Hidalgo fue a la posibilidad de la nación lo que Iturbide a la posibilidad del Estado. Ambos fracasaron. Pero los que nos dan patria siempre son héroes, los que nos dan Estado casi nunca, porque el Estado, véasele como se le vea, siempre es feo.

El mundo moral sigue las reglas del mundo físico”, escribió Agustín de Iturbide en el otoño de 1823, “¡cuántas razones se podrían exponer contra la soñada república de los mexicanos”. Y sentenciaba: “Las desgracias y el tiempo dirán a mis paisanos lo que les falta. ¡Ojalá me equivoque!”.

¿Se equivocó? ¿Cómo? ¿O erró la patria al borrarlo del panteón de los héroes? ¿O cuánto falta mucho para que ya esté bueno de héroes y anti-héroes?

iturbide

Tú, que tantos hombres has sido…

En 1783, en Valladolid, nació don Agustín de Iturbide y Aramburu, puro de sangre, criollo tan de bien como entonces hubo. No se hizo sacerdote porque fue lo otro que podía ser un buen criollo: militar de carrera al servicio de su majestad española en el reino de la Nueva España. Entre 1810 y 1814 entró en acción en las revueltas que siguieron al levantamiento de Hidalgo. Se distinguió, aunque ganó también el disgusto de la “gente decente” de Guanajuato, por las severas medidas que tomó para erradicar las guerrillas que asolaron el centro del reino. Y es que don Agustín decretó que los familiares directos de todos los criollos sospechosos de insurgencia fueran secuestrados por el ejército realista. No fue para menos el disgusto de la gente decente del Bajío que tenía un pariente en el ejército realista y otro de padrecito hecho guerrillero o intelectual insurgente. Pero ya para 1815, Iturbide había sido perdonado y la insurgencia derrotada.

Entre 1814 y 1820, Iturbide fue oficial de renombre, amigo, socio y colega de virreyes, generales y jerarcas de la Iglesia; era el valiente por antonomasia, no muy lúcido, arbitrario, astuto, duro como lo exigían las circunstancias. Su vida de valiente fue hecha posible, como su vida de héroe a partir de 1821, por el miedo atroz a la inseguridad, las matanzas y desmanes en el campo y las ciudades. Ante este terror, la República no era ni un bando consolidado ni un sueño bien formado.

Iturbide actuaba dentro de un limitado universo de posibilidades: diez años de violencia y opciones políticas rápidamente cambiantes, en México y en España, y todo marcado por tajantes y explosivas divisiones y revanchas sociales. Francisco Bulnes lo dijo mejor que nadie: “Para un militar refinadamente aristócrata como Iturbide, un demócrata en todo su esplendor debía parecerle un criminal, y al mismo tiempo un andrajo”.

Pero 1820 vio nacer a Iturbide el héroe, el más popular que la América del Septentrión había conocido hasta entonces. Una heroicidad que duró, sin embargo, pocos años: para 1824 Iturbide era el primer traidor absoluto de la historia nacional, uno de esos villanos indispensables para las historias patrias. Iturbide. el héroe, se vislumbra en la Profesa, pero inicia su ascenso rumbo a la costa del Pacífico, en pos de uno de los últimos guerrilleros en activo —Vicente Guerrero y sus tropas de indios, mulatos y mestizos—. El Plan de Iguala, el abrazo de Acatempan y los tratados de Córdoba sellan, como si para siempre, la heroicidad de Iturbide. Fue entonces el pequeño Bismark criollo, el estratega que con un pacto atendió las demandas de varios sectores, negoció las concesiones respectivas y logró así, al menos en papel, la independencia, la religión y más igualdad dentro de la continuidad del orden, del Estado. Parecía al fin la paz pero también la autonomía, lo cual, después de la década de caos y violencia, no debió haber parecido moco de pavo.

