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Mi país es un recuerdo y una premonición,
(un pasado inexorable
y un porvenir de olas, resurrecciones,
caídas y festines);
mi país es mi temor, tu ira.
Sebastián Salazar Bondy

Todos tenemos el derecho de ver los árboles, el cielo, los edificios, el ojo de agua de la alcantarilla, y las serpientes diurnas que, como si bajaran de un cerro imaginario, llegan a la oficina y ahí coincidimos. La metáfora del hombre, la imagen distorsionada que los otros tienen de nosotros, “lo que se ve, no se juzga”. La gente usa esta frase como si fuera una verdad contundente, cuando en realidad debería entenderse de otra manera, porque a simple vista no hay certeza de nada. El derecho a observar es una experiencia individual que se alcanza después de un proceso de sensibilización donde el silencio es nuestro mejor aliado. Cuando más de dos o tres personas observan un hecho próximo a su entorno, entonces pueden juzgarlo, transferirlo desde su percepción a propios y extraños.
También el actor veracruzano Alvaro Martínez Marranito, “Balú”, tiene en su memoria histórica un hecho que no ha podido olvidar; está presente en el dolor de sus piernas, en sus huesos, en la cicatriz que tiene en el parietal derecho, en las heridas y los golpes que recibió junto a sus compañeros la noche del 28 de junio de 1981 cuando presentaron en el teatro Juan Ruiz de Alarcón en Ciudad Universitaria la obra de teatro Cúcara y Mácara, del extinto dramaturgo sinaloense Oscar Liera. “No es lo mismo observar”, dice Alvaro, “que sentir el sabor de tu propia sangre y la presencia de la muerte a lo largo del cuerpo. Casi no veo a los otros (actores) que golpearon. Enrique Pineda era director de la obra, trabaja en México desde hace años; Rafael Cobos murió en 1987, Samuel Contreras dejó el teatro universitario y trabaja por su cuenta. Hosmé Israel continúa en la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana (Orteuv) y está por cumplir 30 años de representar su monólogo La Virgen Loca, escrito por él mismo”. Después de seis años de exilio en el país de la incertidumbre del teatro Alvaro Martínez Maranto regresa a la Orteuv, no puede evitar pensar en esa otra parte del territorio nacional, “El país de Siquitibum”: tal era el nombre del lugar donde tiempo atrás se había aparecido la Virgen de Siqui a dos niñas paupérrimas llamadas Cúcara y Mácara. Una noche, de buenas a primeras, explotó una bomba en el altar de la iglesia de la Virgen de Siqui, destruyéndolo todo hasta su imagen. Cuando el cardenal representado por Hosmé Israel y el obispo (Samuel Contreras) se enteraron de que en el lugar donde debía estar la virgen había sólo fierros retorcidos, entraron en angustia porque tenían que efectuar la primera misa a la mañana siguiente y, sin la imagen de la virgen, eso era prácticamente imposible. En junta privada se pusieron a buscar soluciones sin encontrar alguna que fuera creíble a los feligreses y favorable a los ministros de la iglesia. Dos monjas encontraron la forma de arreglar el problema, enviaron un mensaje a los ministros a través de una ventana del recinto. El mensaje era un papel enganchado a una caña de pescar y en él explicaban que en un convento cercano había una réplica idéntica de la Virgen de Siqui, pero que tenía la firma del pintor; la cuestión era borrarle la firma y trasladar la imagen a la iglesia de Siqui para suplir la original. Cabe mencionar que según la obra de Liera, las monjitas no podían acercarse a los altos mandos de la iglesia porque el cardenal era misógino y había proclamado en la junta que “no quería faldas en el recinto”; mientras de manera contraria el obispo tenía una clara inclinación por las faldas.
La farsa Cúcara y Mácara se estrenó en Xalapa el 11 de diciembre de 1980 en la sala chica del Teatro del Estado con las actuaciones de la Infantería Teatral de la Universidad Veracruzana, que dirigió Enrique Pineda. Eran buenos tiempos para el teatro veracruzano. También existía la compañía del Teatro Milán que dirigía Manuel Montoro en México, el Foro Teatral Veracruzano bajo la dirección de Raúl Zermeño y la Compañía Titular de Teatro que dirigía Martha Luna.
Desde el principio la obra fue atacada por la prensa a instancias de los feligreses de ultraderecha alentados por el arzobispo Obeso Rivera que en las misas decía que no fueran a ver la obra de los actores herejes porque ofendían al Espíritu Santo. Es el mismo arzobispo que 20 años después hizo en un periódico de Xalapa el fatal comentario “la ropa sucia se lava en casa”, cuando salieron a la luz los actos de violación de los sacerdotes, no a las leyes sino a los niños.
