (“Un infeliz que nunca disfrutó, en toda su vida, del más vulgar de todos los placeres, el de asomarse a un plato hondo repleto de carnes y potajes y comer hasta hartarse”). O su opinión de quien nombró Heroína de la Revolución al día del triunfo, Haydée Santamaría (“Cada vez que recuerdo a Haydée la tengo en esa posición, gimiendo bajo mi sobaco”). O su opinión, en fin, del Che Guevara, el Guerrillero Heroico (“Era un pobre diablo”).n

{{DE LA AUTOBIOGRAFÍA DE FIDEL CASTRO}}

{La propaganda ha sido bastante simétrica en relación con el Che. Para ser un hombre sobre el que hice un rechazo inicial y del que luego su propia presencia a nuestro lado se encargó de darme sobradamente las razones, creo haber hecho de él un uso adecuado y bien productivo a favor de la Revolución. Era un pobre diablo. Pero la verdadera biografía de ese pobre diablo a quien todo el mundo conoce como Che y que se llamaba Ernesto Guevara de la Serna es difícilmente compatible con la del personaje creado a partir de la Revolución cubana. Yo sé que a todos ustedes les va a resultar un trago muy amargo el reconocer que llevan cerca de 40 años postrados de admiración ante un hombre que sólo existe como propaganda.

Al inicio dije simetría porque los biógrafos parecen coincidir en que el origen de sus convicciones revolucionarias se produce en sus recorridos por el subcontinente latinoamericano. Se supone que, viajando desde Argentina hasta Guatemala, descubrió la miseria y la explotación de los pueblos y la voracidad del imperialismo norteamericano. Fueron viajes, como se sabe, realizados a tramos desde que terminó la adolescencia. Cada año se aventuraba más lejos y por más tiempo desde las fronteras de su casa. Estas excursiones devinieron con el tiempo una especie de apostolado ideológico, un aprendizaje en el terreno de los vectores de una revolución. Pero si algo yo conozco perfectamente, después de incontables horas de conversaciones con el Che, es el carácter deportivo de todos esos viajes y que si alguna lectura animaba su espíritu entonces eran las novelitas de Emilio Salgari y no los panfletos de Marx. Y que, por encima de todas las cosas, si se imponía cada vez llegar más lejos y a su vez tentar las situaciones más extremas, lo hacía como un reto con él mismo y que esto era debido a los espantosos ataques de asma que quisieron doblegarlo desde muy niño. Muchos años después -y como resultado directo de mis observaciones sobre el Che- entendí que la fuerza de sus convicciones y su estoicismo ante el peligro y su voluntad de hierro no tenían nada que ver con auténticas convicciones, estoicismo o voluntad. Era el asma (p. 651).}