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Los atentados del 11 de septiembre han caído como un balde de agua hirviendo en medio de una fase particularmente optimista de la evolución de Occidente. Nos han recordado a todos que, hoy como ayer, la violencia nace junto a la prosperidad, el terror junto al progreso.

Antes del Martes Negro, las gigantescas novedades del milenio que empieza y el optimismo asociado a ellas, la promesa de una Nueva Civilización, hacían resonar en Occidente, con ímpetus renovados, aquella sensibilidad que según Alexis de Tocqueville empezó a propagarse en los espíritus ilustrados y ociosos de Europa a partir del siglo XVII.

El centro de esa sensibilidad fue la idea de que el hombre y la sociedad no eran imperfectos por naturaleza, sino que podían mejorarse. Y mejorarse además, indefinidamente, tal como lo mostraba el avance de la ciencia. A la creencia de que todo puede mejorarse sin límite le llamamos desde entonces progreso, una de las nociones más potentes, más optimistas y más productoras de desilusión que hayan cruzado por la mente humana.

El germen del espíritu del progreso es la inconformidad con lo existente, la pasión moral del cambio. Si el progreso es cierto, siempre podremos estar mejor. Siempre debemos estar, por tanto, inconformes con lo que existe. El ánimo invariable de reforma y revolución bajo el que ha vivido el mundo moderno, es consecuencia de aquel germen poderoso, hijo legítimo aunque no siempre razonable de la razón.

El culto del cambio y la mejora tomó la cabeza de Occidente con los filósofos de la Ilustración. Desde entonces, a cada gran oleada de fe en la religión laica del progreso siguieron cambios mayúsculos, conmociones inesperadas y también grandes catástrofes. El culto de la razón vio triunfar sus ideales mezclados en las aguas sangrientas de la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas. El imperio de la razón revolucionaria engendró monstruos, la pasión por la justicia impuso el terror, la libertad se disolvió en tiranía, la modernidad técnica cambió el hacha carnicera del verdugo por la cuchilla aséptica de la guillotina.

Europa tardó un siglo en acomodar los esqueletos de la primera gran salida al mundo de la razón ilustrada y las pasiones prácticas del progreso. En las últimas décadas del siglo XIX, Occidente volvió a decirse, con ecuanimidad positivista y optimismo liberal, que el mundo podía ordenarse científicamente, en un horizonte racional de progreso y bienestar.

Eran tiempos propicios a la nueva fe. Había casi una necesidad física de ella. Luego de las guerras napoleónicas, Europa había vivido la revolución del 48, la guerra francoprusiana, la Comuna de París. Al otro lado del Atlántico, las independencias hispanoamericanas habían abierto un siglo de turbulencia y esperpento para sus nacientes repúblicas. Estados Unidos tuvo una guerra civil que inauguró al menos dos modalidades mortíferas de la guerra moderna: un armamento devastador que destruye a distancia y el arrasamiento de la retaguardia de los ejércitos que no respetó ciudades, campos, fábricas ni población civil.

Al terminar el siglo XIX la ilusión de una época de paz y progreso unió a los espíritus en una nueva esperanza civilizatoria, un credo universal de armonía política, económica y moral, confirmado a cada paso por extraordinarios descubrimientos científicos que disparaban la productividad, hacían más confortable la vida y multiplicaban los bienes.

Aquel siglo XIX reformista, humanista, científico, recogió del futuro muchos de los bienes que esperaba pero también una lección de humanidad trágica cuyos escenarios fueron las trincheras de la guerra del 14, con sus veinte millones de muertos, y sus secuelas, aún más letales: la revolución bolchevique, los fascismos italiano y japonés, el nazismo, los ciento cincuenta millones de muertos de la Segunda Guerra mundial ——cien en el frente oriental, cincuenta en el frente europeo——. Los sueños decimonónicos del progreso perdieron su fulgor en el arco sombrío que va de las trincheras de Verdún a los campos de concentración nazi.

La barbarie guerrera del siglo XX machacó por mucho tiempo el prestigio de la idea misma de progreso. Los cementerios del siglo eran demasiado extensos, universales, sistemáticos, para tolerar la idea de que la humanidad había mejorado o podía mejorar. Ningún descubrimiento científico, ninguna mejora técnica de la calidad de la vida, podía compensar el horror del holocausto, la pesadilla del Gulag, las minas de Hiroshima y Nagasaki.

