A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Cuanto más inmediato es el comentario, por lo común más reducida parece su vigencia —nada comparado con la actualidad——. Pero, justamente en el momento en que nadie sabe lo que habrá de ocurrir, hay algunas razones para hacer el intento de ganar un poco de distancia. Por ejemplo en lo que se refiere a la globalización: un científico alemán, de nombre Karl Marx, analizó tal proceso, hace ya cosa de 150 años, y de la manera más exhaustiva. Seguramente que a él jamás se le habría ocurrido pronunciarse a favor o en contra en el debate suscitado por los acontecimientos en Seattle, Goteburgo o Génova. Para él no se habría tratado más que de boxeo de sombra. Puede que la protesta contra un hecho tan masivamente histórico sea honorable, pero, en el mejor de los casos, no va más allá de una puesta en escena para la televisión. Ya en ese simple hecho queda demostrado que los ingenuos opositores son parte de lo que combaten.

El sabio alemán describió en su tiempo la globalización como un mero fenómeno político-económico. Tal era en 1848 la única perspectiva posible toda vez que la expansión del mercado mundial y la política de los centros coloniales eran las fuerzas impulsoras decisivas de su tiempo. Actualmente, ese proceso irreversible ha devorado todos los sistemas. Aquel que se limite a considerar la dinámica económica no ha entendido nada. Hoy por hoy no hay nada que pueda sustraerse a su mirada: ni la religión ni la ciencia, ni la cultura ni la técnica, y ni qué decir del consumo y los medios. Por esa razón, en todas partes y en cada esfera de la vida es necesario pagar el precio.

No sólo los innumerables perdedores en el ámbito económico han sido afectados. También el mercado mundial, con sus flujos financieros y de conocimientos, se ha visto afectado, seguido por colapsos repentinos en todo el planeta, armas, virus de computadora, nuevas epidemias, catástrofes ecológicas, guerras civiles y criminalidad. Es absurdo imaginar que alguna sociedad puede mantenerse al margen de sus consecuencias. Una de ellas es, por cierto, el terrorismo. Sería un milagro que el terrorismo fuera lo único que no operara globalmente.

En vista de las masas de fanáticos, durante mucho tiempo la modernidad se ha quedado con la idea fija de que se trata de una peculiaridad propia de sociedades retrasadas. Muchos creían que la modernización irrefrenable acabaría por poner fin, tarde o temprano, a esos atavismos, aun cuando una que otra recaída fuera posible. Tal ilusión debió perder su atractivo desde hace tiempo; por lo menos, desde que se vio cómo lograban establecerse los regímenes totalitarios en el siglo XX. Sin embargo, la persistencia de esa ilusión se corrobora ——en su forma negativa, se corrobora en el estereotipo del “oscurantismo medieval”— en la figura discursiva, tan llena de esperanza, sobre los “países en vías de desarrollo”.

La negación de la modernidad

Pero las energías asesinas del presente de ningún modo pueden remitirse a algún tipo de tradición. Al margen de que se trate de la guerra civil en los Balcanes, África, Asia o Latinoamérica, de las dictaduras del Cercano Oriente o de los numerosos movimientos bajo la égida del islamismo, en ninguno de estos casos se trata de vestigios arcaicos sino de fenómenos estrictamente contemporáneos, a saber: de reacciones al estado actual de la sociedad. Eso vale también para una religión tan respetable como lo es el islamismo, el que al igual que el judaismo ortodoxo, ya desde hace mucho no ha logrado desarrollar ninguna idea productiva. Su fuerza radica exclusivamente en la forma singular en que niega la modernidad, a la cual, por lo mismo, permanece encadenado.

La inmanencia del terror, al margen de dónde provenga, se evidencia no sólo en la conducta de los actores sino también en la elección de los medios. En esa medida, de lo que se trata es de copias patológicas del contrincante, similares a las células que se reproducen una vez habiendo sido atacadas por un retrovirus. El sentimiento de que el ataque proviene de fuera es engañoso ya que no existe espacio exterior de acciones humanas, o inhumanas, que se encuentre fuera del contexto global. La amenaza es omnipresente como la cámara, el teléfono, el Internet o los satélites de espionaje.

