TUMBAS SIN SOSIEGO LA INDEPENDENCIA Y LA PAZ DE LOS SEPULCROS

POR CLAUDIO LOMNITZ

La independencia mexicana no cobra un sentido histórico venerable sino hasta el momento en que el país como un todo logra cierta estabilidad, a fines del siglo XIX, con la dictadura de Porfirio Díaz.

Nada más difícil que narrar la saga de la nación cuando ésta aún no existe en la mente de quienes serán sus hijos. Las naciones nuevas, criaturas de la recién nacida política popular y de los medios impresos que la hicieron posible, tratan de incorporar en una comunidad homogénea a actores sociales que hasta entonces se identificaban sólo por el vasallaje común a un rey, por su filiación incondicional a una religión, o por su adscripción a una corporación urbana.

La independencia mexicana fue terreno de disputa a lo largo del siglo XIX. Todavía en 1883, el historiador y viajero norteamericano Hubert Bancroft hace la siguiente observación en su paso por San Luis Potosí:

Hoy. 27 de septiembre, cien años después del hecho, en esta capital relativamente aislada, hay dos facciones que en la plaza están cerca de caerse a golpes a propósito de una celebración de Iturbide. Los curas insisten en honrar su memoria, en tanto que el partido en el gobierno jura que no se hará.1

En el caso de las nuevas naciones latinoamericanas, el problema de la historia nacional se centraba en cómo figurar a la nación como un personaje, y a su habitante ideal, el ciudadano, ante aquellos que aún se identificaban como españoles, indios, esclavos o sujetos de una ciudad. Guadalajara o Córdoba, y no como ciudadanos de una nueva unidad política, México o Argentina. Los nuevos nacionalistas tenían que vencer el obstáculo de la jerarquía social (que fue tornándose durante el XIX en “la cuestión de la raza”) y el de las identidades políticas y territoriales (que se fue convirtiendo en “la cuestión regional”).

Se ha escrito bastante en los últimos veinte años sobre los medios y las estrategias que se usaron para narrar a la nación, para contar la historia de los países como si se tratara de la historia de una nación unificada, tripulada desde siempre por aquel actor mítico, “el ciudadano”.2 En América Latina la historia nacional fue contada en clave de novela, la nación se identificó con un personaje, y las versiones alternativas de la nación, con dos personajes rivales. En estas novelas, las tendencias históricas que debían ser domadas o canalizadas eran representadas por personajes femeninos o de castas inferiores, redimidos por el matrimonio o por la muerte.

La estratagema narrativa que culmina en novelas como Doña Bárbara o Los bandidos de Río Frío fue estudiada por Doris Sommer, quien mostró cómo se utilizaron metafóricamente el amor, el sexo, la familia y la raza para ir subordinando e incorporando a los sujetos sociales a la nueva identidad nacional.3 A partir de la publicación del libro ya clásico de Benedict Anderson, hace ya casi veinte años, se ha analizado ampliamente el papel de la narrativa y de los medios en el desarrollo del nacionalismo.

Sabemos bastante menos de las formas en que los nuevos imaginarios de lo nacional se reflejaron en la gente de carne y hueso de la época. ¿Cómo se incorporó la idea de la ciudadanía en las costumbres, los modos y modales de la época? ¿Era diferente el manejo del cuerpo de quien se consideraba ciudadano al de aquel que se sentía ante todo criollo, indio o habitante del Soconusco? Tal vez podríamos entender mejor los éxitos y fracasos de los distintos proyectos nacionales de la época a partir de las costumbres, de los lenguajes corporales, y aun de los mismos cuerpos de quienes se veían o eran vistos como miembros de las nuevas naciones.

En este ensayo busco explorar esta posibilidad a partir de una cuestión aparentemente banal: qué pasó con los restos mortales de quienes, por su papel político y social, eran identificados hasta el tuétano con lo nacional.4

los huesos de antaño

En tiempos coloniales, un cadáver podía ser de un personaje ilustre o de un santo, de parroquiano o de apóstata, de judío o de pagano. En el caso de los cadáveres de santos, existía un proceso bien establecido para tramitar la beatificación y la canonización. A este proceso se le daba inicio con toda la precaución de testigos y de testimonios notarizados, necesarios todos para mostrar que se trataba en verdad de una persona santa, y no de un charlatán ni de un brujo. Como estos procesos eran bien largos, los restos de quienes la comunidad creía santos eran frecuentemente convertidos ipso facto en reliquias, como sucedió, por ejemplo, con los huesos de Vasco de Quiroga, que fueron defendidos por miles de indios de Valladolid contra un intento de la mitra de trasla darlos a Tlaxcala. Una vez repelido este intento, y no contenta la devoción de los indios, con haber impedido la ejecución por entonces, tomaron otros dos medios que les asegurase en lo porvenir. Hicieron al Padre Rector de la Compañía [de Jesús, se notificase en forma, que en ningún caso permitiese sacar de allí aquellas venerables cenizas… El otro arbitrio que éstos tomaron, fue poner encima del sepulcro una lápida de tan enorme magnitud y peso, que habiéndola querido mover algunos días antes, no bastaron quinientos hombres a llevarla por un tiro de piedra…5

