LA BATALLA POR LA DEFINICIÓN DE NACIÓN

POR ROBERTO BLANCARTE

Con estos amigos…

No me gustan (aunque les encuentre sentido) los debates que se prolongan a lo largo de varios números de una revista; las respuestas y contra-réplicas que se extienden durante meses, de autores y comentaristas. Me parece que para seguirlos realmente se tiene que contar con un apoyo técnico y tiempo que ya casi nadie tiene. De cualquier manera, por no dejar y por corresponder a la cortesía de mi amigo Rodrigo Guerra López, quien se tomó la molestia de comentar mi artículo, escribo lo siguiente:

Quiero aclarar en primer lugar que —aunque muchos no lo crean— le tengo un particular aprecio a los actuales dirigentes y miembros del episcopado católico mexicano, con quienes he tenido siempre una buena relación. Por lo tanto, mi crítica pretende ser positiva y constructiva, lo que no implica por supuesto que deje de ser dura y hasta mordaz. Un conocido arzobispo me platicó en una ocasión que cuando fue distinguido con tal responsabilidad, un amigo suyo le dijo tres verdades: “1) desde ahora vas a comer muy bien; 2) nadie te va a decir la verdad y; 3) cuando te la digan, no te va a gustar”. Así que mi crítica pretende ser la de ese amigo que ya sabe que su crítica no va a gustar, pero que espera que de algo sirva para hacer reflexionar a los miembros del episcopado. Claro que habrá quien dirá que con estos amigos… ¿quién necesita enemigos?

Crítica, no reseña

Dice Rodrigo Guerra que su intención era exponer algunas de las principales deficiencias de mi crítica y que “no percibimos [y al hablar en plural, no se si se refiere a los obispos, a sus dirigentes, o al equipo del Departamento de Estudios de la Comisión Episcopal de Pastoral Social] que Blancarte descubra el eje vertebrador de toda la argumentación que provee toda la Carta Pastoral: que el cristianismo tiene el derecho a existir como acontecimiento”. Señala también que “un análisis científico riguroso debe metodológicamente identificar con precisión la clave de interpretación que el propio texto autopropone”. Ante esto, no puedo responder más que con dos puntualizaciones breves, por las propias necesidades de este comentario: cuando un texto se publica, nadie controla su lectura y no puede haber una sola interpretación del mismo; queda en las manos del lector y se convierte en algo que escapa del control de quien lo escribió. Supongo que éste es con mayor razón el caso de un texto escrito por un cuerpo colectivo como es el episcopado católico mexicano. En segundo lugar, mi objetivo no era hacer una reseña del documento pastoral, sino un análisis crítico de la concepción contenida en el mismo acerca de la historia del país y en consecuencia de su visión de la nación, la identidad y el Estado. Por lo tanto, me interesaba únicamente identificar la clave de interpretación que el texto propone en ese sentido. Entiendo, por lo demás, cuál es el objetivo de una carta pastoral y el sentido de la misma. No se requiere ser especialista en la materia para darse cuenta de ello.

Neo-integralismo católico

De todas maneras, el meollo del asunto está en otro lado. Y el problema es que esto “huele” a integralismo (no dije integrismo) católico.1 Rodrigo Guerra (o el episcopado; son de esas cosas que nunca quedan claras) insiste en su comentario acerca del problema de la “subjetividad cultural fundamental” de la nación. Reconoce que la idea de modernidad de los dirigentes católicos se inscribe más en lo barroco que en lo ilustrado y aventura incluso la hipótesis de que la “falta de apertura de la Iglesia en México y en América Latina a los valores civiles de la modernidad… se debe más a la contaminación de la mentalidad ilustrada dentro de la propia comunidad eclesial que hizo olvidar la identidad barroca y el poder cultural y emancipador que poseen la fe y la metafísica del ser”. En pocas palabras, el problema de la Iglesia es haber incorporado elementos de esta modernidad (ilustrada, si se quiere). La conclusión lógica sería: rechacemos esta modernidad y volvamos a nuestro pensamiento propio; atrincherémonos en nuestros principios. Si esto no es integralismo católico, entonces no se qué es.

Las consecuencias prácticas de esta posición se muestran de manera clara en la definición de identidad nacional que Rodrigo Guerra-el episcopado católico desarrollan en la carta pastoral. Dicen así: “Dicho de otro modo, la hybris mexicana logró una estabilización básica al momento en que indígenas y españoles reconocieron que sus múltiples diferencias y desavenencias podían reinterpretarse, y eventualmente reconciliarse, a la luz de una maternidad más grande que ellas… Por ello podemos decir que aun para el no-creyente es un fenómeno sociológica e históricamente identificable, que a partir de 1531 un fenómeno de mestizaje y de reconciliación nacional comenzó —con dificultades— a producirse en nuestra tierra”. En otras palabras, se pretende con esta afirmación establecer a partir de un hecho confesional y no reconocido por todos los mexicanos (la aparición de la Virgen a Juan Diego), el mito fundacional de la Nación. ¿Por qué —me pregunto— habrían de identificar los no creyentes y los evangélicos y los testigos de Jehová y los mormones mexicanos (unos doce millones de habitantes de este país), el inicio del mestizaje en 1531 y no en 1519, cuando los españoles comenzaron a tener hijos con las indias? ¿Cuándo los indígenas y los españoles decidieron reconocer que sus múltiples diferencias y desavenencias podían reinterpretarse y reconciliarse a la luz de la Virgen de Guadalupe? ¿Qué no ha habido 500 años de explotación y de resistencia?