Los autores del atentado en Nueva York no sólo contaban con la logística y la técnica propias de nuestro tiempo sino que, inspirados en el simbolismo propio de la lógica visual de Occidente, escenificaron la masacre como espectáculo para los medios. Para ello se mantuvieron minuciosamente fieles al escenario característico de las películas de horror y ciencia ficción. Un conocimiento tan íntimo de la civilización americana no puede provenir de una mentalidad anacrónica. Pero sobre todo arroja luz acerca de las convicciones de los autores del atentado.

Orgullos de la propia debacle

No es ninguna casualidad que, en el primer momento, surgieran dudas acerca del presunto autor del atentado. En Internet los grupos de extrema derecha culpaban a los Estados Unidos mientras otros hablaban de grupos terroristas japoneses o de un complot secreto sionista. Como ocurre siempre en estos casos, floreció todo tipo de teorías sobre complots mundiales. En esas interpretaciones puede medirse el nivel de contagio de la demencia de los terroristas y, al mismo tiempo, ver que conservan un grano de verdad puesto que muestran lo intercambiables que pueden ser los motivos. Las “confesiones de autoría” estandarizadas, que se dan a conocer tras la mayoría de los atentados, se asemejan en su vacío. La imitación que los más diversos grupos terroristas realizan entre sí, en lo que se refiere a su aparición propagandística, la técnica y el procedimiento táctico, habla por sí misma. La investigación de motivos es, naturalmente, del mayor interés para los responsables de esclarecer el caso y para los servicios de inteligencia, ya que les ayuda a identificar a los autores. Pero la pregunta sobre el origen de la energía psíquica que alimentó a los terroristas no puede ser respondida mediante el mero análisis ideológico. El pensamiento esquemático, basado en categorías tales como izquierda o derecha, nación o secta, religión o liberación, termina por conducir a los mismos patrones de conducta. El denominador común es la paranoia. También en el caso del asesinato masivo en Nueva York habrá que preguntarse hasta qué punto la motivación islamista alcanza para explicarlo; cualquier otra motivación podría servir también para hacerlo.

No es posible adquirir alguna certidumbre en tal oscuridad. Pero tampoco podemos dejar de ver cierto común denominador propio de prácticamente todas las acciones terroristas: el nivel de autodestructividad de los actores. Esto no se reduce a los grupos conspirativos y a los numerosos barones de guerra, milicias y grupos paramilitares que azotan a gran parte de África y Latinoamérica, sino también a otros países como Corea del Norte e Irak. Para tales dictaduras el objetivo no es tanto la aniquilación de sus enemigos, reales o imaginarios, como la ruina de su propio país. El pionero, hasta ahora insuperable, de tales aspiraciones sigue siendo Hitler, que en su empeño se sabía apoyado por la mayoría de los alemanes. En el caso de Rusia hicieron falta setenta años para llegar al colapso total. También Irak está orgulloso de su propia debacle. Claro que también numerosos “movimientos de liberación”, como en Argelia, Afganistán, Angola, Burundi, Camboya, Cachemira, Colombia, el Congo, el Chad, Chechenia, las Filipinas, Guatemala, Indonesia, Irlanda del Norte, Liberia, Nicaragua, Nigeria, el País Vasco, Perú, Ruanda, El Salvador, Serbia, Sierra Leona, Sri Lanka, Sudán y Uganda, persiguen el mismo objetivo ——y forman un alfabeto del horror que no termina jamás.

