¿HISTORIA…¡Y PATRIA!?

POR MAURICIO TENORIO TRILLO

Mistificar y desmistificar van en tándem, lo uno atrás de lo otro en más o menos armonía, como cuando se mistifica, o a su tiempo se desmitifica, un himen o el aguacate letal, el comido en la “muina”. Si de patrias e historia se trata, la mistificación es muy evidente, la desmitificación necesaria y bienvenida. Lo que no está claro es si lo último es posible, y cuándo.

I.

Primero una historia. José de Jesús González fue un destacado oftalmólogo en el Guanajuato de la década de 1920. Un buen día, el hombre se dedicó a estudiar los versos de Juan Valle, un poeta guanajuatense de mediados del siglo XIX, hermano del presbítero Ramón Valle, a su vez autor del libro Cuentos color de historia. Dice el doctor González que el poeta Juan Valle quedó ciego a los cuatro años.

Es verdad que de los cielos La luz contemplé.

Mas también por mi desgracia Presto ciego me quedé, Todo lo que había visto Sintiendo doble no ver.

El doctor González se asombra ante las descripciones de Juan Valle: mujeres, paisajes y colores, o la narración de la presa de la Olla que, no obstante el detalle de las descripciones, contenía errores topográficos, pues los recuerdos visuales del poeta se transformaron con los años, por las narraciones escuchadas de otros y por las historias dichas y re-dichas una y otra vez.

Explicaba el doctor González que en el poeta Juan Valle las imágenes que quedan en la mente en verdad no permanecen en la memoria como fotografías, sino que se dosifican, pierden o ganan algo continuamente. El doctor compara los recuerdos poéticos del poeta Valle con sus propias añoranzas, pues tenía lo suyo de poeta el señor doctor. Relata así el caso de un joven paciente que volvió a contar con el sentido de la vista después de mucho tiempo de no ver. “¿Recuerdas cómo es un lápiz o un libro o un reloj o cualquier otro objeto?”, le inquiría el científico; el paciente contestaba afirmativamente y describía de memoria los objetos requeridos. Pero al presentarle los objetos en concreto, el joven decía: “no lo veo… sí, sí lo veo…. Pero no sé cómo lo veo, no puedo conocerlo”. El doctor entonces le pedía que lo tocara e “inmediatamente lo reconocía y lo nombraba”.

De todo esto el doctor González sacaba en conclusión que “el olvido no es un vacío, sino un laboratorio”. Y añadía: “ya he dicho que las imágenes tienen vida propia; ahora bien, su vitalidad se intensifica durante los aparentes olvidos, en un principio los recuerdos pierden mucho. Después cada vez menos, hasta que llega un momento en que las pérdidas son insensibles, en que el recuerdo se vuelve estable; es que se ha sintetizado”. Cuanto más tiempo pasa, mayor y más perfecta es la síntesis del recuerdo. Por ello, nos anuncia este doctor que era más poeta que galeno, el “sueño es el imperio de las imágenes”, ahí los recuerdos se encuentran “libres de sus rivales, las percepciones”. Se sigue, pues, que las imágenes recientes “son como la cantera en bruto, que necesita ser labrada para transformarse en las columnas, los pedestales, los capiteles, etcétera, que entrarán en el soberbio edificio imaginativo”. Finalmente, el doctor González concluye: “Desgraciadamente, toda nuestra educación poco experimental y casi completamente palabresca, produce en los que vemos el mismo resultado que observamos en Juan Valle: dar a las palabras, en nuestra vida psíquica, el lugar que casi exclusivamente debieran tener los datos suministrados por la experiencia ¡Cuántas y cuántas palabras usamos que aunque no despiertan en nuestra mente una idea clara, son susceptibles de provocarnos intensa emoción!”.