En el caso de los cadáveres de hombres y mujeres ilustres, como el cuerpo de un virrey o de una noble, lo que se podía esperar en ese tiempo eran pompas fúnebres magníficas con grande acompañamiento de las corporaciones religiosas y de las de la ciudad, un funeral a cuerpo presente (como lo eran todos en aquella época) con oraciones fúnebres doctas y bastante largas, algunas veces sentimentales y casi siempre exageradas (al menos vistas desde la sensibilidad moderna), una magnífica pira fúnebre, con jeroglíficos pintados y sus versos explicativos. Estos cuerpos ilustres eran enterrados junto a altares de grande devoción.

Podemos afirmar que en los largos siglos de la época colonial los restos de los cristianos que murieron en la fe no corrían demasiado riesgo de ser desecrados, y pocos eran trasladados de una tumba a otra más allá de su paso de la tierra a un osario. Por lo general, el traslado de los restos sucedía únicamente en casos donde la cuestión había quedado especificada en el propio testamento del difunto.

Tal vez la gran excepción a esta regla en la Nueva España fueron los restos de Hernán Cortés, traídos de vuelta a México de España por indicaciones del propio conquistador, pero vueltos a trasladar y a ser honrados con gran pompa en dos ocasiones bien posteriores: la primera en 1629, poco después de la rebelión que sacudió la ciudad, y la segunda por el virrey Revillagigedo en 1790, de nuevo con grandes pompas y celebraciones. Los restos del conquistador tuvieron un lugar especial en México por su asociación con el Paseo del Pendón, que se hacía todos los años para la celebración de san Hipólito, patrono de México, y fecha del aniversario de la caída de Tenochtitlan.

En el polo diametralmente opuesto al trato que recibían los huesos de santos y de personajes ilustres estaba el destino que se deparaba a los restos de judíos y de paganos remisos. Martín de Guijo describe un auto de fe en una entrada de su diario de mediados del siglo XVII:

Primeramente sesenta y seis estatuas de hombres y mujeres que habían muerto en la secta de Moisés, las cuales traían indios de los pueblos circunvecinos, y detrás de algunas estatuas traían otros indios cargados los huesos de algunos, en sus ataúdes, cerrados con llave, pintadas de color parda y negra, y con cada una estatua venían dos padrinos españoles republicanos…6

Una vez ordenados en el quemadero de san Lázaro, se les colgó un san Benito a los restos de cada uno de estos judíos o supuestos judíos, y luego fueron quemados en un gran y solemne acto público. Trato parecido recibieron los restos de las momias huicholas capturadas en la campaña del Gran Nayar a principio del siglo XVIII.

EL CUERPO INDEPENDIENTE

Las guerras de independencia y la independencia nacional transformaron la política del cuerpo tanto como afectaron al cuerpo político. Basta dar una ojeada al destino de cuerpos de personajes como Miguel Hidalgo, para percibir la naturaleza del cambio. La cabeza de Hidalgo, como las de sus colaboradores más cercanos, fue cortada y enviada de Chihuahua a Guanajuato, donde se exhibió fuera de la Alhóndiga de Granaditas, o sea en el lugar de su crimen más repudiado.

Ya en este primer viaje del cuerpo de Hidalgo hay pistas que dejan entrever la novedad histórica del movimiento independiente: la utilización del cuerpo de un ajusticiado para escarmiento público no era, desde luego, novedad alguna, pero sí llama la atención la larga distancia que recorrió la cabeza de Hidalgo. Se trata de un índice cierto del nacimiento de la política popular, que rebasó tan largamente los límites de la antigua política, que usualmente se cernía a la comarca.7

Igualmente novedoso es el hecho de que los restos (reales o simbólicos) de personajes como Hidalgo, Morelos o Matamoros que, como sacerdotes que fueron, habían sido juzgados por la inquisición y excomulgados antes de ser entregados al brazo civil para su ejecución, fuesen luego rescatados de la ignominia y vueltos a enterrar con grandes honores.

Aquí queda en evidencia un segundo aspecto de la política popular que se estrenó con el movimiento de independencia: la falta de acuerdo respecto del sentido de la historia, reflejado en el propio cuerpo de sus líderes.

