CARLOS FUENTES Y LA ESCRITURA QUE SOMOS

POR EMILIO LLEDÓ

El libro de Carlos Fuentes En esto creo añade una cualidad nueva a su ya poderosa y singular escritura. Es una especie de clave que nos descubre el territorio interior de su alma y nos ilumina algunos de los dominios sobre los que esa alma crece

Al final de su extraordinario libro En esto creo (Seix Barral. 2002) Carlos Fuentes, su autor, dedica un inolvidable capítulo al Yo. a ese misterioso habitante de la intimidad que acompaña a nuestro cuerpo, que se mezcla con él. que nos delata y nos cobija, que nos habla y nos silencia, que nos ama y nos odia, pero por el que. realmente. somos lo que somos, creamos lo que creamos, o destruimos lo que destruimos, incluso a ese mismo Yo. En ese capítulo encuentro un pasaje con el que me gustaría dialogar brevemente; “El Yo puede extraviarse creyendo que existe en perfecto aislamiento ególatra. Esto significa que se engaña creyendo que puede ser sin necesidad de lo que ya es. El ‘conócete a ti mismo’ socrático no es sólo un mandamiento dirigido a la interioridad… El llamado socrático, más bien, lo es a la crítica del Yo…”.

En el pórtico del templo de Delfos estaban, efectivamente, escritas dos misteriosas palabras: gnothi santón (“Conócete a ti mismo”). Al parecer, según nos cuenta Pausanias en su Descripción de Grecia (X, IV, 1), habían sido recogidas de labios de Tales de Mileto y esculpidas, en honor de Apolo, para enseñanza de los hombres. Platón en el Protágoras (343a-b) y en el Aicibíades 1 (124a), había recordado por primera vez, en un contexto pedagógico, el consejo del sabio.

Al evocarlas hoy en un mundo como el nuestro, tan “noticiado” y tan estruendoso, no deja de sonar como una manifestación de buenos deseos que, sin duda, provoca misericordiosas y escépticas sonrisas. Pero además, suponiendo que hubiera mismidad, suponiendo que tuviéramos mismidad que fuera nuestra, el ruido y la furia que nos rodea hace difícil tan ajeno y anacrónico imperativo. “Conócete a ti mismo” ha sonado, pues, como una piadosa jaculatoria de buena vecindad. Una buena vecindad, entre los hechos y los dichos, que nos aconsejaba algo así como “cuida de lo que piensas, para que sepas lo que haces”. O tal vez era una precursora conseja del capcioso y brillante aforismo agustiniano “no quieras salir fuera, en el interior del hombre habita la verdad”. Una frase sonora pero inhumana, sólo inteligible en un contexto religioso: porque en el interior del hombre no hay verdad alguna. La verdad de los seres humanos es una tensión, un proceso de conocimiento, una conexión con la experiencia, con la vida, con la realidad, con los otros seres; un contraste entre el mundo y la conciencia.

Pero el gnothi santón aporta algo esencial que no está en la variante agustiniana. “Conócete a ti mismo” es un imperativo para la inteligencia, una liberación que ilumina el fondo de cada individualidad. Ese imperativo deja abierto el espacio de la mismidad para, desde ese conocimiento, emprender el camino de la educación personal, de la propia relación con la justicia y la verdad. La máxima, además, nos requiere para una empresa de autoconocimiento que es un presupuesto del humanismo y la cultura.

Por eso, en la lectura de Platón, Descartes o Kant, por ejemplo, intenté muchas veces descubrir algunas claves que me permitieran entrever en qué consistía esa mismidad buscada, para qué servía su conocimiento.

La tradición filosófica y literaria asumió la máxima como una frase hecha, que apenas se tomó el tiempo de deshacer, como una piadosa jaculatoria de buena vecindad. Una buena vecindad que nos podía pedir algo así como “cuida de lo que piensas, para que sepas lo que haces” o, tal vez, era una precursora “conseja” del capcioso y brillante apotegma agustiniano que nos mandaba quedarnos dentro de nosotros mismos y evitar las corrientes que soplan fuera de la morada interior.

