En medio del luto y de la ira, se abrió paso la memoria. Voces no complacientes recordaron al pueblo estadunidense que el atentado salvaje sobre sus ciudades, no tenía una justificación pero tenía una historia. La impía recordación empezó en casa. Tres grandes escritores norteamericanos, que son a la literatura de ese país lo que las torres gemelas a Nueva York, pintaron su raya incómoda en medio de la consternación americana.

Susan Sontag, cuyo texto completo publicamos en esta edición, preguntó lo impreguntable:

¿Dónde se reconoce que este no fue un ataque “cobarde” contra la “civilización”, o la “libertad”, o “humanismo” o el “mundo libre”, sino un ataque contra Estados Unidos, la única y autoproclamada superpotencia en el mundo, un ataque que se llevó a cabo a consecuencia de las políticas, los intereses y las acciones dirigidos por Estados Unidos? ¿Cuántos norteamericanos son conscientes de los bombardeos en curso contra Irak?

Dijo Norman Mailer:

[Los estadunidenses deberían] aprender de una vez por qué tantas personas detestan a su país. [Lo juzgan] su represor cultural y estético… Hasta que Estados Unidos entienda el daño que causa insistiendo en imponer el american way of life a todos los países estaremos en problemas… Seremos la nación más odiada de la tierra.

Gore Vidal admitió:

Durante varias décadas ha existido una implacable satanización del mundo árabe en los medios de Estados Unidos. Soy un estadunidense leal y no puedo decirles por qué sucedió eso, ya que lo usual entre nosotros no es preguntarnos por qué sino echarle la culpa a otros de nuestras faltas.

Otros grandes autores hicieron también su ejercicio de memoria. “Decir que quien siembra vientos cosecha tempestades no basta para suplir el inmenso dolor de la muerte de los inocentes en Nueva York y Washington”, escribió Carlos Fuentes, pero recordó después

los sufrimientos impuestos a sociedades enteras por la política imperial de los Estados Unidos, la ceguera rayana en la oligofrenia de los gobiernos norteamericanos que alimentaron con leche a las víboras que luego les respondieron con veneno. Sadam Hussein es un producto de la diplomacia norteamericana para limitar y cercar a los ayatolas triunfantes e intolerantes de Irán. Osama Bin Laden es un producto de la diplomacia norteamericana para contrarrestar la presencia soviética en Afganistán. De Castillo Armas en Guatemala a Pinochet en Chile, fue la diplomacia norteamericana la que implantó a las más sanguinarias dictaduras de la América Latina. Y en Vietnam, aunque se enfrentaron ejércitos, la población civil fue la víctima más numerosa y fatal del enfrentamiento, hasta convertir la excepción de ayer —Guernica, Coventry, Dresden— en la regla de hoy: las principales y a veces las únicas víctimas de los conflictos actuales son civiles inocentes.

La lista del dolor de José Saramago pasó muy pronto de los escombros de las Torres Gemelas a los del Hiroshima y Nagasaki:

El horror aparecerá a cada instante, al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta eso mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda de un millón de muertos, de aquel Vietnam cocido a Napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki.

Mario Vargas Llosa no dejó de señalar la responsabilidad del mundo desarrollado en la construcción de gobiernos a los que ahora Estados Unidos señala, con razón, como cómplices del terrorismo:

Las culturas que no han conocido la libertad todavía (la mayor parte de las existentes, no lo olvidemos) es porque no han podido aún emanciparse de la servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la población una élite autoritaria, represora, de militares y clérigos parásitos y rapaces, con la que, por desgracia, muy a menudo, los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por razones estratégicas de corto alcance o por intereses económicos.

En el “Islam contra el Islam”, que publicamos completo en este número de Nexos, Jean Daniel, el lúcido maestro de Le Nouvel Obsevateur, recordó también el otro lado de la tragedia, apenas legible en la gran prensa americana:

Estados Unidos se apoyó en los elementos más corruptos de Arabia Saudita, Pakistán, Afganistán y de ciertas sociedades musulmanas de África —como en Kenya y en Angola durante la Guerra Fría— con el pretexto de que toda alianza que pudiera hacer fracasar al expansionismo soviético era buena… Se trata de uno de los errores más perniciosos de la democracia. Error cometido por los imperios coloniales que han desacreditado los valores de Occidente al tomar como aliados a gobiernos o movimientos que deshonraban su propia civilización. Estados Unidos y el resto de occidente, cualesquiera que sean sus intereses petroleros o de otro tipo, están obligados, de aquí en adelante, a revisar amplia y severamente sus alianzas. Es necesario, sobre todo, que se abstengan de considerar que son la encarnación del bien en lucha contra enemigos que representarían, sin más el mal.

