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En 1568, en Londres, Richard Jugge, el impresor sénior de la Reina, inventó la nota al pie, cuando tuvo a su cargo la impresión de la Bishops Bible, así apodada porque fue la respuesta a cargo del Obispo de la Iglesia de Inglaterra a la subversiva y peligrosamente popular Biblia de Génova, calvinista.


Como el balón, la nota debió ir siempre pegada al pie, incluso en los heroicos tiempos linotípicos o compugráficos. Ahora no se diga: la revolución computarizada no sólo ha facilitado esto que era un azote de correctores de pruebas sino que ha vuelto injustificable poner notas al pie que no estén realmente al pie. Ya hay más maneras de poner notas al pie que marcas o estilos de condones. Ahora, de un modo más feo que nunca, quien no pone las notas al pie las pone al… fondo.

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Un texto tiene origen académico cuando el autor que lo da a publicación, más allá de las revistas especializadas, pone un poco arriba de su nombre el primer 1 de las notas.

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Tienta al destino quien pone un asterisco para nota al pie en el título de un texto. Es raro que tales asteriscos lleguen al pie y aparezcan en la publicación impresa. Se pierden para siempre. No son favorecidos por los dioses tipográficos.

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Las notas al pie suelen ocultar minas de la propia ignorancia o terrenos pantanosos de los propios idiotismos. Yo aún, al encontrar infra y supra en una nota al pie (es decir, v. infra o v. supra), tardo varios instantes en ubicarme o en comprender qué instrucción se me está dando. Lo mismo en la escuela secundaria, cada vez que me encontraba Alta Edad Media y Baja Edad Media. O los primeros juegos que vi de béisbol donde se hablaba de Parte Alta o Parte Baja de Equis Entrada. ¿Y qué decir del Cfr?. ¿Me están diciendo cifrar o conferir o confrontar?

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El apéndice del cuerpo humano no es el apéndice del cuerpo textual; la nota al pie lo es. Se puede vivir con ella mientras no estorbe; si estorba, el cuerpo puede perfectamente vivir sin ella.

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A favor: un libro sin notas al pie es como un puré sin sal. En contra: ¿para qué llenar el prado de hormigueros?

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En nuestra vida textual, pocas cosas hay tan frustrantes como ser llamado al pie, bajar y recibir un mero “ibid”.

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Hay tres tipos de lectores: los que no leen las notas al pie, los que leen salteadas las notas al pie, y los que leen las notas al pie. Yo pertenezco a los últimos. Siento que algo se me va a ir si no leo la nota al pie; siento, mejor dicho, que en la nota al pie no atendida pudo estar la cifra de mi vida, entonces revelada. Si después de la palabra París o de la palabra Venus me llaman al pie, voy, aunque sepa que al pie me dirán “Capital de Francia” y “Diosa del amor”. Y me quedo fijo en la nota, estudiándola, negándome a que me digan que París es la capital de Francia y que Venus es la diosa del amor. Debe haber algo más, siempre, atrás de notas así. Estas notas suelen ser las más hipnóticas e insondables.

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La primera nota al pie que ponemos en la vida, no por solicitud escolar de alguien, sino por cuenta propia —digamos, en un trabajo de la Prepa… es siempre un ejercicio de pedantería. Y el joven, sonrojándose, lo sabe. De jóvenes no necesitamos notas al pie no pedidas.

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Ya es imposible leer El Quijote. Uno se queda fijo en la primera página a ver qué está diciendo el experto anotador, al pie, sobre “duelos y quebrantos”.

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Ditto. Hoy las Soledades de Góngora son un poco de vodka con tres litros de clamato en forma de notas.

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No pongas al pie nada que no puedan resolver unos paréntesis.

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El epígrafe es el pariente rico del texto; la nota al pie es el pariente pobre. Quizá por eso recelamos de algunos epígrafes; quizá por eso buscamos en las notas al pie la riqueza “verdadera”.

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La muda bibliografía, en el traspatio, tiene un odio secreto por las parlanchinas notas al pie en la sala.