Alguna vez. también, he pretendido descifrar el contenido de otra famosísima expresión que los romanos sintetizaron como homo mensura, y que encontramos, con referencia a su creador Protágoras, en Platón (Crátilo 152a y161c) y en Aristóteles (Metafísica X,1. 1052b37 y XI, 6, 1062bl3-l4). Efectivamente, según el dicho de Protágoras, “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en tanto que son y de las que no son en tanto que no son”.

Pero el problema no es afirmar, una vez más, la vieja historia del “mundo traidor”, del cristal con que se miran las cosas y, por consiguiente, el color que ponemos en ellas. Me atrevería a calificar la usual interpretación del aserto protagórico, como de relativismo ingenuo. Porque el sentido un poco más hondo nos llevaría a preguntarnos ¿pero quién mide en nosotros? Teniendo en el oído el lema de Delfos, podríamos improvisar la respuesta: medimos con la mismidad; mide la mismidad. Lo malo es que eso nos lleva a preguntarnos de nuevo e insistentemente, ¿y qué es la mismidad?

El problema no es fácil de resolver. La moderna filosofía analítica, Ryle, por ejemplo, en El concepto de lo mental. hablaría, a propósito de esa mismidad, del “fantasma en la máquina” y, sin embargo, fantasmagórica o no, esa mismidad existe. Por supuesto que son confusos sus límites, imprecisas sus apariciones; pero el hecho de que no podamos precisarla nos estimula a su búsqueda. Porque el fundamento de esa mismidad lo descubrimos como lenguaje. como manifestación de la persona que se expresa; de la personalidad que nos lleva a decir qué somos, qué pensamos desde la posible sinceridad de nuestro diálogo con la memoria, desde el silencioso espejo en el que sólo nosotros nos podemos ver.

Efectivamente, nacemos en una lengua materna, pero somos una lengua matriz, singular, creadora. Cada uno es su lenguaje, su propio lenguaje, su propio sonido. Todo lo que decimos, el aire de nuestra voz que es phoné, soplo, antes que semántica (phoné semantiké), brota de esa matriz, formadora y enunciadora de palabras, que nos distingue absolutamente, frente a los otros, como nos distinguen nuestras huellas dactilares.

Todas estas evocaciones que, por ahora, dejo sin responder, pero que, en mi opinión, constituyen uno de los problemas importantes para pensar en la filosofía de nuestro tiempo, me las ha traído a la mente la lectura del libro de Carlos Fuentes.

Una lectura apasionada, porque toda escritura es fruto de esa lengua matriz, que somos. En todas las novelas, en todos los escritos de Carlos Fuentes, atisbamos su “mismidad”, atisbamos su ser: ese bloque profundo de ideas y creencias que navegan por cada uno de nosotros, que son fruto de nuestra vida, de nuestra intransferible y única biografía. Ideas o ideales más bien, que se orientan por no sé qué misteriosas estrellas y que convierten nuestra solitaria navegación en palabras, en comunicación y sentidos. En el creador de ficciones, en el novelista, entre el maravilloso fluir de los personajes y sus vidas imaginarias e imaginadas, descubrimos siempre la lengua matriz. Aquella lengua que nos dice, que hace aparecer la realidad detrás de la ficción y que. venturosamente, nos delata. No hay literatura, filosofía, sin claves, sin el apoyo, más o menos consciente, de ese ser que nos constituye, de esa mismidad buscada.

En un texto famoso de Fichte, el gran teórico de la subjetividad afirmaba: “La filosofía que uno elige, depende, en principio, del hombre que se es” (Erste und zweite Einleitung in die Wissenschaftslehre, Hamburg, Meiner. 1954, p. 21). Pero ese hombre que se es, no sólo elige una filosofía, una manera de ver las perspectivas del mundo, sino que él mismo es una perspectiva, una proyección hacia su propia intimidad, hacia el lenguaje de sus experiencias y de sus opiniones, hacia el fondo complejo donde se forman y conciben.

