Soy el único crítico en el mundo anglosajón que cruza fronteras, que se atreve a abordar literaturas diferentes, un crítico literario general.

El 22 de mayo, Harold Bloom, uno de los críticos literarios más reacios a las modas del siglo XX, recibió el Premio Catalunya. Bloom se define como un pragmático y también como un convencido de que la literatura sirve para la vida. En la obra de Harold Bloom no se ve otra cosa: se supone que Shakespeare sirve para hacernos mejores, lo mismo que Dante y Wilde. Manda el canon, el de Occidente. Su tarea es digna: demostrar que la gran literatura no lo sería sin el vigor de las influencias. La originalidad es tradición. Lo malo con Bloom es que la originalidad, es decir, el cumplimiento estético de la tradición, es decir, la vida del canon, sólo tiene que ver con Occidente. Con Tolstoi no hay problema, y con Ibsen y con Kafka. ¿Y con Salman Rushdie, con el turco Yasser Kemal, con el albanés Ismail Kadaré, con el israelí Amos Oz? Los escritores fuera de Occidente conducen a Bloom a la mala educación: ni siquiera los saluda. En una entrevista publicada en el diario El País (4 de mayo de 2002), Bloom se define como un “profeta sin honor”. Habla del olvido que la cultura anglosajona le ha dedicado a la literatura, de la plaga de la corrección política y de su amor a Shakespeare y a Cervantes. A la mitad de la entrevista todo cambia. Bloom sólo atiende a los comentarios adversos que recibió su libro más reciente, a las ofensas de sus alumnos, a la perversidad de sus colegas. Lo bueno es que su “libro vendió 120,000 copias y ya se ha lanzado en rústica”. Al final, luego de informar que su apología de la belleza es imperdonable en Estados Unidos, dice: “soy el único crítico en el mundo anglosajón que cruza fronteras, que se atreve a abordar literaturas diferentes, un crítico literario general”. Bien por quien apenas sabe de Pedro Páramo. n