Análisis más críticos aún pudieron leerse en la prensa europea en la mirada especializada de otros conocedores del mundo árabe. Gilíes Kepel. profesor del Instituto de Estudios Políticos de París y autor de La Yijad. Expansión y declive del islamismo, resumió:

Las imágenes del 11 de septiembre… se inscriben al término de una larga serie que ha golpeado los espíritus en el mundo musulmán desde el estallido de la segunda intifada: manifestaciones palestinas, represión israelí con los medios sofisticados de la guerra electrónica; después, atentados suicidas palestinos; después, años de bombardeos sobre Irak. La matanza de Estados Unidos mezcla los dos registros: es un atentado suicida que tiene la potencia devastadora de la guerra electrónica, destinada a señalar al universo que occidente ya no tiene el monopolio de la destrucción masiva y que se le puede golpear en su territorio.

Faisal Bodi, especialista en asuntos musulmanes, escribió en Guardian Unlimited:

¿Por qué los Estados Unidos han sido el blanco sistemático de los ataques islámicos: las barracas de los marinos norteamericanos en Beirut en 1983, el World Trade Center en 1993, los bombardeos de al-Khobar en 1996, la bomba al portaviones U. S. Cole en el 2000? ¿Por qué? ¿Qué hace que los Estados Unidos sean un imán para los militantes musulmanes? […] Aunque los ataques sobre construcciones civiles pueden sugerir otra cosa, la democracia no fue el blanco buscado el 11 de septiembre, tampoco la libertad. Dentro de Estados Unidos el World Trade Center, el Pentágono, Campo David, y el Capitolio, son símbolos del prestigio y el poder global de los Estados Unidos, del triunfo de la democracia. Fuera de Estados Unidos, en el mundo musulmán, son vistos popularmente como símbolos del terror y la opresión…

Robert Fisk, uno de los pocos periodistas occidentales que ha entrevistado a Osama Bin Laden, constata y define:

Toda la historia moderna del Medio Oriente —el colapso del Imperio Otomano, la declaración de Balfour las mentiras de Lawrence de Arabia, la rebelión árabe, cuatro guerras árabe-israelíes y los treinta y cuatro años de brutal ocupación israel: de tierras árabes— todo ha sido borrado en unas horas poi quienes, diciendo representar una población aplastada y humillada, han contragolpeado con crueldad perversa y terrorífica de pueblo condenado. […] Esta no es la guerra de la democracia contra el terror.!…] Esto tiene que ver también con los misiles norteamericanos cayendo sobre hogares palestinos, con los helicópteros norteamericanos disparando misiles contra una ambulancia libanesa en 1996, con bombardeos americanos contra una aldea llamada Qana o con una milicia libanesa —pagada y uniformada por Israel, el aliado americano— asolando, violando y matando en campamentos de refugiados palestinos.

Recuerda Faisal Bodi:

Washington derramó miles de millones de dólares para sostener regímenes totalitarios en Egipto, Jordania, Arabia Saudita y Argelia, entre otros, para asegurar que sus pueblos no pudieran ejercer su voluntad colectiva. La quinta flota de lo: Estados Unidos navega amenazadoramente por el Golfo Pérsico como una advertencia a los disidentes de que Estados Unido; usará la fuerza para proteger a sus gobernantes asociados y el flujo de petróleo que corre de la península a Occidente. La presencia de soldados estadunidenses en Arabia Saudita es una afrenta para la sensibilidad musulmana sobre sus lugares santos.

Manuel Castells, especialista español de tantas cosas apunta a la madre de todos los agravios:

La identidad humillada y el menosprecio cultural y religioso de Islam por los poderes occidentales, conducen a la resistencia, al llamamiento a la guerra santa. Y esta resistencia se concreta en la oposición a la existencia de Israel y se alimenta de la prepotencia israelí en su opresión del pueblo palestino. Por tanto, es en esa identidad islámica (no árabe) exacerbada y en el proyecto de defensa-imposición de estos valores en todo el mundo, empezando por los países musulmanes, en donde se encuentra el quid de la cuestión.