Esta historia, además de parecerme bella, resume para mí varias ansiedades sobre la escritura de la historia en nuestros días. Porque, dicho a palo seco, la memoria histórica es ciega; casi nunca nos fue posible ver el pasado, el importante el de los orígenes o momentos esenciales. Nuestros recuerdos históricos, empalmados y mal pegados por décadas de escritura y educación histórica, se transforman al entrar en contacto con el presente y con los vislumbres del futuro, al igual que las imágenes de Juan Valle que nunca eran en verdad recuerdos ni solamente invenciones. Nuestras historias, las de todo habitante del siglo XXI, son patrias porque son ciegas, son memorias sintetizadas por más o menos la minucia de dos siglos de tratar de fijar el rostro de un héroe, los asegunes de una batalla, la identidad “real” de un pueblo. Pero si bien ciegas, por patrias nuestras historias son verdaderas. mejor dicho, tan reales como pudieron haber sido pues no hay mayor realidad histórica que sea a la vez tan etérea y frágil pero tan visible y aparentemente irrenunciable: las naciones. Los paisajes de Juan Valle eran los de un ciego pero eran ciertos, precisos aunque errados, y tan reales como el atardecer cayendo sobre la presa de la Olla.

El estudio del doctor González también nos recuerda que el olvido “no es un vacío, sino un laboratorio”. Igual la historia, porque es también y esencialmente olvido, y porque la patria es, o debiera ser vista, no como un ente mítico fijo y final, sino como el laboratorio amorfo y momentáneo de consecuencias impredecibles.

Mas otra cosa ilustra el estudio del doctor González y es que para las memorias lo reciente es quién sabe. “Hoy es siempre todavía”, decía Machado sin querer hacer teoría de la historia. Todo en historia es un “ya veremos”, pero existen de “ya veremos” a “ya veremos”. Un todavía tan soberano como el cada día es como los recuerdos frescos y no “sintetizados” de Juan Valle estudiados por el doctor González. Un todavía efímero, como una coyuntura política o un cambio de gobierno, es anatema para la historia. Hay que tener sangre fría para leer y escribir historia sin dejar libres los ímpetus de nuestra conciencia de presente que ora quieren re-escribir todo el pasado porque hoy se nos calienta la atmósfera y la paciencia u ora quieren concluir en el presente, por decir, que hemos superado la era moderna y que el fin de la historia está próximo o ya pasó.

Las lecciones que ilustra el trabajo del doctor González me parecen hoy relevantes porque la cosa de las historias y de las patrias anda medio “sacada de onda”, para utilizar un mexicanísimo nunca más ad hoc. Si reconocemos la ceguera que es la historia, el peso del olvido y del presente, lo efímero

y experimental de cualquier historia y de cualquier patria, entonces, historias y patrias hoy?

II.

Preguntarse el cómo o el porqué de las patrias es caer en el porqué de la historia; y preguntarse lo otro —¿por qué historia?— es acabar en “por la patria”. Total, no hay calida. Nadie va a añadir algo nuevo al asunto de por qué la historia, y cada que trato de entender por qué necesitamos de algo así como un pasado contado, re-narrado, discutido, codificado y escrito, caigo en las perogrulladas de que si la identidad, la nación, los pueblos o. inclusive, la verdad y la justicia. No creo satisfactorias estas respuestas, aún busco otras, pero, en tanto, la historia se me aparece imprescindible pero sin un claro por qué. Pero es historia patria, no hay gran cosa más, no obstante lo post-esto y lo otro que nos creamos. “La historia como tal no tiene resultado”, escribía a fines de la década de 1940 Karl Löwith “nunca ha habido y nunca habrá una solución inmanente del problema de la historia, porque la experiencia histórica del hombre es de fracaso continuo”. Que la patria sea el resultado más rotundo de la historia, su razón de ser. es prueba de lo mismo: de la insolubilidad del dilema de la historia; por ello la patria hoy puede ser vista como un fracaso, ya porque nunca se terminó, ya porque al ser terminada produjo innumerables injusticias y despropósitos. Y la patria puede también ser considerada positivamente, pero la insolubilidad optimista de esas historias está en el fracaso de un patriotismo que disfraza los conflictos, injusticias y arbitrariedades de la patria —ejemplo emblemático, la historiografía estadunidense.

Si se me concede que la historia es porque es, y que es generalmente patria, nacional, se concederá que existe, que es inevitable e importante por su relación —aunque yo no entienda bien a bien por qué tiene que ser asi— con tres nociones de pesada trascendencia moderna: Estado (orden, paz), identidad (personal, colectiva) y justicia (bondad y maldad). Porque la historia ha sido la maestra de la v ida. Ya en 1865. el político e historiador chiapaneco Manuel Larráinzar (Algunas ideas sobre la historia y manera de escribir la de México) veía que no podía ser de otra manera para México: la historia es un cuadro animado de la vida de las naciones, “un legado de experiencia que va pasando de generación en generación, enlazándolas unas con otras por el recuerdo de los hechos; es la maestra imparcial y el espejo de la verdad”.