En un gran escritor su obra trasciende y expresa su vida. La escritura que hacemos es la escritura que somos. “Un libro da voz al ser humano” (p. 171). La escritura, la obra narrativa de Carlos Fuentes es la escritura que él es, el lenguaje matriz que le habita, porque, efectivamente, como él mismo dice, “un libro es algo más que una fuente de información” (p. 171). Información, pero también talante, sensibilidad, estilo, ideología, amor, ideales, utopías, sueños y, sobre todo, diálogo, ruptura de la soledad, presencia y compañía de los otros. Un pequeño río de palabras que empapan y hacen navegable el alma de quien lee. Una navegación por derroteros y constelaciones nuevos que no sólo nos enseñan países desconocidos, sino que nos convierten a nosotros mismos en país, en territorio abonado para nuevos frutos, para nuevas vidas. Y ello es posible porque la calidad del escritor que verdaderamente habla en sus ficciones engendra y alumbra las nuestras. Ficciones que son el aliento del propio ser, la puerta que nos abre a ese mundo “ancho, ajeno” y, al fin. poseído en las palabras que nos presta, que nos regala el gran escritor. A través de sus palabras aprendemos a amar algo más allá del tantas veces monótono discurso de nuestra opaca soledad.

Pero el libro de Carlos Fuentes En esto creo añade una cualidad nueva a su ya poderosa y singular escritura. Es una especie de clave que nos descubre el territorio interior de su alma y, expresamente, nos ilumina algunos de los dominios sobre los que esa alma crece. Como si no bastase con Artemio Cruz, con Laura Díaz, con Inez, con Cristóbal Nonato, para hacernos más transparente la región de su espíritu, el original territorio de su mente.

Son cuarenta y una palabras las que han escogido a Carlos Fuentes para que las diga, para que nos enseñe lo que supo hacer con ellas, para que nos descubra por qué le eligieron como padre predilecto. Necesitaban estos términos otra luz distinta de la que, a veces, los ilumina o los oscurece. Son, la mayoría de las veces, palabras esenciales de nuestra lengua y, por tanto, de nuestro ser: Amistad, Amor, Belleza, Educación, Experiencia, Izquierda, Lectura, Libertad, Política, Revolución, Tiempo, Yo. Pero hay otras, como Silvia, Quijote, Buñuel, Velázquez que, aunque se insertan en una órbita más singular, más privada, irradian también, desde esa privacidad, la universalización, del sentimiento con el que enhebramos cada privada e intransferible vivencia.

Esas cuarenta y una palabras que tomaron a Carlos Fuentes como su portavoz, sabían que no escogieron mal en su apuesta. El autor, el creador, las había usado ya muchas veces, las había encarnado en muchos personajes de su asombroso universo, las había amasado con las semillas de su imaginación. Pero ahora querían que se dedicase exclusivamente a ellas, y que ellas mismas como conceptos especiales, como “ideas”, en el sentido más fecundo del mejor platonismo, fueran los exclusivos personajes de tan apasionado encuentro, y le comprometiesen en tan hermoso e ideal epitalamio.

Sería maravilloso que muchos escritores se atrevieran también a un radical e inequívoco compromiso con estas “odas elementales” de nuestras más acuciantes palabras. Que supiéramos, en realidad, o sea en su capacidad de encarnarlas. hasta dónde esos conceptos, que existen en el lenguaje humano porque los necesitamos, porque es nuestra necesidad la que los ha inventado, nos inventan también a nosotros, nos encuentran, y nos enseñan la forma en la que tenemos de asumirlos, de decirlos.

Creo, es mi creencia también como la de Carlos, que el lenguaje existe no sólo para que lo dialoguemos con los otros, sino para que lo pensemos, lo reflexionemos, lo reflejemos en el espejo de nuestra ya sonora soledad. Un espejo, que como el texto del filósofo griego, es una suma de sensación y memoria. Una experiencia, pues, que como un filtro singular y exquisito tamiza nuestro tiempo, nuestra pequeña historia personal y la levanta, en la universalización de cada compromiso con la existencia, a los niveles de la amistad y de la forma más sutil y generosa de la concordia.

Porque, como decía otro, ya no tan viejo, filósofo, “el lenguaje nos habla” y no precisamente porque las palabras se dirijan a nosotros, sino porque nos convierten en habla, nos “hacen” habla, nos disuelven en su habla, nos transforman en pura sonoridad, en pura significatividad.

Pero esas significaciones y la delicada y brillante urdimbre en que se anudan, muestran, en el caso de Carlos Fuentes, en su sinceridad y luminosidad. el inequívoco rostro de su mente. Una mente que no suena ya tras la voz de sus personajes, sino que es él mismo el personaje de esas palabras que le eligieron, para que se comprometiera con ellas en un magnífico ejemplo de sinceridad y de coherencia.  n