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LA POLÍTICA DEL EUFEMISMO

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

La desigualdad degenero se salva con la fórmula «mexicanos y mexicanas». el antiguo Instituto Nacional de la Senectud ha cambiado su nombre por el de Instituto Nacional de Adultos en Plenitud. De ejemplos similares está hecha la retórica del gobierno de Vicente Fox. y dice. José Antonio Aguilar, de eufemismos, círculos viciosos y pura vaguedad El problema es que la realidad acaba por revelar los trazos inútiles de este lenguaje.

En un famoso ensayo («La política y el idioma inglés») George Orwell afirmó: «el gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad. Cuando existe una brecha entre los fines reales y declarados, uno recurre, casi de manera instintiva, a las palabras largas y a las expresiones desgastadas, como un pulpo al expulsar su tinta». Orwell sabía bien que a veces el pensamiento corrompe al lenguaje, pero el lenguaje también puede corromper al pensamiento. Eso es exactamente lo que ocurre en México. El gobierno de Vicente Fox, como ningún otro, ha entronizado al eufemismo. No se trata de giros verbales sin importancia. La corrupción del lenguaje que Fox ha auspiciado revela una insinceridad: se trata de la sustitución de la realidad por la retórica. Renombrar aquello que nos disgusta, con la esperanza de que desaparezca, es un viejísimo recurso de quienes tapan el sol con un dedo. El problema es que los eufemismos destruyen al lenguaje sin modificar la realidad un ápice.

La retahíla de cifras presentada en los informes de gobierno es un ejemplo de cómo las palabras sirven para distraer y confundir. El empleo a conveniencia de unidades de medición, definiciones de periodos y detalle de la información sirve para manipular sin mentir. Las concesiones verbales le escamotean a las palabras su poder para describir la realidad. Por ejemplo, se supone que el presidente, al referirse con mucha frecuencia a «los mexicanos y las mexicanas» o «las chiquillas y los chiquillos» reconoce que existe un problema de género: los hombres ganan más dinero por desempeñar el mismo trabajo que las mujeres. La injusticia es clara. Pero la expresión, por más políticamente correcta que sea, no cambia este hecho social. Fox ha destruido la gramática y elevado al neologismo, pero no ha emprendido ninguna gran acción para combatir la desigualdad de género. La corrupción lingüística se ha extendido a las dependencias gubernamentales. El Instituto Nacional de la Senectud (INSEN), que atiende a los ancianos, ha cambiado su nombre: ahora se llama Instituto Nacional de Adultos en Plenitud. Los ancianos no son ancianos, son «adultos en plenitud» que nadie quiere contratar. Este tipo de sustitución retórica no puede sino inspirar malas políticas públicas. El problema no es cambiarle a la vejez de nombre, sino extender la vida económica de las personas. ¿Cómo contribuye a este objetivo el eufemismo «adultos en plenitud»? No lo hace. Simplemente corrompe el lenguaje.

La pasión por el eufemismo no es simplemente reflejo de ingenuidad. No es inocente. El pulpo expulsa su tinta con un objetivo preciso: confundir. Tiene el propósito de distraer la atención de la verdadera dirección que ha tomado en su huida. No es extraño que el tema de la diversidad cultural sirva muy bien a este propósito. En su libro La sociedad multiétnica Giovanni Sartori afirma: «en los paquetes de cigarrillos es obligatorio advertir: atención, el tabaco perjudica seriamente la salud. En cambio, y desgraciadamente, sobre el paquete de la oferta multicultural no está la advertencia ‘atención, con nosotros se vuelve al arbitrio’. Y, sin embargo, así es». Creo que la insinceridad a la que se refiere Orwell está muy bien capturada en un anuncio gráfico de la compañía Philip Morris —la cual produce alimentos, cerveza y cigarros— publicado en una revista norteamericana. La inserción ocupa dos planas. A la izquierda puede verse a un hombre negro, de mediana edad, muy bien vestido y sonriente. En la otra, el encabezado reza: «el futuro de George está sellado». El texto explica: «eso es porque George Hill es presidente y ejecutivo corporativo de Sistemas Adhesivos, Inc., la compañía que fabrica el pegamento que sella los paquetes de muchas de nuestras marcas más populares. Las compañías Philip Morris hicieron una gran elección al trabajar con la compañía de George. De hecho, a través de nuestro Programa de Diversidad de Proveedores. Philip Morris por más de veinte años se ha beneficiado de asociaciones muy fuertes con negocios pertenecientes a minorías. Solamente en el último año contratamos más de mil millones de dólares a negocios minoritarios o cuyas dueños son mujeres». La insinceridad es evidente. Philip Morris fabrica cigarros que destruyen cada año la vida de cientos de miles de personas —y comunidades—. Su negocio principal es vender un producto que daña la salud de la gente. Pero emboza este hecho a través de su políticamente correcto «Programa de Diversidad de Proveedores». La dueña de la marca Marlboro comprendió que podía contrarrestar su mala prensa adoptando banderas supuestamente progresistas: esa es su forma de expulsar tinta para confundir a la opinión pública. Me parece que algo muy similar ocurre con el discurso del gobierno. Mientras que la desigualdad aumenta, Fox apacigua a sus críticos de izquierda adoptando un lenguaje políticamente correcto. La causa de los derechos culturales le vino como anillo al dedo al nuevo presidente. Le dio una oportunidad espléndida para mostrar sus mejores galas progresistas. Fue su Programa de Diversidad Cultural. Desafortunadamente. las cosas le salieron mal. Tenía razón Orwell al afirmar que en nuestro tiempo «el lenguaje político y la escritura política consisten, en gran medida, en la defensa de lo indefendible».

No es claro en qué medida la corrupción del lenguaje de este gobierno es producto de la insinceridad o de la ingenuidad. Me parece que en el fenómeno hay una buena dosis de ambas. Fox cree en el poder mágico de las palabras, en la capacidad regenerativa de los términos justicieros para reparar los agravios actuales y pasados. También cree que las palabras son lo suficientemente poderosas para transformar los indicadores de la economía. «Para mí las cosas son completas», afirmó el presidente desde su tribuna radiofónica, «el país está marchando, el país está caminando, el presupuesto está aplicándose y todos los programas y proyectos están en marcha». Todo está muy bien. Quienes, frente a ese maravilloso mundo construido por eufemismos, se atreven a llamar a las cosas por su nombre, deshacen el embrujo, la ilusión, de que todo marcha viento en popa, son «timoratos», «apáticos»; se «apanican». Lo importante es que no se acepte la palabra «recesión». El lenguaje político consiste en gran medida de eufemismos, círculos viciosos y pura vaguedad: «desaceleración», «adultos en plenitud», «hacienda pública distributiva». Pero, al final, la realidad acaba por entrometerse en el club del optimismo.

Las palabras alteran la forma en que concebimos al mundo, la manera en que pensamos. Si no se reconoce la realidad, entonces no se tomarán las medidas adecuadas para hacer frente a la situación. Cuando se habla de combatir a la corrupción, sería conveniente que se incluyera en el listado de prácticas indeseables una más: la corrupción del lenguaje. La claridad debería comenzar por quien tiene las riendas del gobierno pues, como sabía Orwell, el pensar de forma clara es el primer paso hacia la regeneración política. n