Pero en vista de que es importante, hoy la escritura de la historia enfrenta una suerte de confusión como la del paciente del doctor González que veía las cosas pero no las veía. La disciplina académica de la historia está huérfana de una buena y sólida casa donde habitar. No voy a disertar largo al respecto, bastante se ha dicho ya. Sólo digo que se le ha caído la casa hecha de la certeza científica —que la historia era ciencia objetiva, verdad empírica absoluta, datos que hablan por sí mismos—. No se puede ni teórica ni prácticamente escribir historia al morar en esta vieja casa, y no por lo que nos han enseñado los debates historiográficos más recientes, sino por los siglos que llevamos de discutir las nociones de tiempo, espacio, ley, orden, causalidad, verdad. Aunque, hay que decirlo, la caída de esta casa tampoco ha significado el fin de las patrias. Irónicamente, las historias que encontraron que la verdad científica era la patria que creaban, no se han desintegrado porque se les haya descubierto no científicas, porque lo que sí lograron estas historias es ser y hacer patria.

Empero, a esta casa vieja y derruida siempre volvemos los historiadores, cada que pisamos un archivo, cada que nos perdemos en el lúdico goce de seguir todos los pormenores de una pista que quizá no nos lleve más que a descubrir oscuridades de esas que sólo los historiadores disfrutamos.

La otra casa que se le cayó a la historia es más reciente y parecía fuerte como una catedral, era la propia idea de nación. Y aquí la cosa es realmente de locos: por un lado no contamos con otro tipo de historias que las historias nacionales más o menos nacionalistas; por otro, somos los historiadores los que hemos estado mostrando nuestra propia complicidad en la fabricación del artificio “nación” y nuestro ambición de superar esta conchabanza; algunos hemos trabajado por historias más allá de la nación, otros han criticado los engranes del nacionalismo mexicano o sus insostenibles mitos, pero… nuestra lucha hacemos pero todavía habitamos las ruinas de la casa que nosotros mismos ayudamos a poner en entredicho. Aún moramos ahí, pero ya no se vive tan bien en esa casa, ahí todo “nosotros” es impugnable, toda identidad nos parece un truco, y sin embargo ahí estamos echándole leña al fuego de algún nosotros, de alguna identidad.

Como los historiadores habitamos irremediablemente estas ruinas, ahora nos da por ser, sin la imaginación y erudición de quienes nos antecedieron, los forja-patrias de la verdadera patria, la deconstruida o reconstruida como india, multicultural, democrática o plural. Los historiadores profesionales nos vanagloriamos de poseer el desencanto teórico suficiente para declarar finiquitado el negocio de la historia patria. Y algunos trabajan por pasados diferentes para nacionalismos alternativos, los de la otra, la verdadera nación que está ahí esperando ser desenterrada. Pero la cantaleta de un pasado plural y multicultural es a la vez una obviedad y una meta difícil de alcanzar. Porque el pasado siempre es ajeno, siempre plural, caótico y múltiple, no es necesario hacerlo tal; pero cuando se vuelve pasado nacional o patrio, el pasado abandona mucho de su pluralismo y caos. Luchar por incluir unos u otros grupos en nuestras historias patrias es, primero, lo que la historia patria viene haciendo desde su nacimiento, y, segundo, no hay más: la historia es ese discutir constante por la nación y por la historia. De William Prescott a Richard Hofstadter, o de Francisco Xavier Clavijero a Daniel Cosío Villegas, la historia patria no está esencialmente en lo contado sino en la lucha por contar una u otra historia, siempre por la patria. Puede ser que para quien aprende historia, la patria está en lo que aprende; para quien escribe historia, la patria está en poder discutirla y nunca escribirla, siempre re-escribirla.