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En las conversaciones más aburridas ocurren embozadas notas al pie: “Fuimos a cenar al Millie’s, un restaurant que está en la esquina de tal y tal, con valet parking, aunque al lado hay también un estacionamiento aunque tiene el problema de que lo cierran a las doce, claro que si sólo vas dos horas al restaurant te da perfectamente tiempo, y el problema del valet es que tienes que fijarte que el valetero —oye, ¿es valet o valetero?, porque yo lo he oído de las dos—, o sea que el valetero tenga su debida acreditación, porque hay que ver lo que le pasó al Tobi, que le dejó su carro a quién sabe quién, y también al Willy, aunque el Willy alcanzó a agarrar al ladrón porque le avisó un valetero de verdad. O lo del Pablotas, que perdió con un lavacoches. O ver también lo del tianguis de la Cibeles, que les dejas el carro y te lo vuelan, pero eso te lo cuenta bien Patricia…” et passim.

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Una nota de autor siempre es mejor a una nota de editor, que siempre es mejor a una nota del traductor, puesto que una nota del traductor llama indefectiblemente a “Juego de palabras intraducibie”.

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Algunos trabajos académicos harían suponer que el Diablo inventó las notas al pie mientras Dios andaba de sabático.

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Y la historia de la nota al pie es efectivamente la historia de algo que transitó de la Biblia a los detalles del diablo, como lo cuenta Chuck Zerby en una deseable y hermosa historia de la nota al pie, o mejor: en una historia que da cuenta de por qué la nota al pie es deseable y hermosa (Chuck Zerby: The Devil’s Details. A History of Footnotes, Invisible Cities Press, Montpelier, Vermont, 2002, 150 pp.) Un poco antes de 1568, en Londres, Richard Jugge, el impresor senior de la Reina, inventó la nota al pie, cuando tuvo a su cargo la impresión de la Bishops Bible, así apodada porque fue la respuesta a cargo del Obispo de la Iglesia de Inglaterra a la subversiva y peligrosamente popular Biblia de Génova, calvinista. “Las biblias”, escribe Zerby, “eran campos de batalla; sus márgenes derechos e izquierdos eran las trincheras donde se escribían anotaciones y citas contra las malas interpretaciones de las biblias previas: católicos contra luteranos, luteranos contra calvinistas, calvinistas contra la Iglesia de Inglaterra, y la Iglesia de Inglaterra contra todos”. Una vez agotados los márgenes al anotar una página del Libro de Job, Jugge tuvo la iluminación de poner al pie la nota siguiente “(f)”, y la siguiente, “(g)”.1 Zerby añade lo que debió pasar por las cabezas del tipógrafo encargado, y de los niños que ponían los tipos bajo su mando. Esta nueva nota al pie debió haber sido un tormento. Los tipos pequeñísimos debieron poner nerviosos al niño que le tocó poner por vez primera esos tipos. No daba ninguna seguridad el que resultara bien poner la nota al pie de la página, y a esto le seguía una segunda nota (g), y todo esto venía precisamente en las tribulaciones de Job. “El niño que componía los tipos”, concluye Zerby, “debió morderse el labio de preocupación: ¿era esto esto una señal de más tribulaciones por venir en forma de notas al pie?”. Hasta las tribulaciones de Job pasaron; en cambio, la nota al pie había llegado para siempre.

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La nota al pie más imprescindible que yo recuerde es la de H. Bustos Domecq, puesta en algún lugar del prólogo de Gervasio Montenegro a las Crónicas de H. Bustos Domecq. Dice Montenegro: “En el caso presente, por otra parte, el prólogo al que presto mi firma ha sido impetrado por uno de tales camaradas a quien nos ata la costumbre”. En “impetrado”, H. Bustos Domecq, el prologado, pone esta nota al pie: “Semejante palabra es un equívoco. Refresque la memoria, don Montenegro. Yo no le pedí nada; fue usted el que apareció con su exabrupto en el taller del imprentero”.

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Como no he leído a Platón, nunca me ha gustado aquello de que la filosofía occidental es una inmensa nota al pie, al pie de Platón; como tampoco he leído filosofía occidental, bien a bien me daría lo mismo que esa filosofía fuera una nota al pie, al pie de Platón. Como bien a bien, al respecto, sólo he leído al previo Heráclito, creo que lo de Heráclito son las mejores y más ceñidas notas que se hayan hecho al pie, al pie del mundo.

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Edward Gibbon es el Shakespeare de las notas al pie.


1 Curioso que las notas al pie empezaran con letras. Alguna vez escribí: “Era tan snob que sus notas al pie iban con letras”.