La piel helada de la Guerra Fría mantuvo congelado el entusiasmo hasta el fin del siglo. Entre otras cosas, porque la sangría siguió. Cifras recientes señalan que, durante la Guerra Fría, distintas guerras regionales añadieron treinta y seis millones de muertos a las conflagraciones anteriores. Malas cifras, sin duda, para validar cualquier noción optimista de progreso.

Y sin embargo es un hecho histórico contundente que a partir de la Ilustración, a partir de aquel momento en que algunos espíritus ociosos e ilustrados concibieron que el hombre y la sociedad podían y debían mejorar indefinidamente, el género humano experimentó, junto a tantas sangrías sin precedente, progresos que tampoco tienen comparación.

Al terminar la conmoción napoleónica, en 1820, el ingreso per cápita de Europa era algo menos que mil dólares. En los siguientes ochenta años, al empezar el siglo XX, había crecido hasta los 2,500 dólares. Un siglo después, en el año 2000, luego de la devastación terrible de sus guerras, o a pesar de ellas, el ingreso per cápita de Europa rondaba los 20,000 dólares promedio. Grandes mejoras, se diría, en medio de tanta muerte.

El más carnicero de los siglos de la historia conocida, el siglo XX, trajo al planeta más vida humana que ningún otro. Por el progreso científico, el crecimiento económico y la universalización de la medicina, nacieron en ese siglo algo más de 4,000 millones de seres humanos, varias veces más que en toda la historia precedente. La vida promedio de la humanidad ganó 40 años, pasando de 35 en 1900 a 75 en el año 2000.

La cantidad de dolor que han ahorrado los anestésicos inventados este siglo apenas puede exagerarse. La cantidad de muertes que la medicina moderna, las vacunas y los antibióticos han impedido supera por varios ceros las que arrebataron las armas inventadas en otros tantos laboratorios de ciencia avanzada y tecnología de punta.

El fin de la Guerra Fría hizo desaparecer la mayor amenaza que pendía sobre las cabezas de todos bajo la posibilidad de una hecatombe nuclear. La caída del muro de Berlín apartó las sombras, permitió mirar con nuevo optimismo el futuro. Para ese momento, la ciencia, la técnica, el comercio, no sólo habían transformado el mundo. Habían desatado una verdadera revolución del conocimiento y de la vida práctica, una sucesión de descubrimientos y cambios suficientes para sostener que estamos en el inicio de un nuevo paradigma de progreso.

A semejanza de las postrimerías del siglo XIX, los enormes cambios científicos de fines del siglo XX sembraron una nueva ola de fe y optimismo, un regreso de la promesa ilimitada de la ciencia, una mejoría asombrosa de los instrumentos prácticos de la vida civilizada.

Como en el siglo XVIII, antes de la Revolución Francesa, como al final del siglo XIX, antes de las grandes guerras del siglo XX, al empezar el siglo XXI decimos otra vez: todo es posible, la ciencia y la técnica mejoran nuestra vida, iluminan nuestro futuro con bienes sin precedentes y maravillas sin término. Algo prometedor y sin fronteras ha empezado, un estallido de modernidad que llamamos nueva civilización.

La cara luminosa del progreso volvió por sus fueros, el mundo volvió a abrirse ante nosotros como una opción más o menos segura de riqueza, bienestar, mejora, corrección, ampliación celebración de la vida. La evidencia del progreso es abrumadora, en efecto. Pero los ataques terroristas del 11 de septiembre han vuelto a prevenirnos contra la tentación de asociar el progreso de la técnica y la ciencia con el de la libertad y la perfección moral del hombre.

La ilusión de confundir el progreso técnico con el progreso humano es particularmente tentadora, porque las fronteras de la ciencia nos muestran hoy la posibilidad de corregir la mismísima condición humana. Hay o está por haber drogas capaces de romper las jaulas de hierro de la esquizofrenia y el autismo, hasta ahora impenetrables. Los diarios del mundo informaron en julio del año 2001 del nacimiento del primer bebé vacunado genéticamente contra las proclividades al cáncer. Es imaginable un mundo en que la manipulación genética aparte de nuestro organismo las debilidades hereditarias y agregue fortalezas hasta hoy inexistentes, de modo que entre las debilidades que se quitan y las fortalezas que se agregan pueda arañarse la inmortalidad.