A partir de la independencia, y durante casi todo el siglo XIX, los cuerpos de los personajes asociados con la soberanía popular no tuvieron su descanso asegurado, y muchos de ellos sufrieron vejaciones, traslaciones, y honras fúnebres en múltiples ocasiones. Algunas grandes figuras de la independencia, como Guerrero e Iturbide, fueron fusiladas por mexicanos sin recibir siquiera la honra implícita en los cuidados jurídicos que merecieron Hidalgo y Morelos antes de ser ejecutados.

El nuevo espíritu de reinscripción de la historia en los cuerpos de los héroes puede verse ya en 1823, cuando la junta de gobierno de la ciudad de Oaxaca inicia un expediente para la exhumación de los huesos de Hernán Cortés y en pro de la destrucción de su sepulcro. La junta proponía poner los huesos de Morelos en el lugar de los de Cortés. Sin embargo, los restos del conquistador fueron rescatados y escondidos a tiempo por Lucas Alamán, quien fuera albacea del marquesado del Valle, pero también autor de una de las más importantes versiones de la historia nacional.8

Otros casos interesantes son el muy conocido de la pierna de Santa Anna, que recibió primero honras fúnebres y mereció un túmulo en el panteón de Santa Paula, y que luego fue sacada de su urna y arrastrada por la ciudad por el partido contrario al dictador.

Un último caso, que vale la pena mencionar por curioso, pero también porque muestra los límites de la soberanía nacional en la época, es el de los restos de don Guadalupe Victoria, que estaban depositados en un mausoleo en su estado de Veracruz, con las vísceras preservadas en alcohol. Se dice que durante la invasión norteamericana, el ejército mexicano no alcanzó a trasladar a tiempo los restos de este prócer, y que dos soldados americanos ultrajaron su tumba, emborrachándose con el alcohol en que iban preservados sus órganos internos. Aparentemente, los soldados murieron seguido al acto, lo que fue interpretado como muestra del valor de Guadalupe Victoria, que seguía luchando por su patria desde la sepultura.9

No será sino hasta ya entrada la dictadura porfiriana que se estabiliza la historia nacional en grado suficiente para garantizarle la paz del sepulcro a los grandes caudillos de la nación. El traslado de restos de grandes personajes a la Rotonda de los hombres ilustres, construida expresamente en el recién estrenado Panteón de Dolores, produjo por fin una imagen verosímil del pueblo mexicano como un todo orgánico, ya que la rotonda se construyó en el medio de un panteón que tenía secciones para todas las clases sociales (iba dividido en seis clases).

Es por esto que durante el porfirato se nota grande afición a los entierros oficiales, y a aniversarios fúnebres aún de los antiguos adversarios de Díaz, como el impresionante centenario que se le hizo a Benito Juárez en 1906. Se nota en ese tiempo una conciliación general de las facciones en la paz de los sepulcros. Así, podemos concluir que la independencia mexicana no cobra un sentido estable y unívoco sino hasta el momento en que el país como un todo logra cierta estabilidad. Sin embargo, el movimiento, con sus jefes, sus facciones, sus héroes y villanos, podrá siempre volver a ser objeto de discordias en momentos en que la dirección política del país esté en juego.   n

1 Observations on México. Manuscrito. 1883. Bancroft Library. Universidad de California. Berkeley. p. 41; la traducción es mía.

2 Esta literatura inicia con el afamado libro de Benedict Anderson. Imagined Communities. Versop. Londres, 1983. Véase también Homi Bhabha (ed: Sation and Narration. Routledge, Nueva York. 1990.

3 Foundational Fictions. University of California Press, Berkeley, 2001.

4 Este ensayo desarrolla algunos de los temas explorados en detalle en mi libro Deep México, Silent México: An Anthropoly of Nationalism. Minneapolis, University of Minnesota Press, 2001.

5 Rafael Aguayo Spencer (comp.): Don Vasco de Quiroga. Documentos. Talleres Gráficos Acción Moderna Mercantil, México, 1939, p. 137.

6 Diario, tomo I, 1648-1654. Porrúa, México, 1953, p. 39.

7 William Taylor: Drinking, Homicide and Rebellion in Colonial Mexican Villages. Stanford University Press, Stanford, 1979.

8 Los documentos acerca de la iniciativa oaxaqueña fueron reproducidos en el segundo volumen de las Disertaciones de Lucas Alamán, Editorial Jus, México, 1969: la historia completa de los restos de Cortés está en José Luis Martínez: Hernán Cortés, Fondo de Cultura Económica. México. 1990, pp 780-85.

9 Alejandro Villaseñor y Villasertor: Biografías de los héroes y caudillos de la independencia. V. 2. Jus, México, 1962. pp. 267-268.