Abunda Faisal Bodi:

Es el apoyo indiscriminado de Estados Unidos a Israel lo que más enoja a los palestinos. Campo David no iba a ser un blanco casual de los ataques del 11 de septiembre. El lugar del primer acuerdo de paz entre un estado musulmán e Israel en 1978, es visto por muchos todavía como una capitulación y una venta de los palestinos. La ayuda oficial de Estados Unidos a Israel este año llega a seis mil millones de dólares que no hay que repagar. En la semana del atentado a Nueva York, Israel anunció que iba a ejercer la opción de cincuenta más F16 para mantener su superioridad sobre todos sus vecinos árabes. Que el blanco de la ira sea sólo Estados Unidos y no otros países occidentales, indica que para los militantes es excusable el silencio sobre la opresión de los palestinos, pero no perdonan la complicidad directa en ella.

La ira oscurece las equivocaciones históricas y las injusticias que están detrás de los atentados del martes negro, dice Robert Fisk. Los actos de terror parecerán en efecto injustificados

si no entendemos cuánto ha llegado a odiarse a Estados Unidos en el lugar del nacimiento de tres grandes religiones.[. . .] Pregúntese a los árabes qué les parecen las miles de muertes inocentes del martes negro, y ellos responderán, como cualquier gente decente, que es un crimen sin nombre. Pero preguntarán por qué no usamos esas mismas palabras para describir las sanciones que han destruido las vidas de quizá medio millón de niños en Irak, por qué no nos agravia la muerte de diecisiete mil quinientos civiles asesinados en la invasión de Israel a Líbano en 1982.[…] Estados Unidos ha respaldado las guerras de Israel por tantos años que pensó que no le costarían. Ya no. […] Hace ocho años ayudé a hacer una serie de televisión que trataba de explicar por qué tantos musulmanes habían llegado a odiar a occidente. [La noche del 11 de septiembre] recordé a algunos musulmanes de aquella serie cuyas familias habían sido muertos por bombas y armas de factura estadunidense. Decían que nadie podía ayudarlos salvo Dios. Teología contra tecnología, la bomba suicida contra el poder nuclear. Ahora sabemos lo que eso significa.

Añade Faisal Bodi:

Desde 1991, las sanciones guiadas por Estados Unidos contra Irak y los efectos del uranio usado que dejan las bombas han matado un millón de niños. No se sabe si los atacantes del 11 de septiembre querían suspender los vuelos aéreos en Estados Unidos, pero al menos por un día lograron imponerle a la zona las condiciones de no volar que están vigentes sobre Irak desde el levantamiento palestino que empezó en septiembre del año pasado. Helicópteros Apache estadunidenses y rifles M16 también de factura americana han sido responsables del asesinato de setecientos palestinos y veinticinco mil heridos más. Como CNN no está ahí para registrar cada cráneo aplastado y cada cuerpo calcinado, el público de occidente sigue sin conocer el terrorismo de Estados Unidos.

Vijay Prashad. profesor asociado y director del programa de Estudios Internacionales de Trinity College. en Hartford. Connecticut recordó que la guerra de Estados Unidos con el terrorismo islámico no empezó el 11 de septiembre del 2001, sino medio siglo atrás cuando

los Estados Unidos se hicieron cargo de la banda de naciones que se agrupan entre Libia y Afganistán, la mayor parte de ellas ricas en petróleo, muy importantes, por lo mismo, para el capitalismo global. La Segunda Guerra Mundial había devastado a Europa. El mandato civilizatorio asumido hasta entonces sobre aquella región por Francia e Inglaterra llegó a su fin. Estados Unidos se vio obligado a asumir el peso del hombre blanco. lo hizo con entusiasmo, en servicio, entre otras cuestiones estratégicas, de las Siete Hermanas, las mayores corporaciones petroleras del mundo, empresas transnacionales con base en estados Unidos. Las alianzas derechistas de la región contaron con la simpatía de Estados Unidos y las alianzas izquierdistas miraron hacia la URSS. Estados Unidos participó en la destrucción de la izquierda en África del Norte y en Asia Occidental, empezando por la destrucción del partido comunista egipcio, el más grande en la zona, siguiendo con la promoción de Saddam Hussein para arrasar al vigoroso partido comunista irakí terminando con el financiero saudita Osama Bin Laden. uno de cuyos propósitos fue acabar con el régimen comunista afgano.

