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EL CONDE EROS

POR ELÍSEO ALBERTO

Viaje a la luna, del escritor cubano José Jorge Gómez Fernández, cuenta la historia de una expedición internacional que, al término de la Segunda Guerra, se propone establecer (bien lejos) una sociedad de avanzada. La larga travesía resulta grata porque, como era de esperar: Luisa Pérez se encarga de afilarle las espadas a los navegantes, sin prejuicios raciales, étnicos o literarios.

Era un hombre que se escondía detrás de sus seudónimos, como un espía tras una colección de lentes oscuros. Había nacido en algún pueblo de Galicia pero llegó de niño a Cuba, del brazo de sus padres republicanos; lo primero que vio al pisar tierra cubana, en la plazoleta del puerto, fue una muchacha de trenzas, vendedora ambulante, que pregonaba sus frutas con una voz tan dulce que hacía más jugosas las guanábanas. Luego la evocaría en sus novelas, siempre desnuda, soberana de sus fantasías malditas. Debo haberlo conocido en alguna tertulia del mundillo literario habanero, a mediados de los años sesentas, y lo recuerdo de riguroso traje, con corbata azul marino y chaleco de botones anacarados, sin importarle el calor que derretía su calvicie. a veces cubierta con una boina clara. La elegancia tiene su precio. Por entonces firmaba sus artículos con el nombre de Baltasar Enero (había nacido un Día de Reyes) y los principales periódicos de la isla se disputaban sus colaboraciones. Mi padre lo tenía por un estilista del idioma. Baltasar ensamblaba las palabras de cada frase con meticulosidad de relojero y nunca se permitía la travesura de un gerundio mal conjugado ni la licencia de una pre-posición inexacta. Los motores de los verbos ponían en marcha acciones trepidantes. Su vocabulario resultaba infinito. Viejos sustantivos de origen moro destellaban en las oraciones. Gracias a sus relatos aprendí que la capucha con que la heroína de sus historias solía ocultar la identidad se llamaba almocela, por ejemplo, o que las almorranas son várices de las venas del ano —talón de Aquiles de la protagonista de La interminable Vida de Valeria Peraza—. Porque va siendo hora de decirlo: aquel caballero español, de intachable porte, escribía novelas pornográficas, amparado bajo el glorioso seudónimo de El Conde de Eros.

Baltasar y yo llegamos a ser buenos amigos. A principios de los setenta, coincidimos en la tropa de reporteros de una revista habanera, donde el autor de La monja del Batallón. La perra. Casasola. era corrector de estilo. Yo terminaba la licenciatura de periodismo y estaba a punto de casarme con la bailarina más linda del mundo. El día antes de la ceremonia, Baltasar me regaló Viaje a la luna, su novela predilecta. «Para que leas en tu luna de miel, tal vez te inspire», me dijo. En ocasión tan señalada, decidió firmar la dedicatoria con su nombre verdadero, José Jorge Gómez Fernández. Su caligrafía comenzaba a quebrarse bajo el peso de la edad y la demencia.

