Durante los años de la Guerra Fría, los mismos que alentaron la carrera nuclear, una contienda entre Estados Unidos y la Unión Soviética aseguraba, cuando menos, la destrucción total de Washington y Nueva York. Por más “racional” o “quirúrgica” que fuera, una acción de tales dimensiones traería consigo un escenario de nubes en llamas y un cielo donde palpitaban las señales indescriptibles de una gran catástrofe. Nadie habría tenido ojos para dar testimonio de esa realidad cuya duración era menor a un latido. Nadie habría tenido oportunidad alguna para cobrar la factura de la violencia. La imaginación sólo existiría en el antes, no en el después.

Con el atentado a las Torres Gemelas, la amenaza de la destrucción de Estados Unidos, o de sus estandartes militares, políticos y económicos, ha cambiado de forma. El oso de Moscú, demasiado irritable como para pulsar, sin miramientos, el botón que haría estallar el hongo, hizo mutis hace doce años y el protagonismo ha recaído en un enemigo casi invisible, ubicuo, capaz de acciones fuera de guión. Los grandes momentos de pánico en la década de los ochentas iban acompañados por palabras como “megatones”, “lluvia invernal”, “pruebas de erosión”, “objetivos de localización imprecisa”, “inevitabilidad terminal”, “proyectiles inteligentes”, “Destrucción Mutua Garantizada”. Luego del 11 de septiembre, la maquinaria militar de Estados Unidos ha encendido sus motores ante la materialización del terror en su propia casa, con treinta fanáticos armados de pequeñas navajas y con la voluntad de morir a cambio del asesinato de más de 6,500 civiles. La primera guerra de este siglo no se ha iniciado con un arma de pulso electromagnético sino con un instrumento que nada le debe a la tecnología: la pulsión del martirio en nombre de la guerra santa.

La ciencia militar no tiene preferencias de ninguna índole. Se limita a seguir tres principios básicos: neutralizar, atacar, triunfar. ¿Y qué hay de nuevo? Estados Unidos consiguió motivos y sacó fuerzas del ataque a su población civil. Tras la inaceptable revelación de que podía ocurrirle cualquier cosa, Estados Unidos se puso inmediatamente en manos de la ciencia militar. “Mi mensaje es para todos los que quieren vestir uniforme en este momento”, dijo el presidente George Bush cuatro días después de los ataques. “No hay lugar para una sola batalla sino para una serie de actos decisivos contra los grupos terroristas, y contra quienes los protegen y apoyan. Planeamos una campaña extensa y sostenida para proteger nuestro país y erradicar el demonio del terrorismo”.

Podría pensarse que no hay nada más terrible que una guerra prolongada, pero es evidente que el presidente Bush logró concebir algo aún más terrible: la guerra contra el demonio. Esto sitúa las cosas en el reino de los mitos: el Bien contra el Mal, Luke Skywalker contra Darth Vader. En 1983. cuando Ronald Reagan impuso la Iniciativa de Defensa Estratégica como una prioridad del más “alto relieve moral”, su discurso también se llenó de imágenes apocalípticas y maniqueísmo. “Quizá seamos la generación que contemple Armagedón”, dijo con la cabeza hasta el fondo del apocalipsis. Dieciocho años después el presidente Bush recogió sus palabras y declaró: “Esta es la guerra del siglo XXI de la que serán testigos”.

El 11 de septiembre Estados Unidos obtuvo la pérdida de su inocencia largamente pospuesta. A la mañana siguiente, la única superpotencia en pie identificó a sus adversarios: “todas las mujeres y todos los hombres furiosos que andan por ahí”. Son palabras de Thomas Friedman, columnista del New York Times, que no perdió un segundo en aclarar que la mayoría proviene del Tercer Mundo y la órbita musulmana.

La diferencia es un término común en la historia de los conflictos nacionales y mundiales. Dice Friedman: “No comparten nuestros valores, se sienten agraviados por la influencia que Estados Unidos ejerce en su vida, su política y sus hijos, para no mencionar el apoyo a Israel, y suelen culparnos por la impotencia de sus Estados para abrazar la modernidad”. Luego de atravesar ese sustrato inferior de su argumentación, Friedman nos conduce hasta la certeza de que no hay nada peor a desoír la sabiduría de Occidente que utilizar los contenidos de Occidente —Internet, las fórmulas globalizadoras, las tecnologías de punta—, para atacar a Estados Unidos. “La jihad on line”. O peor aún: “la superioridad” de Estados Unidos al servicio de bárbaros furiosos. La guerra en curso enarbola esta clase de insignias. Y exige mucho más que vínculos nacionales: quiere aliados, a todo el mundo, si es posible.

