LA INDEPENDENCIA QUE NO FUE

POR JOHN H. COATSWORTH

Entre 1776 y 1812, México perdió tres oportunidades para obtener su independencia de España, protegerse contra las ambiciones territoriales de Estados Unidos e impulsar su economía hacia el “Primer Mundo”.

1.- Durante muchas generaciones los historiadores han estudiado las estructuras profundas e inmutables, las tendencias inexorables de larga duración, grandes paisajes en los que los detalles no importan mucho. Hoy vivimos en un mundo de accidentes, contingencias y significados múltiples, y hemos desviado nuestra atención a los desastres naturales, las expresiones culturales únicas y las idiosincracias de grandes y pequeños individuos.

Tenemos muchos libros de historia sobre lo que realmente ocurrió en el pasado. Necesitamos ahora libros sobre lo que no sucedió, pero pudo suceder e incluso debió suceder. Necesitamos un poco de historia contrafactual, historia contraria a los hechos.

Tomemos por caso la independencia mexicana. Sabemos sus líneas básicas, de Hidalgo a Iturbide. Desde luego hay muchos debates entre historiadores sobre el tema, pero son discusiones sobre las causas o el significado de lo que realmente sucedió. Es como una pelea de box entre peleadores con camisa de fuerza.

Entre 1776 y 1812, México perdió tres oportunidades para obtener su independencia de España, protegerse contra las ambiciones territoriales de Estados Unidos e impulsar su economía hacia el “Primer Mundo”. Las historias contrafactuales de la independencia de México, la historia de lo que no sucedió pero pudo suceder, son más interesantes que la historia real.

2.-En 1776 los territorios españoles de Norteamérica incluían lo que hoy es México (unos 2 millones de kilómetros cuadrados), los territorios norteños llamados las Provincias Internas, perdidas en 1848 luego de la guerra con Estados Unidos (otros 2.4 millones), más Louisiana y Florida (unos 1.5 millones más). Tamaño total: cerca de siete millones de kilómetros cuadrados con una población (excluyendo indios nómadas) de aproximadamente cinco millones. En ese año, el producto interno bruto (PIB) de aquellos territorios llegaba quizás a unos 40 pesos (o dólares) per cápita.

Comparadas con las 13 colonias británicas de Norteamérica, las colonias norteamericanas de España eran siete veces más grandes y dos veces más pobladas. La América del Norte Británica tenía un PIB per cápita más alto, pero no mucho. Véase el Cuadro 1.

Entonces empezaron los desastres. En 1800, España cedió Louisiana a Napoleón, quien en 1803 la vendió a Estados Unidos. En 1846-48, Estados Unidos se apoderó de casi todas las antiguas Provincias Internas (incluyendo las ricas minas de oro de California). Entre 1775 y 1850, la población de Estados Unidos creció casi diez veces, mientras que la de México creció sólo en un 50%. Para 1850 Estados Unidos era una potencia industrial y México se había quedado muy atrás.

Todos estos desastres hubieran podido evitarse si México se hubiera rebelado contra España unos años antes de cuando lo hizo. O si Estados Unidos hubiera tenido éxito en apoderarse de Canadá, a la que invadió y trató de anexar tres décadas antes de atacar a México.

3. La primera oportunidad perdida de México es en el año de 1776. El 4 de julio de ese año, los políticos rebeldes (y amateurs casi todos) de las trece colonias británicas de América del Norte se reunieron en Filadelfia y “declararon” su independencia. Dos años después Francia declaró su apoyo a la rebelión. España entró a la guerra como aliado de Francia y los rebeldes norteamericanos en junio de 1779, después de que Francia prometió ayudar a España a recobrar Gibraltar y Florida de Inglaterra.

Supongamos que la élite económica de México, los desdichados terratenientes y comerciantes criollos, muchos de ellos con puestos menores en la burocracia, hubieran decidido rebelarse en 1776 como sus hermanos de Norteamérica. Si México se hubiera rebelado entonces, ni Francia ni España hubieran podido intervenir para ayudar a los colonos británicos. Sin ayuda externa, los colonos británicos de Norteamérica hubieran perdido su guerra de independencia. Ya que el gobierno inglés tenía poco interés en asumir los costos de administrar vastos territorios en el continente americano, la Norteamérica inglesa hubiera quedado confinada a la costa atlántica y a la Canadá oriental por lo menos una o dos generaciones. Con sus colonias americanas sometidas, para 1778 o 1770, Inglaterra hubiera estado en excelente posición para ayudar a México a consolidar su independencia de España.