La casa que está muy “caída” es la que la historia habitaba con gran comodidad; llamémosla historia social por no reducirla al marxismo como explicación total del pasado, presente y futuro. En la casa de la historia social no sólo los actores y las metodologías eran bastante claras sino que era también diáfana la tarea del historiador. Ni las historias patrias del siglo XIX, ni las historias racistas y científicas de principios del siglo XX, crearon, como la historia marxista, personajes tan malévolamente malos y buenos tan buenos, y ningún tipo de historia hizo del historiador un Mesías tan útil y tan claramente del lado bueno de la verdad, la lógica y el corazón. El marxismo o la historia social que de él derivó, ya es hora de concluir, tocó el centro de lo que Löwith llamó el “significado en la historia”, el sufrimiento: “la interpretación de la historia es, en el último análisis, un intento por entender el significado de la historia como el significado del sufrimiento producido por la acción histórica”.

En fin, por maltrechas que estén estas casas, nadie puede negar que eran grandes moradas, no sólo académicas, sino intelectuales, sociales y hasta existenciales. Ante las ruinas que ven, la historia supuestamente post-patriótica, meridianamente académica, habita en chozas improvisadas al alcance de los iniciados, habitaciones precarias que no obstante son presentadas como residencias señoriales y definitivas de los que lo han visto y lo han vivido todo, de los que saben el post-el tras-el neo-de cualquier idea, tiempo o espacio. Aunque no valga la pena detenerse en esta historia de conventillo, de vecindad, vale decirse que se clama no patriótica, por tanto se asume solución al dilema de historia y patria. Pero esta historia, llamémosla la del despiste, es frecuentemente nacional —sobre un país y para la historiografía de un país aunque esté hecha en otro— y es, tanto como la historiografía patriótica del XIX o la marxista de la década de 1920 o 1960, una eterna búsqueda de justificación moral para el oficio de historiador profesional que trabaja por los meros buenos de la historia; son historias fascinadas por la búsqueda de identidades reales y prístinas, por métodos y estilos a-metodológicos, anti-estéticos porque, no vaya usted a creer otra cosa, un historiador posmoderno, globalifóbico verde, poscolonialista, subalterno y genderconscious no va a reparar en la necedad de datos, menos de muchos, ni del estilo, si es patente que los hechos son el patrimonio del empiricismo globalizante, colonialista, blanco, liberal y burgués, y que la preocupación por el estilo es prueba irrebatible de elitismo.

Si hoy hay casas donde ni la historia ni la patria, como conceptos, viven con comodidad, hay chozas académicas donde memoria y olvido son lo que decía el doctor González que no eran, a saber, vacío. Pero estas chozas son la salida fácil de hoy, ahí habitamos muchos. Hay que tener cuidado.

III

¿Qué queda por hacerse para las patrias y las historias? Queda primero seguir tras las preguntas que venimos cargando desde siempre —¿por qué la historia?— y queda saber que cualquier casa es, por un lado, una morada provisional y, por otro, ruinas donde viviremos de seguido; queda no desconocer que el olvido es el laboratorio nuestro tanto como la memoria. Más allá de lo que los mismos historiadores ya hemos ayudado a mostrar como quimeras precarias (nación, identidad, bondad y maldad), queda seguir documentando el concubinato in- soluble entre historia y patria al mismo tiempo que expiamos nuestras culpas, hasta el límite de nuestras capacidades, en este escribir sólo historias patrias y patrias que son puros cuentos. Queda, también, algo que siempre hemos hecho montados en el prurito de la verdad científica, la militancia ideológica o la conveniencia personal: asumir el compromiso de escribir la patria que queremos, pero esta vez hagámoslo no porque sea la real, verdadera, santa o auténtica, sino porque es la que consideramos, aunque provisional e inseguramente, aceptable.

Más en específico, para México, los tiempos nos dictan un extraño volver a las ruinas de nuestro oficio de historiadores; nos invitan a taconear con gusto los escombros de la fe en la investigación empírica y en la rigurosidad, o a pisar los añicos de la obligación para con la pluma, la cual siempre fue social y personal. Quiero decir, el reconocer la ceguera que es la historia y sus límites, nos hace difícil el habitar las viejas casas, y ya resulta imposible, al menos para mí, dormir en cualquier choza de modas académicas. Pero estas dificultades nos recuerdan que todo post-pensar, post-narrar. tras-narrar. neo-decir o sintetizar requiere de un antes de investigación y conocimiento, por más incompleto, erróneo o imperfecto que sea. Nos podemos quedar sin nada que revisar, superar o rechazar pues la investigación básica se agota, esa que saca a la luz nuevos datos, sucesos, nombres, fechas, inspiraciones, motivos, lecturas, números… novedades que son de consecuencias insospechadas. Esto no es proponer un regreso a un empiricismo ramplón, sino que es. con recato, tener en mente pero en pausa las grandes preguntas para seguir con las pequeñas donde podemos encontrar al menos más datos que post-escribir. e inclusive, por qué no, pequeñas grandes ideas, nuevas cronologías, nuevos lentes que nos vuelvan la patria familiar ajena. He aquí, pues, algo que queda por seguirse haciendo: modesta y seria investigación, ensayo de ideas, inspiraciones, sugerencias, en los archivos, en las bibliotecas… ¡en el aula! (la verdadera cuna de las patrias y las historias). De esto nunca tendremos suficiente, siempre hace falta, al menos en tanto no vislumbramos un escenario sin historia y sin naciones.

