Ya sabemos que algunos cronopios no se mueren. Cortázar aquí anda. Más aún en este mes que va y viene con la lluvia trayendo su nombre.

Julio es un mes con nombre de escritor. Yo recuerdo a Cortázar a propósito de muchas cosas. En cualquier día del año me detengo a mirar la foto en la que chupa un cigarro, viendo al frente con el gesto escéptico y al mismo tiempo lleno de pasiones e inteligencia que le salía a la cara como a otros les sale el desencanto, el recelo, la paz interior.

Cuántas cosas aprendí de Cortázar. Porque las aprendí de su voz, de sus audacias, del encanto y los afanes con que las escribió. A muchos de nosotros, Cortázar nos hizo leer lo que sentíamos, lo que nuestro tiempo ponía sobre la piel y el entendimiento sin decirnos cómo descifrarlo. Cortázar me dijo antes que nadie, porque así vino el orden desordenado de mis lecturas, que esto de estar solo, de sentirse un día alegre y otro desconsolado, era de tantos otros, que por más original y devastadora que pareciera una pena, había sido ya, de mil modos, en el cuerpo y la índole de seres que nos eran entrañables y resultaron sobrevivientes. Esto de siempre amar el mundo como se ama lo insólito, de no querer morise nunca y andar muriéndose una mañana cualquiera, esto de enamorarse hasta un día parecer perros callejeros y al otro dioses repentinos, esto de querer salir a ahogarse una tarde y querer revivir a media noche, esto de perder el horario oyendo música, de perderse en el cuerpo de otro y luego no saber dónde quedó uno, de ser joven como quien es invulnerable y ser invulnerable hasta despertar envejeciendo. Tantas cosas: Cortázar. Julio.

Nunca hablé con él. Lo vi sólo una noche, entrando a Bellas Artes, en medio de una multitud. Mientras la víbora de gente se movía con nosotros dentro, yo, para mi sorpresa, justo tras él, tocaba su espalda, por casualidad, para luego perderla una y otra vez. Pensé que debía nombrarlo, esperar a que volteara y entonces decirle de qué modo lo sentía cerca.

“A las águilas no se les habla por teléfono” recordé que había escrito él en no sé en dónde y a propósito de no sé quién. Así que lo pensé mejor y le abrevié el agobio de escuchar mi proclividad por sus delirios.

Quienes lo acompañaron a vivir sienten por su memoria una devoción envidiable. He visto a García Márquez y a Fuentes venerar los recuerdos que se les atraviesan en una cena y reir al evocarse repitiendo con él tres líneas del Quijote o cantando corridos hasta las cinco de la mañana.

—Murió Cortázar —le dijo Fuentes a García Márquez, una mañana, urgido de compartir la pena.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó el Gabo.

—Ya está en el periódico —respondió Fuentes.

—Carlos, no hay que creer todo lo que sale en los periódicos.

Se consolaron. Lo habían sabido antes de esta conversación, y lo saben siempre, sin embargo, para pensar en él, siguen sin creer lo que dijeron los periódicos. Y tienen razón. Ya sabemos que algunos cronopios no se mueren. Cortázar aquí anda. Más aún en este mes que va y viene con la lluvia trayendo su nombre.

Cuando yo era niña, en todo el centro de México había colegio en julio y vacaciones en diciembre. Sé que iba contra la costumbre internacional y que provocaba toda clase de complicaciones a la hora de cambiar de país o de estado, pero era mucho mejor tener vacaciones en el hermoso invierno nuestro, que en el julio de lluvias que se disfruta bien tras la ventana, viendo mojarse al mundo mientras uno le da vueltas a de qué está hecho y cómo funciona o se descompone.

Julio es un mes hermoso para pensar, para escribir, para tener nostalgia y contar historias. No sé por qué me voy de vacaciones cuando tengo cuatrapeada en el alma una novela que ahora empezaba a buscar rumbo. Pero uno es así. cuando ve cerca el fuego se echa a correr. Cuando el aire trae lluvia se echa a correr, cuando los hijos quieren aire corre tras ellos. Iré de viaje. Con Cortázar en el mes como una luz y un remordimiento, saldré corriendo de mi deber y aunque no quiera me siento culpable.

Si uno enciende la pasión por las palabras no puede andar perdiéndolas cada vez que le silba la curiosidad, cada vez que Florencia se pinta en el horizonte o Portugal aparece como una tentación desconocida y Madrid como la puerta a los amigos que no ha visto. a la sopa de almejas con azafrán, a las noches iluminadas y larguísimas.

Si uno quiere escribir sabe negarse al vamonos, sabe decir me importan más los sueños como un deseo que los sueños mismos, sabe responder aquí me quedo, porque aquí están mi compu y las ocurrencias de las que vivo.

Pero a mí me gana siempre la risa de los otros, me gana siempre lo que oigo más que lo que podría contar, me gana el mundo moviéndose, desafiando. saliendo al paso de mi encierro. Me ganan los otros yéndose, sin mí o conmigo, a ver qué encuentran en Brasil, donde Mateo quiere ver a las mujeres, Catalina quiere descubrir a un director de cine, su papá quiere presentar un libro y yo sólo quiero ir tras ellos. Qué poca personalidad, qué corto aliento, yo a Brasil quiero ir porque irán ellos. Si no aquí me quedaría con los dos julios en el pequeño cuarto que es mi estudio, viendo llover y pensando en cuando fui joven, como lo será siempre la Maga.

Cuántas locuras hice hace casi treinta en nombre de la Maga y su destino incierto. Lo que fuera con tal de exorcizar la muerte, con tal de no quedarme una noche sin un Rocamadour entre los brazos, vivo hasta hacerse adulto y pedirme que lo acompañara a Brasil. Qué prodigio tener hijos. ¿Qué mejor destino pude encontrarme? Mientras leía a Cortázar quería ser escritora, hacerme de un amor eterno, aunque siempre durara tres meses, sobrevivir a la muerte de quien me dejó viva, entender la resolución con que vivía mi madre, volverme tan dueña de mí como veía a mi hermana ser dueña de sí misma. Quería encontrar un trabajo que me diera para vivir sin notar que trabajaba, quería aceptar sin más mi cuerpo, mi estatura, mi pasión por la música y el caos, mi terror al deber, mi pánico a perderlo. Mientras leía a Cortázar era una niña tibia que había dejado de serlo. No pude entonces haberme encontrado mejor compañía. Julio es siempre un buen mes para recordarlo, para darle las gracias al destino que se fue apareciendo con las certezas y los abismos que tanto ambicioné entonces, hace tanto y tan poco, mientras leía a Cortázar. n