Para lograr esto último Estados Unidos financió a las fuerzas que se oponían al régimen establecido en Afganistán en 1978 con el apoyo militar soviético. Estados Unidos respaldó sin mayores condiciones a los combatientes afganos antisoviéticos y a los militantes islámicos radicales árabes y pakistaníes. Los llamó a todos freedom fighters. Como un poderoso instrumento en la movilización de esta alianza Estados Unidos favoreció el uso de la yijad o guerra santa, es decir, la declaración de guerra religiosa contra el adversario político al que se condena a muerte por infiel.

Escribe Gilíes Kepel:

Durante catorce siglos de historia de las sociedades musulmanas. los doctores de la ley o ulemas. los únicos habilitados en principio, para proclamar e identificar su blanco, utilizaron la yijad con mucha prudencia y parsimonia. En efecto, al legitimar el recurso a la violencia, la yijad corre el riesgo de alterar el orden público y las jerarquías de la sociedad, de extender el desorden y la sedición (fitna) y. si no está estrictamente enmarcada y limitada, puede volverse contra quienes la han proclamado. Es una arma de doble filo. Al apremiar a los ulemas más conservadores a publicar fatwas (decisiones jurídicas basadas en los textos sagrados) declarando la yijad contra los soviéticos. Estados Unidos y sus aliados abrieron la caja de Pandora. Porque el mismo razonamiento aplicado y puesto en marcha contra “los impíos” rusos que ocupaban Kabul, tierra del Islam, se volverá contra los “impíos” americanos que profanaron con su presencia militar la “tierra sagrada” de Arabia Saudita desde la Guerra del Golfo 1990-91.

Todo aquel manejo de extrañas alianzas era sólo la extensión afgana de una política exterior de equilibrios pragmáticos cuyo símbolo mundial fue en los años setentas Henry Kissinger. Kissinger había llevado al nivel de la teoría política lo que las grandes potencias de todos los tiempos habían hecho en la práctica sin necesidad de teóricos. Vijay Prashad:

Estados Unidos debía cerrar filas con cualquier líder político decidido a resistir al socialismo y a garantizar la vigencia de los dictados del capitalismo internacional, lo cual lo convertía en un factor de estabilidad. La galería de títeres de esta política incluye una larga lista de validos de la CIA: Noriega en Panamá, Marcos en Filipinas, Pinochet en Chile. Suharto en Indonesia, el Sha en Irán, los varios jeques en el Golfo Pérsico.

En Afganistán todo fue ganancia para el mundo libre. La guerra santa afgana dirigió hacia Moscú la atención y el encono del mundo musulmán, alejándolo del antiamericanismo que había sido la marca de fábrica de la revolución islámica de Jomeini. Gilles Kepel:

Concentrado en torno a Peshawar, el movimiento islámico más extremista combatió al comunismo. El golpe dado al imperio del mal no costó caro: la factura de la yijad ascendía a unos seiscientos millones de dólares al año para Washington y otro tanto para las monarquías petroleras del mundo árabe. Ningún boy americano perdió la vida: la guerra la hicieron islámicos barbudos, celebrados entonces como freedom fighters. combatientes del mundo libre, que vengaron. a través de un intermediario, a Vietnam, sin oprimir a los contribuyentes ni enlutar a las familias de los soldados.

El 15 de febrero de 1989 el Ejército Rojo soviético abandonó Afganistán. Pocos meses después también abandonó la historia, con la caída del muro de Berlín. Los antiguos alineamientos del mundo árabe perdieron su brújula. Desaparecido el enemigo central aparecieron los adversarios cercanos. Irak invadió Kuwait. Estados Unidos bombardeó Irak y “recuperó” Kuwait. La guerra contra Irak quebró la alianza entre Estados Unidos, las monarquías petroleras árabes y los combatientes de la guerra santa, quienes sintieron violado el suelo del Islam. Ahí empezó la hora de los estudiantes funda- mentalistas árabes, los talibanes, palabra que quiere decir literalmente, “los estudiantes de la religión”. Los seguidores de la yijad, dice Kepel,

tomaron partido contra la coalición internacional. Pero la lógica de los servicios de información quiso que se mantuviera el contacto con los militantes, muchos de los cuales fueron invitados a residir en Norteamérica, para arengar a los estudiantes musulmanes en las universidades, recoger fondos para la yijad afgana, etc., y que formaron relevos y redes. En este contexto ya tuvo lugar un primer atentado contra las Torres Gemelas donde un coche bomba explotó en el estacionamiento subterráneo el 26 de febrero de 1993.