Las consideraciones de Friedman, sin embargo, extienden la responsabilidad del ataque a las Torres Gemelas a un hecho de grandes repercusiones políticas y nula presencia mediática: la omisión. “En junio escribí una columna en la que dije que unas pocas amenazas por celular de Osama Bin Laden habían logrado que el presidente Bush retirara al FBI de Yemen, a un contingente de soldados estadunidenses de Jordania y a la Quinta Flota de su base en el Golfo Pérsico. Esta retirada fue percibida en toda la región, pero no mereció ningún titular en ningún diario importante de Estados Unidos. Eso debió alentar a los terroristas”.

La supremacía militar de Estados Unidos aconseja bombardear a los terroristas, dice Friedman pero no es suficiente, pues “otra generación brotará después de ellos y tomará su lugar”. Una visión desde el flanco musulmán ofrece mayores posibilidades de victoria. ¿Quiénes realmente pueden frenarlos y deslegitimarlos? Las mismas sociedades y comunidades de Egipto, Arabia Saudita, Pakistán, Argelia y Jordania. “Necesitamos fortalecer a los buenos de esta guerra civil librada entre los antiguos y los modernos musulmanes», concluye Friedman. “Y eso requiere una estrategia social, política y económica tan avanzada y generosa como la militar”.

Se supone que para eso están los amigos, sobre todo aquellos que, aunque peligrosos o ambiguos, no se llevan con el Talibán. Sigamos a Michael Elliot: Moscú detesta al Talibán por su ayuda a los rebeldes chechenios y por desestabilizar Tajikistán; China está preocupada porque los separatistas musulmanes Uighur son entrenados en campamentos afganos; India está desesperada por detener a los simpatizantes de Bin Laden que van hacia Cachemira; Irán, una nación de musulmanes shiítas lo desprecia por su fidelidad a la doctrina sunni.

Ante el argumento de que los países donde prospera el terrorismo deben infiltrar a los grupos de alto riesgo, la idea de apoyar a ramas reformistas del islamismo, contrarias al tradicionalismo ultraconservador y a los anacronismos religiosos, cobra más fuerza que nunca. También cobra fuerza, entre varios sectores de la inteligencia occidental, combatir la tentación vengadora de confundir al Islam con el fundamentalismo y a todo el mundo musulmán con la violencia terrorista. Incluso, la primera guerra del siglo XXI ha reafirmado los pactos de colaboración entre Rusia y Estados Unidos. Casi al mismo tiempo de que el presidente Bush invocó la guerra contra el demonio, veinticinco mil soldados rusos se desplazaron a la frontera con Afganistán. Yuri Shamarov, quien durante cinco años comandó un regimiento en la guerra que la Unión Soviética libró contra los afganos armados y entrenados por la CIA, le regaló a la agencia Reuters, y de paso a la clase militar estadunidense, un consejo breve a cuenta de diez años de fracasos contra la guerrilla talibán: “Ni lo intenten”. Por donde se mire, la intervención en Afganistán amplía todo riesgo calculado. “Si los americanos van a la guerra, sentiré piedad por esos muchachos, por sus madres, por sus hermanos y hermanas. Será diez veces peor que en Vietnam. En comparación a ello, Vietnam será un día de campo”. De hecho, como dice el coronel Shamarov, Afganistán no es un rival a modo. Las montañas sobreviven a cualquier cosa; soplarán vientos de guerra y las montañas no se inclinarán ante ellos. Los paracaidistas no pueden tomar los campamentos. No hay nada que aviones y tanques puedan hacer.

No es la única señal. De hecho, la experiencia de algunos coroneles y generales soviéticos, veteranos de la guerra en Afganistán, se ha puesto al servicio de los objetivos estadunidenses; el despliegue de 620,000 soldados y oficiales del Ejército Rojo, la muerte de 15,000 efectivos y una derrota no sólo de proporciones militares parecen demasiadas razones para tomarla en su justa medida. Una serie de entrevistas y conversaciones a cargo de Pilar Bonet y Rodrigo Fernández captura esa experiencia que hasta hoy sigue oculta en las sombras.

¿De qué tipo de auxilio se trata? ¿Hacia dónde va? Si atendemos a una operación terrestre en Afganistán encontraremos, por ejemplo, que el tono del coronel Boris Gramov, actual gobernador de la provincia de Moscú, es el siguiente: “Deben tener en cuenta que por cada soldado en combate necesitarán, como mínimo, tres o cuatro hombres para operaciones de abasto de alimentos y cartuchos, y para proteger las vías de acceso”. ¿Cuál es el mayor peligro? La inexperiencia en terreno desconocido. Habla el coronel Yevgueni Zelemov: “Los soldados soviéticos, que al principio no estaban preparados para el combate en lugares montañosos, fueron sustituidos por otros, entrenados especialmente en sitios escarpados de la Unión Soviética; se creó un sistema de bases militares, el mando estaba bien preparado y sabía qué hacer”. Aun así, los soviéticos volvieron derrotados a casa. El riesgo tiene también un lado cuantitativo. Por cada combatiente afgano en terreno montañoso se necesita la fuerza de veinte hombres. Pensemos únicamente en los 6,500 efectivos sirviendo a Osama Bin Laden; multipliquemos esa cifra por veinte.

