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¿Cómo atreverse a decir algo más que lo expresado con el silencio en que tantos nos quedamos tras lo sucedido en Nueva York? Han pasado muchos días desde el 11 de septiembre y yo no puedo, ni quiero, desprender de ese espanto ninguna tesis. Menos aún la de que tal desgracia es el simple regreso del arma que los estadunidenses han lanzado sobre otros. Conozco muchos habitantes de la entrañable ciudad que puede ser Nueva York, no sólo para quienes ahí tienen sus casas, sino para tantos de los que vivimos fuera de ella. De mis amigos en esa ciudad, que parece tan hostil como puede ser generosa, no he recibido sino cercanía, confianza, puertas abiertas a su vida y sus certezas, oídos cómplices, voces que no querría perder, menos en una desgracia como ésta.

Tengo por la ciudad misma la proclividad de quienes, tras temerle, fueron conquistados por el aire de sus calles, la prisa de sus tardes, el caos de sus noches, el sin fin de luces, ruidos y almas de apariencia indiferente, entre las cuales miles están enfrentado ahora la desgracia no sólo con valor, sino con generosidad.

Yo ni quiero ni podría mirar este asunto con la objetividad de un analista geopolítico. Sin embargo, no puedo permitirme que este espacio se ocupe de otras cosas, ironice con una de mis habituales vicisitudes o juegue con los aciertos y equívocos del azar, como me gustaría que fuera mi costumbre. Por eso he pensado en cederles este lugar a las palabras de otros, palabras que no son públicas ni pretenden serlo, que me han llegado por el correo electrónico, desde la ciudad marcada por la pesadumbre y el espanto.

Van aquí sólo algunas de las respuestas a un mensaje mío preguntando cómo estaban y pidiéndoles que escribieran en cuanto les fuera posible.

11 de septiembre, siete de la tarde.

Thomas Colchie: mi agente, además de cien atributos y mejores quehaceres. Como datos fundamentales vaya que nunca lo he visto ni gritar ni carcajearse por nada, que sólo representa escritores a los que puede querer, y que no es ni el más remoto defensor o practicante de los hábitos y pensamientos más comunes al pueblo americano. Jamás lo he visto usar una corbata y posee la más vieja y extravagante mochila portafolios de la cual alguien pueda considerarse poseedor. En un lugar así de cálido, guarda sus emociones.

Querida Angeles:

Es consolador ver tu voz en la pantalla. Tu comprensión y la de quienes puedan estar cerca significan mucho para nosotros ahora, y sé que durante mucho tiempo van a necesitarse.

No he podido llamar fuera de aquí ni siquiera cerca de esta área. Gracias por escribir. Yo todavía no alcanzo a pensar o saber qué pensar. La hija de mi hermana trabajaba en una de las torres, pero después de la primera explosión pudo salir y salvar su vida. Aún no he conseguido hablar con ella, pero sé que está segura. Creo que la mayoría de los editores estarán a salvo a pesar de que sus oficinas quedan muy cerca. Hasta mañana podré saber algo de ellos. Abrazo, Thomas.

11 de septiembre, 9 de la noche.

Howard Gardner es un hombre con el que tengo una amistad tan larga, intensa y predilecta como puede resultar extraño el hecho de que nos hayamos visto sólo cinco veces en quince años de escribirnos con frecuencia, aun en la para tantos remota época del correo aéreo. Lo conocí en Italia, ya él era célebre como lo sigue siendo, y sabio, quizá como lo fue siempre. Trabaja en una universidad de abolengo y viaja por el mundo hablando de la misma obsesión a la cual dedica su vida: el cerebro y sus recónditos vericuetos. Tiene cuatro hijos, tres con su primera mujer y uno con la segunda. Sabe cinco palabras en español y acostumbra escribir en un inglés tan sofisticado que me resulta siempre comprensible por la cantidad nada común de latinismos.

Gracias, gracias. Por fin sé que nosotros estamos bien, para decirlo de algún modo, pero apenas he logrado el descanso tras conseguir por teléfono a cada uno de mis hijos. Sin duda todos nosotros conocemos gente que ha muerto o está desaparecida, pero las víctimas aún no han sido identificadas. Los Estados Unidos van a responder, lo sé y espero desde muy adentro que sea una respuesta correcta y moderada, nunca extrema.

Sé que tú conoces bien Nueva York, y estoy seguro de que las imágenes en la televisión te perturbaron y entristecieron tanto como a mis hijos y a mí.

De verdad agradezco tu aflicción por nosotros y te mando un abrazo grande.

12 de septiembre, él mismo.

Me gustaría saber cuál crees que deba ser la respuesta de los Estados Unidos a este ataque. Porque yo veo el gran problema de que hay muchos destinatarios de tal respuesta.

No sólo Bin Laden o sus apoyadores y compañeros de viaje, sino el mundo. No sólo nuestros aliados, sino tantos países neutrales con distintos grados de antipatía por los EU. Por supuesto, los ciudadanos de este país, entre los que se incluye el vicepresidente Cheney y la Secretaría de la Defensa con sus líderes, pero también otros, quizá minoría, pero menos maniqueos o individualistas, empeñados en pensar en el mundo todo…

Más tarde, él mismo.