El progreso técnico, la generalización del bienestar, la generación ilimitada de riqueza mediante el avance de la productividad son un hecho. No hay ninguna razón para pensar que esa carrera habrá de detenerse. Pero hoy, como ayer, es más claro el impacto del progreso científico en la mejoría de la vida cotidiana que en el de la civilización de las pasiones. Hoy, como ayer, junto a los surtidores del progreso, viven los pozos de la barbarie. No parecen erradicables ninguno de los hechos duros de la vida: la guerra, la injusticia, la violencia, la muerte. Lo han sabido pensadores de todas las edades.

Tzu Kung, discípulo de Confucio, preguntó a su maestro Lao-Tzu: “Dices que no debe haber gobierno. Pero si no hay gobierno, ¿cómo se purificará el corazón de los hombres?”. El maestro contestó. “Lo único que no debemos hacer es entrometernos con el corazón de los hombres. El hombre es como una fuente; si la tocas, se enturbia; si pretendes inmovilizarla, su chorro será más alto. Puede ser tan ardiente como el fuego más ardiente; tan frío, como el hielo mismo. Tan rápido que. en un cerrar de ojos, puede darle la vuelta al mundo: en reposo, es como el lecho de un estanque: activo, es poderoso como el cielo. Un caballo salvaje que nadie doma: eso es el hombre”.

En el parágrafo 4 del Tratado político escribió Baruch Spinoza: “Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire”.

En una célebre carta a Einstein, Freud exploró el porqué de la guerra. Los instintos de los hombres no pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquellos que tienden a conservar y a unir —los denominamos eróticos, completamente en el sentido del Simposio platónico, o sexuales, ampliando deliberadamente el concepto popular de sexualidad— o bien son los instintos que tienden a destruir y a a matar: los comprendemos en los términos “instintos de agresión” o “de destrucción”. No se trata más que de una transfiguración, universalmente conocida de amor y odio, quizá relacionada primordialmente con aquella otra, entre atracción y repulsión. No nos apresuremos a introducir los conceptos estimativos de “bueno” y “malo”. Uno cualquiera de estos instintos es tan imprescindible como el otro, y de su acción conjunta y antagónica surgen las manifestaciones de la vida. Parece que nunca puede actuar aisladamente un instinto perteneciente a una de esas especies, pues siempre parece ligado… con cierto componente originario del otro. Así, el instinto de conservación, sin duda es de índole erótica, pero precisa de la agresión para cumplir su propósito. Análogamente, el instinto de amor objetal necesita un complemento del instinto de posesión para lograr apoderarse de su objeto. La dificultad de aislar en sus manifestaciones ambas clases de instintos es la que durante tanto tiempo nos impidió reconocer su existencia.

La mirada moral tiene dos ojos. Un ojo mira las bestialidades, el leopardo rasgando al cervatillo, la furia de los ciclones, el hedor de la guerra, la gratuidad de la sangre y el dolor. El otro ojo mira las bellezas del mundo: la frescura del amanecer, la liviandad del cervatillo, el salto del jaguar, el poder de la vida y la sobrevivencia. El ojo que mira la miseria tiende a ignorar al que mira la belleza, pero los dos dicen la verdad aunque sus verdades no puedan sumarse y estar juntas en nuestra conciencia. Nuestra caja registradora no puede mezclar esas cosas, las suma aparte. La mirada del progreso tiende a ver sólo la mitad luminosa, pero la luz no puede existir sin un lado de sombra. Como lo ha revelado Norbert Elias, bajo la paz cordial de nuestros modales de mesa acecha el guerrero domesticado soñando un cuchillo sangriento.

Recuerdo un relato de Antonio Tabucchi en que las ballenas hablan asombradas de esos animales extraños que vienen a cazarlas, feroces verdugos sin motivo de ferocidad, que miran por la noche con fija mirada el camino de la luna sobre el agua y cantan tristísimamente antes de dormir para levantarse al día siguiente llenos de ira en busca de las ballenas que nada les han hecho. n