Una o dos generaciones es lo que necesitan los nuevos Estados para consolidar su territorio y disolver las discordias internas. Si la lucha interna de México hubiera terminado en 1820 en vez de en 1867, su crecimiento económico hubiera podido empezar cincuenta años antes y en condiciones económicas internacionales más favorables. El Cuadro 2 muestra lo que hubiera podido pasar. En el cuadro, Louisiana es suprimida de México como territorio potencial pero no es añadida a Estados Unidos, bajo el supuesto de que se la hubieran quedado España o Francia. Se supone en ese cuadro que la población mexicana se habría duplicado y que el crecimiento económico del país habría empezado en 1800. Para Estados Unidos (todavía bajo dominio británico) se supone un crecimiento económico y demográfico más lento de lo que fue en realidad.

El escenario que describe el Cuadro 2 parece casi imposible y fantástico. Es más fácil imaginar una victoria inglesa sobre Washington que una revuelta mexicana contra Carlos III y su popular virrey Antonio María de Bucareli. Pero no faltaban condiciones: el régimen colonial español había aumentado drásticamente los impuestos desde el fin de la Guerra de Siete Años (1758-1763), los motines y las revueltas indígenas eran más y más frecuentes y la habilidad de España para garantizar la seguridad en la península y en sus dominios de ultramar encaraba retos crecientes.

Las protestas de las colonias norteamericanas contra el dominio inglés empezaron cuando el gobierno británico trató de imponer un pequeño impuesto al té y otras importaciones, junto con un modesto impuesto del timbre para cubrir los costos de proteger a los colonos de las guerrillas locales y a sus barcos de las armadas extranjeras. Cuando los colonos protestaron, el gobierno británico retiró los impuestos. Para el momento de la famosa declaración de independencia de Estados Unidos, los únicos impuestos que se pagaban en las colonias británicas eran impuestos locales establecidos por gobiernos municipales o provinciales para cubrir sus gastos. Ni un solo centavo salió de las colonias como ingreso para la Madre Patria. Por contraste, España sustraía cada año millones de pesos en impuestos de la Nueva España. Y había otras quejas novohispanas: la preferencia dada a los peninsulares en los altos puestos del gobierno, por ejemplo. Los mexicanos tenían buenas razones para rebelarse. Los norteamericanos apenas tenían alguna.

4. México perdió una segunda oportunidad de independizarse entre 1796 y 1808. En esos años España entró en guerra contra Gran Bretaña como aliada de la república francesa y luego de Napoleón. España aumentó sus impuestos, incluyendo la consolidación de vales reales que provocó numerosas quiebras y le costó a la Iglesia católica la mayor parte de sus ingresos por diezmo. En esos años, los rebeldes mexicanos hubieran podido contar con la ayuda de Inglaterra para evitar cualquier intento español de enviar tropas a reconquistar la colonia. De hecho, luego de la victoria naval británica en Trafalgar en 1805, las armadas de España y Francia prácticamente dejaron de existir.

Si la élite de México hubiera optado por la independencia entre 1796 y 1808, después de la independencia de Estados Unidos, el escenario desplegado en el Cuadro 2 hubiera sido menos favorable a México, pero todavía mejor de lo que fue dos décadas después. Con México en rebeldía, Carlos IV hubiera presionado para abandonar la alianza francesa, despedir a Godoy y buscar una paz aparte con Inglaterra. Los ingleses, siempre dispuestos a cambiar sus alianzas por un buen precio, habrían exigido Cuba, pero quizás hubieran aceptado la Louisiana para proteger Canadá. Incluso sin una Louisiana inglesa como colchón contra Estados Unidos, México habría sido un país mucho más estable, unificado y económicamente dinámico en 1846, y habría podido resistir mejor, con posibilidades de éxito, la invasión estadunidense.

La tercera oportunidad de una independencia propicia para México se dio durante la “Guerra de 1812” entre Inglaterra y Estados Unidos. En ese año Estados Unidos invadió Canadá con el propósito de anexarla a la Unión Americana, aunque los motivos explícitos de la guerra fueron los derechos de navegación de barcos neutrales en tiempos de guerra. Esta es la guerra a la que los canadienses se refieren como “su” guerra de independencia: no de Inglaterra sino de Estados Unidos. Distraída por los acontecimientos en Europa, Inglaterra ofreció poca ayuda a los defensores canadienses. Si Estados Unidos se hubiera anexado a Canadá en 1812, le hubiera tomado una o dos generaciones completar la conquista y absorber los nuevos territorios en la Unión norteamericana. En esta historia contrafactual, Sam Houston hubiera ido a colonizar Ontario en vez de Texas y México no hubiera tenido que enfrentar la invasión estadunidense de 1846 o la ocupación francesa de 1862.

5. Las lecciones de estas tres oportunidades perdidas son perfectamente claras. Primero, la élite económica y política de México hubiera sido menos conservadora y más agresiva en defender sus intereses contra la superpotencia reinante (al menos en el siglo XVIII). Segundo, México hubiera explotado mejor las coyunturas internacionales favorables que debilitaban a su opresor externo. Tercero, México hubiera inducido a Estados Unidos a robar lo que necesitaba de otros vecinos. Ninguna de estas lecciones es aplicable al siglo XXI.    n