Como héroe, Iturbide representó una fórmula nada baladí: Independencia sin destrucción del Estado. El Plan de Iguala recetaba lo que muchos en la España borbónica pensaban necesario, a saber, las autonomías regionales basadas en la fidelidad simbólica, cultural y legal a un soberano. “No soy ni europeo ni americano”, escribió al virrey en 1821, “soy cristiano, soy hombre, soy partidario de la razón”. Y a Fernando VII le escribe explicándole lo inevitable de la independencia y la necesidad de no derramar sangre, de lograr una “dulce separación”. El Plan pedía a Fernando VII, o a un noble de su linaje, que aceptara ser el soberano del nuevo reino. Esbozaba, con la ambigüedad de cualquier pacto fundador de naciones, una monarquía constitucional que respetaría la Constitución de Cádiz de 1812 hasta alcanzar un nuevo pacto. Decretaba, al menos en papel, la igualdad de castas, el fin de la esclavitud, pero no el fin de los fueros de la nobleza, el clero y la milicia. A buen ver, esta era la única igualdad pensable en esos años, lo mismo para criollos de avanzada como Simón Bolívar que para criollos pragmáticos como Iturbide.

Iturbide fue un héroe popular si los ha habido, su figura fue reverenciada por propios y extraños. Inclusive, los republicanos radicales, en 1821 una verdadera minoría, no vieron con tan malos ojos el artilugio legal que significaba el Plan de Iguala. Veían como traición la posibilidad de un soberano europeo, pero el abrazo de Acatempan hizo ver que la insurgencia también era capaz del pragmatismo indispensable para la formación de un Estado. Y de este pragmatismo, de esta heroicidad, nació la patria. Pero, otra vez Bulnes: “el abrazo de Acatempan fue una comedia de altos intereses, ocultando un reto a muerte”.

¿Hay heroicidad fuera de las ambiciones personales? Iturbide viró de héroe a emperador. Fue emperador no al traicionar su heroicidad, sino al ejercerla. Mas la virtud o vicio de Iturbide, el emperador, no es discernible si sólo se lee la historia patria. Hay que ver a Iturbide inmerso en la historia del declive del imperio español, de la España de guerras religiosas, de independencia y sucesión, de la crisis del liberalismo posterior a las peores etapas de la revolución francesa; hay que ver a Iturbide dentro del espesor americano donde, por un lado, una república de ex esclavos (Haití) se volvió dictadura sanguinaria, y, por el otro, Estados Unidos enarbolaba conceptos de federación y ciudadanía difíciles de copiar para sociedades aún regidas por castas y serias divisiones regionales y étnicas, pero con un consenso irrefutable: Dios y el Rey. Tan difícil era para los reinos españoles de América aceptar las nociones de federalismo, autonomía y ciudadanía propagados por Estados Unidos, como tolerar la esclavitud que no tuvo empacho en mantener la primera gran nueva República.

En este contexto, la heroicidad de Iturbide, por un lado, y el fantasma del caos institucional ante la negativa de la corona a reconocer el Plan de Iguala y los tratados de Córdoba, por el otro, hicieron casi inevitable la nueva reencarnación del héroe de Iguala. Sería emperador. Se desempolvaron los libros de protocolo real, se inventaron al vapor ritos y etiquetas, pastiche de republicanismo, monarquía y catolicismo barroco. Se abusó de las formas para darle un nuevo rostro a la continuidad del Estado, porque el Estado es, en su función cotidiana, mero emblema. Pero era ley que el padre de la patria fuera el jefe. Que a Iturbide se le pasó la mano, eso ni hablar: con el poder suele pasar esto. La historiografía patria ha enfatizado la costosísima parafernalia del Estado que Iturbide intentaba salvar. Pero no hay un Estado que pueda prescindir de tales gastos.