El problema es doble: ¿cómo escribir algo más que naciones si vivimos sumergidos en la ignorancia nacional (o sabiduría, usted dirá)? Por otro lado, si ya no hay una clara justificación ética para la historia, ¿que más nos queda —pragmáticamente— que la noción de comunidad nacional para rescatar alguna idea de justicia, igualdad, ayuda? No se me mal interprete, no creo en los nacionalismos buenos, y trabajo por una historia no nacional, pero… ¿qué más hay? El dilema no es, o no es más esencialmente, la nación sí o no, la patria verdadera o la falsa, sino cuál nación es la que consideramos el escenario correcto para seguir discutiendo historias patrias y por qué. No hay patria que surja natural y lógicamente del pasado; no hay historia que no derive de un proyecto de nación. Aquí habitan todas las elucubraciones del historiador.

Otra labor queda que es muy vieja y que cada vez que la menciono me gano más enemigos. Pero no dejo de creerlo, acaso por necio pero también porque he escudriñado el desarrollo de la historia no sólo en México sino en varios países de América y en España. La rigurosidad de la investigación mezclada con una u otra forma de elocuencia narrativa, con una ecléctica y militante visión teórica, es la casa más segura para la historia en nuestros tiempos. Una historia bien escrita, no sólo para historiadores, bien investigada, no garantiza una historia no nacionalista, nueva o liberadora, pero ofrece posibilidades para ello. El historiador no es sólo un escritor sino ante todo un traductor de lenguajes del pasado y de los propios lenguajes especializados en historias leíbles en lengua franca.

Los amigos me objetan lo que llaman mi defensa del estilo y mi elitismo, porque con mi visión de una historia rigurosa caigo en el conservadurismo más chabacano, y con mi apología de la elocuencia decanto en el elitismo de afirmar que no cualquiera puede ser historiador. Acaso yo sea eso un reaccionario elitista, pero no crean, ando en busca de convencerme de lo contrario, pero no más no veo cómo. Me encantaría clamar que la solución a la ecuación historia y patria está en una u otra moda académica o en olvidarse por completo de la patria o de la historia, pero no me da ni el oficio ni la cabeza para tanto.

Con mis reflexiones, pues, no avanzo mucho en la solución de este dilema de las historias y las patrias. Pero tampoco creo que esto sea particularmente necesario hoy porque el presente obligue a repensarlo todo. A ojos de historiador, es difícilmente creíble eso de las hibrideces, globalizaciones. de las neo y las post-cosas. Yo digo como el doctor González, que esas muletillas del actual lenguaje político y cultural “son como la cantera en bruto, que necesita ser labrada para transformarse en las columnas, los pedestales, los capiteles, etcétera que entrarán en el soberbio edificio imaginativo”. Nada de eso es nuevo y no veo que vivamos en un escenario que haya rebasado los pilares del por qué hacemos y decimos historias como patrias y al revés. Menos en México, donde aún nos preocupa, como hace cien años, vender imágenes de la nación creíbles y comprables por el exterior, aún somos forjadores diáfanos de patria, inclusive cuando nos declaramos antinacionalistas, donde todavía nos afanamos en tener una verdadera nación o una verdadera cultura nacional. ¿Que la globalidad “todo lo iguala”? Por favor, la historia y las patrias son tales porque siempre han sido globales: hoy lo global es simplemente lo que ayer era civilizado, divino, eléctrico, nuclear o cibernético. Que un partido político como el PAN haya llegado al poder al inaugurar un juego democrático pocas veces existente en los dos siglos que tiene México de existir, es un cambio sin duda importante; pero creer que este nuevo e imperfecto juego de democracia significa un lenguaje diferente en el cual se ha de re-escribir toda la historia, sería creer que el descubrimiento de un nuevo satélite de Júpiter re-escribe la historia del universo.