Viaje a la luna cuenta la historia de una expedición internacional que. al término de la Segunda Guerra, se propone establecer (bien lejos) una sociedad de avanzada. Comanda la aventura un humanista de hueso colorado: el doctor Wolf, académico de Boston. Científicos de China. Rusia, Gran Bretaña, Nigeria y Alemania suben a la nave. Entre ellos va una mujer de excelente carrocería, esposa del expedicionario berlinés, un rubio pecoso de quien usa un apellido raro. La susodicha resulta ser Luisa Pérez, ex alumna del doctor Wolf, ex amante del astronauta chino, ex novia del hijo del inglés, símbolo sexual del agente moscovita (un pelirrojo con cara de asesino), ahijada de santería del yoruba nigeriano y. por más señas, cubana de nacimiento (¡la vendedora de guanábanas!). La larga travesía resulta grata porque, como era de esperar. Luisita se encarga de afilarle las espadas a los navegantes, sin prejuicios raciales, étnicos o literarios. Digo sin prejuicios literarios porque el novelista sabe mantener un tono preciso y soez, propio de su maestría narrativa, lo cual concede a la lectura un valor adicional al de la perversión, de por sí grato. Recuerdo la escena de amor entre Luisa y el africano, el mejor «dotado» de la manada de varones: un búfalo de ébano. Se han citado en el invernadero donde el chino cultiva hortalizas de Pekín (no de Beijing). Libres de sus escafandras (textual), se comen a besos entre los canteros de lechugas, igual que Adán y Eva alguna tarde en los jardines del paraíso. En el climax de la pasión, totalmente desordenados por la sabiduría de ella y la fogosidad de él. los amantes alzan vuelo y comienzan a buscarse sin gravedad en el cielo manso del laboratorio. La trenza levita. Luisa la muerde. El macho tira de la coleta. Atrae a su hembra. Ante cada intento de penetración. y a pesar de la musculosa lanza del yoaiba (quizá por culpa de su potencia), los cuerpos rebotan como pompas de jabón, sin lograr el ensamble ambicionado, repelentes. resbalosos. Lejos de desanimarlos, tal contratiempo los va arrebatando aún más hasta verse en la necesidad de enredarse en un nudo humano, abrazo que a su vez obliga a un acoplamiento doloroso, dada la intragable humanidad del donante. En el momento de la mutua complacencia, entre gritos de placer, el amarre se destraba (así de volcánica resulta la tembladera del orgasmo) y los jugos de ambos nadan en el aire, como gusarapos. La imagen de esos gladiadores flotando a la deriva, desnudos, ingrávidos, en fuga, incansables, todavía me asalta en sueños. El final vale por inesperado: Luisa queda embarazada y justo al llegar a la luna (la travesía demora diez meses) pare un niño que no es mulato ni oriental ni pelirrojo ni pecoso (el inglés había sido descartado por impotente, según se explica a pie de página). El doctor Wolf reconoce su paternidad por un lunar de trébol que descubre en la nalga derecha del bebé, sello indiscutible de los Wolf, como el propio académico demuestra en público al enseñar los salpullidos de su trasero —para desconsuelo de los otros sementales.

Hace tiempo que no sé de Baltasar Enero. Alguien me dijo que había enloquecido: cuentan que. en abril de 1991. paseaba por calles del Vedado envuelto en la túnica de un mosquitero, con sandalias de pescador y una corona de rosas sobre su calva, convencido de que era Jesucristo. Probablemente ya haya muerto en su casona de La Habana, cerca del mar. acompañado por los personajes de Mala pata. una novela «seria», de ochocientos folios, que estaba construyendo letra a letra para demostrarnos a todos la dimensión de su talento. Alguna noche, cuando aún estaba cuerdo, me confió la trama a grandes trazos. Contaba la historia de un refugiado español que. para ayudar a un amigo enfermo, escribe novelas pornográficas que luego vende de contrabando en los estanquillos de periódicos. «Conde, ¿por qué no termina Mala pata, de una vez?», le pregunté. Bebíamos refresco de guanábana en la terraza de su casa. Mi amigo clavó la vista en el horizonte y dijo a las olas: «Le tengo fobia a los gerundios y, sin ellos, la acción no avanza. Además, nadie puede relatar su propia muerte, al menos sin mentir». Treinta años después de aquella confesión, en México, miro los astros. Allá, cerca de la luna, creo ver el fantasma del Conde. Lo imagino volando, buscando a la muchacha de trenzas entre satélites de comunicación, persiguiéndola, deseándola, montándola, arrebatándola, gozándola, preñándola, ahora que la ingravidez de la muerte debe haberle hecho perder el miedo a los gerundios. Dios lo perdone. A nadie hizo mal su pecadora inocencia. n