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¿POR QUÉ DURA TAN POCO?

POR CLARA SÁNCHEZ

De repente, la vida se oscurece como si se hubiese producido un eclipse. De repente me da igual vivir o morir. Todo es mentira. ¿Por qué la felicidad dura tan poco?

Es domingo por la mañana y hasta el último rincón de la casa huele a tostadas y café. Bajo el cielo azul lentos paseantes recorren la calle con fardos de periódicos en el brazo. Parques verdes, perros alegres, niños radiantes y buena temperatura. No hay nada que perturbe el momento: ni grandes preocupaciones ni grandes deseos. Si alguien me preguntase qué siento ahora mismo, le diría que soy feliz, completamente feliz.

Hay además una novela de esas en que sólo importa el final esperándome sobre una tumbona en la terraza. Me tiendo en ella y abro el libro, el sol va atravesando y ablandando las sucesivas capas de mi cuerpo. Me paso la mano por el pelo. Introduzco los dedos por sus frondosidades mientras paso páginas con avidez. Los hago resbalar sobre una ligera capa de sudor, cuando de pronto las yemas se elevan ligeramente. Vuelvo a pasarlas, todavía inmersa en la intriga de la novela, como si los dedos pensaran y decidieran por sí mismos, y vuelven a detectar la pequeña elevación. Alzo la vista al frente con alarma. Probablemente sea una sensación falsa, la mayoría de las veces, al contrario de lo que se piensa, uno ve lo que no quiere ver y toca lo que no quiere tocar. O tal vez se deba a la postura, así que me incorporo en la tumbona y de nuevo introduzco los dedos entre el pelo. Me voy palpando el cráneo con cautela, voy aproximándome al abultamiento con creciente temor. Ojalá ya no esté. Pero ahí está. También cabe la posibilidad de que lo haya tenido toda la vida y que no me haya dado cuenta, y este pensamiento me serena unos segundos. Cierro la novela.

¿Cuándo habrá aparecido? Ahora quizá ya sea demasiado tarde. Camino por la terraza de lado a lado con el sol pegándome de frente y de espalda. ¿Qué hago? ¿Se lo digo a mi marido cuando regrese de jugar el partido? No, no puedo hacer eso, no puedo amargarle el día. Mañana lunes llamaré al hospital sin que él se entere y afrontaré esto yo sola, con uno que sufra es suficiente. Puede que la culpa sea del agujero en la capa de ozono y mi manía de tomar el sol en la terraza. Percibo una lluvia de partículas doradas cayendo sobre mí y colándose hasta las células más remotas y hasta los pensamientos más escondidos. Pienso con horror que en este mismo instante habrá millones de niños expuestos a sus rayos mortales. Pero ¿para qué esperar a mañana? ¿Para qué alargar la incertidumbre? Me marcho ahora mismo a Urgencias.

Aunque ya no sirva de nada, me protejo la cabeza con un sombrero. Ando deprisa entre la parsimonia de seres atontados que prefieren dejarse llevar por una insustancial placidez a darse cuenta de los problemas reales. Así va la economía mundial, el Nasdaq, el Ibex y todo lo demás. Si pensaran un momento en esto, en las guerras, el hambre y el terrorismo, se les borraría esa sonrisa de gilipollas de la cara. Una ola de angustia de por lo menos diez metros de altura me traga frente al cartel de Urgencias. Me dirijo a una enfermera con un aspecto tan demacrado, alterado y descompuesto que me tumba en una camilla y me pone un gotero Tranquilícese —me pide—, ahora mismo la examinan.

A las dos horas estoy de vuelta para mi casa con un informe en la mano en el que se me asegura que me encuentro perfectamente. La sensación de alivio me hace volar, es como una droga. Respiro hondo. ¡Qué delicia! No sabemos lo que tenemos hasta que no estamos a punto de perderlo. Por fortuna, todo ha terminado. Hace un momento me sentía excluida de toda esta maravilla, de estar viva, de la felicidad, y ahora otra vez estoy dentro. Para celebrarlo, voy a proponerle a mi marido que invirtamos lo que queda de domingo en hacer el amor. Ahora que sé que estoy sana, puedo permitírmelo sin reservas.

Abro la puerta y coloco en su sitio el sombrero que me puse cuando emprendí la alocada aventura del hospital hace mil años. El agua de la ducha retumba en todo el piso, lo que indica que mi marido ya ha regresado de jugar el partido. Sonrío ante la visión de su ropa tirada por la habitación. Es tan desordenado, pero al mismo tiempo tan fuerte, tan guapo, tan optimista. Sin embargo, ¿qué veo? Veo un papel sobresaliendo del bolsillo del polo con un número de teléfono y un nombre de mujer. Hacía tanto tiempo que esperaba algo así, que me tiemblan las piernas. No puedo creer que haya sucedido. Siempre en el fondo de mi corazón había sospechado que el amor no podía ser tan sencillo ni tan fácil. Siempre ha acechado una sombra y siempre he dudado de la sinceridad de nuestra relación. Y he aquí por qué. De repente, la vida se oscurece como si se hubiese producido un eclipse. De repente me da igual vivir o morir. Todo es mentira. ¿Por qué la felicidad dura tan poco? Pero he de afrontar la verdad y le tiendo el papel. Mientras con una mano termina de secarse con la toalla, con la otra me lo devuelve: tienes que llamarla para confirmar si vamos a ir a cenar o no hoy a su casa —dice—. Es la mujer de mi jefe. Vaya, se me había olvidado por completo.

Le abrazo, le digo que hace un día precioso y que es nuestro, por lo menos hasta la hora de cenar. Le digo que le quiero. Le pido perdón, él me pregunta que por qué va a perdonarme, y yo le contesto que por nada. La realidad es que todo es sencillo y que a veces nos empeñamos en complicarlo, lo que es una forma de no apreciar lo que tenemos. Me quedo contemplando por la ventana el cielo despejado y azul y una formación de diminutos pájaros negros. Mi marido también los mira. Suspiro bajo los efectos una vez más de la droga del alivio. El me besa en la sien y dice: por cierto, hace un rato han llamado del hospital muy preocupados, dicen que se han equivocado sobre el diagnóstico y que debes volver. Les he dicho que a ti no te ocurre nada, que deben de estar confundidos.    n