Si algo puedo decir, es que todavía no se ven muchos cambios en México, y menos para la escritura de la historia: los archivos siguen siendo manejados con el desdén, nacionalismo y autoritarismo de siempre, la relación de los intelectuales con el poder es a la que estamos acostumbrados, no hay cambio alguno en la educación que la continuación del ocaso, no hay siquiera otra idea de imagen nacional que la que es para venta —mezcla errática de siesta, fiesta, día de muertos, Tenochtitlán, Frida Khalo, Sor Juana, Diego y un chisguete de Octavio Paz, todo ello combinado con la fe en que son los intelectuales mexicanos los que mejor conocen y poseen esa mezcla divina.

Ojalá me equivoque, pero el presente no es como para repensar por completo la historia o la patria, sino para seguir literalmente, picando piedra en el oficio de lector de papeles viejos, de contador de historias.

Sí hay cosas que ya tienen tiempo ante nuestros ojos, y que deberían habernos hecho reconsiderar nuestra idea de historia y patria. Pero no son fenómenos muy novedosos y. por inmensos que sean, ni tocándolos con las manos, como el paciente del doctor González, podríamos aún nombrarlos. Por ejemplo, la patria se nos evapora en las manos porque ya somos millones de mexicanos que compramos la imagen de México, no somos esa imagen, ni la hacemos. Piénsese en Tijuana o Los Angeles. Otro ejemplo: ya hemos probado historiográficamente lo efímero y huidizo de las identidades, pero seguimos en el “conócete a ti mismo”, vamos sin dudas a la cacería del México profundo. En México, esto es especialmente cierto: “hoy es siempre todavía”.

Creo que si ha de redefinirse la vocación de historiador para hoy, tendrá que ser la que Eugenio d’Ors definió para sí mismo, la “vocación de abismo”. Yo, como el doctor González, estoy fascinado por los laberintos de la memoria y el olvido, y como él creo que el olvido es el laboratorio del que no escapamos, ni en Estados Unidos, ni en Argentina, ni en México. Seguro que hay presentes diferentes que pudieran dictar las narraciones de pasados aún inéditos, pero eso ha sido la historia, eso han sido las patrias, desde que el mundo es un hervidero de Estados nacionales. En esencia, no hay historia que no sea patria y no hay patria que no sea, al menos míticamente, histórica. La historia es “vocación de abismo”, no es más que un caer constante en los enigmas de las identidades colectivas, un irresistible querer precipitarse en un “nosotros”, un don para lanzarse al vacío con la convicción de que no se va en caída libre, que así es la historia, pero siempre cienos de que es puro cuento: vamos a la deriva. Pero también es la aptitud para nunca tocar fondo, para antes de estrellarse redescribir la historia como si fuera apenas el inicio del despeñadero.

Referencias mínimas:

Son toneladas lo que se ha escrito a este respecto. La bibliografía detallada y anotada que yo conozco, así como una elaboración personal más puntual, puede encontrarse en Mauricio Tenorio: Argucias de la historia (Paidós. 1999): el ensayo del doctor González (“La memoria y la imaginación visuales de un poeta ciego desde la primera infancia”) se encuentra en el tomo 48 (1927) de las Memorias y Revista de la Sociedad Científica Antonio Alzate, el libro de Löwith que cito es Meaning in History(The University of Chicago, 1949): el trabajo de Manuel Larráinzar está en la indispensable recolección y estudio del pensamiento historiográfico mexicano hecha por Juan A. Ortega y Medina: Polémica y ensayos mexicanos en torno a la historia (UNAM, 1970). Estas líneas están muy marcadas por el diálogo con Philippe Burrin. Partha Chatterjee, Navid Kermani. David Shulman, Velcheru Rao, Wang Hui y Sanjay Subrahmanyam, diálogo que a lo largo de este año fue posible gracias a los auspicios del Wissens- chaftskolleg zu Berlin. Agradezco al Kolleg y a mis entrañables interlocutores.    n