Y luego hay que considerar la dificultad de desplazar tropas. El general de aviación Alexander Rutskoi, que realizó 456 vuelos de combate y en dos ocasiones se salvó por un pelo de morir por el fuego de la artillería afgana, sólo advierte: “Luchar contra semejante pueblo es muy difícil. Si entran en Afganistán, los norteamericanos tendrán más problemas que los soviéticos. Al fin y al cabo la URSS tenía frontera con Afganistán, por lo que le era más fácil abastecer a las tropas y organizar su reemplazo”. De modo que todas las advertencias conducen al punto inicial: por tierra, ni lo intenten.

Entonces, ¿qué queda por hacer? Primero, una operación de espionaje para localizar a Bin Laden; al mismo tiempo, Estados Unidos debe cortar las fuentes financieras y de abasto de armas y víveres. O bien: dejarle el trabajo a la Alianza del Norte, la guerrilla opositora en lucha contra los talibanes, apoyarla con dinero, instructores y aviones. En pocas palabras, y según la buena disposición rusa, repetir la estrategia que Estados Unidos puso en marcha contra la presencia de la Unión Soviética en Afganistán, cuando apoyó con dinero, instructores y rifles kaleshnikov a los rebeldes talibanes.

Y, claro, los afganos saben pelear. Su armamento, dicen Molly Moore y Kamban Khan, es un amasijo de viejos rifles y tanques soviéticos y un moderno arsenal, patrocinado por Bin Laden y algunos benefactores saudiárabes, que incluye rifles automáticos, morteros, proyectiles de largo alcance y aviones de combate. Nada del otro mundo. Aunque, a decir verdad, el arsenal más mortífero del Talibán proviene de una larga historia de resistencia feroz contra los invasores. Además, no hay duda de que algunos de los jerarcas talibanes pertenecieron al dream team de la CIA.

No hay novatos en la ciencia militar. El general Wesley K. Clark, que fue Comandante Supremo de las fuerzas aliadas en Europa de la OTAN, no ha perdido el tiempo y ha imaginado una estrategia en la que sólo hay cabida para el sacrificio. Sus argumentos avanzan por los desfiladeros de la eficacia y el triunfo a toda costa. En el mapa de Asia Central hay demasiados puntos rojos mostrando los inconvenientes, el mal carácter de los vecinos y un terreno a la medida para resistir ataques similares a los realizados contra Irak y Bosnia. El general Clark da el tono: “La tecnología es importante —visores nocturnos, instrumentos diminutos para captar conversaciones e identificar personas—— pero lo más delicado es la firme determinación de arriesgar la integridad de nuestro personal”. El caso es que Estados Unidos debe prepararse para un número escandaloso de bajas en servicio. El caso es que la población estadunidense debe pagar un impuesto de guerra a cambio de una posible victoria. ¿Y cuál es el monto? Olvidar a los muchachos muertos en la guerra de Vietnam. “De todos los obstáculos que encaran los generales, no hay otro más difícil”. Pero, a fin de cuentas, ¿qué carro quiere tirar el general Wesley Clark? “Vamos a necesitar más fuerzas de operaciones especiales y no tanto material de artillería: más fuerzas operativas autónomas y menos personal logístico no especializado. Debemos desplazarnos de forma rápida y ligera. empleando un tiempo mínimo para planificación y despliegue. y sin dejar apenas huellas. Necesitaremos comunicaciones ultraligeras con baterías eléctricas de larga duración y armas pequeñas de gran efectividad en el cuerpo a cuerpo y en el largo alcance. Debemos empaquetar nuestro material en bultos muy pequeños y con gran movilidad. Si queremos una gran potencia de fuego, debemos ejercitarla desde el aire más que transportarla”.

