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HACER HORAS ETERNAS

POR MANUEL VICENT

Esta pequeña felicidad nos obliga a vivir pegado a la espontaneidad de los sentimientos, al ciclo de la naturaleza, al rito agrario de la muerte y resurrección de las semillas, de forma que las frutas y hortalizas del tiempo sean compatibles con el amor a las personas que nos rodean en la mesa.

La Felicidad no existe y si existe, no es obligatoria. Dijo un panadero gallego: “El tiempo lo ha hecho Dios; nosotros sólo hacemos las horas”. Del mismo modo la abstracción de la felicidad se reduce a pequeños actos felices que cualquiera puede fabricarse para consumo personal cada día. La dicha siempre se confunde con esos momentos en que no logramos recordar qué nos pasó, ya que teníamos el diafragma absolutamente nivelado, sin ansiedad alguna, sin deseos inalcanzables. Si usted consigue recordar qué le sucedió, por ejemplo, en la primavera del año 1997, seguramente se debe a que en ese tiempo no era feliz. Alguna desgracia rondaría su vida.

La primera condición que debe tener el placer es que sea barato y, por tanto, asequible a cualquiera. He aquí algunos pequeños actos felices: contemplar un mar muy azul, partir por la mitad un tomate maduro, jugar en el bar a las cartas con unos naipes húmedos de anís, oír a una mujer que canta canciones de amor mientras tiende la ropa blanca en la azotea, asistir a cualquier bautizo, primera comunión o boda italiana, mexicana o española donde suena un acordeón bajo el emparrado, oler el perfume de la sangre de los geranios contra la cal de una pared del sur. Esta pequeña felicidad nos obliga a vivir pegados a la espontaneidad de los sentimientos, al ciclo de la naturaleza, al rito agrario de la muerte y resurrección de las semillas, de forma que las frutas y hortalizas del tiempo sean compatibles con el amor a las personas que nos rodean en la mesa.

Ningún alimento es pesado ni da acidez. Quienes son pesados y te lastiman el estómago son ciertos comensales con los que uno se ve obligado a veces a compartir un almuerzo. La buena digestión está unida a la alegría y suavidad de una comida con amigos tan fiables como el cocinero y entonces todo sienta bien aunque te metas fuego por el esófago.

Dejemos que Dios haga la eternidad. Algunos nos conformamos con hacer eternas esas horas del panadero gallego. Por eso podemos imaginar que en el paraíso, después de la muerte, habrá pan hondo y perfumado, con el que podremos hacer tostadas en el desayuno haciendo resbalar sobre ellas aceite virgen de oliva y desde las nubes se podrá descubrir a Ava Gardner contemplando las verdes colinas de África, rodeada de leones vegetarianos.

Ninguna noticia es tan importante como para alterar el desayuno de nuestros lectores: esta era la divisa del diario The Times, de Londres. Este principio fue llevado a sus últimas consecuencias cuando el Imperio Británico declaró la guerra a Alemania. El periódico dio la noticia en segunda página, con un titular a dos columnas y sin alterar el tamaño de las letras. La primera plana estaba reservada para los anuncios breves por palabras. En ellos pequeños comerciantes hacían llegar al público sus propuestas de felicidad, de forma que los clientes supieran dónde comprar un tornillo, un paraguas, un bollo de chocolate, o encontrar un restaurante, una sala de fiestas, unos muebles usados y eso era la vida de la gente sencilla y anónima que se establecía bajo los bombardeos de la Segunda Guerra mundial con una energía superior a cualquier bomba atómica.

Hágame usted el favor de ser inmortal en cada minuto del día. Sea consciente de que está respirando y aunque el aire esté contaminado, llenarse los pulmones no deja de ser un privilegio, que no tiene ya ni Buda, ni Mozart, ni Napoleón. Y si quiere adelgazar o guardar la línea, recuerde que para eso no hay nada como una pasión que queme todos los hidratos de carbono a los pies de Venus. La mejor filosofía debería reducirse a no olvidar que la crueldad de la historia, la imbecilidad humana y los zarpazos de la naturaleza coinciden con los erizos de mar que huelen a alga, con las habas tiernas y con las miradas de amor de una mujer anónima en el autobús. n