SANTA ANNA: EL VILLANO

POR JOSEFINA VÁZQUEZ

Desde el enfrentamiento de la Reforma, el juicio que se otorgó a los protagonistas de nuestra historia empezó a depender del partidarismo político, a excepción de Antonio López de Santa Anna que fue útil para justificar errores y pérdidas de toda una época, tanto para liberales como para conservadores. Además de que los juicios adolecen de imprecisiones, pasan por alto sus servicios durante la guerra con Estados Unidos. Hay que puntualizar que no detentó el poder once veces, sino que fue tres veces presidente electo (1833, 1843 y 1847), una vez presidente provisional (marzo-junio de 1839) y dos veces dictador (1841- 1843 y 1853-1855). Se olvida que en 1844 fue desaforado por el legislativo y el judicial y que, dados sus múltiples retiros a su hacienda, gobernó menos tiempo que Anastasio Bustamante. Aparece también como el chaquetero por antonomasia, aunque fue un mal del tiempo, tanto que el venerado Valentín Gómez Farías fue iturbidista, monarquista, federalista, escocés, imparcial, sanscoulote y puro, mismo que no dudó en hacer mancuerna con Santa Anna dos veces y en coquetear con el archirreaccionario Paredes en 1845. Pero es justo recordar que el Estado y la Nación no se habían consolidado, ni existían verdaderos partidos y las circunstancias eran siempre cambiantes.

Santa Anna vió la primera luz en Jalapa en 1794, hijo de un notario de buen pasar. Inquieto y fantasioso entró a la carrera de las armas: cadete en 1810, subteniente en 1812, teniente en 1813 y capitán en 1816, sirvió en las huestes del atrabiliario Joaquín de Arredondo nueve meses en Texas y en la persecución de Francisco Xavier Mina. En 1821 jura el Plan de Iguala, toma Alvarado, participa en la toma de Perote y entra en Veracruz en octubre, servicios por los que asciende a general de brigada a los 26 años. El Emperador le concede la comandancia del puerto sin colmar sus aspiraciones, tanto que se rumora que corteja a una tía de Iturbide para entrar en la familia real. El hecho es que en diciembre de 1822 desconoce a Iturbide en el Plan de Veracruz. Su escaso eco no obsta para que las logias masónicas aprovechen el malestar para enterrar al Imperio. Esto casi conduce a la fragmentación del territorio, que salva el acuerdo federal. Se le enjuicia por sus iniciativas federalistas en San Luis y se le nombra comandante en Yucatán, como especie de exilio.

Pero Santa Anna conquista a los yucatecos que lo nombran gobernador. Intenta independizar Cuba pero, como a ello se oponen Estados Unidos e Inglaterra, se le retira y vuelve a su tierra para reaparecer a fines de 1827 entre los que exigen la violación de la elección para darle la presidencia a Vicente Guerrero. En 1829 se moviliza contra las tropas que pretenden reconquistar México y junto a Mier y Terán vence a Barradas, hazaña por la que asciende a general de división y obtiene el título de benemérito. Su verdadera presencia política la inicia en 1832 con otro plan de Veracruz que provoca una verdadera revolución contra el gobierno de Bustamante, y que le asegura la presidencia en 1833, aunque casi todo el primer año gobierna el vicepresidente Farías, que impulsa la reforma. Santa Anna aprueba la que afecta a la Iglesia y una ley que exilia a todo aquel sospechoso de oposición, pero es Farías quien la aplica. Los obispos rechazan los decretos que atentan contra “las potestades espirituales” de la Iglesia, y el Congreso los condena al destierro. Las injustas proscripciones y el temor a quedar sin sus pastores, provoca protestas populares. Es el intento de reformar al ejército el que hace reasumir el poder a Santa Anna, que suspende varias reformas. Nombra un gabinete liberal moderado y para 1835 se vuelve a retirar a su hacienda.

El desafío de Zacatecas, Coahuila y Texas a un decreto federal lo hace volver en 1835. Sin combate, ocupa Zacatecas y después emprende la expedición a Texas que busca independizarse con apoyo norteamericano. El triunfo acompaña a los mexicanos, pero sorprendidos en San Jacinto, cae prisionero el general-presidente, y su segundo consolida el desastre obedeciendo sus órdenes. Con grilletes, permanece en prisión siete meses y a su regreso se le repudia universalmente. El ataque francés al puerto en 1838 y la pérdida de una pierna en una escaramuza, lo rehabilitan y hasta se le nombra presidente interino en 1839- Como no logra la presidencia en propiedad, vuelve a su hacienda.

La lastimosa situación del país lleva a los comerciantes extranjeros a impulsar el cambio, y en septiembre de 1841 una junta de generales establece la Dictadura. Los moderados la aceptan para que se convoque un Congreso Constituyente, que termina por disolverse. Una Junta de Notables redacta las Bases Orgánicas y convoca a elecciones. Santa Anna es electo presidente, pero acostumbrado a la dictadura, entra en conflicto con el Congreso que lo desafora en diciembre de 1844. Preso en Perote, se le exilia a Cuba. En plena guerra con Estados Unidos, simula aceptar una oferta del presidente norteamericano para cruzar el bloqueo y regresa, llamado por Farías y los radicales. Marcha de inmediato a San Luis a organizar la defensa, pero hostigado por la prensa se lanza a enfrentar a Taylor en Saltillo. La batalla de la Angostura produce las mejores horas de la defensa mexicana, pero se convierte en derrota, al ordenar Santa Anna la retirada por falta de agua y de alimentos.

Mientras tanto se rebelan los polkos en la capital contra el conflictivo Farías, lo que obliga a Santa Anna a asumir el poder para resolver el problema. Después marcha a Veracruz a detener a Scott. que ha desembarcado. Todo fracasa. Sin recursos y sin apoyo de la mayoría de los estados. Santa Anna trata de ganar tiempo, tal vez en espera de un milagro que no llega. Ante la incapacidad de defender la ciudad, ordena el retiro de las tropas y renuncia al ejecutivo. Todavía intenta organizar un ejército, pero ante la hostilidad general se autoexilia.

En el Tratado de Guadalupe se pierde el Septentrión, pero se salva la nación. Los moderados logran restablecer cierto orden, que vuelve a romperse en 1852. Por acuerdo de todos los grupos, se llama a Santa Anna, quien en abril de 1853 asume la dictadura, con Alamán de eminencia gris. La muerte de don Lucas, en junio, deja la dictadura en manos de un Santa Anna más irresponsable y frívolo, que la convierte en una cadena de errores: destierros políticos, venta forzada de la Mesilla, derroches e impuestos intolerables. La revolución de Ayutla termina por hacerlo huir en agosto de 1855.

Varias veces intenta volver con liberales o conservadores. La ilusión por recuperar el poder lo hace caer en un engaño en el que pierde hasta la camisa. Así cuando Sebastián Lerdo de Tejada autoriza su vuelta en 1874, sus últimos días son de estrecheces y olvido. A su muerte en junio de 1876, ya nadie lo recuerda, al punto de que apenas merece una breve nota en la prensa. Hoy en día, en lugar de ser blanco de tanta inquina. Santa Anna merecería un acercamiento menos visceral y más documentado.   n