Iturbide, el que tantos hombres supo ser, renunció a su cetro y ganó el exilio europeo, con esposa y una retahíla de hijos: del exilio regresó en 1824 para tratar de ser nuevamente el salvador de la patria, pero se había decretado su fusilamiento. Y el que fuera el valiente, el héroe y el emperador fue fusilado en Padilla. Tamaulipas, como forzándolo a alcanzar su última personificación: la de un embarazoso cadáver que no cesa de dar patadas a la historia nacional.

Mejor y más útil que el héroe, sólo el anti-héroe

 Sin villanos no hay historias patrias; el traidor, la traidora, es consustancial al relato “patria”, sin él o ella no hay historia que contar. Al villano de película, ya fuera de escena, se le tributa igual admiración que al héroe de la trama. El villano de las historias patrias nunca sale de escena. Yo soy de la idea de que el panteón de la patria debiera ser un simple salón de la fama, uno que incluyera a los héroes, heroínas, villanos y brujas que nos dieron trama que contar. E Iturbide ahí, más faltaba.

Pero Iturbide, el que tantos hombres supo ser, aún no es visto en paz, aunque su figura haya sido objeto de debates por más de ciento cincuenta años. Fue el propio Santa Anna en 1833 quien ordenó que los restos del ex emperador fueran trasladados a la Catedral metropolitana, como un reconocimiento no sólo del papel que Iturbide había jugado en la independencia, sino del oprobio que fue su asesinato. Su muerte fue una deshonra para los criollos, una que sólo pudo disipar lo que siguió, un tropel de invasiones extranjeras y de republicanismo radical. Fue el presidente Anastasio Bustamante quien en 1838 finalmente llevó a la Catedral los restos del comandante en jefe del ejército trigarante. Pero poco a poco ganó la versión liberal del gran enemigo: Iturbide, el ambicioso, el traidor, el aristócrata, el anti-popular, el anti-mexicano.

Para 1910, cuando la patria cumplió su centenario, Iturbide seguía siendo un villano innombrable. Los restos de héroes como Hidalgo y Morelos fueron trasladados al monumento a la independencia, en el cual hasta un oscuro irlandés del siglo XVII, Guillerme de Lampart, considerado por algunos el precursor de la independencia y que fuera quemado por la Inquisición, ganó un monumento, aunque en lugar no del todo visible —para evitar la reacción católica—. Pero Iturbide no fue siquiera mencionado en la columna de la independencia. En ese año de 1910, de todos lados de la república llegaron ideas acerca de cómo conmemorar el centenario de la independencia, y de Veracruz llegó ésta: cambiar la séptima estrofa del himno nacional que a la sazón rezaba: “Si a la lid contra hueste enemiga / los convoca la tropa guerrera / de Iturbide la sacra bandera / Mexicanos valientes seguid”. Don Porfirio Parra, a nombre de los organizadores oficiales de la celebración, aceptó la propuesta, y donde dijera “de Iturbide la sacra bandera”, ahora dice “de la patria la sacra bandera”.

Las cosas no fueron mejores para la imagen de Iturbide durante los años de lucha revolucionaria. En 1915 Antonio Díaz Soto y Gama, como representante del zapatismo en la convención revolucionaria, casi es baleado por tirar de la bandera y llamarla el símbolo “del triunfo de la reacción clerical encabezada por Iturbide”. No se equivocaba don Antonio: eso era y es la bandera tricolor. En fin, el espantajo de Iturbide rondaba y ronda la historicidad de la patria, y vamos para doscientos años de expurgar su nombre de los renglones patrios, aunque, decía Amado Nervo,

¿Quién borrará tu nombre de la historia sin borrar de tu enseña los colores?