Gracias por tu respuesta…. yo estoy de acuerdo. Creo que dado que el terrible hecho involucró a tantos inocentes, el peor error será agraviar, agredir, a más inocentes en busca de resarcirnos. Aunque temo que muchos norteamericanos ni siquiera piensan en los no norteamericanos como seres humanos. ¿Quién, alguna vez, oyó hablar del Talibán? Bush había estado fuera del país muy pocas ocasiones en su vida, antes de convertirse en presidente, y el 80% de los miembros elegidos para el Congreso en 1994 ¡no tenían pasaporte! SOMOS UNA NACIÓN MUY PROVINCIANA.

Así que de verdad temo que tú y yo representamos a una pequeña minoría. Mi esposa (que es una persona de lo más pacífica) y mi mejor amigo, estuvieron ayer sentados a la mesa de nuestra cena diciendo de qué modo nosotros debemos exterminar el terrorismo, aun si tenemos que ir a la guerra. Como si pudiera desaparecerse al terrorismo. Lo único que uno puede hacer es aislarlo y conseguir que resulte menos atractivo suicidarse que trabajar por algo noble.

Gracias por tu cercanía. Como siempre. Howard Gardner.

Y por fin, hasta el día siguiente, Julie Grau: otro personaje extraordinario. Editora obsesiva, muy bonita, inmensa compañía de cualquier pena, incluso cada uno de los pequeños disgustos de una gira solitaria que parecía eterna. Trabajadora sin límites, en las buenas y en las malas habitante del Village. tan neoyorkina como su apresurada vida diaria y los restoranes minimalistas, tan universal como los mejores neoyorkinos, capaz de enamorarse cada vez con una firmeza y una contundencia adolescentes.

Muy querida: Se diría que yo estoy bien, mi familia está bien, para nuestra fortuna no hemos perdido ningún amor Pero es imposible no estar dolida con todo esto. Especialmente viviendo, y más cerca aún, trabajando, en el mismísimo centro, donde todo resulta como una extraña y devastada zona de guerra. Hay “revisiones de frontera” en las que uno tiene que enseñar su identificación y demostrar que ahí reside. El servicio telefónico está suspendido, las tiendas, las librerías, mi mundo entre polvo y minas. Todo se ve tan espantosamente triste y sin esperanza. Los paisajes, te aseguro, son peores de lo que pueden verse en la televisión. Y la gente, ¿qué te digo? Nunca imaginé que yo tendría fuerzas para caminar por donde hay tantos seres muriendo. Tantos familiares con la fe puesta en su propio milagro a los que uno mira desde la certeza de que aquí no parecen caber los milagros. Ahora me voy a dejarles comida a los voluntarios. Como sabes, también te quiero muchísimo, Julie.

Desolador. Y sin embargo, lleno de prudencia, falto de rencores.

No puedo cerrar, sin un texto que también me llegó por el correo, gracias a Raúl Trejo. Es la carta pública de los padres de un desaparecido.

Orlando Rodríguez: jefe del departamento de Sociología en la Universidad de Fordham en Nueva York, y Phyllis, su esposa, ambos padres de Greg Rodríguez, un joven que trabajaba en el piso 108 de una de las torres. El viernes 14 de septiembre el doctor Rodríguez y su esposa escribieron una breve carta.

No en nombre de nuestro hijo.

Nuestro hijo Greg se encuentra entre los muchos desaparecidos en el ataque al World Trade Center.

Desde que comenzamos a escuchar las noticias hemos compartido momentos de pena, consuelo, esperanza, desesperación. recuerdos con su esposa, las dos familias, nuestros amigos y vecinos, sus colegas y todas las atribuladas familias que hallamos a diario en el Hotel Pier.

Vemos nuestro dolor y nuestra ira reflejados en toda la gente que encontramos. No podemos poner atención al flujo de noticias acerca de este desastre. Pero hemos leído lo suficiente para percibir que nuestro gobierno se está orientando en la dirección de la venganza violenta, con la perspectiva de hijos, hijas, padres, amigos muriendo y sufriendo en tierras distantes y alimentando nuevos agravios en contra nuestra.

Ese no es el camino a seguir. Eso no vengará la muerte de nuestro hijo. No en nombre de nuestro hijo.

Nuestro hijo fue víctima de una ideología inhumana. Nuestras acciones no deben servir al mismo propósito. Déjennos sufrir. Déjennos reflexionar y rezar. Déjennos pensar en una respuesta racional que traiga auténtica paz y justicia a nuestro mundo.

Pero no nos dejen como una nación que se suma a la inhumanidad de nuestros tiempos.

Phyllis y Orlando Rodríguez.

No sé qué tanta influencia consiga tener esta minoría estadunidense que está contra el ataque a otros inocentes, contra la guerra como el único y mejor modo de saciar el afán de encontrar venganza. La presencia de esta valiosa minoría la registran las estadísticas publicadas por el New York Times como un 22%. Sin embargo, aunque ahora estén en minoría y a oscuras, cada uno de ellos es extraordinario y representa lo mejor de su país. n