Fue un aviso serio, al menos si se escucha lo que dijo entonces uno de los responsables del atentado. Cuenta Norman Mailer:

Un funcionario del FBI que trasladó al responsable intelectual acusado del bombazo. Tamzi Ahmed Yousef, le dijo posteriormente a Benjamin Weiser del diario The Times que mientras su helicóptero volaba a lo largo del East River en Nueva York, le quitó la venda de los ojos al convicto y le señaló por la ventana hacia las Torres Gemelas: ‘Mira allá abajo’, le dijo. ‘Todavía están de pie’. ‘No estarían si hubiera tenido suficiente dinero y explosivos’, contestó el señor Yousef.

Explica Gilles Kepel:

A partir de 1994, los servicios secretos paquistaníes animaron a estos ‘estudiantes afganos’, educados en las madrasas paquistaníes, a tomar el poder para poner fin a la anarquía en que los mujaidines habían sumergido al país. Cuando se apoderaron de Kabul, en 1996, los talibanes favorecieron el proyecto del gasoducto de una compañía petrolífera norteamericana que uniría, a través de su país, Turkmenistán y Pakistán. Al final, el proyecto no vio la luz pero en el verano de 1996, Osama Bin Laden volvió a Afganistán. Huido de Arabia, que debía despojarle de su ciudadanía, y refugiado en un primer momento en el Sudán de Hassan el Turabi, había hecho que se acogiera o permitiera el paso a partidarios de la yijad sospechosos de partir después hacia los nuevos frentes: Somalia, Egipto, Bosnia, Argelia: había puesto en marcha una red que favorecía numerosos relevos, humanos y financieros, en el mudo entero, sobre todo en Londonistán (Londres + Afganistán). A su regreso a Afganistán, pasó a una nueva etapa, al declarar desde entonces los blancos de su nueva yijad, pero sin atribuirse los atentados que se le imputaban, como tampoco ha reivindicado la masacre del 11 de septiembre en Nueva York. El 26 de agosto de 1996, difundió una declaración de guerra santa contra los norteamericanos que ocupan la tierra de los dos lugares sagrados (La Meca y Medina), destinada a proporcionar una justificación religiosa a sus acciones futuras. El texto contenía una crítica radical del régimen saudita, adherido a la alianza sionista-cruzada’ y acogía las reivindicaciones de los ‘grandes comerciantes locales’ oprimidos por la dinastía, la clase social a la que él mismo pertenece. Es hijo del mayor empresario de BTP de Arabia, beneficiario de la concesión exclusiva de las obras de la gran Mezquita de La Meca, que le ha valido al holding familiar un prestigio inmenso, contratos extraordinarios, en numerosos países musulmanes y acceso a todas partes.

El sociólogo frances Alan Touraine recoge una paradoja esencial del proceso que termina en las Torres Gemelas:

En el momento mismo en que los mejores analistas ven cómo se debilita el islamismo político en muchos países, pasamos de este islamismo político al islamismo guerrero que acaba de ponerse de manifiesto. El cambio principal de uno a otro es que los enemigos de Estados Unidos son cada vez menos visibles a la vez que se fortalecen las situaciones extremas o nacen las vocaciones de kamikaze. […] Los movimientos religiosos se habían ampliado, primero, como campaña nacionalista, después como movimiento político para el que la toma del poder era más importante que la afirmación religiosa. Pero el éxito económico de Estados Unidos había debilitado esos movimientos, la burguesía árabe había pasado poco a poco al bando de la economía globalizada, dejando sin clase en la que apoyarse y sin dirigentes a las masas desarraigadas de las ciudades. Al renunciar a tomar el poder en la mayor parte de los países musulmanes, el movimiento islamista no tiene otra elección que entre su autodescomposición y la violencia.