¿Qué clase de no-héroe es éste que al borrar su nombre arriesgamos dejar a la patria sin bandera y sin rostro? Por fortuna, desde siempre ha habido historiadores que dudan del consenso oficial. Uno entre ellos el que más: Francisco Bulnes, quien a raíz del centenario de la independencia reparó en la figura de Iturbide a contraluz de héroes tan traidores a sus respectivas causas y orígenes como el propio Iturbide (Hidalgo, Allende, Mina). “¿Por qué tanto escrúpulo contra Iturbide?”, se preguntaba Bulnes en 1910. Por su parte, la historiografía reciente, en pocas pero definitivas cantidades —sobre todo gracias a los trabajos de Timothy Anna, pero también de Eric Van Young, Javier Ocampo, Brian Hamnett, Marco Antonio Landavazo—, ha mostrado que Iturbide y su fallido imperio fueron un intento infructuoso por lograr la independencia dentro de la paz social que permitiera la supervivencia de las instituciones legales. Se ha hecho evidente para los historiadores que la imagen del Iturbide traidor y ambicioso es lo menos importante. Iturbide fue un personaje complejo que, por ejemplo, se resistió por varios meses a convertirse en emperador y que, antes de decidirse a serlo, consultó a todas las regiones militares para conocer el sentimiento local; un personaje que lo mismo disolvió un Congreso para darse poderes absolutos, que renunció al trono a pesar de que ninguna de los alzamientos en su contra (Santa Anna. Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, José Antonio Echávarri, Luis de Cortázar y José María Lobato) pedían su destitución o siquiera el fin de la monarquía, sino el restablecimiento del Congreso. Y la historiografía también nos lleva a concluir que inclusive en 1824 la República y el republicanismo eran poca cosa ante el miedo al caos y la violencia, así como ante la fidelidad a una religión y al mantenimiento de la institucionalidad. Por último, varios trabajos demuestran lo dicho: el gran anti-héroe de la historia nacional fue lo que fue en gran medida gracias a su extensa popularidad y arraigo en muchos sectores de la sociedad novohispana. Cada país tiene los héroes que quiere y los anti-héroes que se merece.

El Estado, ese consuelo de tontos…

Lo que Hidalgo (con el estandarte guadalupano) fue a la posibilidad de la nación, Iturbide fue a la posibilidad del Estado. Ambos fracasaron. Con su astucia, Iturbide intentó lograr una nueva nación pero a través de la existencia del Estado; y con sus errores y abusos, si no frustró, sí debilitó una de las opciones para lograr un Estado más o menos representativo, más o menos viable, para una nación nueva que surgía de la disolución del imperio español.

La historiografía patria siempre ha considerado como la más grande estupidez, como un ir totalmente contra natura, el pacto consagrado en el Plan de Iguala y los tratados de Córdoba, los cuales hacían posible la continuidad de la legalidad y el Estado a través del símbolo del monarca. Y esta “estúpida” idea fue una constante en América a todo lo largo de la primera mitad del siglo XIX. Estupidez era esa de creer, como Iturbide, en la necesidad de un monarca extranjero, de un soberano de, como decía el Plan, “casa reinante, para hallarnos con un monarca ya hecho y precaver los funestos atentados de la ambición”. Esa aparente estupidez era en verdad una de las opciones más viables para lograr un Estado que hiciera posible la nación.

Iturbide y su frustrado imperio lo intentaron, y tal opción no se agotó en México sino hasta el fracaso del imperio de Maximiliano. Quizá para entonces ya no era una opción viable la idea de un soberano extranjero como manera de fincar la práctica y simbología del Estado. En el mundo de las opciones históricas no existen fechas de caducidad previamente determinadas. Pero en 1821 la opción no tenía nada de estúpida. Entonces, la idea debió parecer menos aventurada, por ejemplo, que la democracia española en 1975, cuando España quedaba en manos de una vieja clase política y de un joven rey Borbón que había sido seleccionado y entrenado por Francisco Franco y su entourage. No, no era una estupidez la de 1821: a lo largo del siglo XIX la “estúpida” opción fue una verdadera posibilidad buscada por Perú, o por Brasil o por México, o por Canadá.