¿Y qué ocurre del otro lado? El columnista afgano Tamin Ansary da una respuesta sin miramientos y lo hace a su vez con una pregunta: ¿por qué los afganos toleran al Talibán? Porque están muertos de hambre, cansados, heridos, incapacitados, sufriendo. No hay economía ni alimentos. Hace unos años, el número de huérfanos rebasaba el medio millón. Las viudas se estiman en millones. Los campos están sembrados de minas antipersonales, las granjas fueron destruidas por los soviéticos. (Las minas juegan un papel explosivo. En 1993 el Departamento de Estado norteamericano señaló que “las minas pueden ser el elemento de contaminación más tóxico y generalizado que enfrenta la humanidad”. Sin embargo, Estados Unidos continúa vendiendo minas a un precio de tres dólares por cabeza, nada, o mucho, comparado con la inversión necesaria para desmontar a una de ellas: de trescientos a mil dólares).

¿Hacen falta más razones para dar cuenta de la renuncia a derrocar al Talibán? ¿Sufrimiento? ¿Casas destruidas? ¿Escuelas sepultadas? ¿Hospitales borrados del mapa? ¿Nula infraestructura? Demasiado tarde, dice Tamin Ansary: Afganistán ya fue destruido. Sólo hay comida para el Talibán. sólo el Talibán conoce el camino para huir de Afganistán. “Ven a dónde voy. Flirteamos con una guerra mundial entre el Islam y Occidente. Y supongo: es el programa de Osama Bin Laden, es exactamente lo que quiere. Lean sus discursos y declaraciones. Ahí está todo. En verdad cree que el Islam golpeará a Occidente. Puede sonar ridículo pero su figura destaca si polariza a esos dos mundos”. La opinión pública no parece estar al tanto. Las víctimas de Afganistán serán la gente común, igual que en la guerra contra la Unión Soviética, cuando las muertes civiles llegaron al millón.

La verdad lisa y llana es que, como escribe Manuel Castells, no debemos identificar a la guerra en curso como un choque de civilizaciones, ni como un choque de religiones, ni como el choque de locomotoras entre países pobres y el modelo neoliberal. “Estamos ante una guerra definida en términos más precisos: es la guerra de las redes fundamentalistas islámicas terroristas contra las instituciones políticas y económicas de los países ricos y poderosos, en particular de Estados Unidos, pero también de Europa Occidental, países estrechamente vinculados en su economía, en sus formas de democracia y en su alianza militar”. Como telón de fondo está la dinámica opresiva de Israel hacia los palestinos y el menosprecio de Occidente por la identidad cultural y religiosa del islamismo. Y, más al fondo, la existencia de Afganistán como encarnación suprema de los afanes islámicos por imponer sus valores a todo el mundo. Se ha iniciado la más difícil de las guerras, dice Castells, “la guerra contra una red global capaz de rearticularse constantemente y de añadir nuevos elementos conforme otros vayan siendo destruidos, porque se alimenta del fanatismo religioso y de la desesperación social de millones de musulmanes”.

Es la guerra, no es ninguna revelación, es la guerra. ¿Qué es lo único capaz de provocar una guerra? Un acto de guerra. ¿Cómo se enfrenta a un adversario en guerra? Con la guerra. Se supone que en asuntos de guerra no hay elección. Interrogando a los años de la amenaza nuclear se impone un concepto cuyas radiaciones alcanzan a cualquier época en son de guerra. El sinergismo supone que, ante la concurrencia de dos males, un tercero sobrepasa la intención de sus creadores. El sinergismo multiplica las calamidades. La vida no necesita más del talento básico para la vida. La vida combate contra sí misma hasta que no queda nada por combatir. Y, como dice Saul Bellow: en los tiempos modernos nadie tiene idea de lo que viene después.

Fuentes:

Elaine Sciolino: “Bush warns that coming conflict will not be short”. The New York Times, 16 de septiembre, 2001.

Thomas Friedmann: “La Tercera Guerra mundial”. El Clarín, 13 de septiembre, 2001.

Tamin Ansary: The Nation, 15 de septiembre, 2001.

“En la guerra civil del Islam, reforcemos a los buenos”. El País, 20 de septiembre, 2001.

Molly Moore, Kamran Khan: “Afghanistan: A nightmate battlefield”. The Washington Post, 17 de septiembre, 2001.

Michael Elliott: “We’re at war”. Time, 16 de septiembre, 2001.

Pilar Bonet, Rodrigo Fernández: “El consejo de los generales rusos”. El País, 23 de septiembre, 2001.

Wesley K. Clark: “How to fight the new war”. Time, 16 de septiembre, 2001.

Manuel Castells: “La guerra red”. El País, 18 de septiembre, 2001.

Los capítulos “El luto y la ira”, “La cuenta del imperio”, “Terror y civilización”, “Fantasía y fuga de la seguridad”, “Posdata: Es la guerra” son el resultado de la investigación y el trabajo de consulta de Luis Miguel Aguilar. Héctor Aguilar Camín, Rafael Pérez Gay, Andrés Hofmann, Roberto Pliego.