El padre Manuel Ponce, prelado de la Basílica de Guadalupe, opinó en Mi Ciudad (abril 2 y 8 de 1981) -dos meses antes de la golpiza, y después de conocer el argumento de la obra- que “se debería levantar una campaña contra ella, ya que es una atentado en contra de la verdad, la religión católica y la Virgen de Guadalupe. Mofas de esa naturaleza deben ser paradas de inmediato”. También dijo que esa campaña debía ser dirigida por monseñor Salazar y el padre Schulemburg, quien 21 años después negó la existencia de Juan Diego y puso en entredicho la aparición de la morenita del Tepeyac, lo cual muchos consideraron un duro golpe a la fe de los guadalupanos y una traición a México. El comentario le valió al padre que lo corrieran del país; pero eso sí, sin derecho a ser excomulgado. En retrospectiva, la cosa no paró ahí (bueno hubiera sido). En los intercambios culturales que tenía la UNAM con la Universidad Veracruzana, Cúcara y Mácara fue invitada a presentarse en el Juan Ruiz de Alarcón después de una exitosa temporada en el Teatro Milán donde los actores recibieron una llamada telefónica anónima en la cual les advertían que suspendieran la obra o de lo contrario se atuvieran a las consecuencias. La Infantería Teatral pensó que se trataba simplemente de otra amenaza y se prepararon para llevar la obra al Juan Ruiz de Alarcón. Los muchachos se confiaron; ya antes, en Xalapa un grupo de guadalupanos había ido a ver la obra, al final se pusieron de pie y cantaron el himno guadalupano: “Y en la lucha saldréis victoriosos/ defendiendo a la patria y a Dios”. ¿Cuál patria? ¿Cuál lucha? La obra de Liera no hablaba contra Dios. Sólo era una crítica a los hombres que desde el púlpito ejercen el poder y que por alguna razón, hasta hoy no entendida, va de la mano de la corrupción. “No sé por qué la Iglesia y el Estado están tan separados si son la misma cosa”, decía el último texto de la obra. Los actores estaban perdidos.
La noche de aquel domingo las personas que acudieron a ver la controvertida puesta en escena pensaron que los 60 jóvenes que se levantaron de las primeras filas, armados con chacos y trozos de varillas mojadas con ácido, eran parte del elenco. Cuando oyeron los gritos y vieron la sangre regada por el escenario, el público, sin entender qué pasaba, entró en pánico, quiso huir pero varios hombres en la puerta armados con pistolas impidieron el paso para facilitar la salida a los agresores.
Más tarde, el ruido de las ambulancias. Algo se había roto, además de los huesos de Alvaro Martínez Maranto y Enrique Pineda, algo que dejaría una marca en la memoria de los que observaron y vivieron la peor experiencia que haya tenido el teatro mexicano. Lo que vino después fue un sinnúmero de notas periodísticas reprobando el acto. Los rectores Octavio Rivero Serrano y Héctor Salmerón Roiz de la UNAM y de la Universidad Veracruzana, sin comprometerse mucho, mandaron cartas a la opinión pública condenando el hecho. La cultura nacional estaba indignada. Todo esto sucedía mientras los actores eran atendidos en el Hospital Durango. Antes de que se recuperaran fueron trasladados por la policía al Hotel Silver, por temor a que los agresores regresaran a matarlos. Hasta allí iban los doctores a atenderlos. Y allí eran vigilados por la guardia de sus compañeros.
Emilio Carballido, Hugo Argüelles, Víctor Hugo Rascón Banda y Oscar Liera integraron una comisión para mandar a los periódicos desplegados reprobatorios. Como no había dinero para la publicación, Francisco Beverido inicia la tarea para recolectarlo. El primero de julio de 1981 le enviaron una carta al entonces presidente López Portillo: “Los abajo firmantes, trabajadores de la cultura, expresamos nuestra más profunda indignación ante los acontecimientos ocurridos el domingo 28 de junio, en el teatro Juan Ruiz de Alarcón de la UNAM, cuando un grupo de choque rudimentariamente armado y utilizando métodos que no podemos calificar sino de fascistas, atacó criminalmente, en plena actuación, a los integrantes de la Infantería Teatral Veracruzana durante la representación de la obra Cúcara y Mácara de Oscar Liera”. Firmaron la carta 500 integrantes de la comunidad teatral, escritores y periodistas, músicos y artistas plásticos y organizaciones solidarias.
Los actores seguían confinados en el Silver. Sabían a ciencia cierta que se habían despeñado del regazo de la muerte. Sólo una vez más volvieron a presentar la obra, en septiembre de ese mismo año en un teatro de San Francisco, California.
¿Quién envió a aquellos hombres a partir cabezas y a romper brazos y piernas? Nunca se castigó a nadie, en un homenaje a la impunidad. Unos dijeron que había sido el MURO, grupo de choque de la Iglesia que operaba en la sombra. Otros que habían sido los porros (aunque después dijeron que los porros no compraban boletos; que entraban sin pagar a todos lados). Luego dijeron que un grupo de fanáticos le había dado una lección a los herejes. Quien haya sido, fue el portador de una victoria triste, más cerca del Diablo que de Dios. Una acción perturbada lejos de la sabiduría. Quien haya sido no leyó jamás el Eclesiastés. Quisieron atrapar los vientos precursores de vida y sólo dejaron un amargo recuerdo.
La marca que protege la oscuridad. ¿Qué pasaría si lo hicieran ahora? Tuvieron que aguantarse lo de El Padre Amaro porque son otros tiempos. Ahora operan disfrazados de ovejas desde los actos públicos. No recuerdan lo que pasó en el teatro Juan Ruiz de Alarcón hace 23 años; aún dominan con el atrevimiento de la ignorancia.