Brasil es un buen paralelo. En 1822 logra la independencia a través también de un grito pero que es en verdad un pacto, similar al Plan de Iguala, nada más que encabezado por dom Pedro, hijo del monarca portugués quien, a través de la figura y trabajos de José Bonifacio (un Maquiavelo de samba y pandeiró), preparó la continuidad del Estado por si llegaba el momento, más que predecible, de declarar al Brasil una nación independiente. El peso simbólico, económico y político que trajo consigo la corte portuguesa que se mudó a Río de Janeiro en 1809 es heredado a dom Pedro. Por seguro el Imperio brasileño sufrió innumerables vicisitudes entre 1822 y su caída en 1889, pero sin duda la opción monárquico-constitucional no fue ninguna estupidez: la nación brasileña se hizo posible con mayor estabilidad política, con mayor noción de Estado, que ninguna de las naciones del continente, incluyendo a Estados Unidos que hasta la guerra civil vivió al borde del colapso de un Estado aún mal enraizado en un vasto territorio.

Hay que ver a Iturbide no como héroe o antihéroe, sino como el termómetro de los cambios en la heroicidad que respetamos. Héroe ha sido la víctima, el mártir o el santo. No más. ¿Todavía? ¿Fingía Hidalgo fidelidad a Fernando VII? ¿Aspiraba a la formación de la patria México? ¿Se imaginaba cómo o cuándo se formaría un Estado nuevo? ¿Un gobierno? Poco probable. Iturbide sí. No es para tener nostalgia por él, pero es dentro de la historia de la posibilidad del Estado que Iturbide tiene algo que decirnos. Hidalgo es uno en la lista que iría de él a Francisco Villa o, si me apuran, a Samuel Ruiz o al subcomandante Marcos. Iturbide va en otro carril: en el que corren personajes tan difíciles como Juárez —a quien la muerte libró del pecado de la vida, porque si Juárez no hubiera muerto todavía sería presidente—. O como Porfirio Díaz o Plutarco Elías Calles.

Los que nos dan patria siempre son héroes, los que nos dan Estado casi nunca, porque el Estado, véasele como se le vea, siempre es feo. También, so far; indispensable. Se puede vivir en la ficción de que la patria, al menos en una edad dorada del pasado o en un futuro prometedor, fue o será lo soñado. Del Estado sólo podemos esperar que sea lo menos malo posible, pero que sea.

Iturbide, pues, es el hacedor de la independencia nacional —mero hecho irrefutable—. También es el primer héroe o anti-héroe (para el caso da lo mismo) de la posibilidad misma de un Estado mexicano. Posibilidad que no se vuelve realidad para México sino hasta la entrada en la historia del otro gran anti-héroe: Porfirio Díaz. Por eso digo que siempre son feos los hacedores de Estado, decantan en anti-héroes, papel que es con frecuencia más útil que el de héroe. Se hace patria al construir Estado, pero para hacerse de la heroicidad impoluta y romántica a la que el nacionalismo nos tiene acostumbrados, no hay como darse a morir por la patria y sus sueños sin meterse en la monserga de pensar al Estado.

Bueno, bueno: ¿héroe o traidor?

No hubo traidor ni héroe. Quizás Iturbide merezca su canonización como uno de los tres santos traidores del siglo XIX mexicano (los otros dos Santa Anna y Porfirio Díaz), pero ¿qué decir de una historia nacional que requiere de esta trinidad?

Que ya está bueno de preguntar “¿quién el traidor ha sido?”. Nunca se hacen las paces con el pasado, sino con el futuro: mejor ver qué arreglos sociales, qué cultura política pueden promoverse para que se vuelvan innecesarios los héroes prístinos y los anti-héroes supremos: arreglos que permitan el menos malo de los Estados, sin que sea una traición pensar al Estado posible —lo cual siempre involucra perfidias contra los sueños—. En la historia mexicana, Iturbide tendrá un lugar, diferente al de divino traidor, cuando ésta sea el recuento de lo posible y no la leyenda del sueño que nos robó una enfermedad del destino. n

 

Mauricio Tenorio Trillo