Esa lógica de la automutilación es también válida para los autores del atentado terrorista en Estados Unidos, en tanto que las consecuencias más devastadoras y a largo plazo no las sufrirá el mundo occidental sino aquel país en cuyo nombre haya sido perpetrado. Para millones de musulmanes, las consecuencias previsibles son catastróficas. Los islamistas celebran el inicio de una guerra que no podrán ganar. No sólo los refugiados, los solicitantes de asilo político y los emigrantes habrán de sufrir bajo su peso. También países enteros, desde Afganistán hasta Palestina, habrán de pagar un alto precio político y económico, más allá de toda forma de justicia, por las acciones de sus supuestos representantes. La venganza previsible dejará a los inocentes con tan pocas posibilidades de salvación como el ataque terrorista que la desencadenara.

Pero justamente esa tendencia a dañarse a sí mismo, por no decir esa tendencia al suicidio, es una motivación que el mundo occidental no ha acabado de comprender. Para avanzar por lo menos un poco en la comprensión de lo incomprensible no basta por lo visto la reflexión acerca del propio pasado. Por eso es quizá necesario arriesgar una comparación heurística con acontecimientos que nos son más cercanos. Una mirada a las faits divers nos muestra lo irresistible del placer que encuentran las “sociedades desarrolladas” en la propia debacle. Aun cuando en ellas tanto drogadictos como skinheads se expropian a sí mismos, y expresamente, toda oportunidad de sobrevivir, y aun cuando cada día se suscitan nuevas “tragedias familiares” y casos de amok, sigue creyéndose que la pulsión de autoconservación es la que regula la acción humana. Pero cada día nos encontramos con pruebas en contra: alumnos con heridas narcisistas, y armados con cuchillos, atacan a profesores y compañeros; enfermos de sida contagian a tantos como pueden; hombres que se sienten tratados injustamente por su jefe trepan a una torre y disparan a diestra y siniestra, no a pesar de sino justamente porque la masacre acelera su propio fin. También en esos casos, los motivos son secundarios; frecuentemente ellos mismos los ignoran.

El triunfo del suicida

El principio de muerte individual tiene similitudes con la estructura pulsional del autor de atentados terroristas. Aquí y allá, el suicida individual o colectivo, sin importar si el horror sin fin del que es víctima es real o imaginaria, opta por un final con horror. Lo único que los diferencia es la dimensión de su acción. Mientras que el skinhead sólo cuenta con su bate de béisbol y el incendiario con su botella de gasolina, el autor de atentados terroristas bien instruido tiene a su disposición alguien que lo financia, una logística altamente sofisticada, los medios de comunicación más modernos y diversas técnicas de desciframiento ——en un futuro previsible contará probablemente incluso con armas nucleares.

Por más que sean diferentes las escalas del horror, hay algo que parece unir a todos esos criminales: su agresión flotante no sólo se dirige contra otros sino, sobre todo, contra sí mismos. Si en ello un terrorista puede apelar a que actúa respondiendo a metas más elevadas, tanto mejor para él. De lo que se trata no es del fantasma que se encuentra en juego, puesto que cada instancia, a cual más elevada, sirve para el mismo fin: una misión divina, una Patria sagrada, una revolución. En caso de emergencia, el suicida puede prescindir de tales justificaciones de segunda mano. Su triunfo radica en que nadie puede combatirlo ni castigarlo ——él mismo se encarga de ello——. También el que dio la orden espera en su búnker el momento de su extinción disfrutando, como Elias Canetti intuyó hace ya medio siglo, de la idea de que los más posibles, incluyendo a sus seguidores, serán llevados por él a la muerte.

El que prefiere seguir con vida tendrá problemas para entender esto. Aun cuando el que no siente el menor deseo de ir matando poseído de furia asesina sea parte de la inmensa mayoría, en el momento de enfrentarse contra el amante del suicidio no tiene ni la menor oportunidad de salir ganador. Como probablemente existen cientos de miles de bombas vivientes, su violencia seguirá acompañándonos a lo largo del siglo XXI. También los sacrificios humanos, una costumbre ancestral de nuestra especie, experimenta de esta forma su globalización.

(Publicado originalmente en el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung del 18 de septiembre de 2001. Traducción autorizada por el autor para su publicación exclusiva en Nexos). n

Traducción de Salomón Derreza