En febrero de 1998, Bin Laden y otros aliados extremistas crearon un Frente Islámico Internacional. Estaba dirigido a combatir a los judíos y a los “cruzados” —es decir, los Estados Unidos—, que en la visión de Bin Laden habían emprendido una nueva cruzada contra la tierra santa al invadir Kuwait. El Frente Islámico Internacional exhortaba a matar a los norteamericanos y sus aliados civiles y militares en todas los países donde fuera posible. ¿Quiénes eran los convocados por Bin Laden en aquel Frente? Aquellos contracruzados, explica Gilles Kepel,

proceden de biografías de ‘mártires’ caídos en Bosnia y después en Chechenia. (…] Surgen perfiles de jóvenes activistas de los que un gran número son originarios de la península arábiga, han realizado estudios superiores y pertenecen a ambientes acomodados y abandonan una vida fácil por la dureza de la yihad. Se hacen eco de esos kamikazes del 11 de septiembre, muchos de los cuales son estudiantes procedentes de la península.

A mediados de septiembre del año 2001, mientras preparaba la ofensiva contra Afganistán. Estados Unidos regresaba, veinte años después, al punto de partida. La yijad activada por ellos contra los soviéticos, se volvía ahora contra los símbolos del poder y el prestigio norteamericanos.

Concluye Kepel:

El 11 de septiembre de 2001, la yijad llegada de Afganistán, se volvió a cerrar como una trampa en el corazón de Estados Unidos. Después de haber vencido al Ejército Rojo y radicalizado con resultados variables, la lucha política en muchos estados musulmanes se ha convertido hoy en día en una temible maquinaria terrorista capaz de hacer que el mundo se tambalee.

Dice un diplomático inglés que la diferencia entre Estados Unidos y los imperios históricos del mundo (Roma, España, Inglaterra) es que el imperio americano tiene buena conciencia: quiere ser temido y quiere ser querido. Es el imperio menos consciente de sí mismo que ha producido la historia: un imperio provinciano. Ninguna nación ha tenido tanto poder planetario, tanta influencia civilizatoria. tanto poder militar incuestionado, como Estados Unidos después de su triunfo en la Guerra Fría, al final y al principio del siglo XX. Los imperios son fuentes de civilización y fuentes de discordia. Tienen aliados y tienen enemigos. Producen devoción y engendran odios. El odio engendrado en el mundo islámico responde a una lógica política y militar, más que una fatalidad religiosa y étnica. Es el resultado de una historia, no de una teología. La cuenta del imperio norteamericano en el mundo árabe es resultado de la política de Washington hacia esa parte del mundo. Puede irse desacumulando con el mismo instrumento: una política hacia el mundo árabe que corrija los errores de la anterior.

Fuentes:

Susan Sontag: “Ataques terroristas”. Nexos 286, octubre 2001.

La declaración de Mailer en La Jornada. 17 de septiembre, 2001.

Gore Vidal: “Martes negro”. La Jornada, 19 de septiembre, 2001.

Carlos Fuentes: “Nueva realidad, nueva legalidad”. Reforma, martes 18 de septiembre, 2001.

Mario Vargas Llosa: “La lucha final”. El País, 16 de septiembre, 2001.

Jean Daniel: “El Islam contra el Islam”. Nexos 286, octubre 2001.

José Saramago: “El factor Dios’ “. El País, martes 18 de septiembre. 2001.

Gilles Kepel: “La trampa de la yijad afgana”. El País, 18 de septiembre, 2001.

Alain Touraine: “La hegemonía de EU” y la guerra islamista”.

Faisal Bodi: “Symbols of Opression”. Guardian Unlimited, 12 de septiembre, 2001.

Robert Fisk: “The Wickedness and Awesome Cruelty of a Crushed and Humiliated People”. The lndependent, 12 de septiembre, 2001

Vijay Prashad: “War Against the Planet”. Counterpunch, 15 de septiembre, 2001

Gilles Kepel: “La trampa de la yijad afgana”. El País. 18 de septiembre. 2001.

Norman Mailer: “El enemigo sin Estado”. Cambio, 16 de septiembre, 2001. n

Los capítulos “El luto y la ira”, “La cuenta del imperio”, “Terror y civilización”, “Fantasía y fuga de la seguridad”, “Posdata: Es la guerra” son el resultado de la investigación y el trabajo de consulta de Luis Miguel Aguilar. Héctor Aguilar Camín, Rafael Pérez Gay, Andrés Hofmann, Roberto Pliego.