¿Acaso no vio Rodrigo la marcha del EZLN a la capital? Desde esa perspectiva, el problema de los indígenas en México se resuelve con que todos vayamos a la Basílica del Tepeyac.

Juárez nunca fue priista

Los comentarios de Rodrigo me confirman que, desafortunadamente, él y/o los obispos siguen sin entender ni al liberalismo mexicano ni al Estado laico. Afirma que éstos no brotaron del ethos popular de nuestra nación” y que ambos “son expresiones de las teorías políticas de grupos que aprovechando reclamos sociales profundos e innegables, construyeron un proyecto, un partido y un Estado autoritario por todos conocido y por muchos deplorado”. En suma, en otra expresión clara de integralismo católico, se critica al liberalismo como el origen de todos los males de la nación. En el caso de México, la mejor manera de hacer esto es identificando al liberalismo con el PRI y con el Estado autoritario. ¿Pues cuando se afilió Benito Juárez al PRI? Rodrigo Guerra aclara que eso no es estar en contra del Estado laico per se. “Esto significa lamentarse de que en nombre del Estado laico se hayan impulsado explícitamente políticas públicas que negaron material o formalmente el derecho humano a la libertad religiosa”. Me pregunto: si ya se sabe que eso no es el Estado laico, ¿qué sentido tiene criticarlo al lamentarse acerca de las políticas públicas erróneas que se han llevado a cabo en su nombre? Sería como si nos lamentáramos de las veces que el cristianismo ha sido utilizado para realizar atrocidades, en lugar de definir su verdadera esencia.

Ahora bien, si en algo estoy de acuerdo con Rodrigo Guerra es en el origen y fondo de nuestro desacuerdo, que es más bien del desacuerdo entre episcopado católico y liberales sobre la subjetividad cultural fundamental de la soberanía. En efecto, la esencia del Estado laico es que constituye “un régimen social de convivencia, cuyas instituciones políticas están legitimadas principalmente por la soberanía popular y ya no por elementos religiosos”.2 Esto significa que la voluntad popular es la norma suprema para definir el entramado socio-político del país. La Iglesia católica niega el concepto de soberanía popular porque sostiene que las leyes humanas no pueden estar por encima de las leyes divinas. Como dijo Juan Pablo II, “una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”. Desde esa perspectiva, la Iglesia católica rechaza, por ejemplo, cualquier legislación que despenalice el aborto, aun si ésta ha sido aprobada por una mayoría absoluta en el Congreso de cualquier Estado. Desde esa misma óptica, el derecho positivo sólo es válido si está acorde con la ley divina. ¿Y quién dice si esto sucede? Pues la dirigencia religiosa; en este caso el episcopado católico. Los obispos se constituirían con esta lógica en una especie de Tribunal Superior de Justicia de la Federación, que dictaminaría cuándo una ley es o no válida.

Obviamente, ésta no puede ser la lógica de un Estado liberal constitucionalista. En la medida que existe una sociedad plural, ninguna religión puede imponerle su particular visión doctrinal o norma moral al resto de los ciudadanos. Por lo tanto, se requiere de un Estado laico que genere un espacio público de convivencia social y que, en el respeto de los derechos de las minorías existentes en esa pluralidad, haga efectiva la voluntad popular. Por eso no puede haber otra forma de soberanía que la expresada por la voluntad popular.

Y por eso la subjetividad cultural fundamental de la nación, en el caso de México, no puede ser ni católica, ni evangélica, ni mormona, ni judía. La subjetividad es plural y por eso el Estado es laico; porque es una expresión de la soberanía cultural de la nación, que es plural. El Estado no está por encima de ella; es una expresión de la misma. Y, hasta ahora, la mejor manera que el pueblo, los hombres y sus culturas han encontrado para dirimir sus diferencias se llama voluntad y soberanía popular. Por eso, no hallo contradicción en afirmar que el sujeto propio de la soberanía reside en los órganos representativos del pueblo y que este sujeto, como sostiene Guerra retomando a Juan Pablo II, son “el pueblo, las personas y sus culturas”. En otras palabras, no es hegelianismo (autor a quien, por lo demás, nunca entendí): el Estado no es fuente y dador de derechos; es el pueblo el que se da y se quita a sí mismo.

El fantasma de Plutarco

Lo anterior me remite al mismo punto que quise subrayar en mi análisis crítico de la carta pastoral del episcopado católico. Me parece que el episcopado y/o sus asesores siguen anclados en una visión integralista del liberalismo y del Estado laico mexicano y que mientras no la superen, difícilmente se podrá alcanzar un diálogo que supere el clericalismo y el anticlericalismo. Un diálogo que entienda al Estado laico, no como un Estado antirreligioso o anticlerical, sino como un Estado imparcial en materia religiosa, pero no neutral. ya que está allí para defender una serie de valores de todos los mexicanos (al margen de sus creencias religiosas), como la pluralidad, la democracia, la tolerancia, la igualdad y. por supuesto, la soberanía popular. Ya es hora, pues, de que el episcopado católico se sacuda el fantasma de Calles. n

1Me refiero aquí a los trabajos de Émile Poulat acerca de la “integralidad” católica, definida como un proyecto social alternativo, que se niega a ser reducido al ámbito espiritual y que rechaza tanto el liberalismo como el socialismo, como producto de la modernidad

2 Tengo el placer de autocitarme en el libro colectivo Laicidad y valores en un Estado democrático (El Colegio de México-Segob, 2000), p. 124.